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miércoles, 21 de octubre de 2015

Más notas, también teresianas - y otras - sobre retratos



Una forma no visual de retratar es la descripción, por medio de la palabra, que puede referir formas corporales o definir impresiones anímicas y/o espirituales. La tradición que presenta a San Lucas, el tercer Evangelista, como pintor de la Virgen es venerable y muy antigua, atribuyéndosele numerosos iconos de la Madre del Señor, veneradísimos por los fieles de las iglesias de Oriente y Occidente. Sin embargo, salvando la posibilidad de la existencia de algún prototipo que tuviera relación con el Evangelista, estimo que todo pudiera proceder, realmente, de los dos sumarios de su Evangelio en los que San Lucas traza un perfil profundo, un valioso 'retrato' de la intimidad, espiritualidad y carácter de la Theotokos:

Lc 2,19 "...Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón."

Lc 2,51b "...Su madre conservaba estas cosas en su corazón".



No hay mejor retrato de la Virgen que el que San Lucas pinta en estos dos preciosos versículos, alma de la Mariología.

Santa Teresa de Jesús hace lo mismo cuando describe a su confesor y maestro espiritual, San Pedro de Alcántara: "...era muy viejo cuando le vine a conocer, y tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles. Con toda esta santidad era muy afable, aunque de pocas palabras si no era con preguntarle. En éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento" (Libro de su Vida cap. 27)




Y en otro escrito, uno de sus poemas, la Santa habla expresamente del retrato, refiriéndose a la impronta/imagen de Dios en el alma:


De tal suerte pudo amor,
alma, en mí te retratar,
que ningún sabio pintor
supiera con tal primor
tal imagen estampar.

Fuiste por amor criada
hermosa, bella, y así
en mis entrañas pintada,
si te perdieres, mi amada,
Alma, buscarte has en Mí.

Que yo sé que te hallarás
en mi pecho retratada,
y tan al vivo sacada,
que si te ves te holgarás,
viéndote tan bien pintada.


(poema titulado 'Alma, buscarte has en mí')




+T.

sábado, 11 de julio de 2015

Del periplo intra-americano



Sigo con comedida circunspección el periplo de PP Franciscus. Salvo raras excepciones, los viajes papales me interesan poco. Juan Pablo II usó (y abusó) de un modelo viajero que se repite hasta el presente, incluso ahora, en pleno zarandeo francisquista. Todo parece, suena y se desarrolla como un déjà vu, como una enésima entrega del NO-DO (ver para quien no sepa qué es no-do), mutatis mutandis (el NO-DO era mucho más interesante que los Romereports de los periplos papales, of course).

Me preguntaba uno que qué me parecía que usaran un macdonal como sacristía. Respondo que las sacristías de las multitudinarias multi-concelebradas Misas papa-viajeras no desentonan con una hamburguesería, les va bien como recinto ocasional.

Quería otro que comentara lo del exabrupto-regalo del blasfemo-crucifijo de Evo Morales. Respondo que entra dentro de lo que cabe esperar del presidente boliviano (así como de la receptividad de la diplomacia francisquista que no evitó el caso, supuesto que esas cosas no son, propiamente, sorpresas, sino detalles que se preparan, se saben y se discuten previamente). Conque tal para cual. Cosas más vulgares se regalan, como la canasta de granja de la queen de la Gran Bretaña, no hace mucho, in palatio ipso vaticano. Si la reputadísima experta granbretañesa se portó así, que Evo, siendo Evo, regale un crucifijo look leninista, entra dentro de lo coherente coram PP Francisco.

De otros capítulos del viaje papal, diré, como otras veces, que me emocionan los católicos sencillos que aclaman al Papa (que sea, concretamente, Franciscus es una mera eventualidad de sujeto-persona) y le piden bendiciones (que Franciscus les da tan desmañadamente, pergeñando cruces minimalistas, apenas reconocibles en su desaliñado trazo). También me emocionan las devotas veneraciones de PP Franciscus a las imágenes de la Santísima Virgen, gestos sinceramente devotos: También son sinceros y emocionantes sus saludos y gestos de afectos a enfermos y humildes. Son de verdad y dan consuelo.

Las Misas, tocante a la liturgia, son un calco del estándar creado cuando JP2, tal cual, sin variantes perceptibles. Conservan esa conjunción de elementos discordantes-chirriantes en algunos detalles concretos. En la Misa de Stª Cruz, en Bolivia, por ejemplo, el Papa pronunció el 'por muchos/pro multis' en la consagración del Cáliz (¡bien!) pero el coro cantó el 'amen' de la doxología con música y ritmo de espiritual-song (¡muy mal!). Sirva el detalle de ilustración, passim.

Sin embargo, lo que más me alteró la bilis católica fue el sermón, la homilía repelente, del estilo de la que te puede predicar un abominable jesuita modernista:

"...Le piden a Jesús que los despida, ya que es imposible alimentar a tanta gente. Frente a tantas situaciones de hambre en el mundo podemos decir: «No nos dan los números, no nos cierran las cuentas». Es imposible enfrentar estas situaciones, entonces la desesperación termina ganándonos el corazón. En un corazón desesperado es muy fácil que gane espacio la lógica que pretende imponerse en el mundo de nuestros días. Una lógica que busca transformar todo en objeto de cambio, de consumo, todo negociable. Una lógica que pretende dejar espacio a muy pocos, descartando a todos aquellos que no «producen», que no se los considera aptos o dignos porque aparentemente «no nos dan los números». Jesús una vez más vuelve a hablarnos y nos dice: No es necesario que se vayan, denles ustedes de comer. Es una invitación que resuena con fuerza para nosotros hoy: «No es necesario que nadie se vaya, basta de descartes, denles ustedes de comer». Jesús nos sigue diciendo en esta plaza. Sí, basta de descartes, denles ustedes de comer. La mirada de Jesús no acepta una lógica, una mirada que siempre «corta el hilo» por el más débil, por el más necesitado. Tomando «la posta» Él mismo nos da el ejemplo, nos muestra el camino. Una actitud en tres palabras, toma un poco de pan y unos peces, los bendice, los parte y entrega para que los discípulos lo compartan con los demás. Ese es el camino del milagro. Ciertamente no es magia o idolatría. Jesús, por medio de estas tres acciones logra transformar una lógica del descarte, en una lógica de comunión, de comunidad. Quisiera subrayar brevemente cada una de estas acciones.

Toma. El punto de partida, es tomar muy en serio la vida de los suyos. Los mira a los ojos y en ellos conoce su vivir, su sentir. Ve en esas miradas lo que late y lo que ha dejado de latir en la memoria y en el corazón de su pueblo. Lo considera y lo valora. Valoriza todo lo bueno que pueden aportar, todo lo bueno desde donde se puede construir. Pero no habla de los objetos, o de los bienes culturales, o de las ideas; sino de las personas. La riqueza más plena de una sociedad se mide en la vida de su gente, se mide en los ancianos que logran transmitir su sabiduría y la memoria de su pueblo a los más pequeños. Jesús nunca se saltea la dignidad de nadie, por más apariencia de no tener nada para aportar o compartir.

Bendice. Jesús toma sobre sí, y bendice al Padre que está en los cielos. Sabe que estos dones son un regalo de Dios. Por eso, no los trata como «cualquier cosa» ya que toda esa vida, es fruto del amor misericordioso. Él lo reconoce. Va más allá de la simple apariencia, y en este gesto de bendecir, de alabar, pide a su Padre el don del Espíritu Santo. El bendecir tiene esa doble mirada, por un lado agradecer y por otro el poder transformar. Es reconocer que la vida, siempre es un don, un regalo que puesto en las manos de Dios, adquiere una fuerza de multiplicación. Nuestro Padre no nos quita nada, todo lo multiplica.

Entrega. En Jesús, no existe un tomar que no sea una bendición, y no existe una bendición que no sea entrega. La bendición siempre es misión, tiene un destino, compartir, el condividir de lo que se ha recibido, ya que sólo en la entrega, en el com-partir es cuando las personas encontramos la fuente de la alegría y la experiencia de la salvación. Una entrega que quiere reconstruir la memoria de pueblo Santo, de pueblo invitado, llamado a ser portador de la alegría de la salvación. Las manos que Jesús levanta para bendecir al Dios del cielo son las mismas que distribuyen el pan a la multitud que tiene hambre. Podemos imaginar cómo iban pasando de mano en mano los panes y los peces hasta llegar a los más alejados. Jesús, logra generar una corriente entre los suyos, todos iban compartiendo lo propio, convirtiéndolo en don para los demás y así fue como comieron hasta saciarse,
increíblemente sobró: lo recogieron en siete canastas. Una memoria tomada, bendecida y entregada siempre sacia a un pueblo..."

Esto dijo. Con esa impresión de repetir la patraña de los impíos incrédulos que, como niegan el milagro de la multiplicación, idean la fábula comunitarista del 'compartir'.

Yo, pobre sacerdote católico, siempre indigno, cuando me pongo a escuchar al Papa que habla de la Eucaristía, del Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, del Sacrificio del Altar, espero más, mucho más, mucho, mucho más. Confieso que me daña espiritualmente la decepción de escuchar tan pobre sermón, tan archi-manida y poco-católica predicación post-vaticanosecundista, tan confusa, tan insuficiente, con flecos tan descreyentes. Me afecta sacerdotalmente. Mucho.

Menos mal que, por otra parte, la gente no se entera de nada, porque en esas Misas la siembra se la llevan los pájaros volando y ni siquiera toca tierra.

Pero aunque la gente no lo oyera, ahí quedó lo dicho. Y hasta se publicará en la AAS como un texto, una predicación, una doctrina - ¡¡ay!! - del Papa en Bolivia.

Junto a esto, lo del crucifijo hoz-martilleado de Evo es nada, un detalle de mal gusto, y poco más.


+T.

sábado, 4 de abril de 2015

Aquella tarde...

Le tengo antigua devoción a esta imagen, una pintura del escocés William Dyce, un artista romántico, de estilo entre los nazarenos alemanes y los pre-rafaelistas ingleses. Aparecía en una ilustración del misal de mi madre, un incómodo grueso volumen de Chicago Press, una exquisita edición del Misal de Juan XXIII de 1962, ricamente ilustrado con grabados, viñetas y una colección estupenda de reproducciones en color de cuadros, una cuidada selección de iconografía cristiana. Fue un regalo de mi padre por el santo de mi madre, en Julio de 1964.

Como misal, era quasi inmanejable. Mi madre nunca lo llevó a Misa y continuó usando su manoseado misal relleno de estampitas y sujeto con un elástico negro. Quien más lo utilizaría sería yo. Los días que guardaba cama porque estaba malo, lo primero que pedía era el libro de misa de mamá. Lo sacaba de su caja de cartón rojo, lo abría, olía sus páginas, y me pasaba horas viendo las ilustraciones y leyendo el latín que no entendía; el comentario al pie de las imágenes estaba en español y me fui aprendiendo nombres de artistas: Van Eyck, Rogier van der Weyden, Dierick Bouts, Gerard David, Mantegna, Bellini, Durero, Ricci, Zurbarán, Rubens. Guardo ese misal como un tesoro muy personal.

El cuadro de W. Dyce representa las últimas escenas del Viernes Santo: Nicodemo y José de Arimatea han cerrado el Santo Sepulcro y salen del jardín; postradas frente a la entrada de la tumba, dos de las Marías lloran desconsoladas; en primer plano, la Virgen, triste, serena, doliente, guardando en su corazón la pasión del Hijo, camina de la mano de San Juan Evangelista, el hijo recibido aquella misma tarde, iuxta Crucem.

El rostro de la Virgen Madre no es joven, está demacrado, contiene el dolor y concentra su mirada en la corona de espinas del Señor, que lleva en una mano; la otra descansa sobre la mano de Juan, que la mira entristecido.

Al fondo cae la tarde pascual, con nubarrones tormentosos que clarean en la línea de los montes, por donde declinó el Sol, con un cielo abierto de suave azul crepuscular más arriba.

Así, como esa escena de suave y recogida intimidad, de dolor profundo y esperanza recóndita, de esa forma imagino también el retorno de los que estuvieron junto a Él en el Calvario, la vuelta a la Ciudad Santa de quienes le lloraron y pusieron su Cuerpo en el sepulcro. Aquella tarde.


+T.

viernes, 3 de abril de 2015

Consummatum est




Sciens Iesus quia iam omnia consummata sunt ut consummaretur scriptura dicit sitio
vas ergo positum erat aceto plenum illi autem spongiam plenam aceto hysopo circumponentes obtulerunt ori eius cum ergo accepisset Iesus acetum dixit consummatum est   Io 19, 28-30





+T.

Imagen: Consummatum est, de James Tissot, 1886

miércoles, 1 de abril de 2015

Dominus flevit


Los Santos Evangelios datan la escena en torno al episodio de la entrada del Señor en Jerusalén, poco después o en el mismo transcurso de la llegada de Cristo a Jerusalén; en San Mateo y San Marcos Jesús profetiza emocionado la próxima ruina y destrucción de la Ciudad Santa y su Templo (Mt. 24. 1-3 Mc. 13. 1-4); en San Lucas, desde el Monte de los Olivos, Cristo se conmueve al ver la Ciudad y llora: "...et ut adpropinquavit videns civitatem flevit super illam..." (Lc 19, 41), dolido por la perfidia de su pueblo, que le rechaza, siendo su Mesías. Por este pecado, Jerusalén será asaltada y el Templo destruido.

La voluntad humana de Cristo está uniendo a la divina del Verbo sus afectos, sus emociones. En el entendimiento de la comunicación de idiomas, decimos que Dios lloraba por Jerusalén amando a Jerusalén y dolido por su ciudad. Por ningún otro sitio podemos decir que ha llorado Dios, siendo para Él la Jerusalén terrena, la histórica, objeto especial de su querer. Un particular misterio del gran misterio del amor de Dios.

Cuando aparece más tarde en el Apocalipsis, Jerusalén desciende de lo alto (Ap 21, 2 y ss.) como si hubiera sido subida al cielo, siendo allí purificada, restaurada, recreada y glorificada. Como si el Señor se la hubiera reservado con precioso celo para convertirla en parte de su triunfo final, morada capital para su Reino eterno.

Por la muerte y resurrección de Cristo, en cierto correlato, hubo también una pasión de Jerusalén, que Cristo lloró, y habrá una gloria de Jerusalén que con Cristo Rey advendrá.


"...benedicat te Dominus ex Sion et videas bona Hierusalem omnibus diebus vitae tuae!"



+T.

domingo, 29 de marzo de 2015

Hosanna !!!

 
Venía humilde, sobre una borriquilla, bajando desde el Monte de los Olivos, con la gente coreando vítores y bendiciones, agitando a su alrededor ramos de olivos y palmas, clamando ¡Hosanna! y echando a su paso los mantos sobre el camino.

Su rostro sereno y hermoso irradiaba paz y santidad, sus manos bendecían con majestad nunca vista, derramando salud y consuelo a quienes le miraban. Todos sentían una emoción honda, religiosa, exaltada, jubilosa.

Desde el amanecer, el sol doraba con reflejos esplendentes las murallas, las puertas, el Templo y el Santuario. Cuando Él y su clamoroso cortejo pisaron los umbrales de la Ciudad Santa, el aire se estremeció con una suave brisa de santidad y gracia, como si las antiguas profecías se hubieran vuelto aromas de rico olor, perfumes del Santo de los Santos que trasminaban sacralidad en torno a Jesús Nazareno.

Mientras así subía a la Casa de su Padre, el zureo de las palomas, los silbos de los vencejos, los trinos de las golondrinas parecía que repetían con ecos en vuelo ¡¡¡Hosanna, Hosanna, Hosanna!!!


+T.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Ave María !


El aire que dormía
un sueño de amargura y negra pena,
la noche que mataba
con muerte de tristeza y hondo miedo,
la sombra que arrastraba
su coda tenebrosa amenazante...
...todo lo oscuro volvióse claro al alba.

Al vuelo en descensión del blanco Arcángel
seguíale una luz de eterno cielo,
un rastro incontable de luceros...

La puerta se quedó abierta en lo alto,
abajo Gabriel rezaba el primer Ave,
y el seno de la Virgen acogía
hecho carne suya al Hijo Eterno.

Con suave y nueva, nunca oída, melodía
los Querubines coreaban en la Gloria
el primer Evangelio: ¡Ave María!


Ex Voto

+T.

domingo, 22 de febrero de 2015

Iglesia tentada


Si el Señor fue tentado, la Iglesia siempre ha estado tentada por el mismo que tentó al Señor, Satanás. La profecía de que no será derrotada por el poder infernal lleva implícita la certeza de que la Iglesia se verá constantemente atacada, asediada por las fuerzas del Maligno, cuyas arremetidas se manifiestan de muchas y diversas formas. Pero más que el ataque puntual, externo, de las fuerzas oscuras, la Iglesia debe temer sobre todo la seducción perversa, el engaño que la conduzca a entregarse y obrar el mal.

Siguiendo la secuencia de las tentaciones de Cristo en el desierto, podríamos aplicar a la Iglesia actual ese mismo paradigma de las tres tentaciones diabólicas (Mt 4, 1-11; Mc. 1, 12-13 Lc 4, 1-13):


- "Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes".  Es la Iglesia tentada por el temporalismo, por el activismo, por la urgencia de la promoción social y la justicia intramundana olvidada de la justicia Dios; es la iglesia que ha perdido el celo misionero por la salvación de las almas y se trasmuta en la iglesia-ong, la iglesia de quienes ya no predican el Reino de Dios ni piden su advenimiento porque se han persuadido de que toda la obra de evangelización es material, reducida a una misericordia corporal elevada al nivel de iniciativas estructurales globales, mundiales: La tentación de la iglesia-FAO.

- "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra". Es la Iglesia tentada por el éxito y el aplauso del mundo, la iglesia del diálogo, la iglesia reducida a instancia cultural entre las culturas, la iglesia del perpetuum mobile, del constante aggiornamento, la iglesia del baile con todo y con todos, la iglesia-espectáculo, la iglesia-circense, la iglesia de las jmjs, los mass media, los twitters, las novedades, la iglesia que se apunta al hip-hop y al trending topic, la iglesia banalizada que degenera en fan de sí misma, se aplaude a sí misma, se organiza para ella misma fuegos artificiales y se celebra continuamente, continuamnete encantada de ella misma, inconscientemente feliz, deslumbrada y embelesada con las mil y una posibilidades de nuevas iniciativas y fascinantes éxitos.

- "Te daré todo esto, si te postras para adorarme". Es la Iglesia tentada por el poder, al borde del precipicio de la idolatría mundanal, atraída por los reinos y potestades del mundo, la iglesia que planea alianzas, ejes, pactos con los poderes mundanos y los poderosos del mundo, la iglesia ebria con el vino de la ambición imperante, la iglesia que sueña con la dominación de esferas, órbitas, universos.


Sólo hay que echar un vistazo sumario a la Historia de la Iglesia para hacerse una rápida analepsis, un flashback con momentos y personajes que han caído en la tentación de las tentaciones de la Iglesia.

Hoy mismo, la Iglesia está expuesta, tentada por las tentaciones de siempre. Hasta podemos poner rostro a los 'hombres de iglesia' protagonistas de la tentación por pensamiento, acción y/u omisión.

¿No lo ven Uds.? ¿O es que están tan enredados en las tentaciones que no perciben, que no sienten, que no disciernen que se trata de tentaciones, que son las tentaciones de entonces, de ayer, de siempre?



Evígila super nos, ætérne Salvátor,
ne nos apprehéndat cállidus tentátor,
quia tu nobis factus es sempitérnus adiútor.

Vela sobre nosotros, Salvador eterno;

sé tú nuestro protector,
que no nos sorprenda el tentador astuto.


+T.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Los talentos


Me inquietan las Parábolas que obligan a examinarse, son incómodas, nunca sé si me las aplico bien, si me juzgo con dureza o si peco por auto-indulgente. Tampoco entiendo algunos de sus pormenores.

Sobre la de los talentos me pregunto por qué no sale un cuarto personaje que hubiera perdido el talento entregado, una posibilidad que sucede continuamente en el mundo real, con hombres que lo perdieron todo y arruinaron su vida. ¿Es que esos talentos de la Parábola no se pueden perder, no los pierde ni el más incompetente, ni el más irresponsable, ni el más indolente?

¿Qué son los talentos? ¿Bienes, cualidades, oportunidades, medios, circunstancias...?

¿Cuál es el bien que no se pierde y que merece multiplicarse, crecer, para ser al fin devuelto incrementado, sin excusas?

Creo que ese talento sólo puede ser el amor de Dios: Se nos da y hay que devolverlo con creces, no es admisible que se devuelva lo mismo que se recibió.

También, en semejante sentido, la gracia y todos los dones que proceden de Dios: Sacramentos, virtudes, auxilios, perdón, vocación. No son cosas que se pierden como se malogran los bienes del mundo, aunque pueden quedar sin uso, sin aprovechamiento por nuestra parte.

Por eso es indigno excusarse por temor y acusar de implacable a Quien nos entrega su amor, el talento de su amor.

Que nadie olvide que el Amor merece amor y sólo se paga con amor.


+T.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Sobre Sodoma y Gomorra


Los que argumentan a favor de la aberración gay-lesbi insisten en que en los Santos Evangelios el Señor no condena, ni juzga, ni menciona siquiera ese pecado.

Olvidan (o eluden) el texto del Evangelio que se ha rezado en la Misa de hoy (N.O. Misal Pablo VI, Viernes XXXII, Leccionario Ferial ciclo año par):

"...Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste." Lc 17, 28-30

En mitad de un sermón escatológico (Lc 17, 20-35), el Señor cita la historia de Sodoma y Gomorra, dándola por muy sabida, muy conocida, y asumiendo la condena del pecado y los pecadores sodomitas y gomorritas, tal y como se narra en Gn 18.

Si el Señor hace esa referencia explícita, asume implícitamente la condena de los vicios de Sodoma y Gomorra, vicios que causaron el castigo terrible de las ciudades pecadoras y de sus ciudadanos.

Sólo escapó Lot, con su familia. Ni siquiera se le consintió a la mujer de Lot volver la cabeza para ver (fuera nostalgia, fuera curiosidad). E insiste el Señor: 'Acordaos de la mujer de Lot.' Lc 17,32

Yo lo veo muy claro, entiendo claramente el texto, las palabras del Señor, que al poner como ejemplo, como advertencia, el castigo tremendo de Sodoma y Gomorra alude también a aquello que se estaba condenando y castigando, el pecado nefando de los sodomitas y los gomorritas.

Por supuesto, esta breve exégesis que hago cree en el Evangelio, en que esas fueron las palabras del Señor, recogidas y transmitidas en ese texto del Santo Evangelio de San Lucas, un texto inspirado, con valor de revelación. Es decir, creo todo eso que siempre ha creído la Iglesia, todo eso que la exégesis modernistizante niega y explica contra la doctrina de los Santos Doctores y del Magisterio.

Sobre el caso de la moral des-católica que pretende exculpar y valorar las prácticas homosexuales, me pregunto: ¿Qué fue primero, la pérdida de fe en el Evangelio y la Doctrina o la perversión moral que justifica la aberración? ¿La increencia llevó a la inmoralidad, o la inmoralidad condujo a la increencia?

p.s.  Por si no lo leyeron, sobre lo mismo: Sed contra


+T.

domingo, 20 de abril de 2014

Las primeras

Primero fueron las mujeres, como rezan los Evangelios '...cuando todavía era oscuro'. Llegaron sin luz, sólo movidas, atraídas, impulsadas por el amor, arrastradas por el amor después de la muerte, que es un amor fuerte, con la pasión del dolor latiendo y amando al Crucificado, al Muerto, al Sepultado.

Iban con ungüentos, con perfumes, con bálsamos para su Cuerpo, con el temor y el temblor de repetir con el Yacente lo que hicieron ellas mismas o vieron hacer a otras: Ungir sus pies, perfumar su cabeza, besar sus manos, llorar a sus plantas y secarlas con su cabellera, mientras Él las miraba y las bendecía con sus ojos y sus labios, entonces llenos de gracia, ahora cerrados y yertos.

Iban sobrecogidas, cuando todavía no rompía el alba, con el rocío fino de la madrugada licuando su frescura sobre sus cabezas, confundiéndose con el brillo de sus lágrimas. Estremecidas por el frío de la brisa y conmovidas por la emoción del duelo.

Eran tres, como tres luceros en la noche, tres Marías antes del alba, más lucientes cuanto más oscuro.

No eran la Madre, pero iban como madres de un mismo Hijo, el corazón en la boca y el alma herida. No eran la esposa, pero caminaban al barrunto de un amor empeñado en más amor. Eran llorosas doncellas con lámparas ardientes y ungüentos fragantes. Eran madres con bálsamos de dulce olor y pechos de interno dolor.

Fueron esperadas por Ángeles. Recibieron una anunciación celeste, temerosas también, como la Virgen Madre de la Anunciación primera. Se les anunció la gloria como a los pastores de Belén, con luz y un alborozo nuevo que sus mentes embeleñadas por el dolor de la Pasión no entendieron al momento.

-"... De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: '¡Alegraos!'. Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de Él."


+T

miércoles, 16 de abril de 2014

Verónicas



La tradición del retrato milagroso ('ajeiropoietos'=no hecho por mano humana) de Cristo es común a Oriente y Occidente, pero con algunas diferencias, que identifican dos tradiciones (o dos fuentes) coincidentes en lo esencial y distintas en sus pormenores.

Lo esencial es el mismo rostro de Cristo, la Santa Faz del Señor, con esos rasgos que la iconografía cristiana describe como 'siríacos': Frente alta, cabellera larga, barba en punta bífida, que serían una especie de mínimo básico coincidente que se repite en las más antiguas iconografías cristológicas orientales, dependientes de un modelo real que podríamos decir 'histórico'.


La tradición, sin embargo, difiere en cuanto a la datación de la procedencia: Una atribuye el retrato ajeiropoietos de Cristo a la tradición milagrosa del mandylion del Rey Abgar de Edesa, y la otra relata la escena del paño/velo de la Verónica, la VIª estación del Via-Crucis.

La tradición del mandylion de Edesa conduce al estudio apasionante de los apócrifos, la crisis iconoclasta y, más recientemente, la supuesta identificación del mandylion con la Santa Síndone y las vicisitudes de la reliquia custodiada por los Templarios (teoría bastante bien documentada por la historiadora Bárbara Frale, pero difícilmente probable más allá de los supuestos con los que trabaja). Valga decir, resumiendo, que la Santa Faz del Mandylion es uno de los modelos-tipos iconográficos más reproducidos y venerados en la tradición iconográfica greco-bizantina y de la Rusia Ortodoxa.



En Occidente, sin embargo, se mantiene desde el medievo la iconografía de la Santa Faz según la tradición de la Verónica. La erudición sumaria del revisionismo criticista despachó el tema como una fabulación piadosa desde la misma palabra, según la muy improbable conjunción del término latino 'vera' con el griego 'ikon'. Pero la tradición piadosa más extendida habla de una mujer real, discípula de Cristo, una tal Berenice (la hemorroísa de Mt 9,18-26 y pp , precisan algunas fuentes), que, en mitad de la Via Dolorosa, enjugó con su velo el rostro herido de Cristo, cuya Santa Faz quedó impresa en el paño de la piadosa mujer.

Si los varios ejemplares existentes del Mandylion se explicaban por el 'tetradyplon' (cuatro pliegues), también la veneración de varias reliquias de la Verónica se justificaba por los tres (o más?) dobleces del velo donde quedó impresa la Faz del Señor. Coincidencias de las fuentes, otra vez.

En el arte español se han representado las dos tradiciones, si bien la leyenda del Rey Abgaro desaparece como tema poco a poco, extinguiéndose postreramente con la retablística tardogótica del siglo XV-XVI. No así la iconografía de la Verónica, que sigue floreciendo como sub-tema pasionista durante el renacimiento y el barroco, llegando hasta nuestros días.

En Sevilla, la Hermandad del Valle estrena cada año un paño de la Verónica nuevo, pintado por algún reconocido artista de la ciudad (ver la colección).

Para el Monumento del Jueves Santo de mi Parroquia, me pintaron uno el año pasado, y este año otro, los dos preciosos (el de 2013 muy zurbaranesco, el de este año más roldanesco).

Los ha pintado una 'verónica', una artista, una mujer piadosa.

Para Uds. para ella y para mí pido lo que devotamente se ruega en el Via-Crucis: Que el Divino Rostro, el rostro de su pasión, se plasme en nuestras almas con gracia indeleble.




+T


domingo, 13 de abril de 2014

Hosanna in excelsis


Le hemos acompañado, desde el Monte de los Olivos hemos caminado entre la gente que le aclamaba agitando ramos de olivos y palmas doradas. También cortamos ramas que parecían de plata y seda cuando las mecíamos a su paso, aclamándole con los niños y los mozos que rodeaban el borriquillo que montaba. ¡Qué bello es su rostro! Brilla con luz más luminosa que el sol; no sé decirlo, pero su faz serena y hermosa irradia un resplandor de paz, de gracia. Sus ojos, profundos, son, cuando miran, un pozo de misericordia, de compasión y salud, reflejando pureza, misterio, poder y humildad a la vez, irresistibles, sabios, confortantes, apacibles y piadosos.

Vimos desde lo alto del Monte de los Olivos, la bella visión de Jerusalén dorada, dorado su cielo, dorados sus muros, dorado el Templo. Y a Él le vimos llorar, también con lágrimas doradas que desde sus ojos dejaban marcadas con oro de pena sus mejillas y brillaban como puntas de oro en su barba. Lloraba por Jerusalén, que no le reconocía, por la Jerusalén que no levantaba a su paso ramos de olivo y palmera, por los de Jerusalén que no le abrían las puertas de sus almas y endurecían sus corazones como piedras insensibles a su palabra. Lloraba con amargura, con llanto lento, reheleando desengaños, traiciones, negaciones, abandonos. Lloraba y no dejaba de irradiar consuelo, hasta llorando trasminaba luz y gloria, paz y gracia.

Cuando llegó a las puertas de la Ciudad Santa, el pueblo tendía sus mantos en el camino, para que pisara sobre ellos, y cubrían con ramos de mirto y romero su paso. Las mujeres desembozaban su rostro y abrían sus brazos bendiciéndole, como si fueran su madre, como si fueran su esposa. Cuando Él las miraba, ellas se arrodillaban, besaban sus pies, tocaban con timidez temblorosa y reverente sus manos, su túnica, con la emoción derramándoseles en lágrimas.

También brillaban los ojos de los hombres que le escoltaban. Algunos de sus discípulos, sus Apóstoles, iban musitando salmos, casi extáticos; otros vitoreaban con la multitud, fervientes, expandiendo el gozo de aquel triunfo espontáneo brindado por los humildes que creían y querían a Jesús Nazareno.

Después, cuando volvimos, tomé y guardé una ramita de olivo de las que quedaron en el suelo cuando Él pasó. La besé como si besara los pies del Nazareno, y la guardé en mi pecho como si atesorara la clave de una hora de Gloria con infinitos instantes de Cielo.

No sabe qué es amor quien no te ama,
celestial hermosura, esposo bello,
tu cabeza es de oro, y tu cabello
como el cogollo que la palma enrama.

Tu boca como lirio, que derrama
licor al alba; de marfil tu cuello;
tu mano el torno y en su palma el sello
que el alma por disfraz jacintos llama.

¡Ay Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando
tanta belleza y las mortales viendo,
perdí lo que pudiera estar gozando?

Mas si del tiempo que perdí me ofendo,
tal prisa me daré, que un hora amando
venza los años que pasé fingiendo.


Lope de Vega ~


+T.

martes, 8 de abril de 2014

De Lázaro a Caifás


En el Evangelio de San Juan, el milagro de la resurrección de Lázaro marca una inflexión en la narración, abocada ya, desde este episodio a la Pasión, tan cerca en el tiempo como en el espacio Betania dista de Jerusalén, al otro lado del Monte de los Olivos.

De este Evangelio me impresiona la tensión que el Señor, conscientemente (deliberadamente), va dejando crecer hasta que estalla en el desahogante reproche de Marta y en las lágrimas del mismo Cristo, como un desbordamiento de sentimientos personales y religiosos, de la carne y del espíritu, lo humano y lo divino en esa intensa conjunción que rige el misterio del Dios-con-nosotros, el Verbo encarnado. En este Evangelio, valdría decir la Palabra hecha emoción, Dios hecho llanto, recurriendo a la osadía de la siempre vertiginosa y conmocionante comunicación de idiomas.

Al fin, el clímax de la escena provoca una de las confesiones de fe cristológica más completas de todo el Nuevo Testamento:


 "...Marta dijo a Jesús: 'Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas'. Jesús le dijo: 'Tu hermano resucitará». Marta le respondió: 'Sé que resucitará en la resurrección del último día'. Jesús le dijo: 'Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí,no morirá jamás. ¿Crees esto?'.
Ella le respondió: 'Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo'..." Jn 11, 20-27


Marta, la activa y vivaz, la que servía al Señor con inquieta dedicación, tan distinta de María, su hermana; Marta no se resigna sino que golpea con su fe rotunda y sufriente el pecho del Señor; no le besa los pies ni le unge, no le derrama bálsamo, sino que confronta su esperanza dolorosamente decepcionada y abre su corazón rebosante de fe y sufrimiento; choca su alma con Cristo, con la bravura de quien sabe a Quien se está dirigiendo, con Quién se está confrontando en un combate de amor, dolor y fe, donde no se distingue qué le rompe más, si la muerte de Lázaro, su hermano, o la inactividad de Cristo.

El fin del episodio es terrible, porque nadie, ningún humano, está preparado para ver resucitar a uno que es cadáver hediondo de cuatro días. La voz imperante de Jesús Nazareno tuvo que resonar - pasando del oído al alma - en lo más profundo de cada uno de los que la oyeron, como un clamor ancestral, pre-humano, pues era la voz del Creador llamando a la vida.

Después sigue el Evangelio contando la turbación del Sanedrín porque muchos jerosolimitanos creían en Cristo al enterarse de lo de Lázaro.

La profecía de Caifás, sumo sacerdote, es un evangelio (Jn 11, 45-57) con un enunciado soteriológico implícito, que se pronunció sin entender su alcance, puesto que era la proclama primera de la Pasión: El pregón primero y más auténtico de la Semana Santa.


+T.

domingo, 16 de marzo de 2014

La Transfiguración, o el pudor de Dios

 
Cuando Moisés pidió al Señor ver su gloria (Ex 33, 18ss; 34, 6ss.), el Señor le concedió esa gran gracia, pero con reservas. Aun sin haber contemplado de frente el rostro del Omnipotente, Moisés quedó marcado por la gloria de Dios, con una faz radiante (Ex 34, 29ss.) que amedrentaba a los israelitas.

La Transfiguración de Cristo se me aparece como un misterio en correlato con el mencionado del Éxodo: Se trata, también, de una teofanía en la que está presente Moisés. ¿Dónde estaba Moisés? El profeta y sacerdote Moisés estaba en el Limbo de los Patriarcas, donde quedaban retenidas las almas de los justos que iban muriendo, en espera de la redención de Cristo. El primer misterio de su Resurrección sería descender a los infiernos y liberar las almas de los justos que esperaban su advenimiento. En la Transfiguración, Moisés es convocado y deja el sheol para contemplar a Cristo glorioso (o, más propiamente, pre-glorificado). En ese momento vio lo que en vida mortal se le ocultó, el rostro de Dios, que ahora le revelaba Jesucristo. En anticipo de la Resurrección, como un preludio de gloria, el antiguo liberador de Israel llevaría a las almas de los justos el evangelio de la inminente redención de Cristo.

Elías comparece siendo otra su situación, puesto que fue arrebatado en vida, quedando su estado envuelto aun en el misterio de su destino profético. También contempla el rostro de Dios revelado en el Hijo, Cristo Jesús. Poner en conexión la Transfiguración con la teofanía de IºRe 19, 9ss. es congruente: El Dios de la suave brisa ante quien Elías temeroso se oculta el rostro, se desvela al profeta que fue inflamado por el celo de Dios.

Mt 17, 1 y Mc 9, 2 precisan que la Transfiguración ocurrió seis días después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo y del primer anuncio de la Pasión; Lc 9, 28 dice que fue alrededor de unos ocho días después; también es San Lucas quien dice que Moisés y Elías hablaban con Cristo de su muerte/tránsito en Jerusalén. Cristo les estaba revelando el misterio de su Pasión y Resurrección; evangelizaba, en cierto sentido, al Antiguo Testamento, representado por dos personajes capitales, Moisés y Elías.


Alguna vez me he preguntado por qué esa reserva de la Gloria Divina ante Moisés y Elías, que no vieron su Rostro en el Antiguo Testamento, y por qué sólo tres escogidos entre los Doce Apóstoles fueron los testigos de la Transfiguración del Señor. ¿Por qué ese 'pudor' de Dios?

Es por el mundo, que no es lugar para mostrar la gloria infinita de Dios. Es por el mundo que no entendería esta gloria, confundiéndola con la 'gloria del mundo' que ambicionan los corazones ensoberbecidos de los hombres. Es por el mundo, manchado, execrado por las violencias y pasiones humanas.

Es por el pecado, que impide ver el Rostro de Dios, por el pecado que empaña la visión sobrenatural de los hombres, que no pueden ver a Dios: 'Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios'. Ni Moisés ni Elías ni ninguno de los Patriarcas y Profetas podían ver el Rostro, siendo pecadores, a pesar de ser hombres de Dios. En este sentido, la súplica del Salmo es sumamente ansiosa: 'Tu Rostro buscaré, Señor, no me escondas tu Rostro...' (Sal 26, 8)

Es mayor la gracia del Nuevo Testamento, la gracia de Cristo, que limpia los corazones y abre los ojos para poder ver a Dios hecho hombre. Pero su Sacrosanta Humanidad vela también su gloria, ¿por qué?

Porque Él quiere ser creído y amado no por su gloria, sino por ser quien es. Es el Hijo, "resplandor de la gloria del Padre, impronta de su ser" (Hb 1, 3), que al encarnarse nos revela a Dios en la humildad de la carne puesto que "en Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9)

La gloria que se resiste a revelarse en su potencia, no tiene pudor, sin embargo, revelándose pobre en el pesebre, oculto en Nazaret, humillado en la Pasión, desnudo en el Calvario. El pudor de la gloria, restringida a los testigos de la Transfiguración se desvela, sin reservas, a todos y para todos en la humildad del misterio de Cristo nacido y Cristo crucificado. Quiere ser contemplado, adorado, en la gloria de la pobreza y el dolor, del pesebre y de la Cruz. Para gozar de la visión de su gloria quiere que le creamos y reconozcamos en la humildad de su humanidad.

El relato de la Transfiguración nos conduce a otra escena correlativa, la de la oración y agonía en Getsemaní, el comienzo de la Pasión, con los tres mismos Apóstoles testigos de la Transfiguración, Pedro, Santiago y Juan, que en el Monte de los Olivos verían el rostro sudoroso y sangrante de Cristo, tan distinto de la faz transfigurada del Monte Tabor. Si en la Transfiguración contemplaron el Rostro glorificado de Jesús, en Getsemaní vieron la Faz doliente del Señor, se les reveló cruentamente el misterio de la Pasión del Redentor, orante y agonizante, asumiendo el cáliz de su sacrificio.

Además de Getsemaní, veo otra antítesis de la Transfiguración en la escena del expolio, cuando en el Monte Calvario Cristo es despojado de sus vestiduras y se mostró desnudo al mundo, privado de su gloria, inerme y expuesto a la mirada impura y ofensiva de los pecadores, Aquel ante cuya presencia tiemblan las Potestades angélicas y se encienden en incandescente amor y alabanza los Serafines, se dejó ver en el patetismo de su abandono, vejado y humillado, burlado y blasfemado, como Luz de incólume pureza cercada por la sucia calígine del pecado de los hombres y el mundo.



Incluso un extremo más: El Crucificado en la cumbre del Monte Calvario, entre los dos ladrones, parece una contra-transfiguración, un absurdo de anonadante humildad, la suma ocultación de la gloria divina.

San Pablo en IIªCor. 3, 18, a propósito del rostro velado de Moisés, nos predica este versículo, un precioso corolario del misterio de la Transfiguración:   "...Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu."

No se nos ve, pero portamos un resplandor de su gloria. Cuando rezamos, cuando recibimos su Cuerpo en Comunión, cuando practicamos su mandato de caridad, entonces viene a nosotros su gloria, que resplandece interiormente en el alma cristiana en gracia de Dios. Y nos va habilitando, poco a poco, para la Gloria futura: Para verle y gozar de su Gloria eternamente: "...ibunt de virtute in virtutem videbitur Deus deorum in Sion..." (Sal 83,8)   .

Ut videamus facem tuam, Iesu, Dómine!!!


+T.

domingo, 9 de marzo de 2014

Que por nosotros fue tentado




La escena de las tentaciones de Cristo en el desierto siempre me ha parecido una de las más imponentes de todo el Evangelio, muy distinta de todas las demás (la he comentado varias veces: 1er. Dom. Cuaresma; Las Tentaciones-1; Las Tentaciones del Hijo; Las Tentaciones-2; Las Tentaciones en el Desierto). La comparecencia de Satanás actuando, tentando, conversando con Cristo, confiere a toda la narración un aire diferente, excepcional, que no se repite en ninguno de los misterios de la vida del Señor. Como recalco cada vez que menciono este pasaje, tiene el especialísimo valor de ser un Evangelio no narrado por testigos externos, apóstoles, discípulos o evangelistas, sino que depende solamente del mismo Cristo, siendo suya la narración de la escena, pues sólo Él pudo contarla a sus discípulos.

El escenario, que es el desierto, se me aparece imponente, fascinante y terrible por su misma indefinición espacial y sus múltiples referencias: La soledad, el anti-paraíso, la exposición, el desierto de los Patriarcas, el desierto del Éxodo, el desierto de la Alianza, el desierto de la Ley, el desierto del maná, el desierto del agua viva, el desierto del pecado, el desierto del castigo, el desierto de los perseverantes, el desierto de los esperanzados, el desierto de los elegidos, el desierto de los resistentes, el desierto de los creyentes, el desierto de los Profetas, el desierto del culto, el desierto de los guiados, el desierto de los tentados...

Se me aparecen sólo dos coordenadas, dos espacios, tangentes en un profundo pero nítido horizonte, el cielo y la tierra, las arenas del suelo y las estrellas del cielo. El Evangelio no dice si las escenas ocurren de día o de noche, con sol o con estrellas; no lo dice. El pasaje sólo tiene personas, voz y un mínimo atrezzo, con muy pocos elementos: piedras presentes y pan sugerido. Tampoco los lugares referidos en las otras dos tentaciones son de descripción pesada o prolija, pues se menciona solamente un punto muy concreto del Templo de Jerusalén, y luego una panorámica general, sumaria, de todo el mundo, reinos y poderes, como una gran telón desplegado en un flash comprimido.

Cristo responde terminante, con palabra dominante, ni filósofo, ni sofista, en absoluto dialogante, soberanamente displicente, inexorable, divinamente arrogante.

El Demonio tienta sugerente, inteligentemente, conocedor de circunstancias, con fina estrategia, conduciendo la tentación a su clímax, desde el hambre de pan a la dominación del mundo.

Los Ángeles ministrantes que se citan al final parecen haber estado en un palco celeste, presenciando la escena, contenidos, esperando al final para desbordarse al fin en un servicio a Cristo, Dios y Hombre, alimentando solícitos el hambre del hombre y adorando rendidos al Hijo de Dios, que ellos sí conocen, pero que el Ángel Caído no reconoció.

Fue tentado para ser vencedor. Se dejó tentar para vencer al Tentador. Sus tentaciones fueron para nuestra victoria.

En Cuaresma, además de la del Breviario antiguo, me gusta rezar la otra antífona del invitatorio de la Liturgia de las Horas: "Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nostros murió".

Laus Tibi, Christe !!!

n. b. He preferido, en vez de una pintura o un grabado, como otras veces, poner la secuencia de Il Vangelo secondo Matteo, de Pasolini, tan parcamente cuaresmal, bella y sacra. Es curioso cómo, a veces, los pecadores cuentan los Misterios casi tan bien como los Santos, como este extraordinario Pier Paolo Pasolini, evangelista.


+T.

domingo, 2 de junio de 2013

Sacerdotes Domini panes offerunt



En el Leccionario Dominical IIIº-ciclo C (novus ordo) el Evangelio de la Misa de la Solemnidad del Corpus Christi es la narración del milagro de la multiplicación de los panes y los peces según San Lucas (Lc 9, 10-17). Como en las otras narraciones de San Mateo y San Marcos (Mt 14, 13-21; Mc 6, 32-44), resalta en la escena el sorprendente mandato del Señor: 'dadles vosotros de comer'. En San Juan (Jn 6, 1-14), con otras palabras, se recoge la misma situación: Una escena apremiante con los Apóstoles sumidos en la perplejidad por la inesperada orden del Señor. ¿Una simple orden, o un mandato más trascendente?

El milagro estupendo de la multiplicación de los panes y los peces contiene elementos que lo vinculan implícita y explícitamente a la Eucaristía, algo patente en el Evangelio de San Juan, con el sermón del Pan de Vida pronunciado por Cristo en la sinagoga de Cafarnaúm, que el Evangelista presenta como una explayación, consecuencia del milagro. En San Lucas, la narración de la acción de Cristo en el momento del milagro es una frase/oración con ritmo quasi ritual:

"...Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente..."

Unas palabras muy próximas al texto eucarístico-litúrgico de ICor 11, 23ss; también parece evocarse en la escena de los discípulos de Emaús (Lc 24,30). Esta secuencia de acción y palabra (gesto/palabra/mímesis) propia del mismo Señor ha quedado ritualizada formalmente en la fórmula litúrgica de la consagración del Misal Romano:

"...accepit panem in sanctas ac venerabiles manus suas,et elevatis oculis in cælum ad te Deum Patrem suum omnipotentem, tibi gratias agens, benedixit + fregit, deditque discipulis suis..."


"...tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, a Ti Dios Padre suyo Omnipotente, dándote gracias, lo bendijo + lo partió y lo dio a sus discípulos..."

La conexión intencional entre la escena del milagro de los panes y los peces y la de la institución de la Eucaristía, parece evidente. Por lo que el 'dadles vosotros de comer' de la escena del milagro tiene que entenderse desde la escena de la institución y el mandamiento constitutivo sacerdotal 'haced esto', todo ello referido no (sólo) al pan multiplicado del milagro, sino (definitivamente) al Pan del milagro eucarístico, que los discípulos deberán dar de comer a los fieles.

Por ello, reducir el 'dadles vosotros de comer' a un mandamiento referido a la práctica de la misericordia con el hambriento, es minimizar y parcializar reductivamente el sentido del mandato del Señor; si se le añade la coda de la 'justicia social' y el pan de los pobres, el texto queda ideologizado tendenciosamente. Porque el sentido del 'dadles vosotros de comer' es netamente sacerdotal, referido al sacerdocio del Nuevo Testamento, a la Eucaristía y sus ministros sagrados, sacerdotes en Cristo.

Cuando nuestras Cáritas parroquiales asisten a los necesitados, dan de comer y sostienen a los hermanos. Pero la verdadera acción de 'dar de comer', la realiza y cumple el sacerdote cuando da la Comunión, el Pan Cielo, a los fieles.

Por eso es tan propio del sacerdote el dar la Comunión, un ministerio sustancialmente sacerdotal, con sentido sacramental, eclesiológico y escatológico: El sacerdote alimenta con el Cuerpo de Cristo, mantiene la Comunión de los Santos en el Cuerpo de Cristo y dirige a los fieles a la comunión plena y gloriosa con Cristo.


Sacerdotes Domini incensum et panes offerunt Deo, et ideo sancti erunt Deo suo,
non polluent nomen ejus, alleluja.


+T.

sábado, 23 de marzo de 2013

A propósito de Caifás

 
Ayer, Viernes de Pasión, según el Misal tradicional y hoy, Sábado de la Vª Semana de Cuaresma, según el novus ordo, se ha leído como Evangelio de la Misa el impresionante texto de Jn 11, 45-57, con la profecía de Caifás:

" 45..Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.
46. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.
47. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales.
48. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.»
49. Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada,
50. ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.»
51. Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación
52. - y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.
53. Desde este día, decidieron darle muerte.
54. Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudada llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos.
55. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse.
56. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?»
57. Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle."
 
La profecía pronunciada por Caifás vv. 49 y 50 es en sí un enunciado cristológico, explicado y explayado en la addenda del Evangelista, los vv. 51 y 52.
 
Destaco que: 
 
1- es una profecía 'inconsciente' proferida en sentido condenatorio con un implícito sentido cristológico que se le oculta en su valor y significado a quien la pronuncia, pero reconocida a posteriori por el Evangelista como un verdadero oráculo sagrado que definía de forma muy perfecta el sentido y el valor de la condena, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo
 
2- su autor, Caifás, profetiza por una gracia aneja/vinculada al ministerio sagrado de Sumo Sacerdote, independientemente de su santidad personal, ni tampoco dependiente de su legitimidad sacerdotal en cuanto no pertenecía a la línea sacerdotal legítima de Sadoq, extinguida con Onías II el 175 a. C.
 
3- el oficio de Sumo Sacerdote y su gracia sacerdotal y profética no sufren merma por la coyuntura circunstancial de verse sometido a la designación de la autoridad pagana de Roma, siendo el representante de la autoridad imperial quien, de hecho, elegía y nombraba en aquel momento al Sumo Sacerdote
 
4- la eventualidad de la desiganción, no a perpetuidad sino sujeta al plazo temporal marcado arbitrariamente por la autoridad romana, tampoco es óbice para el mantenimiento y la manifestación del carisma profetíco del Sumo Sacerdote
 
5- el ejercicio profético confirmado por el pronunciamiente de ese oráculo cristológico, prueba y corrobora la legitimidad del Sumo Sacerdocio de Caifás, el último Sumo Sacerdote de la Antigua Alianza***, que consuma su alto y singular ministerio sagrado pronunciando esta profecía, todo ello atestiguado, grave y solemnemente, por el mismísimo Evangelista, que resalta en el texto evangélico el extraordinario valor de las palabras proféticas del Sumo Sacerdote Caifás
 
Esto que expongo, que serviría de esbozo de una interesantísima tesis (no sé si alguien lo habrá discurrido,´puesto que lo presento aquí como ocurrencia personal mía, de quien esto escribe) tiene - entiendo yo - un corolario, por extrapolación, aplicado al ministerio papal, si me explico y me entienden Uds. Tampoco quiero extenderme más, el blog no es el medio adecuado para elaborar tesis, ni para defenderlas más allá de un intuitivo enunciado, sin detalles, sin citas ni notas.
 
Pero, en todo caso, tomen nota y discurran los sedicentes 'sedevacantistas'. Y, si son razonablemente lógicos, entenderán que sus supuestos estarían contradichos por este grave y emocionante Evangelio.
 
Por lo menos a mí, cada año, cuando lo rezo en la Stª Misa, me emociona.
 
Laudetur Iesus Christus!
 
(alabanza que - ¡quién me lo iba a decir¡ - echo mucho de menos, por cierto)

*** El sacerdocio y el culto de la Antigua Alianza terminan absolutamente en el mismo instante en que Cristo ejerce y consuma su Sacerdocio, Eterno y Universal, en el Calvario. Al expirar en la Cruz, se rompe el velo del Templo. Aunque hubo otros sumos sacerdotes después de Caifás mismo, hasta la destrucción del Templo por los romanos, en el año 70, ni eran ya sacerdotes de la alianza ni el culto sacrificial ofrecido post-Pascha Christi tenía valor alguno.
 
+T.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Jesús de Ratzinger, 3ª entrega

 
En su momento (aquí), ya dije lo inoportuna que me parecía esa aventura extra-magisterial que ponía entre paréntesis a Benedicto XVI para reaparecer como el profesor-teólogo Ratzinger, publicando libros, siendo Papa, que no son del Papa. Una abstracción de difícil justificación.

La palabra del Señor sobre la irrevocabilidad de una vocación asumida (la vista de aquel que empuña el arado no puede permitirse mirar atrás cfr. Lc 9, 62) tiene en este caso - esa es mi opinión - una particularísima casuística, que no debiera haberse dado. El Papa no puede aparecer detrás o bajo la sombra nostálgica del profesor.

Confirmar la fe es enseñar la Revelación, el Misterio de Cristo, tal y como ha sido recibido por los Apóstoles, y mantener firmemente la regla de fe del Magisterio, una doctrina, una solamente; confirmar la fe no es exponer una galería de opiniones, de autores, de obras, de exégesis, de hipótesis abiertas a otras opiniones que puedan ir llegando de mano de otros autores, de otras obras, con otras hipótesis, dejando en suspenso, en el aire, una vaga indefinición, tanto más cuanto ello, como en este caso, puede suponer la desacreditación/credibilidad de un texto sagrado que es fuente de Revelación

El autor, Joseph Ratzinger (o Benedicto XVI???) se comporta como un docto erudito pero no enseña y confirma como un Papa. La gente leerá su libro como el libro 'del Papa' porque así se vende, esa es la propaganda que va aneja a su lanzamiento editorial para ser el best seller de Diciembre, el libro más vendido y regalado en Navidad, el más atractivo para un gran público católico que comprará, sin más distingos, 'el libro del Papa'.

Si el docto teólogo se impone al Papa, malo, muy malo. Y esa es la impresión que dan este libro y los otros dos. Una tríada absolutamente prescindible, que no dice nada que no hayan dicho ya otro autores; tres libros sin especial relevancia, moderadamente católicos, típicos de una moderna exegética católica sugestionada por el método histórico-crítico. Un tríptico ratzingeriano que sumirá a muchos en la confusión de no saber si enseña el profesor que fue o el Papa que es.

 La cátedra de Ratzinger no puede aparecer, coexistir y/o ser presentada confusamente junto a la Cátedra de Pedro.


+T.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Lo que se da a Dios

En el clásico 'Jerusalén en tiempos de Jesús' de Joaquim Jeremias aparecen algunos datos sobre la magnificencia del Templo re-edificado por Herodes el Grande. Se cuenta la opulencia de los Príncipes de Adiabene, prosélitos devotos, que dejaban espléndidas ofrendas cada vez que visitaban Jerusalén. Se recuerda también algunos exornos magníficos, como un emparrado todo de oro del que los fieles iban colgando como ofrenda hojas, sarmientos y racimos de oro comprados en las tiendas de los orfebres y joyeros de Jerusalén, famosos por la belleza de sus artesanías.

La escena del óbolo de la viuda transcurre en el Gazofilacio del Templo de Jerusalén. El texto del Evangelio (Mc 12, 41 ss.//Lc. 21. 1-4) dice que la pobre viuda echó en el arca de las ofrendas dos moneditas ínfimas. Pero el Señor ponderó la entrega de la viuda, que no daba de lo que le sobraba, sino que puso en el cepillo todo lo que tenía.

El valor de lo que se da a Dios es relativo, vale según las circunstancias de cada cual, y, así, lo mucho que da un magnate es poco comparado con sus bienes, en cambio lo poco que da un pobre es mucho porque es casi todo lo que posee. Pero, ampliando la compresión de este pasaje del Evangelio, hay que entender que se puede referir igualmente a otra clase de donaciones, no sólo las de dinero. Por ejemplo, el que disponiendo de poco tiempo dedica a Dios unos pocos minutos de ese tiempo ofrenda más, relativamente, que otro que tenga disponibles para el culto y la oración las 24 horas del día y dedique a ello dos, o tres, o cuatro horas. Salva siempre la intención recta y la intensa voluntad, las posibilidades de un caso respecto a otro pueden revalorizar un acto pequeño y desmerecer otro aparentemente mayor.

Aplicando ese sentido moral del texto a nuestra interioridad espiritual, tendremos que valorar por encima de las muchas acciones buenas que practicamos sin esfuerzo aquellas otras acciones pequeñas, incluso mínimas, que nos suponen especial esfuerzo, disciplina, vencimiento. Así, si uno es generoso por naturaleza de carácter y da limosna abundante sin fatiga, pero, sin embargo, es perezoso y negligente a la hora de cumplir sus obligaciones, un pequeño acto de diligencia y aplicación atenta puede tener más mérito en cuanto virtud que una buena limosna entregada sin particular esfuerzo (sin que quiera decir con esto que un acto pueda sustituir al otro y evitemos la limosna escogiendo a cambio practicar otra acción ascética). Se trata del valor intrínseco de nuestros actos, que pueden ser de mejor calidad y mérito aunque sean extrínsecamente mayores cuantitativamente.

In conspectu Domini, nunca lo olvidemos: Todas nuestras acciones suceden en presencia de Dios, que es quien las sopesa y juzga, como Cristo valoró el óbolo de la viuda en el Gazofilacio.


Otra reflexión más: Es la ley de la Caridad la que, finalmente, avalora nuestros actos meritorios, según el Amor de Dios con que los hagamos y según el amor al prójimo con que los practiquemos. Siempre con esta secuencia, primero el amor de Dios, luego, como su consecuencia, el amor al prójimo. Por eso se pedían (antes, antiguamente) las limosnas 'por amor de Dios', y se respondía al donante "-Que Dios se lo pague". Una simple pero cristiana y precisa comprensión del pedir y el dar, según la regla de la caridad.

Esta mañana, predicando el Evangelio del óbolo de la viuda, recordé mis primeros ejercicios espirituales, tendría yo unos 10 años, una Cuaresma en la que nos llevaron a hacer unos días de retiro a todos los alumnos del instituto de bachillerato, sería el año 1970, ó el 71. El cura, en una de las meditaciones, nos relató un cuento de Rabindranath Tagore, que era, más o menos, así:

- Estaba un mendigo harapiento pidiendo limosna al borde de un camino cuando vió venir a lo lejos el cortejo del rey. Los jinetes de la guardia real pasaron montados en sus caballos con ricas guadralpas y banderines en la punta de sus lanzas enhiestas, seguían lacayos y servidores con ostentosas libreas, otros pajes llevaban estandartes y banderas delante de la carroza real.
Al llegar al sitio donde estaba el mendigo, la carroza se detuvo, un paje abrió la puerta y el rey bajó, con su manto y su corona, y se dirigió al mendigo tendiendole la mano y pidiéndole:

-'Dame!', le dijo el rey al mendigo.

El mendigo, mudo de estupefacción, no sabía qué hacer. El rey volvió a pedirle con la mano tendida -'Dame!...' Entonces el mendigo abrió su alforja, tomó un grano de arroz y lo puso en la mano abierta del rey. El rey, en cuanto tuvo el grano de arroz en su palma, cerró la mano y se inclinó agradecido ante el mendigo, luego subió a la carroza y el cortejo siguió su camino, mientras el mendigo, asombrado, miraba cómo se alejaban.

Aquella noche, cuando el mendigo llegó a su mísera casucha, encendió un candil y volcó el contenido de la alforja sobre la mesa: Con los ojos muy abiertos vió que entre los granos de arroz brillaba un reluciente grano de oro, y comprendió que, prodigiosamente, por el grano de arroz que le dió al rey aquel otro grano se había convertido en oro. Y lloró amargamente por no habérle dado todo al rey.

El cura insistió en esta última frase: -'Cuánto lloró aquel mendigo, qué amargamente, por no haber tenido voluntad para habérselo dado todo al rey'.  Nos la repitió enfáticamente, dos o tres veces.

Teníamos diez u once años, no sé si todos comprendimos el cuento y su final. A mí, no se me ha olvidado.


+T.