sábado, 7 de mayo de 2011

La cuestión conciliar abierta y reformable


Hubo concilios celebrados en pacifica sesión y clausurados en armónica comunión, algo no tan corriente ni tan frecuente como se supone, ya que algunos concilios tuvieron sus momentos de tensión, de colisión, de agresión y hasta de tumulto. Y no fueron los peores ni los menos importantes, al contrario.

Recuerdo como una estupenda, aprovechada y divertida temporada de estudios el curso que dediqué a estudiar los Concilios de los siglos IV-V y sus secuelas, toda una parte fascinante y fundamental de la Historia de la Iglesia y el Dogma Cristiano. Y recuerdo las trifulcas de los Padres Conciliares, unas veces agarrados a las barbas (los unos de las de los otros), otras a baculazo limpio (unos en las cabezas de otros), y otras dictando doctrina sacratísima entre vociferaciones, sentencias, anatemas y contra-anatemas. Fascinante. Y el Espíritu Santo activo como nunca, iluminando la mente de los Santos y dejando sin luces los entendimientos de los malos. Así se celebraron y desenvolvieron los Concilios de la antigüedad.

A veces, el tsunami sobrevenía post-concilium, con episodios violentos que eran la consecuencia de lo que no se ató debidamente bien en el aula conciliar y, poco después de clausurarse, todo o parte de lo discutido se enredaba desatando otra polémica o volviendo a enredar la que se trató.

¿Un concilio intocable? No. ¿Un concilio inerrante? No. ¿Un concilio irreformable? No. Por todos sitios (sitios serios, católicos, conscientes, creyentes) se urge la reconversión del Vat.2º en el sentido de la tradición de la que depende sine qua non. Absolutamente.

Ayer y anteayer fue noticia en los medios católicos italianos la proclama del ilustre profesor Roberto de Mattei, en el sentido de que la infalibilidad pertenece a la Iglesia propiamente, no al concilio, y que el concilio puede errar, equivocarse. Y ahora ha sido el Papa Benedicto quien insiste en la ya abierta polémica aportando nuevas tesis/sentencias al caso:

- la relación correcta y constante entre sana traditio y legitima progressio

- el vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la Liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia

- la Liturgia de la Iglesia va más allá de la propia 'reforma conciliar' cuyo objetivo no era principalmente el de cambiar los ritos y los gestos, sino más bien renovar las mentalidades y poner en el centro de la vida cristiana y de la pastoral la celebración



Son extractos del discurso del Santo Padre a los liturgistas de la Facultad de San Anselmo, el centro académico-litúrgico romano por antonomasia, al recibirlos en audiencia con motivo del 50 aniversario de la erección del Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo, justo en los prolegómenos del Vaticano IIº.

Algunas palabras del Papa, pronunciadas en ese ámbito, tienen una gravedad importante; por ejemplo estas:

“Por desgracia, quizás, también por nosotros Pastores y expertos, la Liturgia fue tomada más como un objeto que reformar que no como un sujeto capaz de renovar la vida cristiana”

¿No está claro? ¿No se entiende? ¿O no quieren entender? Citas como esta, con el precedente del motu proprio Summorum Pontificum plantando un puntal referencial, tienen en sí y adquieren en proporción un valor especial, en cuanto suponen, de hecho, una crítica del máximo nivel al Vaticano IIº, su obra y sus consecuencias. Una crítica hecha por la única y privilegiada instancia que puede, por autoridad ex sese, reconvertir lo mal hecho y rectificar lo desviado.

Algunos se preguntan ¿por qué no más contundencia, entonces? La respuesta es tan evidente como dolorosa: Por la cerrilidad contumaz de gran parte del episcopado y ciertos sectores de la Iglesia, que se han instalado en el innovacionismo vaticanosecundista de forma, paradójicamente, inmovilista.

Un inmovilismo en el sentido de marcar una línea de no retroceso, porque en otro sentido aceleran el progresismo ideológico sin freno postulando una especie de perpetuo ensayismo creativista, ya en la liturgia, ya en la doctrina, ya en la moral.

Para todos los comentaristas del Vaticano IIº, la controversia litúrgica fue el primer capítulo de la polémica conciliar. No sería de extrañar que ese importante particular fuera, a cincuenta años de distancia, la causa-motor de la necesaria y urgente reconversión.

n.b. Un extracto del discurso del Papa en zenit
Y el original en italiano en Messa in Latino


p.s. Reconozco, sin embargo, que el tono general eclesial facilita muy poco la seriedad católico-ambiental que debería acompañar una oportunidad tan esperanzadora como la que parece haber abierto el pontificado de Benedicto XVI.


+T.

viernes, 6 de mayo de 2011

Bajo el estupefaciente efecto del exceso




Es un youtube papólatra-juanpablista. Veinteañeros neocons con dos dedos mentales de sub-catolicismo, enajenados por un pseudo-mensaje de entusiasmo inflado como una pompa de jabón. En el vídeo apenas se nombra (¿una vez?) a Cristo, como una referencia secundaria frente a la monstruosa semblanza juanpablista que devora todo, como si no hubiera habido antes nada ni hubiera después tampoco nada, sino sólo él, sólo él, sólo él.

Confirmando mis más pesimistas tesis juanpablistas (debería haber registrado en la SGA el nombrecito-concepto), se descocan y proclaman con todas las letras que la movida de Agosto en Madrid es para él, por él y según él. Sólo él.

¿No es un horror que el entusiasmo no-pare-siga-siga, como un ritmo estridente-estupefaciente de esos que aturden por las ventanillas abiertas de los coches de los macarras?

Como esto no se pare pronto, como el juanpablismo no cese y no cambien el ritmo, las ruínas van a tapar con sus escombros la cúpula del Michelángelo.

¡Qué pena!

p.s. Se me olvidaba: Los neocón-pperos están 'en-can-ta-dos' que se derriten de emoción con el youtube. Con el gusto se definen. El próximo que publiquen será con ritmo y letra rap. Es cuestión de tiempo (si es que no lo han grabado ya).

+T.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El entusiasmo y la precipitación


Un anónimo (no sé si amigo invisible o si enemigo emboscado) me ha avisado en un comentario que me han puesto en la picota; o en la 'caverna' de Infracatólica, mejor dicho. A parte de que las cavernas me fascinan (las geológicas, las platónicas y las admirables del Cuartenario), que te señalen los iraburritas y los mercenarios paniaguados de la pluma forzada, a estas alturas, es un honor que define muy bien. Gracias, gracias, muchas gracias. No merezco semejante distinción.

Pero para que vean los iraburritos que no andamos desnortados, vean Uds. lo que se dice y comenta por ahí un par de días después de la beatificación express de Juan Pablo II (para algunos 'magno'):

Sobra evidencia de que Juan Pablo “sabía que Maciel era un criminal”

Así de duro es el titular. Que tiene todas las probabilidades de estar en lo cierto, como Uds. mismos juzgarán cuando lean el articulete, nada sensacionalista, sino todo lo contrario: Muy aclarador, ponderado, bien informado y aportando datos.

Desde antes de 1956 sabían en Roma cosas de M. Maciel. Por eso quizá el poco relieve del personaje durante aquellos años y los pontificados siguientes. Fue justamente con Juan Pablo II cuando Maciel salió a escena, a bombo y platillo.

Me pillaron en Roma aquellos años dorados, cuando los Legionarios descollaban en todo y por todos sitios, brillantemente. No había punto clave romano donde no estuvieran (o se les esperara). Y muy bien, por cierto, con toda competencia, calidad y nivel. Quizá JPII soñara con hacer de la Legión la sustituta eficaz de la Compañía para su Tertio Millenio Adveniente. Y se comprende si tuvo o hubo esa intención. Lo que no se comprende ni se puede tapar con el repostero de la beatificación es la cobertura de JPII a Maciel.

El caso Maciel, por mucho que se repita y se diga, es una monstruosidad que no tiene parangón en la Historia de la Iglesia. De tal maginitud que pone tacha, da sombra y deja mancha en todo lo que tocó y a todos los que se arrimó. Y la proximidad de Maciel y Juan Pablo II fue mucha. Ahí están los hechos, que cantan.

Se podrá decir, como se dice, que la aceptación/promoción/espaldarazo fue a la obra (de Maciel), a la Legion, los Legionarios de Cristo y el Regnum Christi, independientemente del sórdido fundador. Pero es que el sórdido fundador estuvo todo ese tiempo en el candelero romano. Sólo al final, con un Juan Pablo II patéticamente valetudinario y las riendas del gobierno en manos de un par de Eminentísimos, ocurrió el retiro de Maciel. Y la pena canónica no vino sino después de muerto y sepultado Juan Pablo IIº.

Cuando estos últimos días se ha visto tantas veces en los esecenarios de la beatificación al Cardenal Stanislaw Dziwisz (en los años juanpablistas nada más y nada menos que Don Estanislao, un simple sacerdote-monseñor con más influencia y poder que los más conspicuos curiales vaticanos), me resultaba inquietante la reaparición del personaje, que tantos datos sobre tantas cosas supo en su día y calla ahora. Tantas cosas sobre tantos casos.

Pero un secretario debe callar, servir y guardar discreción. Es su oficio. Lo que me parece impropio es que se velen con cortinas cosas que van a salir a relucir con poco mérito para los protagonistas, directos o indirectos, y mucho descrédito para la Iglesia.

Supongo que me comprenderán Uds. si confieso que a mí me importa la Iglesia, no los personajes de la Iglesia, sean quienes sean y/o quienes hayan sido. Con adornos, con marco, pulidos o revestidos, con gestatoria o en papamovil, con tiara o con casco de bombero, un Papa tiene un valor tan relativo como el que le confiere el plazo de su pontificado. Y su valor mayor, una vez pasado, queda en su doctrina, su magisterio y su gobierno. Por eso es tan peligroso precipitarse y 'subitanear' lo que, por prudencia y discreción mínimas, debería tratarse con parsimonia y pies de plomo.

Vuelvo a comparar y reflexionar sobre una figura tan enorme como Pio XII, alabada universalmente en 1958 y en 1962 calumniada y pisoteada con saña irreverente; hoy todavía pesa sobre su recuerdo la venganza implacable del peor sionismo que ha hecho del Papa Pacelli un totem maléfico, con tal efectividad que en el mismo Vaticano pesa un tabú sobre su causa, tabú del que no fue ajeno el recien beatificado Juan Pablo II. Comparar la causa del Papa Pacelli con la de Wojtyla da mucho que pensar.

Pero así como los testimonios sobre Pio XII van esclareciendo el humo con el que oscurecieron su historia, lo que pueda pasar con la historia de los años juanpablistas es un dossier abierto que, por mucho que algunos quieran cerrar, permanecerá mucho tiempo con sus páginas preparadas para recoger lo que se vaya sabiendo y publicando. Hechos y conclusiones como las del articulete mexicano, tan tremendo.

Repito que me importa la Iglesia; los personajes en tanto y en cuanto. Aunque sean beatos (de lo que me alegro tanto como se merecen, of course).

+T. (cavernícola, de la inmemorial y nobilísima tribu del bisonte rojo altamirano, honradísimo y complacidísimo de serlo, inmerecido y altísimo honor).

lunes, 2 de mayo de 2011

Un entusiasmo excesivo


Del largo pontificado de Juan Pablo II, visto a la distancia de estos cinco años, digo que fue un gran exceso, que casi todo fue excesivo. Como el gasto de una casa que se arruina mientras dilapida en lujos o excentricidades lo que debería emplear en consolidar su economía doméstica. Si nunca me explicaré suficientemente el entusiasmo quasi delirante del Vaticano II y sus participantes, el del pontificado de Juan Pablo II tampoco consigo explicármelo.

Las celebraciones de su beatificación van por el estilo, con excesos. Exceso es un proceso consumado en sólo 5 cinco años. Cinco años en los que, a la vez que avanzaba la causa de beatificación, se iban conociendo cosas que hubieran bastado para detener el proceso, tan precipitadamente incoado. De Juan Pablo II se conocían las mil imágenes archi-publicadas por los medios, fotos, películas, viajes, audiencias. Pero se ignoraban otras cosas, tan grandes en demérito para su pontificado.

Como cierta argumentación a su favor, se nos ha dicho que no se beatifica un pontificado, sino a un hombre, un cristiano cuyo testimonio creyente se juzga ejemplar por todos los que le conocieron. Una abstracción así resulta extraña, separando el ministerio del sujeto, siendo ese ministerio el que le dio notoriedad, en cuya referencia encontraban sus actos un valor específico.

Parece evidente que la exaltación del nuevo beato lleva como un cometa la cola de todos sus actos, inseparablemente. Todo. Y no todo fue beatificable; muchos de sus actos fueron discutibles; algunas cosas ni siquiera aceptables.

Casi todos los testimonios que se han publicado estos días son de personas de su entorno que declaraban sobre la impresionante figura del Papa Wojtyla, que marcó sus vidas. También los lejanos, los que le siguieron por la televisión, los reportajes de sus viajes, sus mensajes, sus enseñanzas, todos los que recibieron una 'impresión' del Papa Juan Pablo II resaltan el espíritu animoso que supo infundirles, suscitando un característico entusiasmo.

Sus años de pontificado están jalonados de importantes acontecimentos, algunos verdaderos referentes para la vida intra-eclesial, casi todos con determinado estilo en el que se nota la impronta de su promotor, desde el Códex Iuris Canonici al Catecismo pasando por los documentos emanados de los Sínodos Romanos reunidos durante su pontificado. En todos ellos aparece, más o menos explícita, la intencion consciente de que se está construyendo la Iglesia del 'tercer milenio' con estructuras inspiradas en las directrices del Vaticano II, ese concilio que no quiso ser dogmático pero que en los años de Juan Pablo II se convirtió en un dogma imponente, contraste de todo y universal sine qua non.

¿Y los frutos? Si el entusiasmo es fruto, fue un rotundo éxito. Como la celebración de esta mañana, de desbordante entusiasmo multitudinario. Pero los frutos eclesiales reales, son pocos: La Iglesia del 2005, la que dejó Juan Pablo II, era una Iglesia sumida en una crisis de identidad como jamás se ha sufrido en la historia. Una crisis de des-catolización, de pérdida y confusión de la identidad católica, dentro y fuera, afectando profundamente a personas, instituciones, acciones y perspectivas. Una Iglesia que durante los años de Juan Pablo II se entusiasmaba con el Papa e iba a la deriva, todo a la vez y sin (aparente) contradicción.

Habrá que reconsiderar, como en estos dias se ha insistido, persona y obra, el sacerdote y el Papa, el anciano sufriente y el Pontífice Romano. Y distinguir, y separar, y deslindar. Y no comulgar con todo lo del Beato Juan Pablo como no se admiran ejemplares las negaciones de San Pedro, la cobardía de los Apóstoles, o las dudas de Stº Tomás. Entiéndaseme. Quiero decir que podemos admirar sin titubeos y venerar reverentemente al anciano sacerdote abnegado, orante, abrazado a la cruz del dolor y anclado en la esperanza de la Gloria; pero no es asumible el Papa de Asís, ni tampoco algunos otros momentos del Beato Juan Pablo. La heroicidad de las virtudes (¿sigue vigente este concepto en la positio de una causa de beatificación/canonización?) no convalida los errores, ni suple las deficiencias.

¿Y los milagros? Los milagros son obra de Dios, respuesta de Dios a las oraciones de sus fieles. Los intercesores válidos y los beneficiarios de los dones viven en ese gran misterio de la Communio Sanctorum, y se vivifican espiritual y sobrenaturalmente dentro del gran organismo humano-divino del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Ayer mismo me informaron de un milagro importante ocurrido en España, atribuido a la intercesión de Juan Pablo II, que no ha servido para la causa de beatificación porque se había preferido otro, y que tampoco valdrá para la causa de canonización pues se necesita otro distinto para la formalidad del proceso. Lo comento como un hecho válido, tanto como la aceptación de la providencia que guia estos asuntos entre la tierra y el cielo, el mundo y la Gloria.

En 1996, para conmemmorar el jubileo del 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, Juan Pablo II publicó el libro Don y Misterio, una bella semblanza de su vocación, el seminario y primeros años de ministerio sacerdotal. En algunos pasajes aflora la emoción de aquella vocación recordada, fielmente perfeccionada y renovada. Después de leer este interesante testimonio, no comprendí cómo el sacerdote que contemplaba la obra admirable de aquellos años de su juventud era el mismo que como Pontifice de la Iglesia impedía y negaba que los jovenes del siglo XXI pudieran formarse en seminarios, con la solidez doctrinal, espiritual y pastoral que el joven Karol Wojtyla disfrutó en su querida y añorada Cracovia. ¿No era una contradicción re-configurarse sacerdotalmente escribiendo y publicando aquellos recuerdos y a la vez impedir (por acción u omisión) que en la Iglesia del tercer milenio se recuperase aquel modelo tan fascinante, atractivo, válido y fructífero? Estando en sus manos el poder hacerlo, el poder haberlo hecho. Si no como iniciativa de aceptación general al menos como una positiva siembra particular de rica, necesaria y urgente regeneración.

En la historia de la Iglesia hay un caso de un Papa calamitoso, que es santo, el bueno de San Pedro Celestino (Celestinus V), que fue un eremita y admirado asceta, pero un Papa lamentable. Dimitió, el único Papa que lo ha hecho (creando un anómalo precedente, una tentación que más de uno saca a relucir ahora como una alternativa bastante asumible). Todavía no me explico su inclusión en el Santoral. Pero ahí está, para quien quiera encomedarse a él. El año pasado estuvo Benedicto XVI venerando sus reliquias, en Sulmona, una localidad de los Abruzzos.

Pues lo mismo, mutatis mutandis, ahí estará el nuevo beato, para sus devotos y entusiastas. Pero vuelvo al principio: Me parece un exceso. No sé si el proceso de canonización también correrá express. A ver en qué queda todo, porque a los Santos también los perfila el tiempo. Dios dirá.






Excursus

Me ha parecido extraño que no se hayan examinado las reliquias; imagino que pudiera ser (?) que tras un examen en privado se haya resuelto no exponer el cuerpo. La explicación que dan, que cinco años es poco tiempo (y lo es: poquísimo e insuficiente tiempo para resolver una causa, y una causa semejante), me parece extraña, poco congruente: Justamente, tradicionalmente, uno de los signos corroborantes de una presunta santidad era (es) la incorrupción del cuerpo.

En el caso de nuestra Stª Teresa, por referirme a uno particularmente bien datado, antes del año de la muerte de la Santa se abrió el féretro y se reconoció el cuerpo, que estaba incorrupto; otro reconocimiento se hizo en 1585, a tres años de su muerte.

Conste, no se olvide, que el cuerpo de la Santa no había recibido ningún tipo de preparación ni tratamiento anti-descomposición post-mortem. En el caso de los Papas es costumbre el 'retoque' y tratamiento del cadáver en vistas a la exposición a los fieles, dada la demora de los ritos exequiales y la inhumación.

Por eso no es explicable que no se hayan examinado los restos ni abierto los féretros, mucho menos con la excusa de los 5 años. A no ser que ya se haya comprobado y se tengan pruebas de que no está, digamos, 'presentable'. En este supuesto, debe de estarlo poco, siendo como son los italianos expertos en la preparación y adecentamiento de reliquias, consiguiendo arreglos y resultados espectaculares.

De todas maneras siempre hubiera quedado el recurso de la mascarilla de cera coloreada, o a la mascarilla de plata, como las que cubrieron los cuerpos-reliquias de San Pio X, el Btº Juan XXIII y demás.

¿Por qué no en este caso de Juan Pablo II ? ¿En tan malas condiciones está?


p.s. Lo de las reliquias con ampollas de sangre extraídas en el hospital para los análisis clínicos que van a ser expuestas como reliquias corporales de Juan Pablo II, supone otra novedad. Hasta ahora, la sangre que la Iglesia ha venerado ha sido la de los Santos Mártires, vertida por Cristo, en testimonio de la fe; esto de la sangre de laboratorio clínico es, como digo, otra llamativa novedad. Una más.

p.p.s. Si alguno preguntara si he rezado al beato, contesto que sí, brevemente. Mantego la convicción de que los Santos (los declarados sobre todo) están para ayudar. Conque si es Santo, que trabaje, que ayude a los llamados a ser santos a que alcancen la Santidad, y que demuestre su beatitud, ya que la tiene.


+T.

martes, 26 de abril de 2011

El Papa predica y responde



Me inquietan - ya lo he comentado a propósito de otros actos - las nuevas formas de comunicación usadas por el Papa Benedicto, esas que han ido surgiendo en el transcurso de su pontificado, en estos últimos años: Breves respuestas a las preguntas de los periodistas (preservativos y sida en África, 1ª entrega); comentarios en el libro-entrevista Luz del Mundo (preservativos y sida en África, 2ª entrega); las dos partes del Jesús de Nazareth (extraño e injustificado libro publicado por el teólogo Joseph Ratzinger siendo Papa Benedicto XVI, sin discernimiento claro de autor/doctrina); y ahora, el pasado Viernes Santo, esa novedad del consultorio televisivo del Papa.

El resultado - doy sólo mi opinión - es bastante pobre: Preguntas escogidas según ciertos estereotipos, con personajes y circunstancias correspondientes, y respuestas de parecido orden. Insuficientes, a mi entender. Todas. Algunas, incluso, un tanto decepcionantes. Y hasta imprecisas, me parece (la referida al Descensus ad Inferos, por ejemplo).

Comprendo que el marco escogido y las exigencias de la emisión marcaban unos estrechos límites; incluso aprecio que algunas de las cuestiones planteadas hubieran precisado una comunicación más empática, menos 'estática' (el Papa sentado ante su escritorio con una cámara fija tomando un frio y distante plano). Por eso mismo no comprendo la exposición de Benedicto XVI a un acto como ese, absolutamente prescindible e innecesario.

¿Por qué entonces esa emisión? ¿Qué interés la ha promovido? ¿Por qué se ha aceptado? El aspecto cansado, pesado, del Papa al hablar no daba sensación de especial interés personal, al contrario. Repito que son mis impresiones.

Otras (impresiones) han sido las que han publicado los medios. De los medios desafectos no digo nada porque no consumo basura anti-católica. Pero me refiero a un medio de gusto y uso de nuestros católicos oficiales, un programa emitido en Intereconomía; una de esas presentadoras-reporteras infra-dotadas que suelen aparecer en los susodichos espacios televisivos, se refirió al programa entrevista del Papa con estos dos titulares:

- el líder espiritual de millones de católicos (o cristianos, no recuerdo exactamente)

- da respuestas a las inquietudes de los ciudadanos

Que en el estúpido y desinformado concepto de la sub-periodista el Papa sea 'el líder de millones de católicos' es preocupante; que se diga así, igualmente. Pero preocupa más (me preocupa a mí más, quiero decir) que el Papa se exponga a ser considerado eso mismo, un líder de millones de seguidores, en tanto en cuanto adopta la forma de dirigirse a los fieles tal y como lo hacen los líderes (los 'otros líderes', ya sean religiosos, políticos, deportivos, o de lo que sea) con sus adeptos.

Item más: Resulta precupante (me resulta preocupante a mí) que (si Dios no lo remedia) se vuelva a repetir el próximo Octubre en Asís la escena lamentable, confundente e inquietante de ver al Papa entre 'otros líderes religiosos mundiales', como si el Papa fuera uno más, uno entre iguales, otro entre los otros. Y que sea el Papa quien se preste a semejante escena, tan ofensiva y lesiva para su dignidad. Una dignidad única y sin igual, la más alta y santa que existe en el mundo, por encima de todas las que el mundo conoce.

¿Que por ser tan única y alta no se puede manchar ni deteriorar? Lo discuto: Los últimos decenios prueban que desde el mismo Papado parece que se ha promovido (con más o menos intención) un movimiento minimalista tendente a cierta 'nivelación' (¿homologación?) del ministerio y la diginidad papales. El caso en particular de Juan Pablo II rayó el esperpento; con la gravedad añadida de imbuir en muchos (¡muchos!) el errado concepto de que un Papa era y debía ser y comportarse así.

Lamentable (que en latín se dice 'Lamentabili' (sic)).

Junto a este desacierto televisivo y sus implicaciones, reseño unas tremendas palabras, en este caso de especial valor, por su gravedad. Son un fragmento de la homilía del Santo Padre en la Misa Crismal, la mañana del pasado Jueves Santo:

¿Somos verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo? Tenemos motivos para gritar en esta hora a Dios: “No permitas que nos convirtamos en no-pueblo. Haz que te reconozcamos de nuevo. Sí, nos has ungido con tu amor, has infundido tu Espíritu Santo sobre nosotros. Haz que la fuerza de tu Espíritu se haga nuevamente eficaz en nosotros, para que demos testimonio de tu mensaje con alegría.

Las preguntas-interrogantes con que empieza el párrafo son desazonantes (si no son retórica, si no son recurso oratorio); y lo que sigue es grave, muy grave. Dicho por el Papa, más. Cuando lo leí recordé con cierto estremecimiento aquella famosa alusión de Pablo VI al humo de Satanás que se colaba por las grietas de la Iglesia.

El fragmento de la homilía está inserto en una pieza mayor, que le resta peso en tanto se matiza (y hasta da como la impresión de que se contradijera) con lo que se dice antes y después. Pero ahí quedó, como un claroscuro suficientemente llamativo como para no reparar en él. Un treno de Benedicto XVI, propiamente, diría yo (aquí el texto completo).

Un tópico que suele correr por los salones, actos, reuniones y ocasiones eclesiásticas de toda clase, es la especie que considera que sufrimos una inflación de textos, comunicados, alocuciones, pastorales, encíclicas etc. como no se ha sufrido nunca en los XX siglos de historia de la Iglesia. Para más inri, no sólo nos invaden los textos propios sino los ajenos, porque gracias al internete te llegan via mail los escritos de los antes remotos y ahora cercanos sitios y personas. Y con el Papa pasa quasi lo mismo, en su propia proporción, siempre de primerísima y excepcional magnitud.

Al susodicho tópico se responde con el correspondiente lugar común de que sería preciso un ayuno-abstinencia de textos (comunicados, pastorales, encíclicas...etc.). Una sugerencia hoy por hoy impracticable. Pero serían saludablemente higiénicas ciertas contenciones, justamente necesarias y realizables.

Una homilía de Misa Crismal es un elemento necesario; el programa de consultorio televisivo no. Lo de Asís, muchísimo menos (con el plus nocivo añadido de inducir confusiones e indiferentismos). No sé si me explico.

Lo que no me explico es cómo se puede predicar un párrafo como el de la Misa Crismal y compatibilizarlo con lo de Asís. Y otras cosas por el estilo.

+T.

domingo, 24 de abril de 2011

Sicut cervus desiderat...




Así mi alma te busca a Tí, Dios mio.
Tiene sed de Dios, del Dios vivo...

De Tí, Cristo del sepulcro,
Fuente de Vida, Jesús,
con cinco llagas de gracia
abiertas en cinco veneros
de misericordia y luz:

Tu corazón, tus manos,
tus pies,
manantiales de dulce consuelo
y poder.

Con ansias te busca mi alma
sedienta, Señor, de Tí.

Porque vives, porque han visto
tus pasos en el jardín,
y estando sacrificado
tu Cuerpo resucitado
en comunión viene a mí.

Con ansias mi alma quiere
amarte tan sólo a Tí.

Con ansias de Pascua teme
mi alma quedar sin Tí.

Como un ciervo temeroso
mi corazón tembloroso
sediento va en pos de Tí.

+T.

viernes, 22 de abril de 2011

Popule Meus




Oremus et pro perfidis Judaeis ut Deus et Dominus noster auferat velamen de cordibus eorum; ut et ipsi agnoscant Jesum Christum, Dominum nostrum.
Omnipotens sempiterne Deus, qui etiam judaicam perfidiam a tua misericordia non repellis: exaudi preces nostras, quas pro illius populi obcaecatione deferimus; ut, agnita veritatis tuae luce, quae Christus est, a suis tenebris eruantur.

Et reliqua.

-