La gravísima crisis de descomposición post-conciliar con su coda juanpablista sufre actualmente un episodio de intriga que fascinaría al mismísimo Morris West. Ciertamente, la realidad supera a la ficción, con colorido y pormenores dignos del mejor guión de serial escrito, radiado, filmado o televisado. Apasionante y divertido si no fueran los Palacios Apostólicos la escena del drama.
Volviendo la mirada atras, por registrar en la Historia algún parangón, el caso se podría ilustrar, por ejemplo, con la crisis en torno al 1300. Quiera Dios que no veamos repetirse otro gran rifiuto por agotamiento del Santo Padre. Cuando me sacan al relucir el episodio, siempre recalco que la crisis que empezó con Celestino V no se resolvió hasta Martín V Colonna, un siglo y pico más tarde. E incluso algunos prolongarían el período hasta la clausura de Trento (1545-1563). Las crisis de la Historia de la Iglesia no duran cuarenta días.
Y como las noticias con su dramatis personae han coincidido con la fiesta de gran Gregorio VII, me decía un compadre afín que nuestra Iglesia necesita otro como aquel. Yo le comenté que personajes así no se improvisan, que antes se necesita completar un Hildebrando, y antes de un Hildebrando se precisa un Cluny. Acabé preguntando - una pregunta retórica - si no estaríamos inmersos en un siglo oscuro, o a las puertas de otro siglo de hierro (las coyunturas del siglo económico-político como amenazador telón de fondo), con la posibilidad venturosa de un Hildebrando todavía muy lejos, en remota lontananza.
Si me apuran, convendría por otro lado, en otra dirección, que también tendría que haber un par de Otones, etc. Quiero decir que los remedios necesarios y eficaces para las afecciones extensas y profundas no aparecen de repente, no surgen del vacío. Item más: Con la crónica del pasado en la mano, se demuestra que la Providencia, muchas veces, deja supurar la úlcera hasta que el pus infecto da paso a la sangre limpia, y entonces aplica el remedio a la llaga. En el caso de la Iglesia, los remedios suelen ser personas, y las personas son, frecuentemente, santos.
En algunas encrucijadas, son los Mártires quienes preparan el momento oportuno de la llegada de los Santos providenciales. En otras épocas han sido los claustros, las clausuras, los conventos, quienes han precedido al momento de la sanación eficiente. El problema de nuestra época sería, en parte, dilucidar la tipología de nuestra crisis, pero esto sólo se juzga acertadamente desde la perspectiva del tiempo, un factor que nos falta en el presente. Otros verán como se saldrá y quienes promoverán; nosotros, conscientes o inconscientemente, somos parte del reparto, personajes de la historia que está siendo y será.
Pero eso no nos impide preguntarnos qué Cluny estará gestando al Hildebrando necesario y dónde estará ese Cluny.
Cuando algunos exaltados se excitan por los 50 años de aquello que fue, otros, más serenamente, se recogen y ruegan que al tiempo febril de la crisis suceda ya la necesaria quietud para reaccionar, convalecer, reponerse y sanar.
De luchas, partidos y banderías, no quiero imaginar ni hablar, aunque no las olvide. De persecuciones al Papa, tampoco. Véase, no obstante, la ilustración de la crónica de Gregorio VII que encabeza este articulete: Fue confrontado, contradicho, hostigado, traicionado, perseguido, murió desterrado y fue sepultado extra Urbem. Hasta cuando fue beatificado y canononizado se opusieron a su memoria los reyes de la tierra.
Orémus
Deus in te sperantium fortitudo, qui beatum Gregorium Confessorem tuum atque Pontificem, pro tuenda Ecclesiae libertate virtute constantiae roborasti: da nobis eius exemplo, et intercessione, omnia adversantia fortiter superare.
Per Dóminum...Amen
+T.