miércoles, 3 de marzo de 2010

Exorcistas: Amorth contradicho por Fortea


Con temor y temblor me acerco al tema y sus protagonistas, que no soy adicto a lo demonológico. De entrada diré que me he sentido "incómodo" con las palabras que la prensa pone en boca del famoso p. Gabriele Amorth, esa afirmación de que hay clero mayor "satánico" (traducción aquí). El Señor nos libre.

Después, más serenamente, advierto que, verdaderamente, todos estamos "tocados", tentados por el diablo y sus demonios, tantas veces cada día, laicos, sacerdotes, obispos y cardenales incluídos; porque no en vano incluyó el Señor en su oración las dos últimas peticiones del Paternoster "...et ne nos induca in tentationem, sed liberanos a malo". Amen. Es decir que, tocante a tentaciones y demonios tentantes, todos somos propensos, con capelo o con bóina, el que viste púrpura cardenalicia y el que va con vaqueros, botines y chupa de cuero. Del mismo barro somos y un mismo enemigo tenemos.

Claro que suponer que hayan prelados "satanistas" parece algo extremo, casi delirante. Sin embargo el tentador tienta a cada uno según sus circunstancias y flaquezas, a cada cual en su grado y a cada tentado en su escalafón. Y eso se sabe de siempre. Por ejemplo, en el célebre y sabio icono de San Juan Clímaco, el docto místico del monasterio de Stª Catalina del Sinaí, los demonios insidiosos le echan la soga al cuello y hacen caer de la escala que sube al Cielo no sólo a los incipientes de los peldaños más bajos, sino también a los proficientes de los más altos niveles. Y mientras más arriba, mayor la caída. Que el Señor nos libre.

Yo me tomo bastante en serio las leyendas de los pactos, contratos y compra-ventas con el Demonio. Sin duda, más de uno puede rematar como un Doktor Faustus, viejo, frustrado y con ganas de más vida y más mundo, y dispuesto a vender su alma. ¿Se vende el alma? Pues yo diría que sí, que hay quienes se lo piensan si se trata de alguna ganancia apetecida. Y como se cree muy poco en el alma, muchos la venderían con gusto pensando que dan nada a cambio de mucho. Siempre hay insensatos que se imaginan que saben más que ese que sabe tanto por ser más viejo (refranero dixit).

¿Algún cardenal se ha vendido, se habrá vendido, se vendería al diablo? Yo me preguntaría que para qué, porque dadas las circunstacias del supuesto prelado, si cree en el demonio y se vende a él y no cree en Dios y le teme, es un risible insensato digno de premio nóbel al imbécil mayor del año vestido de grana. Además firmar un papel al demonio es reconocer implícitamente todo el Credo, aunque se eluda; de facto es rendirse al malo sabiendo que está escrito que la victoria es de la Cruz, no del maligno. ¿Se puede ser tan absurdo y contradictorio? Sí, porque el pecado es eso, malignidad torpe contra Dios y uno mismo por prestar oído y atender sinrazones engañosas de la serpiente; desde Adán y Eva repetimos lo mismo, la misma secuencia del mismo guión. Somos tan cretinos como nuestros primeros padres, lo llevamos en los genes. Somos sujetos de tentación.

Repito sin embargo que me choca que me digan que hay cardenales diabólicos, encendiendo velas negras al demonio, ¡qué numerito!

De todas formas, me tomo más en serio al p. Amorth que a nuestro paisano Fortea. ¿Por qué? Por el tipo, perdonen Uds. mi insustancialidad. Además por la competencia y la experiencia, y porque Amorth es oficialmente exorcista en Roma y Fortea es oficiosamente exorcista por libre. Y con blog.


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lunes, 1 de marzo de 2010

Dos siglos de Chopin


Me gustan cada vez menos los músicos del "clasicismo", Mozart y Haydn incluídos; y me confirmo cada vez más en polifonistas del XVI, barrocos vocales e instrumentistas, y románticos. Me gusta Chopin, el eufórico y el melancólico. Le guardo una simpatía que sólo me emborrona esa estúpida aventura con la mediocrísima cortesana de salón George Sand, funesta, estorbo turbio de una vida y una obra que merecían mejores enamoramientos.

En aquella primera mitad del XIX, empapado de revolucionarismos liberales, entusiastas y efímeros levantamientos de la Europa que iba declinando hasta los horrores del siglo XX, las manos de Chopin sobre el piano son una realidad etérea, tan sutilmente bella, trasminando sentimiento, sueño, velo, nube de olor, noche de terciopelo, satén de levita, piel de rusia. Y un licor en copa de cristal ligero, musical al tacto del labio como una tecla aguda.

Hay personajes que son su obra, algo tan dificil de alcanzar, identificar el ser sin solución de continuidad con los actos, uno y el mismo, incluyendo la intimidad de las propias contradicciones, todo en uno.





Sólo me pesa que no compusiera música explícitamente religiosa. Aunque gran parte de su música suene (me suena) a una larga confesión, como una intensa cuenta de conciencia.


+T.

domingo, 28 de febrero de 2010

Dormidos en su gloria, dormidos en su agonía


Cuando el Señor dijo que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los Cielos, los Apóstoles no sabían que los iba a hacer, que los estaba haciendo niños, volviéndolos niños para que pudieran entrar en su Reino.

Los niños se duermen. Recuerdo mis sueños de niño feliz, sobre el hombro de mi padre o en brazos de mi madre. Sueños absolutos, profundos, sin pesadillas ni sueños felices porque la felicidad, entonces, era el mismo sueño.

Los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, que se duermen en el Tabor, cuando Cristo se transfigura y aparecen Moisés y Elías para hablar con Él, son niños rendidos, fatigados por tanta gloria, como chiquillos que se cansan después de unas horas intensas en un parque de atracciones. O como niños asombrados que se beben por los ojos una conversación de mayores que no entienden; o como párvulos dando cabezadas sobre el pupitre cuando escuchan la primera lección de matemáticas, o de alfabeto, la primera suma que no entienden, el primer silabario que no comprenden; y se duermen.

Son los mismos, los tres, que en el Huerto de los Olivos son testigos de la Agonía del Señor. También se duermen. Ahora son niños ante una escena intensa, en un teatro, dormidos en sus asientos mientras el drama ocurre en el escenario; o como chiquillos en un concierto, la sinfonía sonando, in crescendo, pero los niños se han dormido y no les despierta ni un fortíssimo de la orquesta; o como pequeños que van al cine, y se quedan tan dormidos que recuerdan luego la película remotamente, vista y no vista, como flashes de imagen y sonido y sueño, todo envuelto en sueño. O como niños con fiebre, cargados de somnolencia, febriles, con los ojos infantiles pesados, sin poder levantar los párpados.

Así vivieron los Apóstoles Santos sus primeras aproximaciones al Misterio, dormidos en la Pasión y dormidos en la Gloria, durmiendo en el Tabor y durmiendo en Getsemaní. El Señor lo sabía; los había vuelto niños, niños que se duermen, para eso, para que pudieran resistir el primer despunte de su Gloria y la primera escena de la Pasión.

Y así pasan los Apóstoles por todos los Misterios del Señor, embobados, perplejos, torpes, soñolientos, dormidos, impresionados, sobrecogidos, atemorizados.

No empiezan a despertar, a ver y entender, a despabilarse, hasta la mañana y la tarde de la Resurrección; hasta el dia de la Ascensión, cuando los Ángeles les despiertan: - "¡Varones Galileos! ¿Qué haceis ahí plantados...???!!!". No se les abren la mente, el corazón y el alma hasta que en Pentecostés no les prenden las lenguas de fuego del Espíritu.

Nosotros, los que nos dormimos cuando rezamos, los que no entendemos cuando meditamos, los que nos distraemos, nos perdemos, nos ofuscamos, nos caemos, nos enredamos; nosotros, los que estamos por la fe inmersos en su Misterio, estamos igual que entonces los tres del Tabor y Getsemaní: Niños dormidos al aparecer la Gloria, niños dormidos cuando empieza la Pasión.

Pero si no somos como niños, no entraremos en su Reino.

Non obliviscaris!

+T.

viernes, 26 de febrero de 2010

Cátedra, tiara, sedia...etc. ¡Ver para ser!

El otro día, el lunes 22F, que fue la Fiesta de la Cátedra de San Pedro (en el Misal Antiguo se celebra como Fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía (que no sé por qué el de Pablo VI no siguió con la fecha del 18 de Enero para la Fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma, tal y como se conserva en el Misal Tradicional, no me explico (una perplejidad más entre las muchas fruto de la "reforma" post-conciliar))). Pues a propósito de la fiesta hablaba con yo con un selecto compadre, sobre las vicisitudes de estas conmemoraciones, sobre la reliquia de la Cátedra y de cómo se han conservado en San Pedro del Vaticano ciertas costumbres anejas a la liturgia, de forma quasi-milagrosa, auténticas supervivencias luego del tsunami minimalista post-conciliar.

Y me refería a la iluminación del Altar de la Cátedra, que todavía se sigue alumbrando para la fiesta del 22 de Febrero. Es digno de ver el efecto de los cirios encendidos rodeando la Cátedra, puestos en los cubillos de bronce originales de la estructura monumental del Bernini. Desde la entrada de la Basílica ya se ven las luces parpadeantes, con la perspectiva de la nave y, a lo lejos, destacándose a través del espacio del Baldaquino, la Cátedra entre las velas blancas que la perfilan con temblorosos puntos de luz. Como la Basílica suele estar todo el día con muy poca iluminación artificial, el espectador puede imaginar cómo sería la vista en los tiempos en que la luz eléctrica no alteraba los contrastes de luces originales, tal y como se concibió el edificio y sus ornamentaciones. Repito que es digno de ver.

La Cátedra conforma el centro de la idea que articuló el genio del Bernini para la Basílica, llena de "detalles" cargados de significación, de una "lectura" católica. Por ejemplo, la cúpula está sostenida por los cuatro machones donde se encuentran las capillas que contienen las reliquias mayores de la Basílica: El Lignum Crucis, el Paño de la Verónica, la Lanza de Longinos, y la cabeza de San Andrés Apóstol (esta ya no, porque Pablo VI, muy generoso y ecuménico, la entregó a la Jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Griega, cuando el Concilio). El centro del espacio cúpula-crucero, es el Altar Mayor, cubierto con el baldaquino de bronce; debajo la "confessio" con la tumba de San Pedro; y al fondo, en el ábside, sostenida por las figuras colosales de cuatro Padres de la Iglesia, la Cátedra de San Pedro con la gloria rompiente de la vidriera del Espíritu Santo, focalizando con su luz dorada todo el conjunto. Un conjunto admirable, insuperable, tanto formal como conceptualmente.

La centralidad magnificente de la Cátedra, mucho más allá de la veneración de la reliquia de la cátedra petrina (hoy día fuera de su urna de bronce y expuesta en una vitrina de la Sacristía), es una proclamación, una exaltación de la fe de la Iglesia Romana. Ninguna sede del mundo cristiano se aproxima a ella, no por el arte ni el fasto, sino por la realidad histórica entroncada en el Misterio: El Tu Es Petrus del mosáico dorado que circunda el anillo del tambor de la cúpula, es parte del Credo en tanto es parte fundamental de la Iglesia instituída por Cristo, el Señor, sobre su apóstol, singularmente destacado sobre los otros apóstoles. Roma es Pedro, y en Roma está su sede y en su sede se sienta su sucesor, cabeza visible de la Iglesia de Cristo en la Tierra.

La cabeza debe verse, destacarse. Para ello los símbolos petrinos han cumplido esa necesidad de representar, revestir de atributos propios y significativos al Sucesor de Pedro. Así tiene sentido la Cátedra y la sedia, el trono del Papa y su sede. Y la tiara, que es también su ornamento propio, desde hace tantos siglos.

Juan Pablo II, que pasó para las "vanguardias" des-catolizantes como un pontífice de perfil "tradicional" (¿se puede ser Papa sin ser tradicional??? ¿se puede ser católico sin ser tradicional???), de hecho fue uno de los más efectivos demoledores de los símbolos católicos, empezando por él mismo, por la forma en que representó externamente su ministerio pontificio, tan alejado de la impronta de sus predecesores. Resultó chocante su insistencia en despojar al Papa de sus simbólicos atributos, ninguno "sustancialmente" unido al ministerio papal, pero todos ellos muy identificativos de la única y exclusiva dignidad del Romano Pontifice. Entre lo anecdótico y lo patético, especialmente, su insistencia en ponerse todos los sombreros, gorras, tocados y adornos de cabeza de todo el mundo, de todos los sitios que visitó y de cuántos le visitaron. Todos se los colocó en la cabeza, menos el suyo propio, la tiara que nunca quiso.

No fue el primero, sino que siguió el mal gusto del efímero Juan Pablo I, su predecesor, que no quiso ser coronado. Hubiera sido mucho más "escénico", si no les gustaba llevar tiara, hacer lo que hizo Pablo VI, que una vez coronado donó su tiara (o la vendió). No comment.

El último golpe a los símbolos pontificios ha sido el de Benedicto XVI, que ni siquiera quiso la tiara como timbre de su stemma pontificio, prefiriendo una mitra de extraño diseño como remate de su escudo. No sé, no me consta, si fue personal elección o si se trató de alguna "recomendación" de algún "consejero" vaticano. Desde luego no parece compaginar con el estilo "ratzingeriano", mucho más respetuoso con las formas tradicionales, y de muchísimo mejor gusto y "estilo" que su predecesor. Hablo de "formas" (aunque las formas trasluzcan tanto el fondo).

A estas alturas, si algunos supusieron que la "desnudez" de los símbolos iba a hacer más simpático o más querido o más popular al Papa, espero que esos ilusos se hayan desengañado: Los que odian, detestan, persiguen y atacan al Papa lo hacen lleve tiara o bonete de lana, se siente en trono o en banqueta de mimbre, vaya en gestatoria o en papamóvil, se vista con ornamentos barrocos o se revista de Ágata Ruiz de la Prada. Porque odian la esencia, no la apariencia (aunque la apariencia les remueva las bilis).

Un católico sabe que no hay poder más alto ni santo en este mundo, entre los hombres mortales, que el del Papa. Sic. Ninguno se le aproxima, sean realezas dinásticas, sean presidencias democráticas, potencias estatales o representantes internacionales. Nadie se compara al Papa. Y aunque ser lo que es basta y le basta, necesita su "cobertura" simbólica. En un mundo que vive en torno a la imagen y los símbolos, el Papado no puede perder los suyos, ni renunciar a ellos.


Vuelvo, pues, a ser más papista que el Papa y reclamo desde este poyete, desde mi balconcillo, la Tiara para el Papa, y la Sedia Gestatoria, y el Trono; y las trompetas de plata de San Pedro, y los flabelos flanqueando la sedia, y el manto pontificio bordado con tiaras y llaves. Quiero al Papa Papa, señores míos. Y lo quiero porque me lo tomo en serio, muy en serio, tan en serio.

Protesto que sé que el Papa no es una tiara, ni un escudo, ni un trono en andas. Pero clamo que el Papa necesita sus símbolos para que el mundo vea y los católicos volvamos a nuestra conciencia católica, que se ha perdido tantísimo, lamentablemente.

En un mundo aberrante con conciencia infatilóide y vicios de provecto degenerado, los símbolos no son un capricho prescindible, sino un medio inteligible. Si se trata de la fe y del misterio que es más de lo que se ve, su vuelta y restauración urgen más, mucho más.

El contenido sin continente se desparrama. En el centro tenemos algo tan simple como la madera de una Cruz, las tablas de un Pesebre, o la forma blanca de la Hostia. Para el fuerte en la fe, su sóla aparición impone adoración; para el "débil", hay que usar relicario de oro o custodia de plata. Para el incrédulo, también. Para el impío, doblemente.

Y el que me niegue la mayor, no entiende un comino del caso.

Y esto, un regalito, para amenizar:



Les destaco estos versos de la letra, en "romanaccio": "...vedo la maestá der Colosseo, vedo la santitá der Cupolone, e so' piú vivo, e so' piú bbono..." que yo cantaba en Roma (y canto en mi casa) tan apasionadamente como un romano di Roma (adoptado):

"...Admiro la majestad del Coliseo, contemplo la santidad de la gran Cúpula (del Vaticano), y me siento más vivo, y más bueno..."

Sí, sí; ¡sic!: Más vivo y más bueno cuando veo la majestad y la santidad.


p.s. Si no lo entienden, no merece la pena explicarselo. Mi dispiace.


+T.

jueves, 25 de febrero de 2010

El Aquelarre de las excelentísimas


Con Goya, el pintor, mantengo una extraña relación: No siento pasión por su pintura, pero reconozco que pocas veces se ha plasmado mejor en una obra pictórico-gráfica una nación/un mundo/un momento. En este sentido me parece fascinante, incluso insuperable. Goya parece que pinta profecías fatales, como si las brujas de sus aquelarres le hubieran insuflado una visión agorera para adelantar en un lienzo o una plancha el horrendo futuro de España.

Ayer las abyectas titulares del ordeno y mando eran como el trasunto de una pintura negra. Las tales tienen cara de lo que son y son como sus respectivas faces, degeneradas, prostituídas al poderío, sin escrúpulos para poner muerte en la leyes. Pintarrajeadas, asquerosamente maquilladas a la moda de las peores, hacen lo mismo con las leyes que engendran desde las matrices pútridas de sus mentes de hembras de sentina; saben que cuecen su olla podrida para la famélica legión engordada con pienso fácil, pero por si acaso despertara la conciencia de la infecta "ciudadanía", mantienen el arte de la confitería de las brujas y acaramelan la ponzoña diciendo libertad-derecho-progreso donde esconden matanza-crímen-parricidio-aborto.

Las ellas degeneradas, ayer, con pantomima de vencedoras, se besaban y se dejaban unas a otras junto el rocetón de carmín caro el hilillo de baba sucia y el aliento hediondo de las brujas. Tienen cara de lo que son, son lo que llevan en la cara.

Goyescas oscuras, el sótano de la cloaca, la estercolera de la cuadra, el pudridero de los muertos sin nombre. Como las brujas de los cuadros del Lázaro Galdiano llevan cuerpecillos inmaduros en un canasto de mugre, criaturas sin madurar ahorcadas en el palo de sus escobas, muertecillos destripados con las cabecitas descoloridas aplastadas debajo de sus tacones. De las carpetas y los portafolios de sus excelentísimas y sus señorías chorrea un reguerillo de sangre y placenta que encharca los pasillos de sus palacios donde se legisla la muerte.


Ellas, con un coro de carcajadas horrísonas, con rumbo de hembras mortíferas, van pisando fuerte, metiendo ruído, triunfadoras bailando una danza infernal de muerte. Una re-versión del triste concierto que forman tocando a muerto la campana y el cañón, con ellas contentas porque el bronce suena por los fantasmas de los que no nacieron y el cañón es revolución de la escoria del mujerío.

Siniestra época en que las mulas estériles asesinan a inocentes tirando coces de leyes, con el cetro de la muerte en las pezuñas de la fieras, con las brujas del Goya más tremendistamente español gobernando, furiosas hechiceras de espanto y muerte bajo la presidencia del Gran Cabrón de ese aquelarre.


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domingo, 21 de febrero de 2010

Las Tentaciones del Hijo


Me es fácil imaginar la escena de las tentaciones del Señor en el desierto: El yermo y rocoso desierto de Judea, las soledades abruptas cercanas a Jericó, donde se enriscan algunos monasterios ortodoxos en quasi imposibles equlibrios, sobre precipicios de vértigo. Ese tuvo que ser el paisaje.

Después puedo seguir la escena, tal y como la narran los Santos Evangelios, con los tres momentos/tres asaltos diabólicos que detallan San Mateo y San Lucas (Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13); incluso puedo representarme el enigmático sumario, más reservado, de San Marcos (Mc 1, 12-13).

Sin embargo toda esta facilidad de composición de lugar se me descompone en cuanto intento profundizar en la escena, una de las más impenetrables de los Misteria Vitae Christi. Suelo recordar, cuando predico el Evangelio de las Tentaciones en el Desierto, que es uno de los pocos (único?) momentos de la Vida del Señor que no cuenta con testigos humanos: Sólo están Él, Satanás, y esos Ángeles ministrantes que refieren San Mateo y San Marcos. El valor de este Evangelio aumenta cuando advertimos que la narración recogida por los Evangelistas sólo pudo hacerla el mismísimo Jesucristo, probablemente en uno de esos momentos en que instruía privadamente a sus Apóstoles.

También puedo imaginar el impacto (caras de galileos asombrados, perplejos y atemorizados) de la narración del Señor en sus discípulos. Incluso la facilidad con que pudieron retener lo sustancial de las tres tentaciones (Mt y Lc) o el respeto religioso y temeroso que trasluce el breve sumario de San Marcos; o el silencio de San Juan. Un momento de verdadera impresión, inolvidable para los que lo oyeron por vez primera, cuyas almas y mentes quedarían fascinadas y sobrecogidas con el Señor, protagonista vencedor de aquel combate.

Era la primera vez, desde el Edén, que Satanás era vencido en el mundo por un hombre. Desde la caída de los padres primigenios, Adán y Eva, el Demonio había sido el vencedor y los hombres los vencidos. Una humanidad derrotada, humillada, envilecida, corrompida, esclavizada y víctima del dolor, la frustración y la muerte. Y con el hombre vencido, la imagen de Dios profanada en el hombre, hecho a semejanza del Creador.

En aquel desierto de la tentación, el Hijo del Hombre está expuesto absolutamente, indefenso e inerme en su humanidad real. Pero es Dios. Algo que intuye Satanás, con perspicacia y sabiduría diábolica, sapiente pero atormentadamente inquieto. El demonio está profundamente turbado, más allá de la perpetua turbación que es su estado habitual de condenado. Barrunta como una fiera la Divinidad presente, pero no está cierto, no alcanza a vislumbrar nítidamente la Luz de Luz que se vela tras la carne humilde del Nazareno, el Redentor, Dios y Hombre. Por eso sus insidiosas preguntas, que quieren adivinar: - "Si eres Hijo de Dios..."

No puedo (no quiero) imaginar la voz del Satán. En la iconografía unas veces aparece como un diablo figurado con las horrendas formas demoníacas, medio humano medio animal monstruoso; otras veces lo representan como un personaje opaco, taimado, con vestido pardo y capuchón que le tapa el rostro, o embozado en ropas sombrías, o como una sombra turbia, feroz como una alimaña al acecho. Así lo pintamos, pero la realidad tuvo que ser tan maligna como su autor, la maldad mayor del universo de las criaturas, el ser más pervertido del mundo existente. Ese fue el que tentó a Jesús, el Nazareno.

No recuerdo bien, pero me parece que es en los Misteria Vitae Christi de Francisco Suárez donde se explica que el Diablo sabia cosas del Redentor, de su tiempo que se aproximaba, de su presencia inminente y profetizada. Y, de forma más inmediata, nuestros teólogos enseñan que Satanás escuchó conturbado hasta el fondo de su maligna esencia las palabras del Padre en el momento del Bautismo de Cristo en el Jordán: - "Este es mi Hijo amado, en Quien me complazco". Después de esta proclamación celestial, Satán, envuelto en un torbellino de zozobras, necesitaba saber, saber más de aquel "Hijo Amado". El Misterio de la Salvación oculto en el seno sacrosanto de la Trinidad desde toda la eternidad comienza a desvelarse, a revelarse, para salvación del mundo y conmoción del demonio, que quiere saber sobre lo que será el comienzo de su final.

La derrota del diablo sucede en esos tres asaltos, resistidos, rechazados, vencidos absolutamente y con toda resolución eficaz por Cristo, tan humilde y potente a la vez: Siervo de Dios y Señor.

Acabando la meditación, con esos flashes de alma en los que uno parece como si viera la escena y la entendiera, un poco, en su tremenda realidad, comprendiendo la magnitud de la lucha entre el Salvador de los hombres y el enemigo maligno y ancestral; sobrecogido también, me refugio y descanso en la imagen reconfortante de los Ángeles que parecen finalmente sirviendo a Cristo, los Ángeles ministros de su gloria que se acercarían reverentes y adorantes al Hijo, al Cordero Divino que acaba de vencer - Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal - al infame tentador de los hombres, su perdedor.



Todo esto, en menos y más sabias palabras, lo dice mejor San Agustín, con ricas y más fructíferas reflexiones:

Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.

Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo;
pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla.
De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

Que les aproveche a ustedes, como reconfortante lectura cuaresmal.


+T.

jueves, 18 de febrero de 2010

Febrero mojado

Está lloviendo como antes, como en los años 60 en que nací y crecí. Lo mismo, pero con las modernuras del siglo XXI. Hay los mismos charcos, pero son más duros. Antes había más albero, y los charcos parecían sopa de puré con bordes de natillas de vainilla con canela. Ahora los charcos son grises, de asfalto y pavimento con losas rotas. También me gustan porque me gustan los charcos de lluvia. Pero los de antes tenían más color.

Los que han ganado en color son los paraguas que antes eran menos coloridos, pero los de ahora se rompen más y duran menos. Yo llevo dos paraguas rotos en lo que llevamos de temporada, uno con una varilla doblada por una ventolera, y el otro despuntado por el regatón. Y no tienen arreglo, porque ya no hay paragüeros; antes sí.

En mi pueblo el que componía los paraguas rotos era el hojalatero, un viejecillo con gorra y pelliza y un zahón de cuero para cubrirse la pechera y las piernas mientras trabajaba. Se sentaba en un banquillo, en la esquina de la calle Real, frente a la Peña, y arreglaba las cacerolas, los peroles, los cazos, los pucheros y cualquier cacharro que se pudiera arreglar con sus lañas de estaño. A mí me gustaba verle, menudillo y canijo, con barba de dos o tres días, con la colilla de un cigarro liado en la boca, con unas gafas de culo de vaso que se sujetaba con una cinta negra de elástico. Tenía una especie de hornillo portátil, con carbón encendido, y allí ponía al rojo unos hierros con mango de madera con los que aplicaba el estaño en el culo agujereado de los cacharros, o pegaba con lo mismo las asas desprendidas. Cuando derretía el estaño quemaba también pez rubia, que desprendía un olor picante y dulce, inconfundible.

El hojalatero se ponía en su esquina cuando daban las nueve, casi a la misma hora que pasaba el carro de la basura. En mi pueblo había un basurero para toda la vecindad, más de nueve mil vecinos. Pero entonces no había tanta basura. En mi casa se tiraba un cubo, con papeles, granzas de café molido, cáscaras de huevo, algunas mondas y los barridos de casa. No había más, porque los desperdicios de la mesa y la cocina se echaban de comer a los gatos o a las gallinas. No se conocía la palabra "reciclar" ni éramos "ecologistas"; pero las casas se administraban con admirable economía y aprovechamiento de medios. Hasta los jaramagos que salían en el tejado se cortaban y se ponían en la jaula de los jilgueros, para que picaran las flores amarillas.

A mí me gustaba poner las hojas de los rábanos en las jaulas de las perdices que mi padre tenía en un techado junto a las cuadras, para llevarlas de reclamo a las cacerías. Las pobres se tiraban todo el día cantando cuchi-chí-cuchí-chí, en sus jaulas de alambre, tan bonitas con su ojillo ribeteado de grana, y sus patitas coloradas.

Los días de lluvia las gallinas del corralón se quedaban dentro del gallinero, en su palo, con la cresta lacia caída al lado. Y el gallo asomaba valentón por el alero del cobertizo, cantado a su hora. Cuando se recogían los huevos, me gustaba sentir en las manos frías el calorcillo de la cáscara, todavía templada sobre la paja limpia de los ponederos.


Lo mejor era un día de lluvia con resfriado, pasando la mañana en la cama, sin tener que ir al colegio. Me llevaban el desayuno en una bandeja, con su mantelito y su servilleta, que siempre terminaban manchadas de café con leche. Para migar me traían rebanadas de pan frito con canela y azúcar, o unas tostadas con mantequilla que también se caían sobre el mantelillo de la bandeja; si era mermelada se te pringaban los dedos de dulce pegajoso. Apañarse con la mermelada en un desayuno de cama es una problemática habilidad que todavía no domino. El azucarero no se volcaba porque tenían la prudente precaución de poner el azúcar a la taza en la cocina.

A eso de las 11 me levantaban de la cama, me lavaban, me vestían, me peinaban y me sentaban en la mesa camilla grande del salón, junto a la cristalera del balcón bajo que daba a la calle Real. Esa era la hora en que pasaba el panadero, con la mula cargada con dos serones de lona blanca y talabartería; el pan venía todavía caliente del horno, cubierto con unos lienzos bastos, y hasta al salón, por la cristalera, llegaba el olor del pan recién hecho. Las mañanas que estaba en casa, me compraban una rosca de trenza, como chuchería y para abrirme el apetito.

A las once y media o así llegaba mi padre, a dar una vuelta, después de tomarse un café en la Peña. Entraba, me tomaba la temperatura con la mano y me daba un par de caramelos de Almendralejo, de los gordos, para que los chupara porque eran de malvavisco, que venían muy bien para los resfriados. Los caramelos aquellos apenas me cabían en la boca, de grandes que eran, y duraban una rato grande, chupa que te chupa; parecía que no se gastaban.

Mi madre aparecía a ratos, para mover el brasero y echar un poco de alhucema, que llenaba el salón de olor y de humo. Sobre las doce llegaban las chachas. En mi casa ya no teníamos para pagar criadas, pero las antiguas que habían servido venían todos los días para hacer algo, a ayudar a lavar, o en la cocina, o para ir por los mandados a la plaza. La más cariñosa conmigo era Camilita la del Pino, chiquitita y sin dientes, con su moñillo recogido y su mantón de lana con flecos gordos. Algunas mañanas también venía Rafaela, la que fue niñera de mi padre; la pobre estaba viuda, con dos hijos en Alemania, y se venía a casa a llorar cuando estaba tristona. Mis tías le ponían una silla baja en la cocina y le daban un café, o le mandaban hacer algo, para que se distrajera. Un día me contó no recuerdo quién que Rafaela bebía, que se compraba un cuartillo de aguardiente en la taberna del Cruce, y cuando estaba con la pea se venía a casa a llorar. Y no paraba hasta que llegaba el señorito, su señorito (que era mi padre). Parece que la estoy viendo, viejecita, con los ojillos enrojecidos y el pañuelo y el mantón negro, con una esportilla de palma en la que ponía las cosillas que le preparaban mis tías, cosas de comer y alguna ropa. Mi padre siempre le metía en el bolsillo tres o cuatro duros, y Rafaela rompía otra vez a llorar, y me daba besos que olían a anís, y mis tías decían -"Ya está Rafaela, ya está; ya pasó, ya pasó; venga mujer, venga, que vas a ponerte mala, Rafaela, hija..."

Nati la del Cerre tenía bigote, y espinaba cuando me daba besos, besitos en ristras que me sonaban como una retahíla de cuchicheo en el oído. Manuela la del Bosco olía a leña, y me traía piñas tostadas, que tiznaban, con los piñones asomando como lengüecitas. Antonia la Perica nos llevaba palmitos, y bellotas, y madroños, y manojos de espárragos que el Perico, su marido, mandaba expresamente para mi abuela. Todas venían casi todos los días, y cada una traía alguna cosilla y se llevaba otra; siempre tenían algo para traer y siempre había algo para que se llevaran. A mí también me llamaban señorito, como a mi padre.

La visita más solemne era la del cura, que venía algunas mañanas a echar un rato con mi abuela; le sacaban café y unas bizcotelas de yema que mi abuela reservaba en la alacena alta. A mí me gustaba que me pusiera el bonete. En cuanto llegaba y me veía, se acercaba y me encasquetaba su bonete. Mi abuela se reía, y las chachas rompían a chillar, todas riendo también. Eso era cuando venía el cura viejo, tío Don Manuel, que era primo segundo de mi abuela, porque el cura nuevo dejó de ponerse el bonete. Mi tía Rosario decía que el cura nuevo era un mala cabeza, y mi abuela decía: -"Rosario, que está el niño delante". El niño era yo.

Me gustaba tanto el bonete del tío Don Manuel que mi tía Antoñita me hizo una vestimenta completa de cura, sotana, esclavina, fajín y bonete, para salir con la hucha de Domund a pedir para las misiones. Y me hicieron fotos así, vestido de cura; y me parece a mí que el bonete aquel me hizo efecto.


Cuando llueve como ahora, parece que se me enternecieran recuerdos, remojados y blandos como el pan en la sopa, con charcos de pasado reflejando retazos de vida, de casa, con cosas y gentes queridas que vuelven a la memoria, suaves y templadas como el beso que me daban cuando me iba a dormir.

+T.

miércoles, 17 de febrero de 2010

A propósito de la ceniza del Miércoles de Ceniza



Ignoro por qué y de dónde y cual sea la práctica de cada sitio y lugar, pero me asombra que estas cosas se hagan tan incorrectamente y que, encima, se crean que se hacen bien y que los que procuramos hacerlo correctamente nos veamos obligados a explicar que lo que hacemos es lo que se debe hacer como se debe hacer.

Me refiero al detalle de la imposición de la ceniza, que veo por un sitio y por otro que se pone absurdamente en la frente, marcando una cruz de ceniza entre el arranque del pelo y el entrecejo, es decir, en mitad de la frente.

La liturgia ha tenido siempre mucho cuidado de no caer en la irrisión, algo tan posible cuando algunas veces es tan delicado el equilibrio entre lo sublime y lo risible. Y tiznar a una persona en medio de la frente con ceniza es algo que puede facilmente provocar la hilaridad, la risa incontenible.

Recuerdo algunos Miércoles de Ceniza divertidísimos, riéndome, flojito de risa, en el banco de la Iglesia, con mis amigos, viendo y comentando a los "cenicientos-as". Y todo con toda piedad, mis píos amigos y yo.



¿Dónde se pone-impone la ceniza? Escuchen ustedes la voz del súper-liturgo Don Gregorio Martínez de Antoñana, indiscutible autoridad:

"...A los laicos se impone sobre el cabello, cerca de la frente. No es necesario tocar la cabeza con los dedos; basta esparcir sobre ella la ceniza a modo de cruz..."

"...El Celebrante y los ministros sagrados bajan a la entrada del presbiterio, y allí imponen...sobre el cabello cerca de la frente..."


Advierte que a las mujeres se les ponga la ceniza en el pelo, no sobre el velo, en la parte que queda descubierta la cabellera cerca de la frente, procurando no tocar el velo:

"...Moniálibus aliisve muléribus, quarum capilli capitis propter velum mínime appareant, cíneres in modum crucis sparaguntur non in fronte sed circa velum, qui tamen velum tangatur" (Ephem.Lit. 37-1923-95)

Para todo esto que cito cfr. G. Martínez de Antoñana, Manual de Liturgia Sagrada, trat. IV, secc. 2ª cap. II.-Miércoles de ceniza, nº 719 con sus respectivas notas (cito la VIIIª edición Madrid 1950, edit. Coculsa).

Así y todo me temo que tanta gente sea "devota" del tiznón en la frente, que a mí, señoras y señores míos, me provoca, naturalmente, risa incontenible y cenicienta.

Con todos mis des-respetos si son ustedes aficionados a la ceniza como no se debe:

Inmutemur habitu!!! (aplíquense la antífona, please).


+T.