domingo, 14 de febrero de 2010

San Valentín en Carnaval


Da esa casualidad, hoy Domingo de Carnaval y Dia de Enamorados. Con un par, o tres, de noticias frívolas de des-enamorados que atentan enamoramiento "nuevo". Los enamorados "de oficio", podríase decir. Incluso "de beneficio".

El beneficio en el amor es aquel oficio más viejo del mundo, que se decía en circunloquio bienhablado para no decir "las cuatro letras" (otra paráfrasis de lo mismo). Pero con la prensa rosa en expansión triunfante e imperio dominante, eso del oficio más viejo con 4 letras se ha reciclado y puesto al día de forma asombrosamente rentable. No sé cuántas comerán de eso sin sentirse comprendidas en las im-putables 4 letras, siendo, al fin y al cabo, una modalidad de lo mismo. Como corresponde, también hay "ellos" en el negocio. Y grupo mixto.

El asunto es que el Papa ha dicho, hace una semana o dos, que a ver si se formalizan con seriedad los asuntos de las bodas, de los matrimonios canónicos. A mí que las moras se casen con velo y con moro, me importa una babucha. Y lo respectivo a otras formas paganas, lo mismo o menos todavía. Pero lo católico sí me afecta; no por interesado directo, sino colateral-indirecto-implicado.

Pero vayamos al ejemplo, que son dos muy notables: Si se confirma el rumor, ¿habrá algún tribunal eclesiástico que declare nulo el casorio de la infanta con su ya divorciado cónyuge? Y si tamaña pantomima se consumara, ¿habrá algún purpurado o mitrado que se atreva a incoar nuevo expediente matrimonial de alguno de los susodichos, infanta ella y ex-duque él?

¿Y el torero con medalla hijo de su madre hija de torero que casó con la niña de la duquesa por antonomasia y se divorciaron y que están en trance de lo mismo? ¿Habrá algún tribunal eclesiástico que declare nulo su matrimonio canónico? ¿habrá luego alguna mitra, vicario episcopal o párroco que les consienta a él a ella o a ambos otra "tentativa"?

Da la casualidad que las dos parejas desemparejadas en cuestión se casaron en la Catedral de Sevilla, nada más y nada menos; la infanta con su prenda adorada en el Altar Mayor, y el torero con su perla de valor en un altar ad casum delante de la puerta de la Inmaculada (el rango es el rango).

En Sevilla, entre otras instituciones dignas de mención y perenne recordación, funciona un Tribunal Diocesano de 1ª y 2ª instacia, muy célebre por las muchísimas nulidades que ha tramitado, tramita y sentencia. Célebres han sido algunos de sus jueces-presidentes, con trayectorias y anécdotas muy atractivas, de esas que se cuentan pero no se escriben, que todo el mundo sabe pero nadie se hace cargo. Lo mismo de célebres son las tres o cuatro o cinco familias de abogados y procuradores que comen de eso, todas respetabilísimas y cotizadísimas, firmas de toda solvencia y discreto oficio. Esto es así.

Pero es el Papa el que está diciendo que no debe ser así, que no puede seguir siendo así.

El problema (es mi opinión) es haberlos admitido al matrimonio siendo quienes eran, con sus respectivas procedencias. Tal cual.

Quiero decir que a esta gente habría que exigirles más, mucho más, con muchas firmas y contrastados testimonios y hasta dossieres completos de ellos y sus parentelas próximas y remotas. Y médico, y psicólogos. Y más firmas, y más documentos. Y testigos garantizados, probados, jurados.

Y crear un nuevo impedimento canónico, o dos, o tres, que tipifiquen estas circunstancias que afectan a ese tipo de pretendientes al matrimonio: Impedimento de "clase", o de "jet", o de "vip", o de "nivel", o de "renta", o de "patrimonio", o de "fortuna". O algo así. No sé si me explico. Y que el impedimento sea, de entrada, indispensable salvo excepcionales excepciones.

Y hasta aquí llego porque llegado a este necesario planteamiento, me pierdo. Me pierdo porque yo mismo me planteo las objecciones, los dubia, la autocrítica que se dice. Con toda contundencia. Y al final casi resuelvo que las cosas tal y como están y pasan, no están tan mal. Pero vuelvo a lo de principio y recuerdo los abusos de esa gente (infantas y toreros) y se me revuelven las tripas con sulfuración.

Esta gente no debería caber en las iglesias, esta gente nunca deberían admitirse al matrimonio. Que los case un ujier de palacio o un alguacilillo de plaza de toros. Esta gente no merece el Sacramento. Por antecedentes probados y por consecuentes probables.

Pero siempre hay un "perlado" (sic) que dice sí.

Y nosotros, los "humildes", pagamos el descrédito y cargamos con el berrenchín.

Los antiguos decentes decían que las peores suciedades se perpetran en las clases más conspícuas y las más ínfimas, que van al alimón en desvergüenzas porque no temen deshonra, unos porque tienen mucho y otros porque tienen nada; a ninguno les importa que se sepan sus escándalos o se vean sus basuras.

En fin, esto era una expansión a propósito del tema...antes de que le compre a mi tía el ¡Hola! de esta semana, que a ella le distrae mucho (y a mí me pone a rabiar).

Nada más

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Hablar de amor por San Valentín



Un amor cumplido es un amor terminado. Los amores que perduran son quereres insatisfechos, ansiosos, nunca alcanzados, vivos pero en agonía incesante, nunca colmados. Y siempre temerosos. Quien diga que los celos no son amor verdadero, nunca ha estado enamorado de verdad.

Como es San Valentín, pega hablar de amor. El otro día me dijeron que era un "cursi". Lo que soy es un romántico, de levita y capa, pelo a lo Liszt, letra de pata de araña y telón con candilejas por delante y el escenario detrás, que no se ve, con paisaje nocturno, media luna y nubarrón sobre castillo enriscado. Y estrellas.

Mis amigos que se han casado tienen el amor menos romántico que yo. También es cierto que lo tienen más realizado, lo gozan más en efectivo. Pero el mio es una reserva de solera, añejada y enriquecida con velo de exquisita flor, etéreo aroma apenas destapado. Eso es lo que digo yo. Y me dicen que cuento, que es cuento y romance al viento. Yo también lo digo.

Con un suspiro se van
vueltos aire sangre y vida;
lo que dentro me latía
en un suspiro se va...
...Y queda en mi corazón,
viva la perenne herida
que es el eje de mi vida,
doliente siempre de amor
(mi suspiro es mitad viento,
la otra mitad oración).


Hace poco casi escandalicé en una conversación a tres bandas (dos cuñados, dos hermanas (sus mujeres) y yo) cuando comenté que me gustaba especialmente la peli de Scorsese "La edad de la inocencia". La novela de Edith Wharton también, cuando la leí hará casi veinte años, y que no he vuelto a releer; pero la peli sí la re-veo, bastante. Es deliberadamente refinada, con un doblaje en español excelente, especialmente la voz en off de la narradora, digna de oscar si dieran oscar a las voces en off.

La banda sonora de Elmer Bernstein es insuperable en su género, una pieza clásica, como el engaste en cine de una joya del mejor romanticismo musical. Me gusta, sobre todo, el vals.

También me gustan Las Penas del Joven Werther. Y Schubert. Y Tchaikovsky. Y Brahms.

Por todo esto me gusta muy poco que se celebre como se celebra San Valentín.





Una vez le dije a un amigo que aquella pachanga rockera que estaba escuchando mal cantada por una cuadrilla de drogatas, era una preciosa canción de fines del XVIII, que hizo furor poco antes de la Revolución, de Martini, que es famoso por sólo esa canción de amor. Me respondió que no dijera tonterías. Cuando le puse una grabación de la canción original, para que comparara, no la reconoció. Y a mí me dio tristeza que no la supiera oir.

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viernes, 12 de febrero de 2010

Un sacrilegio a cámara lenta, con testigos y youtube

No exagero, vean Uds. y horripílense (si tienen sentimientos católicos (o les quedan)):





Hace un par de días supe del episodio: El arzobispo de San José de Costa Rica celebra Misa con/para los candidatos que se presentan a las elecciones presidenciales. Dicen que es "costumbre" celebrar esa Misa (lamentable "costumbre" y mentecato el arzobispo, digo yo).

Uno de los presentes, un tal Otto Guevara que se presentaba a la elección, no podía comulgar por ser divorciado y estar "emparejado" con una. Esa "una" es la que se acerca a comulgar, con todo el desvergonzado desparpajo de una "una", y entabla ese "diálogo" (supongo que "explicativo") con el arzobispo. La "escena" termina con la "una" tomando la Sagrada Forma, y el obispo que "cede", consiente y la deja (¿para no escandalizar"???).

Con ademanes, poses y actitudes quasi de hembra de lupanar, hace con la Forma Consagrada todo eso que ustedes pueden ver en el youtube; la secuencia sacrílega "culmina" cuando la "una" pone media Forma en el bolsillo de la camisa roja de su querido, el político, que "devotamente" parece conmoverse por el gesto.

El sacrilegio (o los sacrilegios (¿cuántos son???)) se ha consumado, casi a cámara lenta.

Telón.

Dicen que "inmediatamente" se "subsanó" el espisodio y el Arzobispo mandó recoger "inmediatamente" la Forma profanada del bolsillo de la camisa de Otto Guevara. Eso no sale en el youtube, conque no consta cómo se desarrollaría ese "epílogo".

¿Y ahora qué?

¿Algún excomulgado?

¿El arzobispo presente, testigo y hasta yo diría que "cómplice", quedará impune, sin mónitum que le amoneste su mentecatez?

La "ella" no merece ni que la escupan; el pelele del politicucho, lo mismo. Y los presentes que no reacccionaron (todos) casi idem de idem.

La "causa", sin embargo, es más remota y tiene otros responsables: ¡Desgraciado el día y la hora en que el Papa de Roma consintió que la Sagrada Comunión se diera de forma irreverente! Desgraciado el Papa que consintió y los obispos (?) que lo pidieron, y los demás obispos y sacerdotes que promovieron, impusieron, fomentaron esa lamentable "práctica", tan "des-significativa". Si algunos "agentes" de dentro, cizaña del enemigo, prentendían con eso "desvalorizar" el Sacramento, lo han conseguido plenamente, con las consecuencias que se pueden ver en este horrendo vídeo, un ejemplo más escandaloso por tratarse de esos "protagonistas", pero una "anécdota", una más entre las cientos de miles de Comuniones irreverentes-sacrílegas que se consuman en tantas y tantas iglesias del Orbe Católico.

Hela aquí, nuestra Iglesia, des-catolizándose paso a paso, hoy más que ayer pero menos que mañana.


+T.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Su pecho

Su pecho sonaba a medallas, la de oro de la Virgen, grande como el reloj de mi abuelo, y dos o tres más, pequeñitas, una del Patriarca, otra de San Antonio, y una con el corazón y las siete espadas, que se abría, como un guardapelo, y llevaba dentro un trocito del manto de la Soledad. A mí me gustaba abrirla, y darle un beso al cristalito que cubría el pedacito de terciopelo negro. Las llevaba en una cadena de oro, por encima del vestido; cuando iba a Misa y se ponía el velo, las dos puntas de blonda se las prendía con un alfiler de cabeza negra, sobre las medallas.

Olía a Flor de Blasón, un agua de tocador suave y dulce. Y también olía a violetas; y por el verano a jazmines, por la moña que se iba abriendo poquito a poquito, flor a flor, hasta quedar como un pomo blanco y suave sobre su pecho, junto a las medallas.

Siempre vestía de oscuro; llevó hábito de San José por una promesa que se echó por unas calenturas que pilló mi abuelo. Le gustaba tambien el morado, y el verde oscuro. Y el negro de los lutos. Y le sentaban tan bien, tan guapa y señoreada con sus colores "sufridos".

El pelo era blanco como la nácar, recogido en un moño con horquillas, con un par de peinecillos de carey. De noche, cuando se ponía el camisón, se soltaba las horquillas y se abría sobre la espalda una cabellera blanca, como el hada de un cuento. Y mi abuelo la miraba, embobado, como recien enamorado. Me gustaba mirar su melena abierta reflejada en el espejo del tocador; y a mi abuelo también.

Recuerdo la tarde de su muerte, tan vivamente como un flash, a golpe de imágenes. Después yo la buscaba en sus cosas, en el sonido de las varillas de su abanico, en el olor de su bolso, de sus pañuelos, del velo de misa. Me gustaba pasar las cuentas de su rosario, una a una, y besar las medallitas. Abría los cajones de su cómoda, y el secreter donde guardaba su joyero, y el costurero con los alfileteros, y su misal con las estampas. Yo tenía siete años, casi ocho. Y sabía, estaba seguro, que ya nadie me iba a querer como ella, nunca. Dormir sobre su pecho, sonando las medallas y oliendo a jazmines y a violetas, me parece un sueño de paraíso.

A veces retorno a su recuerdo, tan suave, con el ansia consciente de algo que ya nadie me dará aquí. Después me voy alejando, con un desconsuelo de niño desengañado, arisco con la realidad que te despabila desliendo lo soñado en la cruda luz de un áspero despertar que no se quiere.

Tengo su medalla de la Virgen, la llevo puesta. Y suena como entonces, lo mismo que cuando ella la llevaba. Ahora, tantos años después de mi último sueño de niño sobre su pecho, la tristeza se ha ido yendo, como un eco; su rostro, su imagen, unas veces se desdibuja, otras parece una visión reciente, casi viva. Mi amor por ella ha ido creciendo conmigo. Espero - creo - que el suyo por mí también.


+T.

martes, 9 de febrero de 2010

El desconcertado y desconcertante Martini


Un prelado suelto, sin oficio ni beneficio, sin traba y con gusto escénico, es un peligro. Tanto más si se es eminencia y se ha gozado del candelero. Muchísimo más si ha mantenido su claque particular y se sigue presentando en los salones, los de su corte, con su corte fiel detrás.

Martini ha tenido pose y figura; y también genio. No el "genio" de los genios, sino el del berrenchín, el colérico, el señoril. Algunos de la Compañía le idolatraron y le siguen idolatrando. Hay que reconocer que vestido de moirè colorado causa una formidable impresión; incluso cuando se viste de burberrys, con cazadora y tirolés, estilo montería; incluso así tiene caché, tiene estampa.

Lo que pasa es que es cardenal del siglo XX-XXI, y esas estampas señoriles, nobles, de eminentísimo señor, de príncipe, ya no se llevan. Y en él son una manifiesta contradicción, un contrafuero ¿Jugamos a príncipe con moiré púrpura alternando con opción preferencial por los pobres? ¡Oh no! Eso no se puede, eso no se hace, eso no se debe. Desde tiempos de Carlos Borromeo, el "cardenal principesco" pasó. Un prelado milanés con desplantes, después de un San Carlos Borrromeo (o de un Beato Ildefonso Schuster) ni pega ni es creíble. Montini también jugó a ese extraño rol.

Cuando se fue a Jerusalén diciendo que se retiraba (¡ay quién pudiera!), algunos se lo creyeron. Pero lo de Jerusalén le duró poco. Todo cansa, ya se sabe. Y su eminencia no para de asomar la ilustre cabeza por donde le abren hueco, en cuanto le levantan una punta del telón. Le gusta. Y le gusta presentarse distinto, disidente, contestatario, inconformista. Un perfil del Mayo del 68 que fue y que para algunos (¿para el señor cardenal?) se les ha enquistado en síndrome, en achaque crónico. Con su edad, que son 83 años los que va a cumplir, se le pudieran disculpar estas veleidades (antiguamente se decía, simplemente, "chocheo").

Pero ese es el problema: Que no chochea, que habla con juicio (?). Y aconseja. Hasta tiene una especie de consultorio espiritual dominical en Il Corriere. El domingo pasado, por ejemplo, comentaba-aconsejaba-dictaba este oráculo:

"...Personalmente ho sempre auspicato che si aprano vie concrete per ristabilire il diaconato femminile. Le donne già fanno moltissimo per il servizio al popolo cristiano e possono fare ancora di più se munite dei necessari carismi e poteri sacri".

(Personalmente siempre he auspiciado que se abran vías concretas para restablecer el diaconado femenino: Las mujeres ya sirven muchísimo al pueblo cristiano y ahora pueden hacer mucho más si se las dotara de los necesarios carismas y potestades sagradas)


Esto dice el cardenal Martini, respondiendo a una consulta-sugerencia de una buena señora "inquieta" y descontenta con su simple suerte/rol de "mujer en la Iglesia".
También, en el mismo consultorio, opina "comprensivamente" de las relaciones-parejas homosexuales. No de manera escandalosa, pero sí con esa "sensibilidad abierta" que trasluce una ulterior consideración proclive. Muy fino. Esa "finezza" sutil que no dice ni deja de decir, no afirma ni desconfirma, sino todo lo contrario, indefinidamente impreciso, libre en la opinión para un entendimiento libre de lo opinado por el opinante. Que guiña un ojo y esboza una sonrisa mientras responde. Muy cortesano.

Ya apuntó maneras más veces. Esto es sólo el continuóse del empezóse. Pero Martini cada vez resulta más "chirriante" en el Pontificado (le guste o no) de Benedicto XVI.

¿No se ha enterado Martini de la páuta que marca Benedicto? ¿No capta el ritmo? ¿O se destaca ex profeso, marcando su propio tempo?



Me parece - no invento - que se desmarca voluntariamente, con toda deliberada deliberación. Y le aplauden, y le gusta. Humanamente hablando, considerando el fenómeno de tejas para abajo, que haya un chamán que traquilice a la tribu y la congregue y encante al poblado con fascinantes palabras y malabarismos, eso no es del todo malo, porque los distrae. Así están quietos y embobados con su gurú encantador.

Pero bajo otros considerandos espirituales, más altos, la estridencias del eminentísimo Martini me parecen cada vez más desconcertadas y desconcertantes. Y como da ideas, alienta "propuestas", resulta de lo más inquietante cada vez que opina, aconseja o pronuncia sentencia.

Lo peor es que es de los que "apuestan" por la "variedad" de "opciones". Es decir, de los que creen que la confusión es atractiva y confundirse un derecho fascinante.

O tempora, o mores!

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viernes, 5 de febrero de 2010

Fe, sentimiento, emoción (apuntes sobre)


El sentimiento/la emoción pueden servir de praeámbula fidei, pero no son la fe; aunque la fe contiene emociones, y "siente". No basta sentir/emocionarse para hacer efectiva la fe, no es suficiente. Sin embargo la fe es también "sensible", se mete en los tuétanos y circula con la sangre sensibilizando hasta los pequeños músculos que horripilan el vello de la piel. La fe no es sentimiento, pero se siente, y es emocionante.

Fe y sentimiento interaccionan en una proporción idealmente equilibrada; yo no sabría establecer esa proporción, ni fijar el equilibrio, ni siquiera definirlo propiamente. En cada creyente se detecta de forma muy personal, y no es mejor la fe con menos sentimiento ni de más calidad la más sensible. Depende. Aunque es fácil reconocer la emoción con poca fe, y a veces asombra la fe sólida cuando estalla en sentimiento. La experiencia mística de Stº Tomás de Aquino el día de San Nicolás, tres meses antes de su muerte, fue uno de esos momentos en que la fe sólida y bien templada, inteligente y razonada, se desborda en sentimiento y emoción: Es la mística, un fenómeno espiritual que sucede por pura gracia, pero que tiene su "proceso" y puede alcanzar niveles admirables, como un climax de la fe con inteligencia y sentimiento.

En los Evangelios, en los Misterios de la Vida de Cristo, hay momentos de intensa fe que siente. Cuando San Lucas dice que "... Maria autem conservabat omnia verba haec conferens in corde suo" Lc 2, 19 (que reaparece brevior en 51 : "...et mater eius conservabat omnia verba haec in corde suo") entiendo que describe uno de estos equilibrios fe-sentimiento vividos en la extraordinaria intimidad de la Virgen Madre; tuvo que ser tan irrepetible como todo lo suyo. Pero ahí está: Fe y sentimiento (o fe con sentimiento, en este caso animado por la maternidad, algo tan íntimamente femenino (como la virginidad, también)).

Pero en el texto fundamental de la confesión en Cesarea de Filipo, la fe de Simón Pedro confiesa por encima del sentimiento, enfáticamente, más allá del sentimiento (entusiasmo?) de los otros discípulos presentes. Y sobre esa fe escueta, firme, dura, sin "sentimiento", se edifica la Iglesia imperecedera. La fe es más que el sentimiento, puede contenerlo, pero es superior al sentimiento.

Una escena evangélica con más patetismo que fe es cuando Pedro rompe a llorar, después de haber negado tres veces al Señor en la noche de la Pasión. El canto del gallo que le profetizó el Maestro es el instante en que una fe traumatizada por el dolor y el arrepentimiento se desahoga en llanto amargo, incontenible. Se ha roto el equilibrio y vence el sentimiento, se impone la emoción más que la fe. Quizá porque la fe hasta el momento de la Pasión fue suficiente para el discípulo, pero el escándalo de la Pasión necesita más fe; tiene que crecer la virtud insuficiente del discípulo que ha sido hasta el nivel nuevo del Apóstol que será. Cuando se serena la descarga emotiva, el sentimiento madurado de Pedro desemboca en la fe enriquecida con la gracia de la Cruz. Si el Salmo reza "tu luz, Señor, nos hace ver la luz" (Sal 36,10), el que sigue a Cristo también puede decir "Tu cruz, Señor, nos hace ver la cruz"; item más: "Tu Cruz, Señor, nos hace amar la cruz".

Al final la fe se fragua/resuelve en amor, amor personal, amor de intimidad entre dos, ese luminoso binomio evidente que glosa John Henry Newman cuando da cuenta de la historia de su conversión: "...el pensamiento de dos y solamente dos absolutos y luminosos seres evidentes a todas luces, yo mismo y mi Creador"; Dios y uno mismo. Un proceso que va de la atracción primero, luego el encuentro, después el conocimiento y finalmente la confesión-fe y la entrega.

En la escena de la triple confesión petrina de Jn 21 15-18 se resuelve otro capítulo de fe-sentimiento/emoción. Entreverando los dos pasajes del Evangelio que he citado, el de San Lucas y este de San Juan, me atrevo a entablar un paralelo entre la interiorización del Misterio en la Madre del Señor y lo ocurrido a Simón Pedro entre la noche de la Pasión y la triple confesión de Galilea. En Genesaret, cumplida la Pasión y después de la Resurrección, en vez de decir/preguntarle por su fe, si cree, el Señor interroga a Pedro sobre el amor, el amor que le tiene a Él.

En la escena de Jn 21, 15 ss. los protagonistas son Cristo el Señor y su discípulo Pedro; en la vida de los creyentes los protagonistas son el mismo Cristo Jesús y cada alma, cada fiel. Y el escenario no es el Mar de Galilea, sino la Iglesia. Las preguntas son las mismas: Las mismas preguntas de amor...que se sienten profundas en el alma y se responden con fe (y con emoción).




Vuelvo a recurrir a un fragmento de la Pasión según San Mateo, el oratorio del obispo ortodoxo ruso Hilarión Alfeyev, para ilustrar la exposición. Me parece muy entonado.

+T.

martes, 2 de febrero de 2010

Las Candelas


Se encendían las candelas cuando era noche cerrada, las más tempranas las que tenían más chiquillos impacientes alrededor, y las últimas las que organizaban las pandillas de jóvenes, mozos y mozas y parejitas de novios. A las nueve de la noche ya estaban todas encendidas. Y se encendía el cielo.

Desde el balconcillo del soberao se veía todo el pueblo ardiendo, en cada plazoleta y cada calle ancha una candela. Y el cielo negro intenso se veía entre nubes de humo color naranja, con los reflejos de las candelas dando resplandores temblorosos a la Torre de la Iglesia y la del Reloj.

El ramón de olivo que cubría la leña ardía en chispas que volaban al cielo restallando como un repique de triquitraques, y los niños mirábamos embobados las chispas que subían rápidas, tan vivas, más allá de los cables de la luz. Era el momento más emocionante, más intenso, cuando las llamas largas y altas prendían en la ropas del Júa y el muñeco se inflamaba y derramaba paja encendida, hasta que se deshacía sobre la candela.

El Júa es el muñeco de trapo relleno de paja que se pone encima de la candela, como un motivo alusivo, con cartelón y leyenda graciosa que explica la figura del muñeco. Lo preparan las mujeres, las vecinas de cada la calle donde se organiza la candela, una de esas ocasiones en que las mujeres hacían fiesta a su gusto, sin reparos. Y se empezaba con el pitorreo del muñeco, ideando una figura cuanto más grotesca mejor. Cuando estaba hecho se sacaba a la calle, donde los hombres tenían ya formada la candela, con madera de troncos de olivo cubiertos con ramón hasta formar una fogata de tres o cuatro metros de alto; en lo alto se plantaba el Júa, amarrado a una caña para mantenerlo tieso, o sentado en una butaca coja o un sillón de mimbre desculado.

Cuando montaban el Júa se armaba una gritería, las mujeres con la risa chillona que se contagiaban unas a otras, y los niños saltando alrededor, nerviositos, viendo subir al Júa. Se le llama "Júa" por el "Judas", un muñeco parecido que se hacía el Domingo de Resurrección y se colgaba en medio de las calles, de balcón a balcón, y por la mañana, a la hora de Tercia, salían cuadrillas de escopeteros "a matar al Judas", con una trupe de chiquillos detrás y todos los de la calle animando a los cazadores, que tiraban salvas de pólvora y serrín a los muñecos hasta que salían ardiendo y se deshacían.

Nuestro Júa de las Candelas es una remota reliquia de las celebraciones de la Depositio del Aleluya, cuando se enterraba de manera más o menos solemne o jocosa al aleluya, que se dejaba de cantar en las 1as. Visperas de Septuagésima hasta que se volvía a entonar el Sábado de Gloria. De Júa a Júa, de Septuagésima-Candelaria a Pascua Florida, con el Aleluya ausente.

Era entonces, cuando las fiestas iban al compás de la fe, y las alegrías y las austeridades tenían sentido, y se celebraba cada cosa como correspondía, un entierro con lloros y un bautizo con gozo. Y se tomaban los últimos pestiños en la candela de la Candelaría, con las últimas uvas en aguardiente que habían sobrado de las Pascuas de Navidad y de Reyes, y ya no se volvían a comer dulces hasta que llegaban las torrijas de Semana Santa y la Pascua del Señor.

Todo sabía mejor, todo tenía su sabor, con su gusto propio, inconfundible. Y el aire de la noche de la Candelaria olía a candelas, y sonaban toda la noche los latones que se golpeaban con palos para hacer música al compás de las botellas de aguardiente y los almireces de bronce, cantando coplas de romance, y bailando ruedas alrededor de las candelas, que se iban consumiendo y haciendo rescoldos.

Por la mañana, cuando los niños íbamos al colegio, medio dormidos después de la noche de fiesta, se veían por las calles los montones de cenizas, todavía calientes y humeantes de las candelas. Y nos entraba esa nostalgia del disfrutar que pasó.

Yo no sabía entonces qué era nostalgia.

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lunes, 1 de febrero de 2010

Tarde, muy tarde (sive excusatio non petita...etc)

Transeuntes somos y el camino nos empareja con prójimos de muy distinta laya, unos de una hechura otros de otra, de mejor lana o de más áspero pelaje; hasta aparecen algunos con pellejo de escamas.

Cierta impresión benevolente dependiente de la caridad (que no es simpatía ni la exije) late tanto en nuestras conciencias que nos empuja, a veces, por encima de la prudencia y sus discreciones. Equilibrar prudencia y caridad es un dificil ejercicio en el que depende qué prime para que se desnivele todo en un momento. Y los desequilibrios son casi constantes en cuanto se implican estas dos virtudes, tan delicadamente articulables.

Yo he pecado contra la prudente caridad por arrimar el hombro en un particular que no debiera. Quizá por cierto prurito "ministerial", por el afán de hacer presente voz y opinión. Y sigo, confieso también, en esa intención de subirme al púlpito en cuanto me den un altavoz. Estoy firmemente persuadido de la necesidad de la voz católica en medio del guirigay desconcertado de los des-católicos, que son legión como los demonios de Gerasa.

Todo esto ocurre - me ocurre - desde un distante dilettantismo; quiero decir que no se trata de "profesión", que no es asunto de comer del asunto. Que ese es el problema que aparece en casi todos sitios cuando un proyecto de intención se convierte en una intención con proyecto. Y los proyectos se vuelven ya personales (o lo fueron desde un principio???) y, arribados a este punto, rara vez dejan de serlo sin intereses e interesados.

Tiene toda la gracia descubrir en un momento lo que ya se sabía pero se obviaba: Que al fin se trata del comedero de fulano, que el hombre tiene que ganarse el pan y las papas porque es justo y necesario. Pero para que él pueda ganarse su sustento ya no todo es justo ni necesario, ya no caben todos y hay que soltar lastre para que el globo suba.

Pues que suba. Que suba el aeróstato y se enrisque en las nubes del arrebol. Que ya caerá, ya caerá; y mayor será el bajón con su porrazo, que nos divertirá (¡oh frívola vanidad!). Total, el negocio no es tan pingüe ni tan asegurado. Fablas de dueña y trato de compadres que hoy se avienen y mañana se apuñalan, gitanerías que si no la dan a la entrada la pegan a la salida. Y así, porque el mundo y sus cosas son así.

Aunque me tengo que decir lo que me dije en el comentario a un comentarista:

"Tú lo quisiste,
fraile mostén,
tú lo quisiste,
tú te lo ten
"
Quiero decir que yo conocía al mulo, que era bestia resabiada y mohína, que coceaba malamente, también. Conque la patada recibida no ha sido "sorpresiva", ha sido "natural", correspondiente a su estilo. Y más o menos esperada, casi cantada. Era cuestión de tiempo.

Total que, como aquellos optimates senatoriales en desafecto de la plebe, nos recogemos la toga y nos replegamos al Aventino, nuestro monte reservado. Y allá queden ellos, con sus cosas. A ver cuánto duran. A ver.

Porque un buque con mando tan mal concertado o naufraga, o lo hunde una bombarda, o nunca llega a puerto conveniente. Hasta pudiera ser que lo aborden los piratas.

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