sábado, 10 de septiembre de 2011
Gula snob
La híper-actualidad de los cocineros clama al Cielo; con la actualísima y forzada consideración coyuntural de los famélicos de Somalía, el caso raya el crímen de lesa humanidad. Pero la postmodernidad ha escogido olvidarse de las famélicas legiones y opta ridículamente snob por la 'cocina de autor', obviando molestas concomitancias de inconsecuente moralidad.
Yo no sabia que la TvE de Zp tenía dedicada una serie en capítulos (ejemplar del aburrimiento monotemático más tópico) al cocinero ese que sirve espuma de helechos confitados al cava sin burbujas con barquillo de azafrán rebozado en créme de nabos liofilizados y cosas incomestibles por el estilo. Un simple restaurante, en esa serie, se cuenta quasi como cantaba Ercilla la epopeya de La Araucana. Increíble si no fuera tal cual.
De eso a que la inflación conceptual encumbre al cocinero del puchero a la cátedra y el susodicho exaltado se ponga a dictar recetas de dogmática multidisciplinar y fritura de política en adobo sólo hay un paso, una pirueta de saltimbanqui, una comba de funambulista que ya está en pista y se aplaude en la escena del tingladillo:
'Los cocineros no podemos cambiar el mundo pero sí colaborar' Ocho de los mejores chefs mundiales preparan en Lima un documento que defina su papel en la sociedad
¿Pretencioso? Alarmantemente decadente y extravagante, diría yo; como si el cocinero de Heliogábalo hubiera abierto una docta academia epicúrea en la Roma del irrefrenable declive imperial. Las lenguas de flamencos confitadas y otras chucherías de la mesa de los Césares del siglo IIIº eran, ni más ni menos, el trompetazo que avisaba de que los bárbaros estaban en la otra orilla del Rhin, vadeando el Danubio y espoleando hordas allende el Cáucaso. Era cuestión de tiempo, contra-reloj de entremeses, porque a los postres ya estarían lanza en ristre embistiendo a las murallas de Roma.
Cierto es que aquello duró/tardó dos siglos de goteo de decadencia con chaparrones de incursiones y sobresaltos varios. Pero si a nuestro tiempo caracteriza la vertiginosidad de los acontecimientos, ¿va a tardar tanto en caerse del todo el telón del escenario?. Me temo que no, que será, que va a ser tan rápido como se estila en todo lo demás. Y nos va a caer encima, el telón con toda la tramoya.
Una vez tuve que pasearme por uno de los centros vips más famosos y reconocidos, por circunstancias raras de esas que te enredan sin saber ni querer. Me llevaron a hoteles de muchas estrellas, urbanizaciones con muchos guardias y campos de golf exclusivísimos. Me sirvió de guía un antiguo maestro cocinero, simpático y amable. Entrábamos en restaurantes y cafeterías de lujo y salían a recibirle maîtres, jefes de cocina, camareros. Y nos servían tapas, un muestrario de lo que estaban guisando y tenían en la carta. Mi guía debia ser tremendo porque todos esperaban ansiosos - se les notaba - que dijera algo, alguna palabrita. Probé menús riquísimos. Mi introductor me dijo que se daba estos paseos-control un par de veces al año, sin avisar, para ver qué tal funcionaban sus alumnos.
- "No me engañan. Les pido que me hagan cosas de cocina elemental y platos corrientes, populares, porque si no saben hacer un salmorejo o un consomé, por mucho cuento que le echen, terminan engañando a la gente y desacreditando al restaurante."
No se me olvida cómo describió el churrete de salsa con el que 'los nuevos' (así los llamaba) remataban y desfiguraban los platos:
- "Parece que han dejado suelta por la cocina una gallina con diarrea".
Era un maestro que reconocía que el mejor puchero era el que hacía su suegra, que enseñó a su mujer, y que él, con todos los años que llevaba cocinando en los mejores fogones, todavía no había conseguido darle 'ese toquecito gracioso' que no se aprendía en las academias de cocina ni en los restaurantes de élite. - "Desde luego - me confesaba - en mi casa guisa mi mujer, que es la que entiende".
De aquella semana conservo una colección de pelotas de golf y el buen gusto, sencillo y sincero, de aquel gran maestro de cocineros. Nada que ver, por supuesto, con estos pseudo-metafísicos de la ultra-cocina, charlatanes a la carta, ilusionistas de la novelería de los paladares estragados.
+T.
lunes, 6 de octubre de 2008
La Cena pisci-vegetariana del Leonardo
A veces me sorprenden cosas de estas, y no sé si achacarlas a la deliberada intención distorsionadora del autor ; o si se debe a la poca pesquis o formación-información del mismo. En este caso me refiero a la noticia del "menú vegetariano" de la Cena del Leonardo.La novedad salió en la prensa, hace unos días. Supongo que el boom del código ya pasó y tienen que echarle un poco de pimienta al caso para que siga "picante", digo yo. El novelucho era un best-seller de diseño, lectura de estación de tren o aeropuerto, un género que distrae y poco más, nada más. La peli fue un fracaso fracasorum, sin paliativos. Pero hay que seguir vendiendo la "trama da Vinci" y mantener el negocio, aunque sea hablando del menú de la Cena.
Y de eso escribo yo ahora. Sin ser experto, y así a "vuela-tecla", expongo mis conjeturas de por qué esa dieta pisci-vegetal en la mesa davinciana:
- La pintura del Leonardo se hizo en un convento y para su comedor: Refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie, en Milano (Milán, decimos aquí).Una "sala di pranzo" en la que se comía todos los días. Junto con la comunidad, más de una vez comerían Leonardo y sus ayudantes. Recuerdo que en su película "Il Decamerone" el maestro Passolini recreó una escena parecida: Un pintor del Trecento comiendo en el refectorio con los frailes.
- En el caso de Leonardo era un convento de dominicos. Los dominicos seguían en aquella época (fines del XV, 1494-98 es la fecha de factura del fresco de la Cena) estrictamente o con algunas mitigaciones la Régula Sancti Augustini. Esta regla monástica (muy difundida y base de muchas otras reglamentaciones de comunidades religiosas) prescribe largos períodos de abstinencia de carne durante el año. No recuerdo con precisión, pero me parece que la abstinencia comenzaba en Adviento, y había comunidadaes más rigoristas que la empezaban después de la fiesta de Todos los Santos; se suspendía durante Navidad-Epifanía, volvía a retomarse inmediatamente después, en Septuagésima, y ya no se interrumpía hasta Pascua de Resurrección. Luego había otras "cuaresmillas" que eran vigilias para algunas Solemnidades y otras ocasiones. Conque gran parte del año, en los conventos dominicanos se comía dieta pisci-vegetariana.
- Las pinturas religiosas suelen recoger algunos detalles anecdóticos que conectan la escena representada con la vida real. Hasta el siglo XIX con las escuelas de los "Nazarenos" y los "Pre-Rafaelistas" no empieza a despertarse en la pintura el interés "historicista", intentando plasmar lo más aproximadamente reales los vestuarios, escenarios y demás circunstancias de las escenas evangélicas. Hasta entonces, el arte cristiano representaba más bien el entorno del pintor y su época al evocar la vida de Cristo. Tantas veces, para saber cómo era el ambiente de una boda del Quattrocento, lo mejor es contemplar una pintura de esa época que represente las Bodas de Caná, por ejemplo; y si hay que averiguar cómo era un taller de carpintería del siglo XV, lo mejor es buscar una pintura o miniatura de San José carpintero.

En ese sentido, no es de extrañar que al estar el fresco de la Cena presidiendo el refectorio conventual, se pintara en la mesa un "menú de vigilia" como el que se tomaba en el convento. La Mesa de la Cena tendría más o menos la misma comida que tenían servida las mesas de los frailes que estaban debajo, con iguales o parecidas viandas. Si además se considera que la Cena es de "Jueves Santo", no es extraño que se pintara en la Mesa del Señor y los Apóstoles los platos y fuentes con la comida típica de Cuaresma que consumían los dominicos en su convento.
Unos detalles para confirmar lo que conjeturo: Las anguilas, las naranjas y las granadas.
- Las anguilas eran un pescado corriente en las mesas monacales. Eran fáciles de criar en estanques, que solían tener los monasterios; después se pescaban y se llevaban vivas a pilones o toneles con agua que había en las cocinas, para irlas sacando y consumiendo frescas. Particularmente se servían en comidas del tiempo de abstinencia, siendo muy apreciadas en la mesa.
- Las naranjas son fruta de invierno. Se empiezan a recoger en Diciembre, y duran hasta Marzo-Abril. Ya fueran dulces o agrias-amargas, eran comunes en los huertos y jardincillos de los conventos. En los fondos de las pinturas de Fra Angélico - dominico - es corriente ver naranjos y limoneros. La fruta se comía como postre, o se usaba como aderezo. Tal es el caso del plato pintado en la mesa de la Cena: Una anguila troceada aliñada con gajos de naranja, un típico plato de cuaresma, por los ingredientes y el condimento de temporada.
- Las granadas también eran fruta corriente en los monasterios, siendo así mismo un arbusto típico de huertos, jardines y claustros. La fruta se conserva muy bien, por su corteza dura, que guarda frescos los granos, y se pueden ir consumiendo durante todo el invierno y hasta comienzos de primavera. Si hay cascos de granada sobre el mantel, señal de que la comida representada es de invierno-Cuaresma.
Quiero decir que esos alimentos que se destacan son muy propios y adecuados para una cena de Cuaresma, pudiendo haber sido perfectamente los que se comían un Jueves Santo en el refectorio de los dominicos de Santa María delle Grazie en los años 1494-98, cuando Leonardo pintó la Cena.

No me gusta inventar misterios cuando todo tiene/puede tener una lectura más normal, ordinaria, cotidiana, real. Inventar para fantasear es malo, porque falsea la realidad de las cosas, ya sea arte, ya sea historia. Si encima se pretende alterar con ficciones y ocurrencias el Evangelio, el delirio roza el sacrilegio. Y las cosas santas, tantas veces, son tan sencillas como sencillo se hizo el Dios que se hizo Carne.
Pues esta es mi ocurrencia/explicación a propósito de lo que Leonardo pintó sobre la mesa de su Cena, tan domésticamente sencilla, sin ningún "código" oculto ni en el pescado ni en las verduras. Lo paradójico es el interés de los mentecatos en buscar misterios donde no hay a la vez que desprecian - o no ven, o no quieren ver - el Misterio que tienen delante.
n.b. Si vieran Uds. este mismo articulillo por ahí, en otra web, no se alarmen: Un compadre me pidió que le escribiera una colaboración a propósito, y uno que es servicial le dio cumplimiento al antojo. Pero ahora la he aprovechado para el blog, como derecho de autor.
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