martes, 27 de noviembre de 2007
Raimundo Lulio
lunes, 26 de noviembre de 2007
Dies irae
Dies irae dies illa,
solvet saeclum in favilla,
teste David cum Sibylla.
Quantus tremor est futurus,
quando judex est venturus,
cuncta stricte discussurus.
Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra regionum
coget omnes ante thronum.
Mors stupebit et natura,
cum resurget creatura,
judicanti responsura.
Liber scriptus proferetur,
in quo totum continetur,
unde mundus judicetur.
Judex ergo cum sedebit,
quidquid latet apparebit,
nihil inultum remanebit.
Quid sum miser tunc dicturus?
Quem patronum rogaturus,
cum vix justus sit securus?
Rex tremendae majestatis,
qui salvandos salvas gratis,
salva me fons pietatis.
Recordare Jesu pie,
quod sum causa tuae viae:
ne me perdas illa die.
Querens me sedisti lassus,
redemisti crucem passus.
Tantus labor non sit cassus.
Juste judex ultionnis,
donum fac remissionis
ante diem rationis.
Ingemisco tamquam reus,
culpa rubet vultus meus;
suplicanti parce Deus.
Qui Mariam absolvisti
et latronem exaudisti,
mihi quoque spem dedisti.
Preces meae non sunt dignae,
sed Tu bonus fac benigne,
ne perenni cremer igne.
Inter oves locum praesta,
et ab haedis me sequestra,
statuens in parte dextra.
Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis,
voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.
Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla.
Judicandus homo reus,
huic ergo parce Deus.
Pie Jesu Domine,
dona eis requiem.
Amen.
Durante esta semana, última del Año Litúrgico, se reza en el oficio latino de la Liturgia de las Horas la antigua secuencia Dies irae de la Misa de Difuntos, adaptada con ligeras variaciones del original y dividida en tres fragmentos como himno para el Oficio de Lectura, Láudes y Vísperas; a cada una de las partes se le ha añadido para cerrarla una estrofa con una doxología: O Tu Deus maiestatis/ alme candor Trinitátis/ nos coniúnge cum beátis. Amen.
Así ha sobrevivido litúrgicamente una de las piezas más inspiradas e inspiradoras del repertorio del gregoriano. Con la restauración del antiguo Misal (rito romano extraordinario) podrá volverse a interpretar tal cual, como sequentia previa al Evangelio en la Misa pro Defunctis.
Está atribuída al franciscano Tomás de Celano (1200-60), aunque no le han faltado otras atribuciones a autores más pretéritos. Con suficiente inspiración en la misma liturgia romana y el tema de las postrimerías tal y como aparece en los Evangelios, el primer verso parece estar tomado expresamente de Sofonías, 1,15-16.
Despertó una especial atracción en los mejores maestros de la música, que compusieron sus Réquiens dándole a esta sequentia un especial resalte (Fauré sólo pone el verso final Pie Iesu como añadido al Sanctus). Las primeras notas aparecen como motivo en otras muchas partituras, pero también se vulgarizó como símbolo de lo macabro, la música de la muerte por excelencia.
Rara vez se hallan armonizadas tan adecuadamente letra, música y circunstancias como en el admirable, bello y pleno de sentido Dies Irae. Tales coincidencias sólo aparecen en obras maestras, perennes como esta que aúna espiritualidad y arte.
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Esa principessa

domingo, 25 de noviembre de 2007
Catharina in Sínai
Ex Voto
+T.
O Rex!
de donde descendiste y viniste
a nosotros, nuestra tierra;
Rey nuestro, con trono de pesebre,
adorado por los pobres,
cantado por los ángeles,
llorado por los inocentes,
temido por lo reyes;
Rey nuestro, honor de los humildes,
salud de los moribundos,
virtud de los pecadores,
victoria de los vencidos,
fuerza de los rendidos;
Rey nuestro, humilde y manso
de corazón, paciente,
sufriente, ardiente,
doliente, amante;
Rey nuestro, traicionado,
vendido, prendido,
abandonado, olvidado;
Rey nuestro, humillado,
vencido, injuriado,
flagelado,escarnecido,
enclavado, traspasado,
descendido, sepultado,
Rey resucitado!
Rey que ascendiste,
que subiste, que reinas,
que sabes, que pesas,
que miras, que juzgas,
Rey que reinas,
que alientas,
que animas,
que vences;
Rey clamado,
Rey temido,
Rey esperado,
Rey que viniste,
que vienes,
que vendrás;
Rey de eterna majestad,
de todo poder,
de toda gloria;
Tú que sólo eres Rey,
que riges todo con mano
de bondad y cetro de paz,
Tú, el único Rey,
Tú, el Rey de verdad,
Tú, nuestro Rey,
Oh Rey!
Advéniat Regnum Tuum!
Volúmus regnare Christum!
O Rex!
+T.
viernes, 23 de noviembre de 2007
San Clemente

La Basílica en la que se venera su memoria es una de las más interesantes de entre las menores, por el valor y la originalidad de su estructura y los elementos arquitectónicos y decorativos. La iglesia superior, de planta basilical, con un precioso mosaico en el catino del ábside, conserva la estructura de la época (s.XII, más añadidos y reformas al gusto del s.XVIII romano); es el resultado de la re-edificación emprendida por el Papa Pascual II en 1108, después que fuera arruinada la antigua Basílica durante la invasión de los normandos de Roberto Guiscardo (1084). En el año 1861 se descubría bajo la iglesia, en lo que se creía una simple cripta, los restos de la primitiva Basílica.
Lo singular es que a la vez aparecen bajo ella otras edificaciones romanas, de época imperial y anteriores (la Basílica de San Clemente está a poca distancia del Coliseo y el área monumental circundante, en un enclave del mismo centro de la Roma de los Césares). Los hallazagos fueron más sorprendentes al encontrarse también el recinto de un mitraeum del siglo IIIº, con un ara y otros elementos usados en el antiguo culto a Mitra (una divinidad oriental, asimilada sincréticamente al culto solar de Helios-Apolo, con un peculiar ritual de iniciación mistérica).
Esa basílica inferior fue consagrada en el año 385; en ella se celebraron algunos concilios romanos del siglo V. En sus muros se conservan pinturas interesantísimas, de extraordinario valor iconográfico; entre ellas, unas que ilustran parte de la historia de San Clemente, con las escenas simpatiquísimas de la leyenda de Sisinio:
Sisinio era un impío magistrado romano, de la época de San Clemente; su mujer Teodora, que era secretamente cristiana, asistía con devoción a la Misa que celebraba San Clemente; su marido, sospechando, la mandó seguir y cuando supo que estaba en un culto cristiano, se dirigió dispuesto a detener al Papa y sus acompañantes; pero al entrar en la sala donde Clemente celebraba la Misa, se quedó ciego de repente, y tuvo que ser conducido a su casa, enfermo y sin vista.
San Clemente, piadoso, se presentó en casa de Sisinio, para rezar por él y curarle; pero Sisinio, colérico, mandó a tres de sus criados que agarrasen al Papa y lo tiraran con violencia a la calle. Cuando los criados le echaron mano, Clemente desapareció y en su lugar apareció una pesada columna que los criados apenas podía sostener. Parte de esta historia figura representada en la pintura sobre el muro (arriba la Misa, y debajo la escena de la columna).
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Tienen un valor añadido: Como en los modernos cómics, el pintor ilustró con unas frases la acción representada, escribiéndolas en el romanesco vulgar que se hablaba en la Roma del siglo X-XI, cuando el italiano empezaba a cuajarse desde el latín original.
San Clemente (hablando desde la columna) dice en latín: - "Por la dureza de vuestro corazón, habeis merecido arrastrar piedras"
Pero los tres criados (Albertel, Cosmari y Carvoncelle) y el pagano Sisinio se expresan en el vulgar lenguaje del populacho y uno dice:
- " Falite dereto colo palo, Carvoncelle " (Pónlo derecho con el palo, Carvoncelle)
Y Sisinio dice:
- " Fili dele pute, traíte !" (Hijos de puta, tiradlo !) .
En fin, una basílica romana con un rico tesoro espiritual, artístico, arqueológico, lingüístico, y hasta humorístico, con un insospechado fumetto-cómic del siglo XI. Insuperable.
Hoy, que es su día, podría haber escrito de la Procesión de la Espada, de San Fernando, de la Reconquista de Sevilla, o del Monasterio de San Clemente, todas estas clementinas sevillanerías. Pero he preferido esta otra semblanza, más romana, como el propio San Clemente.
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jueves, 22 de noviembre de 2007
Las manos de Cecilia

El descubrimiento del cuerpo admirablente (milagrosamente) conservado causó enorme conmoción por la forma en que se presentaba: Reclinado sobre la superficie del nicho, vestido con una simple túnica, con la cabeza envuelta en un lienzo y girada, mostrando el tajo mortal en el cuello. Pero en la disposición del cuerpo, más que las huellas del martirio, resaltaba la peculiar disposición de las manos: La derecha con el pulgar, índice y corazón extendidos; la izquierda, con el índice sólo.
Era una forma cristiana de significar la fe en la Trinidad de Dios: Un Dios-Tres Personas. Un credo abreviado, tan plástico y comprensible como el lenguaje gestual de los mudos y los sordos, tan elocuente en la patética figura de Cecilia.
Por esa fe eran martirizados. A veces se escogia deliberadamente a los miembros más conspicuos, más selectos, más llamativos de la Iglesia de Roma. No fué la única doncella de familia señalada y relativamente conocida que acabó víctima de la persecución. Antes y después que ella otras más fueron conducidas al tribunal y al patíbulo, donde se confesaron cristianas, se conservaron vírgenes, y se entregaron mártires. Luego la Iglesia las honraria con una especialísima gloria, sabiéndolas el séquito del Cordero Inmaculado, Rey de las Vírgenes y Fuente de toda santa virginidad.
En todas se admira la misma fortaleza, virtud, ofrenda. En cada una destaca un particular detalle, que las perfila, que las resalta, firmes como torres sobre roca, puras como lirios sobre nieve.

Al poco de cesar las persecuciones, durante la devastadora crisis arriana, los falseadores de la Fe olvidaron que por Unus de Trinate qui passus est, habían sido inmolados vírgenes y mártires, sacerdotes y niños, madres con sus hijos, hombres con su familia: Por confesar y mantener la la verdad sobre Cristo, la fe transmitida por Pedro y Pablo, por los Apóstoles que fueron sus primeros y privilegiados testigos; la única fe que salva porque es la que confiesa al Cristo Jesús, el Enmanuel nacido de Vírgen, el Dios con nosotros, entre nosotros, por nosotros.
Cuando vuelven minimalismos de tufo arriano, cuando se parcializa y reduce al Verbo que se hizo Carne, que se hizo Hombre siendo Dios de Dios ab aeterno, las manos de Cecilia son un clamor.
Parece que fueran a pulsar notas en un arpa, en un salterio, en un órgano (sobre un corazón, en una mente, en el alma); dispuesta a entonar, a tocar una melodía de triples notas y un ritmo, de una voz con tres acordes, de tres registros de una única, sola, poderosa y eterna música que canta al Uno y le dice Trino con un Trisagio angélico: Ágios-Ágios-Ágios /Sanctus-Sanctus-Sanctus/Santo-Santo-Santo...!!!
Fragmento de la Oda a Stª Cecilia, de Henry Purcell.
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