miércoles, 10 de febrero de 2010

Su pecho

Su pecho sonaba a medallas, la de oro de la Virgen, grande como el reloj de mi abuelo, y dos o tres más, pequeñitas, una del Patriarca, otra de San Antonio, y una con el corazón y las siete espadas, que se abría, como un guardapelo, y llevaba dentro un trocito del manto de la Soledad. A mí me gustaba abrirla, y darle un beso al cristalito que cubría el pedacito de terciopelo negro. Las llevaba en una cadena de oro, por encima del vestido; cuando iba a Misa y se ponía el velo, las dos puntas de blonda se las prendía con un alfiler de cabeza negra, sobre las medallas.

Olía a Flor de Blasón, un agua de tocador suave y dulce. Y también olía a violetas; y por el verano a jazmines, por la moña que se iba abriendo poquito a poquito, flor a flor, hasta quedar como un pomo blanco y suave sobre su pecho, junto a las medallas.

Siempre vestía de oscuro; llevó hábito de San José por una promesa que se echó por unas calenturas que pilló mi abuelo. Le gustaba tambien el morado, y el verde oscuro. Y el negro de los lutos. Y le sentaban tan bien, tan guapa y señoreada con sus colores "sufridos".

El pelo era blanco como la nácar, recogido en un moño con horquillas, con un par de peinecillos de carey. De noche, cuando se ponía el camisón, se soltaba las horquillas y se abría sobre la espalda una cabellera blanca, como el hada de un cuento. Y mi abuelo la miraba, embobado, como recien enamorado. Me gustaba mirar su melena abierta reflejada en el espejo del tocador; y a mi abuelo también.

Recuerdo la tarde de su muerte, tan vivamente como un flash, a golpe de imágenes. Después yo la buscaba en sus cosas, en el sonido de las varillas de su abanico, en el olor de su bolso, de sus pañuelos, del velo de misa. Me gustaba pasar las cuentas de su rosario, una a una, y besar las medallitas. Abría los cajones de su cómoda, y el secreter donde guardaba su joyero, y el costurero con los alfileteros, y su misal con las estampas. Yo tenía siete años, casi ocho. Y sabía, estaba seguro, que ya nadie me iba a querer como ella, nunca. Dormir sobre su pecho, sonando las medallas y oliendo a jazmines y a violetas, me parece un sueño de paraíso.

A veces retorno a su recuerdo, tan suave, con el ansia consciente de algo que ya nadie me dará aquí. Después me voy alejando, con un desconsuelo de niño desengañado, arisco con la realidad que te despabila desliendo lo soñado en la cruda luz de un áspero despertar que no se quiere.

Tengo su medalla de la Virgen, la llevo puesta. Y suena como entonces, lo mismo que cuando ella la llevaba. Ahora, tantos años después de mi último sueño de niño sobre su pecho, la tristeza se ha ido yendo, como un eco; su rostro, su imagen, unas veces se desdibuja, otras parece una visión reciente, casi viva. Mi amor por ella ha ido creciendo conmigo. Espero - creo - que el suyo por mí también.


+T.

martes, 9 de febrero de 2010

El desconcertado y desconcertante Martini


Un prelado suelto, sin oficio ni beneficio, sin traba y con gusto escénico, es un peligro. Tanto más si se es eminencia y se ha gozado del candelero. Muchísimo más si ha mantenido su claque particular y se sigue presentando en los salones, los de su corte, con su corte fiel detrás.

Martini ha tenido pose y figura; y también genio. No el "genio" de los genios, sino el del berrenchín, el colérico, el señoril. Algunos de la Compañía le idolatraron y le siguen idolatrando. Hay que reconocer que vestido de moirè colorado causa una formidable impresión; incluso cuando se viste de burberrys, con cazadora y tirolés, estilo montería; incluso así tiene caché, tiene estampa.

Lo que pasa es que es cardenal del siglo XX-XXI, y esas estampas señoriles, nobles, de eminentísimo señor, de príncipe, ya no se llevan. Y en él son una manifiesta contradicción, un contrafuero ¿Jugamos a príncipe con moiré púrpura alternando con opción preferencial por los pobres? ¡Oh no! Eso no se puede, eso no se hace, eso no se debe. Desde tiempos de Carlos Borromeo, el "cardenal principesco" pasó. Un prelado milanés con desplantes, después de un San Carlos Borrromeo (o de un Beato Ildefonso Schuster) ni pega ni es creíble. Montini también jugó a ese extraño rol.

Cuando se fue a Jerusalén diciendo que se retiraba (¡ay quién pudiera!), algunos se lo creyeron. Pero lo de Jerusalén le duró poco. Todo cansa, ya se sabe. Y su eminencia no para de asomar la ilustre cabeza por donde le abren hueco, en cuanto le levantan una punta del telón. Le gusta. Y le gusta presentarse distinto, disidente, contestatario, inconformista. Un perfil del Mayo del 68 que fue y que para algunos (¿para el señor cardenal?) se les ha enquistado en síndrome, en achaque crónico. Con su edad, que son 83 años los que va a cumplir, se le pudieran disculpar estas veleidades (antiguamente se decía, simplemente, "chocheo").

Pero ese es el problema: Que no chochea, que habla con juicio (?). Y aconseja. Hasta tiene una especie de consultorio espiritual dominical en Il Corriere. El domingo pasado, por ejemplo, comentaba-aconsejaba-dictaba este oráculo:

"...Personalmente ho sempre auspicato che si aprano vie concrete per ristabilire il diaconato femminile. Le donne già fanno moltissimo per il servizio al popolo cristiano e possono fare ancora di più se munite dei necessari carismi e poteri sacri".

(Personalmente siempre he auspiciado que se abran vías concretas para restablecer el diaconado femenino: Las mujeres ya sirven muchísimo al pueblo cristiano y ahora pueden hacer mucho más si se las dotara de los necesarios carismas y potestades sagradas)


Esto dice el cardenal Martini, respondiendo a una consulta-sugerencia de una buena señora "inquieta" y descontenta con su simple suerte/rol de "mujer en la Iglesia".
También, en el mismo consultorio, opina "comprensivamente" de las relaciones-parejas homosexuales. No de manera escandalosa, pero sí con esa "sensibilidad abierta" que trasluce una ulterior consideración proclive. Muy fino. Esa "finezza" sutil que no dice ni deja de decir, no afirma ni desconfirma, sino todo lo contrario, indefinidamente impreciso, libre en la opinión para un entendimiento libre de lo opinado por el opinante. Que guiña un ojo y esboza una sonrisa mientras responde. Muy cortesano.

Ya apuntó maneras más veces. Esto es sólo el continuóse del empezóse. Pero Martini cada vez resulta más "chirriante" en el Pontificado (le guste o no) de Benedicto XVI.

¿No se ha enterado Martini de la páuta que marca Benedicto? ¿No capta el ritmo? ¿O se destaca ex profeso, marcando su propio tempo?



Me parece - no invento - que se desmarca voluntariamente, con toda deliberada deliberación. Y le aplauden, y le gusta. Humanamente hablando, considerando el fenómeno de tejas para abajo, que haya un chamán que traquilice a la tribu y la congregue y encante al poblado con fascinantes palabras y malabarismos, eso no es del todo malo, porque los distrae. Así están quietos y embobados con su gurú encantador.

Pero bajo otros considerandos espirituales, más altos, la estridencias del eminentísimo Martini me parecen cada vez más desconcertadas y desconcertantes. Y como da ideas, alienta "propuestas", resulta de lo más inquietante cada vez que opina, aconseja o pronuncia sentencia.

Lo peor es que es de los que "apuestan" por la "variedad" de "opciones". Es decir, de los que creen que la confusión es atractiva y confundirse un derecho fascinante.

O tempora, o mores!

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viernes, 5 de febrero de 2010

Fe, sentimiento, emoción (apuntes sobre)


El sentimiento/la emoción pueden servir de praeámbula fidei, pero no son la fe; aunque la fe contiene emociones, y "siente". No basta sentir/emocionarse para hacer efectiva la fe, no es suficiente. Sin embargo la fe es también "sensible", se mete en los tuétanos y circula con la sangre sensibilizando hasta los pequeños músculos que horripilan el vello de la piel. La fe no es sentimiento, pero se siente, y es emocionante.

Fe y sentimiento interaccionan en una proporción idealmente equilibrada; yo no sabría establecer esa proporción, ni fijar el equilibrio, ni siquiera definirlo propiamente. En cada creyente se detecta de forma muy personal, y no es mejor la fe con menos sentimiento ni de más calidad la más sensible. Depende. Aunque es fácil reconocer la emoción con poca fe, y a veces asombra la fe sólida cuando estalla en sentimiento. La experiencia mística de Stº Tomás de Aquino el día de San Nicolás, tres meses antes de su muerte, fue uno de esos momentos en que la fe sólida y bien templada, inteligente y razonada, se desborda en sentimiento y emoción: Es la mística, un fenómeno espiritual que sucede por pura gracia, pero que tiene su "proceso" y puede alcanzar niveles admirables, como un climax de la fe con inteligencia y sentimiento.

En los Evangelios, en los Misterios de la Vida de Cristo, hay momentos de intensa fe que siente. Cuando San Lucas dice que "... Maria autem conservabat omnia verba haec conferens in corde suo" Lc 2, 19 (que reaparece brevior en 51 : "...et mater eius conservabat omnia verba haec in corde suo") entiendo que describe uno de estos equilibrios fe-sentimiento vividos en la extraordinaria intimidad de la Virgen Madre; tuvo que ser tan irrepetible como todo lo suyo. Pero ahí está: Fe y sentimiento (o fe con sentimiento, en este caso animado por la maternidad, algo tan íntimamente femenino (como la virginidad, también)).

Pero en el texto fundamental de la confesión en Cesarea de Filipo, la fe de Simón Pedro confiesa por encima del sentimiento, enfáticamente, más allá del sentimiento (entusiasmo?) de los otros discípulos presentes. Y sobre esa fe escueta, firme, dura, sin "sentimiento", se edifica la Iglesia imperecedera. La fe es más que el sentimiento, puede contenerlo, pero es superior al sentimiento.

Una escena evangélica con más patetismo que fe es cuando Pedro rompe a llorar, después de haber negado tres veces al Señor en la noche de la Pasión. El canto del gallo que le profetizó el Maestro es el instante en que una fe traumatizada por el dolor y el arrepentimiento se desahoga en llanto amargo, incontenible. Se ha roto el equilibrio y vence el sentimiento, se impone la emoción más que la fe. Quizá porque la fe hasta el momento de la Pasión fue suficiente para el discípulo, pero el escándalo de la Pasión necesita más fe; tiene que crecer la virtud insuficiente del discípulo que ha sido hasta el nivel nuevo del Apóstol que será. Cuando se serena la descarga emotiva, el sentimiento madurado de Pedro desemboca en la fe enriquecida con la gracia de la Cruz. Si el Salmo reza "tu luz, Señor, nos hace ver la luz" (Sal 36,10), el que sigue a Cristo también puede decir "Tu cruz, Señor, nos hace ver la cruz"; item más: "Tu Cruz, Señor, nos hace amar la cruz".

Al final la fe se fragua/resuelve en amor, amor personal, amor de intimidad entre dos, ese luminoso binomio evidente que glosa John Henry Newman cuando da cuenta de la historia de su conversión: "...el pensamiento de dos y solamente dos absolutos y luminosos seres evidentes a todas luces, yo mismo y mi Creador"; Dios y uno mismo. Un proceso que va de la atracción primero, luego el encuentro, después el conocimiento y finalmente la confesión-fe y la entrega.

En la escena de la triple confesión petrina de Jn 21 15-18 se resuelve otro capítulo de fe-sentimiento/emoción. Entreverando los dos pasajes del Evangelio que he citado, el de San Lucas y este de San Juan, me atrevo a entablar un paralelo entre la interiorización del Misterio en la Madre del Señor y lo ocurrido a Simón Pedro entre la noche de la Pasión y la triple confesión de Galilea. En Genesaret, cumplida la Pasión y después de la Resurrección, en vez de decir/preguntarle por su fe, si cree, el Señor interroga a Pedro sobre el amor, el amor que le tiene a Él.

En la escena de Jn 21, 15 ss. los protagonistas son Cristo el Señor y su discípulo Pedro; en la vida de los creyentes los protagonistas son el mismo Cristo Jesús y cada alma, cada fiel. Y el escenario no es el Mar de Galilea, sino la Iglesia. Las preguntas son las mismas: Las mismas preguntas de amor...que se sienten profundas en el alma y se responden con fe (y con emoción).




Vuelvo a recurrir a un fragmento de la Pasión según San Mateo, el oratorio del obispo ortodoxo ruso Hilarión Alfeyev, para ilustrar la exposición. Me parece muy entonado.

+T.

martes, 2 de febrero de 2010

Las Candelas


Se encendían las candelas cuando era noche cerrada, las más tempranas las que tenían más chiquillos impacientes alrededor, y las últimas las que organizaban las pandillas de jóvenes, mozos y mozas y parejitas de novios. A las nueve de la noche ya estaban todas encendidas. Y se encendía el cielo.

Desde el balconcillo del soberao se veía todo el pueblo ardiendo, en cada plazoleta y cada calle ancha una candela. Y el cielo negro intenso se veía entre nubes de humo color naranja, con los reflejos de las candelas dando resplandores temblorosos a la Torre de la Iglesia y la del Reloj.

El ramón de olivo que cubría la leña ardía en chispas que volaban al cielo restallando como un repique de triquitraques, y los niños mirábamos embobados las chispas que subían rápidas, tan vivas, más allá de los cables de la luz. Era el momento más emocionante, más intenso, cuando las llamas largas y altas prendían en la ropas del Júa y el muñeco se inflamaba y derramaba paja encendida, hasta que se deshacía sobre la candela.

El Júa es el muñeco de trapo relleno de paja que se pone encima de la candela, como un motivo alusivo, con cartelón y leyenda graciosa que explica la figura del muñeco. Lo preparan las mujeres, las vecinas de cada la calle donde se organiza la candela, una de esas ocasiones en que las mujeres hacían fiesta a su gusto, sin reparos. Y se empezaba con el pitorreo del muñeco, ideando una figura cuanto más grotesca mejor. Cuando estaba hecho se sacaba a la calle, donde los hombres tenían ya formada la candela, con madera de troncos de olivo cubiertos con ramón hasta formar una fogata de tres o cuatro metros de alto; en lo alto se plantaba el Júa, amarrado a una caña para mantenerlo tieso, o sentado en una butaca coja o un sillón de mimbre desculado.

Cuando montaban el Júa se armaba una gritería, las mujeres con la risa chillona que se contagiaban unas a otras, y los niños saltando alrededor, nerviositos, viendo subir al Júa. Se le llama "Júa" por el "Judas", un muñeco parecido que se hacía el Domingo de Resurrección y se colgaba en medio de las calles, de balcón a balcón, y por la mañana, a la hora de Tercia, salían cuadrillas de escopeteros "a matar al Judas", con una trupe de chiquillos detrás y todos los de la calle animando a los cazadores, que tiraban salvas de pólvora y serrín a los muñecos hasta que salían ardiendo y se deshacían.

Nuestro Júa de las Candelas es una remota reliquia de las celebraciones de la Depositio del Aleluya, cuando se enterraba de manera más o menos solemne o jocosa al aleluya, que se dejaba de cantar en las 1as. Visperas de Septuagésima hasta que se volvía a entonar el Sábado de Gloria. De Júa a Júa, de Septuagésima-Candelaria a Pascua Florida, con el Aleluya ausente.

Era entonces, cuando las fiestas iban al compás de la fe, y las alegrías y las austeridades tenían sentido, y se celebraba cada cosa como correspondía, un entierro con lloros y un bautizo con gozo. Y se tomaban los últimos pestiños en la candela de la Candelaría, con las últimas uvas en aguardiente que habían sobrado de las Pascuas de Navidad y de Reyes, y ya no se volvían a comer dulces hasta que llegaban las torrijas de Semana Santa y la Pascua del Señor.

Todo sabía mejor, todo tenía su sabor, con su gusto propio, inconfundible. Y el aire de la noche de la Candelaria olía a candelas, y sonaban toda la noche los latones que se golpeaban con palos para hacer música al compás de las botellas de aguardiente y los almireces de bronce, cantando coplas de romance, y bailando ruedas alrededor de las candelas, que se iban consumiendo y haciendo rescoldos.

Por la mañana, cuando los niños íbamos al colegio, medio dormidos después de la noche de fiesta, se veían por las calles los montones de cenizas, todavía calientes y humeantes de las candelas. Y nos entraba esa nostalgia del disfrutar que pasó.

Yo no sabía entonces qué era nostalgia.

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lunes, 1 de febrero de 2010

Tarde, muy tarde (sive excusatio non petita...etc)

Transeuntes somos y el camino nos empareja con prójimos de muy distinta laya, unos de una hechura otros de otra, de mejor lana o de más áspero pelaje; hasta aparecen algunos con pellejo de escamas.

Cierta impresión benevolente dependiente de la caridad (que no es simpatía ni la exije) late tanto en nuestras conciencias que nos empuja, a veces, por encima de la prudencia y sus discreciones. Equilibrar prudencia y caridad es un dificil ejercicio en el que depende qué prime para que se desnivele todo en un momento. Y los desequilibrios son casi constantes en cuanto se implican estas dos virtudes, tan delicadamente articulables.

Yo he pecado contra la prudente caridad por arrimar el hombro en un particular que no debiera. Quizá por cierto prurito "ministerial", por el afán de hacer presente voz y opinión. Y sigo, confieso también, en esa intención de subirme al púlpito en cuanto me den un altavoz. Estoy firmemente persuadido de la necesidad de la voz católica en medio del guirigay desconcertado de los des-católicos, que son legión como los demonios de Gerasa.

Todo esto ocurre - me ocurre - desde un distante dilettantismo; quiero decir que no se trata de "profesión", que no es asunto de comer del asunto. Que ese es el problema que aparece en casi todos sitios cuando un proyecto de intención se convierte en una intención con proyecto. Y los proyectos se vuelven ya personales (o lo fueron desde un principio???) y, arribados a este punto, rara vez dejan de serlo sin intereses e interesados.

Tiene toda la gracia descubrir en un momento lo que ya se sabía pero se obviaba: Que al fin se trata del comedero de fulano, que el hombre tiene que ganarse el pan y las papas porque es justo y necesario. Pero para que él pueda ganarse su sustento ya no todo es justo ni necesario, ya no caben todos y hay que soltar lastre para que el globo suba.

Pues que suba. Que suba el aeróstato y se enrisque en las nubes del arrebol. Que ya caerá, ya caerá; y mayor será el bajón con su porrazo, que nos divertirá (¡oh frívola vanidad!). Total, el negocio no es tan pingüe ni tan asegurado. Fablas de dueña y trato de compadres que hoy se avienen y mañana se apuñalan, gitanerías que si no la dan a la entrada la pegan a la salida. Y así, porque el mundo y sus cosas son así.

Aunque me tengo que decir lo que me dije en el comentario a un comentarista:

"Tú lo quisiste,
fraile mostén,
tú lo quisiste,
tú te lo ten
"
Quiero decir que yo conocía al mulo, que era bestia resabiada y mohína, que coceaba malamente, también. Conque la patada recibida no ha sido "sorpresiva", ha sido "natural", correspondiente a su estilo. Y más o menos esperada, casi cantada. Era cuestión de tiempo.

Total que, como aquellos optimates senatoriales en desafecto de la plebe, nos recogemos la toga y nos replegamos al Aventino, nuestro monte reservado. Y allá queden ellos, con sus cosas. A ver cuánto duran. A ver.

Porque un buque con mando tan mal concertado o naufraga, o lo hunde una bombarda, o nunca llega a puerto conveniente. Hasta pudiera ser que lo aborden los piratas.

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viernes, 29 de enero de 2010

Iglesia-Sinagoga: Un atormentado camino irreversible (?)


Todavía fresca la visita de Benedicto XVI a la sinagoga de Roma, la rueca sigue hilando porque hay lana para una buena madeja. Que sale muy enredada porque desde hace 20 siglos y pico se ha mantenido así. Si a entretenerse en el desenredo se le llama "diálogo", bien. Por lo menos dos manos dedicadas a esa labor no pueden darse bofetadas mientras tengan los dedos ocupados en la madeja, que sigue liándose porque hay abundante lana que hilar.

Por ejemplo esta nueva "aportación" del rabino Segni, el que sale en las fotos de la visita a la Sinagoga junto a Benedicto XVI. Merece la pena leer la entrevista porque matiza muy ponderadamente el "gesto". Y lo deja en casi nada a la vez que echa al ruedo un par de cuestiones, muy interesantes para aquel que sienta interés por el tema.

Hace poco comentaba en otro sitio que la reciente aproximación de la Iglesia Católica a la Sinagoga está marcada por la historia personal de los dos últimos pontífices, testigos en su juventud de la persecución nazi a los judíos en Polonia y Alemania. Hasta qué punto esto les haya podido marcar "traumáticamente" no puedo decirlo, porque lo desconozco. Pero es evidente que las vivencias personales de Karol Wojtyla y de Joseph Ratzinger se implican en su acercamiento al judaísmo. Que ya no es una mera simpatía individual sino algo que comprende a toda la Iglesia, desde el momento en que es el Papa quien promueve y protagoniza ese acercamiento.

Una aproximación cordial, llena de gestos de "buena voluntad" que, sin embargo, no son recibidos como se esperaba, porque se les entiende según otros "parámetros", en este caso muy profundos a la vez que sutilmente susceptibles y reticentes. No se trata del "diálogo" de dos vecinos que se han ignorado y que ahora se descubren. Se trata de una aproximación "atípica" con muchos siglos gravitando encima, porque las relaciones Iglesia-Sinagoga han sido ab orígine traumáticas ex sese. Y yo añadiría que et necesse.

La revelación del Nuevo Testamento supone el fin de las instituciones veterotestamentarias y la "disolución" sin solución de continuidad del Israel bíblico en la Iglesia. Esto es tan obvio que lo captan muy bien los rabinos, tal y como espeta Segni en la entrevista, argumentando con bastante solidez. Item más, descubre en una expresión de "buena voluntad" de Juan Pablo II un desprecio patente a Israel:

E: Como se dijo que la visita de Juan Pablo II el 13 de abril de 1986, los judíos son los "hermanos mayores"...

Segni: Esta definición es muy ambigua en términos de la teología, como los "hermanos mayores" en la Biblia - que mencioné en mi intervención - son los malos, los que pierden su derecho de nacimiento... Hablar de "hermanos mayores" desde el punto de vista teológico, es decir: Tú estabas allí, ahora no cuento más!

E: ¿Debido a que mencionó en su discurso cuatro ejemplos de hermanos, Caín y Abel, Isaac e Ismael, Jacob y Esaú, y finalmente recordó a José y sus hermanos?

Segni: Debo decir que mi discurso no fue ocurrencia de una noche. Dada la importancia del evento, consulté con otras personalidades rabínicas. Uno de ellos sugirió que hablara acerca de este problema, muy sugestivo, que representa efectivamente el sentido de las dificultades para proceder como "hermanos". Fue para mí una sorpresa ver que el argumento "tocó" al Papa que, dejando la actitud hierática del comienzo de la ceremonia, empezó demostrar un profundo interés. No sólo esto, al final de mi charla, durante nuestra conversación privada, me dijo que el tema era muy importante”.

Aparte la profundización sobre el particular (un "teologúmenon"?) que daría para varias interesantísimas tesis, es evidente que la exegética judía se toma muy en serio conceptos-palabras que la "moderna" (modernista?) exégesis católica parece pasar por alto.

De todas formas, desde la fe de la Iglesia, no es el rabino el "docente" sino que es Benedicto, sucesor de Pedro, el que enseña. La sintética sentencia agustiniana vige con toda su incisiva e inclusiva significación: Novum Testamentum in Vetere latet, Vetus Testamentum in Novo patet. Algo que, obviamente, la sinagoga rechaza absolutamente.

El problema es si el Magisterio docente se atreve o no a enseñar a quien no sabe/no quiere saber. Una novedad que en el vertiginoso curso de acontecimentos desde la Nostra Aetate a estas nuevas relaciones con "gestos" ha surgido inevitablemente. Por el momento, la insistencia en el "diálogo" parece evitar deliberadamente todo intento docente. Es decir, se habla de todo lo "común" pero se calla lo que no se "comparte"; es decir, se pone un tope que no pasa más allá del "antes de Cristo" y se veta cualquier alusión a Cristo y post-Christum; es decir, que el diálogo parece no tener más órbita que un circumloquio en torno a los Diez Mandamientos. Por lo pronto.


Después pudiera ser que se hable un poco más de más. Imagino que los Profetas ni abrirlos. Los Salmos tampoco. Ni otros "pormenores" passim, desde el Génesis a Malaquías (el último de los Profetas Menores, el último libro del Antiguo Testamento (en la ordenación de la Biblia Católica)).

Yo pienso que bueno está lo bueno. Que está muy bien. Pero que deberían parar ya, los gestos y las visitas y las estrechuras. Tan extrañas. No porque sienta "aversión" ni sea "anti" nada, bien los sabe Dios. Pero me resultan tan excesivas estas relaciones, estos "gestos".

Además, el entendimiento es muy equívoco porque ¿a quién se dirige, con quién es el "gesto"? ¿Con el "Pueblo Judío"? ¿Con la "sinagoga"? ¿Con "Israel"? Cada una de estas cosas siendo de lo mismo no son lo mismo, pero se confunden; muchos confunden y suman todo esto, o no distinguen suficientemente. No me refiero al Papa. Pero es patente que se suscitan equívocos. Tantos y de parecido orden y sustancia como el del Rabino Segni (y otros rabinos) que entienden el "hermano mayor" con que les definía y acogía Juan Pablo II como una exclusión despectiva y descalificante.

Son sensibilidades muy distintas. Vuelvo a decir que demasiado marcadas por el tráuma de la generación testigo a la que pertenecen nuestros últimos Papas. Pero también la generación herida a la que pertenece Simon Peres que decía ayer que pende sobre Israel el peligro de una nueva shoah.

El pueblo judío víctima de la shoah de hace sesenta años no es el Israel actual; hay que insistir en el error de identificar "pueblo judío" con "estado de Israel". Tocante a este, el estado de Israel, la víctima (con la que se dentifica) se ha convertido en agresor, una conflictiva nación establecida a costa de la libertad y los derechos de los palestinos de Palestina.

Israel es un estado muy versátil, con habilidad y recursos para armarse con poderosos medios militares-diplomáticos-publicitarios y argumentarse ante la opinión internacional como víctima, sin asumir su perfil violento. No se puede volver insistentemente a la página de la shoah cuando se trata de explicar y escribir (y corregir) el presente. La historia vale para entender la actualidad, pero no la justifica. Cuando Israel agrede y oprime y priva de derechos en el presente, Israel no puede abusar de la historia ("su" historia?) sacando de la Caja de Pandora de la crónica del siglo XX la shoah; o de la del XIX los progromos; o de la del XVI la Inquisición. La Historia sirve para entender el presente, pero los crímenes de la Historia que fue no valen para dejar impune/justificar/tapar los crímenes actuales. No es honrado desenfocar el presente y enfocar el pasado. Mucho menos cuando da la impresión de ser una estudiada "técnica apologética", ad casum.

La "opinión judía", suele reaccionar armándose y abriendo frentes de confrontación en cuanto se les rozan estas "extremidades" hiper-sensibles. En la última semana, en estos días, no pueden ser coincidencias fortuitas las declaraciones de Segni, la reaparición del caso Williamson con el requerimiento de comparecencia formal del obispo de la FSSPX ante un tribunal de Ratisbona, o el discurso alarmista de Simon Peres. Con el estrambote del obispo polaco Tadeusz Pieronek que ha dicho, en suma, que Auschwitz no es un "monopolio" judío.

Al obispo polaco lo han silenciado pronto, casi obligado a desdecirse, con esa torpe excusación que le hace parecer a uno culpable del delito de lesa humanidad en cuanto transgrede la línea de la opinión correcta dictada a gusto de los interesados. Pero el obispo tiene razón; y no porque sea obispo, porque parece como si fueran sólo los católicos, curas-obispos-papas, los que, de vez en cuando, interpretan por libre la forzada mono-sintonía de una partitura muy bien orquestada que no permite variaciones libre sobre el tema. O, por lo menos, será que sólo a curas-obispos-papas se les pone en el candelero/la picota. Y a otros no. Por las razones que sean (que no serán tan razonables cuando no aparecen ni se explican, habitualmente).

¿Quizá no están las sensibilidades maduras para asumir verdades como mundos? ¿O son otros los motivos que impiden un debate-exposición sin la traba de la "opinión correcta"?

La tesis es básica:

No se puede reducir la enorme tragedia de la 2ª Guerra Mundial a la shoah.

Y tampoco se terminó la tragedia con la desaparición del nazismo, sino que el crímen siguió y la maldad se perpetuó en cada una de las naciones atormentadas y oprimidas por el comunismo marxista.

Si no se plantan estas verdades y se alzan con el mismo relieve que otras, la parcialidad injusta seguirá causando tantas victimas como grande sea el silencio y el olvido que se les imponga.

La Iglesia Católica debe sacudirse hasta la última mota de polvo de una historia que no es suya. No podemos soportar más tiempo la incriminación calumniosa que falsea la historia y la re-elabora según el sesgo de un mono-protagonismo injusto e injustificado.


Al final, los "gestos" se interpretan como "disculpas" asociadas a hechos que parecen imputarse a quienes van con buena voluntad de "reconciliación" y "diálogo" y se encuentran con una despectiva reticencia quejosa y reluctante. Comprensible, en cierto sentido; pero insatisfactoria, dadas las expectativas de las intenciones.

Dice el rabino Segni aludiendo al encuentro-diálogo Iglesia-Sinagoga que se trata de "...un camino atormentado, esperamos que irreversible". Yo me pregunto si se desea, verdaderamente, esa irreversibilidad o se quiere, más bien, entretener una confrontación a disgusto con una parte amargamente reticente y otra ilusamente entusiasmada.

Desde Nostra Aetate los pasos de ese camino "atormentado" los ha andado la Iglesia, con los Papas como especiales protagonistas. Los rabinos, por su parte, más que acercarse, apenas se han dejado alcanzar. Y una vez despedido el visitante, han hablado de la visita con medida y fría circunspección, casi displicencia.

Quizá mereciera la pena enfriar también el ardor y templar ese extraño termómetro que señala bajo cero por un extremo mientras el otro marca grados ardorosos en su punta.

p.s. Por cierto, y como apéndice, echen un vistazo a esta página: MASHÍAJ . La he encontrado casualmente, buscando fotos. Y ha sido una verdadera sorpresa, lo confieso.


+T.

lunes, 25 de enero de 2010

Católicos Ocultos



Católicos ocultos o católicos de corazón, que también se puede decir así. Católicos en su centro, disimulando porque les tocó un tiempo cruel, duro para la fe verdadera. Y los católicos se disfrazaban con la ropa que les obligaban a llevar. Si no no comían, y hasta podían morir denunciados por papistas, y verse en la Torre y con abono reservado para el cadalso.

Cada vez hay más pruebas que confirman lo que se sabía/intuía pero se callaba: Que Shakespeare era católico, de familia católica, y se mantuvo católico, y se le nota todavía en sus obras. Pero tuvo que camuflar su fe, porque tenía que vivir. Es el prosaico primum vivere deinde philosophare, tan crudo y realista, transportado al plano de la fe: Primero vivir, después creer; antes subisistir y la fe luego.

Así sobrevivieron en la Inglaterra de Isabel I Tudor los hijos de los católicos que sobrevivieron a Henry VIII Tudor; fueron los resistentes que tuvieron un respiro durante los años de Mary I, la esposa de Felipe II y la esperanza del restablecimiento del catolicismo inglés. Terminaron cripto-católicos en la Inglaterra de Elizabeth. Entre la política real y la posible, pudieron más los empeños afincados de monasterios y predios eclesiásticos, ya en manos de propietarios comprados por el rey a precio de abadías y tierras monacales. Es dificil vencer la causa de una fe que se traduce en tener que devolver y reponer. Así se afianzan enemigos, no se re-convierten almas; mucho menos naciones, para las que el oro sonante presente vale más que la trompeta del Juicio que sonará.

Los cripto-católicos ingleses fueron admirables señores de medio pelo y poca hacienda, Shakespeare, Tallis, Marlowe, o el Dowland semper dolens, a la sombra de la corte o de los mecenas de moda. Me los imagino con la vida de día y el rezo de noche, boca riente al sol y corazón azorado en la alcoba. Dejando suspiros piadosos en una melodía, o en un verso una huella de fe. Y a vivir creyendo en silencio.

No fueron los mejores. Los mejores fueron los valientes, los resistentes, los recusantes. Los que perdieron hacienda, vida y honra (¿quién decía que eran los tres riesgos del apóstol???); aquellos recusantes que se fueron perdiendo en sus casas de labor, en la Inglaterra católica profunda que perduró humilde y recia, no espléndida y pudiente. Fueron estos papistas mil veces perseguidos, vejados, despreciados, los que hicieron posibles el renacer del XIX, con la restauración de la Jerarquía Católica en Inglaterra. Incluso el Oxford newmaniano le debe tanto a los resistentes, a los que estaban sin ser vistos, manteniendo la fe, viviéndola y transmitiéndola.

No tienen nombre brillante, no son Shakespeare, no son Tallis, no son Dowland. Pero fueron ellos; ellos fueron el rescoldo vivo, tan necesario cuando no dejan que prenda visible la llama.

¿Y los otros, los dolientes cripto-católicos? Desaparecieron. Quedaron sus obras, los dramas de Shakespere, sus comedias, las obras de Tallis, las de Dowland...pero ya no hubo, después de ellos, una segunda generación de católicos silentes; cuando aquellos corazones (sinceros) dejaron de latir, su catolicismo latiente se fue con ellos. Sus hijos ya no fueron católicos, no tuvieron descendencia de fe. Y la fe que dejaron fue sólo una tenue luz rastreable en sus obras, como un reflejo dorado en la bella penumbra. Nada más.

La fe cuando no sale fuera se queda dentro, en el corazón, rezumando zozobras porque se teme a los hombres cuando hay luz y a Dios cuando oscurece. Sea por falta de valor, o por exceso de procuras. Y no es fértil.



+T.