domingo, 15 de abril de 2007

Una tarde limpia


Una tarde entre Abril y Mayo; muy clara de luz, pero nublada porque ha llovido y está el corralón mojado. Hace un poco de fresco, y nos han recogido en el comedor que da al patio grande. Mi madre y mi abuela están en el salón, con alguien que ha llegado de visita. Nosotros estamos jugando, haciendo un pasito con flores y velas sobre un cajón; hemos puesto una estampa grande de cartón, con una Virgen.

Mis tias entran en el comedor, con las tatas; han empezado a rezar el Rosario; los niños seguimos jugando.
Vuelve a llover; las tatas han recogido la ropa tendida del soberao y la ponen sobre las mimbres con los braseros encendidos, para terminarla de secar. Llaman desde la cancela del zaguán, y es tio Enrique, que nos trae un nido de tórtolas, con sus huevecitos de color.

Ya ha terminado el Rosario; de la cocina sale olor a café, para los mayores que lo van a tomar en el salón, con la abuela y mamá; nosotros merendamos en la cocina. Nos han llevado al salón; mi padre entra por la puerta del despacho, y se sienta junto al balcón de la cristalera, meciendo a la niña chica en las rodillas.

Empieza a tocar la torre, el primero para la Misa. Mis tias se ponen las gabardinas y los velos, y me llevan de la mano, por la calle recién llovida, a la Iglesia. Dan el segundo en la torre; también suena otra campana en el Reloj de la Villa; todavía es tarde clara.

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viernes, 13 de abril de 2007

Su polvo enamorado


Me reconozco cierta simpatía con lo fúnebre; no morbosa, sino religiosa/espiritual/cultural, si me explico y se me entiende. Bastante de lo funerario subsiste todavía entre nosotros, siendo parte de lo mejor que va quedando de nuestra vieja herencia cultural, la de toda la humanidad, tan necrófila desde siempre por inclinación connatural.
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Dudo que la terrorífica utilización de horrendas y desfiguradas calaveras de esas que se tatúan algunos y otros llevan en las camisetas, o como adornos, tenga que ver con la cultura ancestral que ha evocado el más allá desde la contemplación desengañada de lo caduco mortal; aquello es disfraz de moda comercial, y lo otro un ejercicio para el que no está capacitada la sesera de las tribus de la post-modernidad.
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Todo momento cultural tuvo su meditación sobre la muerte, desde el "Et in arcadia ego" parnasiano, al "Dies Irae" del medievo o el "Ubi sunt" re-topicado y renacentista. Pero en calidades fúnebres, el Barroco es relativamente insuperable; la captación y expresión conceptual, formal y estética, de lo efímero ligado a la muerte, es espléndida y dinámicamente expresiva.
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El Gran Bernini, tan vitalista en toda su obra y su genio, fué el gran tramoyista del tema de la muerte barroca. Roma entera y toda Europa después, se llenaron de tremendos monumentos El esqueleto dorado bajo el pesado paño enseñando guadaña y reloj de arena al Papa Alejandro VII orante, es el "Sancte Pater: Sic transit gloria mundi!" del ceremonial pontificio, con todo su traumático realismo pero en su más envolvente y fascinante belleza, hecho marmol y bronce.
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Nuestro catedrático barroco de la muerte es Quevedo, que regala al Siglo de Oro una indiscutible cima literaria, cenit al declinar un ocaso nunca tan bien cantado ni tan inteligentemente sentido "more hispano", tan gallardo, tan hidalgo, tan arrogante...
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"...Serán ceniza, más tendrán sentido; polvo serán, más polvo enamorado"
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Nadie ha dicho eso, ni de esa forma desafiante, que reconoce la muerte y llora lo que se lleva, pero afirmando la perdurabilidad del amor y de lo amado, en desafío de inmortalidad, en vena de esperanza.
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Hoy he leído que un equipo de investigadores de la Universidad Complutense han identificado los restos de Don Francisco de Quevedo y Villegas, en la cripta de la capilla de Stº Tomás de la Parroquia de Andrés Apóstol, en Villanueva de los Infantes.
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En esta aparente lejanía de cuatro siglos, me emociona la barroca actualidad de ese polvo enamorado, que aspiro también a ser: Non omnis moriar!
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miércoles, 11 de abril de 2007

Cordero Pascual

Algunas de las más felices mañanas de nuestra infancia, las vivimos mis hermanos y yo cada Domingo de Resurrección: Era como una mañana de Reyes, pero con borrego.

A eso de las siete y media o las ocho, pegaban en el portón de la calle y dejaban en el zaguán un corderito atado, regalo de Pascua de un amigo de mi padre, ganadero, que cada año tenía ese detalle con nosotros.

En teoría, el borrego era para engordarlo y matarlo en verano, para la Virgen; pero mientras llegaba su día, se convertía durante cuatro o cinco meses en la mascota de la casa. Ya la mañana de Resurrección, recién llegado, se le ponía al cuello un lazo colorado con un cencerrito. Que era la admiración y la envidia de los chiquillos de la calle y alrededores, ni que decirlo. Sacar a pasear al borreguito, era un alarde, una distinción, una admiración.

Éramos cinco y un borrego: Mi hermano, mis tres hermanas y yo con el animalito, tan blanco, tan blando, tan bueno...

Así hasta que al mes, empezaba a trompar. Primero hacía gracia; luego era un espectáculo y organizábamos corridas de toros con el borrego, que embestía como un miura; una de mis tias casi se magulló una cadera con una trompada que le arreó el morueco en potencia.

Cuando apuntaban los cuernecillos, era un acontecimiento, algo así como cuando a los bebés les asoma el primer diente: - "Mamá, que el borrego ya tiene cuernoooooooo..." Y cuando mi padre llegaba a casa, cinco niños se le echaban encima contándole la novedad de los cuernos del borrego. (Mi padre disfrutaba con el borrego más que nosotros, por nosotros, no por el borrego).

El tráuma ocurría a mediados de Agosto, con las vísperas de la Virgen y la sentencia del borrego. Avisaban a un carnicero, para que matara al animal. Nosotros cinco, acobardados, en el corral, observando todo a prudente distancia, con el miedo y la fascinación que un sacrificio impone a cualquier morbosa mente infantil.

En mi casa, las catequesis eran al natural y en directo: Si se mataba un pollo, nos enseñaban la hiel verde - "...como la que le dieron al Señor en una caña..."; y a propósito del borrego, todos los años nos daba la compunción cuando nos recordaban que -"...era como el Señor, que no se quejaba en la Pasión: Mira, mira el animalito, que ni berrea el pobrecito..."

Después de la catequesis y el shock traumático del degüello, despellejo y descuartizamiento, ¡a ver quién se comia el cordero! De niño, no miento si aseguro que nunca comí cordero.

Ahora de mayor, sí que lo como con gusto, casi un lujo ritual cuando pasa Semana Santa y llega Pascua. Hoy mismo he almorzado unas chuletitas de cordero; mordiendo carne ternísima y royendo frágiles huesos, me he sentido un voraz Cromagnon y un israelita del Éxodo, todo en uno y sin solución de continuidad.

...Pero, sobre todo, me he acordado de nuestro Cordero Pascual, ¡ quién lo tuviera!

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martes, 10 de abril de 2007

High Church/Low Church

Las circunstancias históricas que condicionaron los orígenes y la posterior evolución de la Iglesia anglicana, la definen con una irrepetible personalidad, tan apropiada al carácter de la misma Inglaterra y sus gentes.
Todavía en pleno siglo XIX, con el Movimiento de Oxford y los tractarianos revolucionando el stablishmen de la Iglesia Inglesa, los más “sólidos” de aquella clerecía victoriana se complacían en reconocerse como la “vía media” entre el Catolicismo Romano y las Confesiones Protestantes surgidas de la crisis de la Reforma Protestante; el mismo John Henry Newman, antes de su conversión a Roma, imaginaba a su querida Iglesia en esa intermedia posición.

Fue en el siglo XVIII con sus crisis parlamentarias, las difíciles y polémicas sucesiones de los Estuardos (católicos o filo-católicos) y la entronización de la nueva dinastía de los Hannover, luterana por su procedencia germana, cuando se defínen dos tendencias que, con el tiempo, convivirán en relativa armonía dentro del anglicanismo, pero manteniendo perfiles marcadamente distintos:

Una llamada “High Church” (Iglesia alta), aferrada a la antigua tradición eduardiana (e incluso recurriendo en algunos casos a la memoria del “status eclesiástico” de los años de Enrique VIII y las primeras y originales concepciones de la “Iglesia en Inglaterra”); iglesia con un más o menos confesado aprecio por la liturgia y la tradición romana, que se complacerá en la “restauración” de todos los elementos católicos que se puedan incorporar a la liturgia reformada; identificada con el trono y de tendencias conservadoras en política; con una reconocida presencia en los ambientes de las elitistas universidades inglesas, fué, en cierto sentido, la creadora de aquel “ambiente” del que surgiría el Movimiento de Oxford.

Y junto a ella, una “Low Church” (Iglesia baja), más cercana a las confesiones Reformadas del Continente, simpatizante del luteranismo de los Países Bajos, Dinamarca y los Principados Alemanes; en sintonía con el parlamentarismo más reivindicativo; anti-ritualista y anti-romanista, con una liturgia de púlpito, no de altar; favorecedora del sentimentalismo/emocionalismo de la “experiencia” y la “conversión”; ambientadora, por su parte, de las nuevas corrientes que derivarían en nuevas confesiones que se separarían de la Confesión Anglicana.

Todavía hoy, a pesar de la decadencia de la Iglesia Anglicana, se pueden reconocer esas dos “iglesias” alta y baja, con sus clérigos y sus simpatías/proclividades respectivas. En sus extremos, lo que creen y lo que celebran conserva un mínimo de reconocible identidad. En la Confesión anglicana conviven hoy realidades tan dispares como las mujeres admitidas al ministerio pastoral ordenado-jerárquico, los clérigos gay-homosex, una variadísima gama de tendencias pastorales y litúrgicas y una parte notable cada vez más cerca de Roma y más despegada del anglicanismo.

Viene este excursus por la semejanza que encuentro entre aquellas dos “iglesias” y la actualidad en nuestra Iglesia Católica: Una parte de la Iglesia en comunión y fidelidad con Roma, y otra parte definiéndose, más o menos explícitamente, en contra de la doctrina, la liturgia y la moral de Roma.

Digo esto con todas las salvedades, excepciones y matices que caben en consideración al tratar un fenómeno con tantas particularidades; pero me atrevería a mantener la tesis en este sentido de la separación/división de hecho, y más o menos generalizada, dentro de la Iglesia Católica.

El problema es, ante todo, “de clérigos”, en cuanto que de las actitudes y actuaciones de los pastores han derivado luego las situaciones que se han hecho corrientes, y que se han aceptado o tolerado sin apenas oposición por parte de los últimos responsables de la Jerarquía.

No se me ocultan las dificultades de los Obispos para mantener una necesaria evangelización amplia, al día, y abierta a los retos que plantea el presente y el futuro próximo; pero a la vez constato cómo tantas veces la opción por la evangelización se ha favorecido a costa de la pérdida u olvido de valores y fundamentos sin los que no puede existir una auténtica y responsable pastoral católica.

Existe un clero, en este sentido, “irrecuperable”. Una parte notable de nuestros sacerdotes apenas encajan en el perfil sacerdotal católico-romano; el mito de la “iglesia del concilio” ha causado estragos; la confusión por deficiente e incompleta formación y la “contaminación” por ideologías ajenas e incluso adversas, han hecho lo demás.

El caso reciente de la parroquia madrileña de San Carlos en Entrevías, y algunos más de aproximada gravedad en otros puntos de la geografía pastoral española, más o menos conocidos, evidencian una triste realidad: Junto a una Iglesia Católica con sacerdotes y fieles católicos, convive otra que ni cree, ni enseña, ni celebra lo que la Iglesia Católica Romana, con la que mantiene una aparente comunión, en cuyas estructuras pastorales se comprende, pero de la que dista hasta el punto en el que no se le puede reconocer como parte de esa misma Iglesia Católica. Me alarma ver cómo se afianzan creencias/comportamientos que no son católicos y que apenas se pueden definir siquiera como cristianos.

En la Iglesia católica ha sido una constante histórica la pluriforme manifestación de liturgias, espiritualidades, pastorales, etc. todo conformando el riquísimo mosaico de la catolicidad eclesial apostólica. Nada más distinto que la reclusión y el silencio cartujano de San Bruno comparado con el activismo misional y de vanguardia practicado por la Compañía de Jesús, tal y como la concibió San Ignacio; ni liturgias de formas tan distintas como la de Roma al lado de las de tradición Oriental. Y sin embargo todas estas cosas han convivido sin oposición ni contradicción dentro de la misma Iglesia Católica desde sus orígenes.

Hoy apenas es reconocible lo católico en grupos “de base” que improvisan liturgias, practican éticas o reivindican formas incompatibles y opuestas a la fe católica. Las señas de identidad de estas “comunidades” incluyen las nuevas tendencias y las derivaciones de las "teologías modernas" desde la “teología de la liberación”a las extravagancias de la “teología inclusiva” de las feministas, etc.

Si ha llegado la hora inexcusable de decantar actitudes y actuar en consecuencia, Dios lo sabe; pero nuestros pastores no pueden mantenerse en ese “laissez faire” que ha causado y está causando estragos, escándalos y confusión en un medio ya suficientemente estragado, escandalizado y confundido en el que las distancias de credos, celebraciones y formas separan y conforman "iglesias altas y bajas" a la anglicana...y a veces ni eso siquiera.

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domingo, 8 de abril de 2007

Miróforas


Cuando leo los Evangelios, sin más profundidades, me impresiona el acertado realismo de lo que cuentan, aunque se esté narrando lo que excede, por sobrenatural, las cosas humanas. Aún en el Misterio, se impone la humanidad de sus participantes.

Por ejemplo, las escenas en las que salen mujeres: Siempre son mujeres, muy mujeres, comportándose con las formas más naturales y espontáneas de cualquier mujer: Ya sean Marta acelerada y hospedera, ya María absorta, o Magdalena obsequiosa y emocionada, o la Samaritana, conversadora, o la Hemorroísa tímida y decidida; o la Madre, tan madre siempre desde Belén al Calvario pasando por Caná...Hasta la Verónica de la VIª estación del Viacrucis, o la mujer de Pilato - Cláudia Prócula - ; todas son mujeres de verdad, sin figuraciones.

En la Pasión las mujeres aparecen siguiendo al Señor y lamentándose por Él; luego a distancia del Calvario, para terminar estando - aquellas Tres Marías - junto a la Madre del Señor y el Evangelista, al pié de la Cruz.

Después siguen hasta el Sepulcro, y son las últimas en retirarse; también las primeras que en la alborada, apenas despunta el Día Primero, van con los bálsamos perfumados, con la intención de completar lo que se debía hacer.

La conversación de las Tres Marías caminantes, son palabras de mujer : "...Quién nos moverá la piedra de la entrada del Sepulcro?..."

Los cristianos ortodoxos llaman al Domingo de Resurrección el Domingo de las Miróforas (las que portan el "myron", el especioso bálsamo de olor para ungir el Cuerpo del Señor).

Las veo en la Iglesia, en nuestras Iglesias, hoy como entonces: Las últimas que se van, las que preparan todo, las que están pendientes de lo que falta, las primeras que llegan, las que esperan a que la Iglesia se abra...

...como las Miróforas: Creen y esperan y aman intensamente - mujeres - a su Señor Muerto y Resucitado!

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viernes, 30 de marzo de 2007

Viernes de Dolores


Aunque desapareció de la Liturgia Romana, el Viernes de Dolores ha conservado, por lo menos en Sevilla, toda su entidad e identidad devocional y popular. Aparte de que media España se llama (se llamaba?) Lola, la proximidad de la Semana Santa enfatiza este dia sin fecha fija, pero de inamovibles sentimientos...O yo soy un iluso que me figuro en la Andalucía de Fernán Caballero, y estoy escribiendo de algo que hubo y ya no existe.

Soy adicto de Fernán Caballero, y lo digo y lo recuerdo cuando puedo, porque me gusta definirme, crípticamente, fernancaballerista; es decir, nostálgico del tiempo, las cosas y las gentes que salen en las narraciones de Fernán Caballero y del Padre Coloma, su alter ego en tantas cosas de estilo y argumento.

Coloma tiene una "lectura recreativa" que se titula "El Viernes de Dolores", donde narra una historia sevillana en la que sale de protagonista la mismísma Dª Cecilia Böhl de Faber, Fernán Caballero para sus lectores.

Cuenta las penas de unos pobres de solemnidad, honrados, él cesante por cambio de gobierno y con familia numerosa y enferma, que se encomienda a la Virgen de los Dolores en un apuro extremo; Dª Cecilia se entera, se mueve, va al Gobernador, y le consigue al pobre cesante un empleo municipal. El hombre, agradecido, acude el Viernes de Dolores a la capilla de la Virgen, llevando de la mano a sus nietos huérfanos, y en una camilla a su esposa inválida, todos emocionados ante el Altar de la Mater Dolorosa.

Es como un cuento de Navidad de Dickens, pero católico y a la sevillana, por eso pasa un Viernes de Dolores. Coloma aclara en una nota al final que lo narrado es verídico y de los hechos de su amiga, la Marquesa de Arco Hermoso, Dª Cecilia, alias Fernán Caballero.

Parte de eso dura en Sevilla. Hoy he estado invitado a dos Funciones Principales de Instituto, que es como aquí se llama al summum de la solemnidad litúrgica. En una de ellas se interpretaba la Misa Solemne del maestro Gómez Zarzuela, con orquesta completa y coro; en la otra el mejor predicador de Sevilla ha espetado al respetable un sermonazo de 45 minutos con suspiros, lloros, y arrebatos del beaterío capillitero presente, que se arrancó con un incontenible ¡¡¡Viva la Virgen de la Soledad!!! como colofón del sermón.
En las dos funciones ha habido Protestación de Fe seguida de Jura de hermanos, con una cola que llegaba a la puerta de la calle y atravesaba la rúa hasta la pared de enfrente (me ha dado tiempo de rezar un Rosario y media Corona Dolorosa mientras protestaban y juraban, es decir, veinte minutos largos besando Evangelio y Reglas). Una empezó a las doce y cuarto y terminó a las dos y media (tres menos cuarto de la tarde cuando salí de la Iglesia); la otra comenzaba a las 8 con Exposición del Santísimo, y salimos a la calle cuando eran las 10 y unos minutillos de la noche.

Acabo de llegar a casa, feliz, con mi Viernes de Dolores legítimo, integérrimo, sin sucedáneos, todo como mandan las siglos, creyéndome en tiempos de Fernán...

Yo no soy tonto, aunque tontee, porque hay días y momentos en los que hay que tontear; tampoco soy (ay!) inocente, pero creo en la inocencia y la predico y hasta soy devoto de los Santos Inocentes de Diciembre; también sé que las golondrinas vuelven pero que "...esas no volverán..." Sé todo eso y otras cosas más que no debiera, y otras que temo saber, también, también.

Pero llegan días, hay horas, en las que un pellizco de algo, una chispa, un destello, te llega y te rapta y te lleva a un más allá que estuvo aquí y que vuelve y que es una muestra, una prueba, de esa eternidad en la que creo - Así lo creo, así lo juro, así lo confieso ! - y espero firme, firmísimamente.

Hoy, por ejemplo: Viernes de Dolores, como toda la vida.

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Sin palabras?...


Es que me parece que la instantánea se comenta sólo con el enunciado de pié de foto:

El Príncipe inaugura la restauración de las obras de Goya en la cúpula Regina Martyrum del templo de Zaragoza

Pués eso.

Goya no es pintor "religioso" inspirado, pero es un pintor español sin mezcla: De oliva virgen, como el buen aceite.

Cuando integra lo religioso en una escena general, compone cuadros impactantes, sin ser religiosos "ex sese". Por ejemplo: En los Fusilamientos del Dos de Mayo, el fraile arrodillado es un documento elocuente de la España Católica de aquel día, en aquel momento.

Felipe de Borbón y Grecia, entre andamios, dentro del Pilar de Zaragoza, contemplando las pinturas que Goya dedicó a la Virgen, es un sugestivo motivo de inspiración: Daría para un excelente cuadro del implacable retratista de los Borbones y su España.

A ver y esperar si el resultado acaba en Cuadro de Historia, Escena Cortesana, Cuadro de Costumbres, o Pintura Negra; porque ya decía más arriba que Goya no fué de los grandes inspirados para la Pintura Sacra; pero a los Reyes y Príncipes de la Casa de Borbón, siempre los captó admirablemente con su pincel.
Este Príncipe no tiene a Goya; no sabría decir si la falta del pintor va en su contra o a su favor.


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miércoles, 28 de marzo de 2007

La misma Luna

Unos profesores italianos y alemanes, de las universidades de Padua y Berlín, han descubierto cinco acuarelas de la Luna pintadas por el mismísimo Galileo Galilei. Aseguran que son de la mano del gran científico, y las datan sobre el año 1610, fecha de publicación de su obra Siderus Nuntius, para cuyas cinco primeras páginas habrían servido de ilustración.

En este blog, hace unas semanas encabecé una entrada sobre el eclipse lunar del pasado día 2 con unas instantáneas de la Luna, tomadas aquella noche desde Suiza. Asombra el comparar las fotografías con las acuarelas de Galileo, por su enorme coincidencia.

Claro que se trata de un cuerpo astral que repite fases, eclipses, órbita desde...desde...desde que la Luna es satélite de la Tierra... Claro. Y por eso la coincidencia entre unas acuarelas de principios del XVII y unas fotos de cuatro siglos después.

Pero la evidencia no me quita admiración. La Luna de Galileo, siendo la misma que yo veo, no es la misma Luna en cuanto contemplada por el inteligente astrónomo pisano y por mí mismo; la Luna que él comprendió, tan lejos de la que yo siento. Digo esto por diferenciar expectadores y experiencias, sin medir la vanidad de lo que ver la Luna puede ser para mí , y la inteligencia que supuso para el maestro. Pero es la misma Luna.

Con Galileo dibujando lunas, se me ha ido el pensamiento a Galilea y a la Luna: Se está formando, está dibujándose en el cielo la Luna de Pascua, la Luna llena de Nisán, la Luna de la Pasión.

Es la Luna de Moisés y el Éxodo, la Luna de cada Pascua celebrada en el Antiguo Testamento. Y la Luna que asomaba entre los olivos de Getsemaní; la que dió brillo a las lágrimas de Pedro; la Luna que alumbró al Hijo del Hombre la noche de su Pasión; la Luna del jardín de su Sepulcro, la Luna de su Santa Resurrección...

Cuando niño, en estas noches vísperas de la Semana Santa, mi madre, desde el patio de mi casa, me enseñaba la Luna:
- "Mira, ya está casi completa la Luna llena del Señor...".
La misma Luna.




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