viernes, 5 de marzo de 2010

La contemplación de los humildes


Sevilla un primer Viernes de Marzo es una gloria de pre-pasión, una cuaresmalidad ferviente que roza el Misterio con la efímera contemplación de lo sacro figurado. Y como se figura y se imagina tan acertadamente, la conexión correspondiente de sentido y alma se realiza muy efectivamente.

Hace un par de horas estaba yo contemplando los dos planos, el de la gloria y el de la tierra, algo muy compuesto en los cuadros de los maestros del barroco, que abrían la escena terrena con un rompimiento de gloria, compenetrando lo sobrenatural y lo creado, lo divino con lo humano. Eso es la Encarnación, con sus consecuencias.

Pero lo que yo veía era todo eso more sevillano, según nuestros fervores. Estaba el Señor en el centro, un presbiterio cubierto de terciopelos granas con cirios morados sobre blandones dorados, faroles de plata y ánforas de plata repujada con lirios en fanal, una peana tallada y estofada, con cabezas de querubes y guirnaldas de frutos de promisión; sobre la peana la imagen de Jesús Nazareno, potente y soberano, coronado de espinas y tres potencias de oro y pedrería sobre las espinas de la corona, con la Cruz, de carey perfilado con cantoneras de plata. Y dos incensarios en sus soportes, humeantes y perfumantes, dando olor antiguo, jerosolimitano, sacerdotal, holocáustico de exquisito olor, más perfumado que el del Antiguo Testamento porque la víctima inmolada e incensada es el Verbo que se hizo carne, que se ha hecho imagen. Ese es el plano de gloria, el celeste.

El terreno está vivo, en contraste con la quietud inmovil del superior. En el presbiterio bajo, como una turba rediviva de las escenas de los Evangelios, están todos: Los ancianos, las mujeres, los enfermos, los niños. Todos. Se acercan reverentes, con confianza, con cierto temor y temblor que cada uno deja aflorar a su manera.

Hay una mujer que mira y llora, muy serena, pero con los ojos destilando vida que serán penas, que serán amores, que serán muertos, que serán dolores, que serán salud pedida o remedio suplicado o esperanza no cumplida y otra vez expectante. Todo eso que sale cuando se llora en paz. Y se acerca al Señor, se limpia los ojos y besa el talón de la imagen del Nazareno Divino; besa otra vez y pone el pañolillo con sus lágrimas junto a los pies del Señor, todo junto y en contacto, ella, sus penas y el Redentor, que no es la imagen, ella lo sabe, pero es de Él, y ella lo sabe. Y la fe que no ve cede al sentimiento que contempla, imaginando la gloria en su imagen.

Al lado, bajo el arco de la capilla de la Virgen, un padre lleva a su chiquillo en brazos. El niño está absorto, los ojitos clavados en la imagen del Señor, con esa seriedad imponente, profunda, que se tiene con dos años y se va para siempre cuando se cumplen cinco, la seriedad de la pureza, la gravedad de los inocentes. El padre le está hablando bajito, al oído. De pronto el chiquillo se mueve, su padre lo baja al suelo, y el niño, tan pequeño, se pone de rodillas con las manos juntas, una imagen viva, tan estática unos instantes como la del Cristo del presbiterio, tan conmovedora. El Cristo, que tiene la cabeza girada, parece como si mirara intencionadamente al niño, como un ángulo de una tela de Murillo, un detalle del Domenicchino, un pormenor de Le Nain. La iluminación tenue, suave, estudiada, con el velo del incienso tamizando contraluces. Y el niño, con la confianza de los inocentes, con la valentía de la pureza, con la osadía de los que no saben pecar, mira y le mantiene la mirada al Cristo. Todavía no sabe que está hablando con Dios, y un día olvidará que supo hacerlo tan bien, tan según Su voluntad. El Señor no lo olvidará.

A los pies de la iglesia, en el sotocoro, sentados en el banco corrido del frente, están los viejos, pesadamente solemnes, viendo sin ser vistos, en la sombra de sus recuerdos de otros besapiés de otros años, de tantos años, los años que llevan encima, gravitando sobre sus espaldas, las que apoyan en el respaldar del banco porque de pie ya no aguantan. Hay dos que llevan bastón, y otros tres que disimulan con el paraguas. No hablan entre ellos, pero se entienden sin palabras, observan y reconocen, y rememoran todo, y rejuvenecen con todo, nutriéndose la memoria con bocanadas de lirios, de sahumerio, de cirios.

También entran los despistados y los turistas de paso, los que ven el portón de par en par y se meten dentro porque intuyen que hay algo. Entran, ven, huelen, se quedan parados, perplejos, unos segundos de estupor, y se ponen en la fila para besar los pies del Señor, que no sabían que iban a besar, pero están y hacen lo que gente hace, miran besan, algunos también rezan. La piedad es comunicativa, es atractiva, invitatoria, imitatoria. Muchas veces, no hay más piedad porque los piadosos no se ven; si se vieran, su piedad llevaría a otros a la práctica. No basta la fe interior si no se explicita con actos, con obras, con rezos.

Las que más rezan son las que menos se nota que están, en los rincones de la capilla, en una silla con reclinatorio, casi toda la mañana, algunas toda la tarde. Han oído la Misa desde su discreto rincón, repartiendo las miradas entre el Altar y la imagen del Señor. Después de comulgar han vuelto a su sitio y han seguido con el rosario, otro rosario. Se les ha pasado el día volando, entre rosario y rosario, y el Viacrucis, y la Misa, y ya eran las nueve y empieza a rezar el Hno. Mayor el Ejercicio de las Cinco Llagas.


Como es el besapiés del Señor, han venido los de los pitos, la música de capilla, un trío de fagot, oboe y clarinete, para tocar las saetillas del Silencio, una música melancólica y bellísima, suave como el humear del turíbulo de plata, tan penetrante. Es la música de la Cofradía, la que tocan durante la estación penitencial de la Madrugada, por las calles y en la Catedral, desde que salen de la capilla hasta que entran, delante de los pasos del Señor y de la Virgen. Cuando suenan las saetillas de los pitos en la Madrugada, suena el alma de Sevilla, tonos menores, suavidad de cera y rastro de azahar amargo. Cosas de aquí.

La zarza del Horeb era algo así, como un Viernes de Marzo en el Sinaí, que no se consumía, que no se acababa, que fascinaba y atraía lo humano a lo Divino, que revelaba a Dios en el alma de su siervo, descalzo ante la Zarza inflamada que hacía santa la tierra sobre la que ardía.

+T.

La fantochada de los pro-vida anti-monárquicos


La Monarquía Hispánica hodierna tiene muy pocos adeptos, cabales monárquicos "fundamentalistas" de pura cepa y aceite de oliva virgen. Entre otras cosas porque no se generó querencia en ningún bando de los de entonces, que son los mismos que han perdurado diversificados, los que hoy parten el bacalao. Ninguno siente ni ama a nuestra Monarquía. Ni siquiera haciendo ejercicio de abstracción de sujetos representantes y dinastía reinante, ni siquiera así.

Unos porque son tardo-franquistas, absurdamente; otros porque son de la peste marxista o la hediondez comunista, todos ellos aferrados al capullo en el puño, la hoz y el martillo, la momia agusanada de Lenin y el estrafalario recuerdo del viejo de la gorrilla (alias no sé quién Iglesias (que tiene gracia el apellido del carcamal)); después está la tropa turbia afecta a la criminal 2ª republica-ca, y el remate de la trupe son los neo-liberales y los neo-cons y demás impresentables de la impresentabilidad vigente y políticamente correcta. Conque muerto Don José María Pemán y la Reina Federica, Doña María de las Mercedes y el Marqués de Mondéjar, aquí no quedamos monárquicos más que un servidor y otros cuantos bizarros, raza rara, como el brandy añejo de barrica de bodega jerezana. Esencias de las esencias, que se dice (que digo yo, quiero decir).

Rizando el rizo, estoy convencido que ni la neé asturiana y desposada en segundas nupcias con Principés de la Patria Querida, ni ella misma es monárquica-monárquica.

Algunos mentecatos de la cretinidad militante, gente de HO y otros pagos de eriales, han movilizado esa campaña contra el Rey, su Majestad. Su Majestad que se las tiene que ver con duras y maduras día sí, día no; ya le toque lidiar con el papá de las dos nenas góticas de la Moncloa, ya tenga que sacar pecho, genio y figura para mandar a callar a los fantoches insolentes estilo gorila caribeño; un día toreando al moro de Marruecos, otro dando pases al príncipe saudí de turno, la semana siguiente alternando con la créme politique que no recibe al Zp pero sí al Rey de España. Y así, un día sí y otro también.

La absurdidad movilizada, en vez de mandar al carámbano al pperío que acepta sin escrúpulos abortos y que va a dejar tal cual la aberrante legalidad vigente que dejen los zetaperistas (como dejaron estar quieta y tranquila la perversa legislación que dejaron los felipistas); esa gente movilizada, en vez de emprenderla a contra-voto limpio contra los responsables, se revuelve contra el firmante. No dan el tomatazo en la cara a sus excelencias y sus señorías, sino a su Majestad. Porque es el último, porque es el que firma, porque es el que pone el nombre en lo que está hecho y consumado. Por eso.

Según esa lógica de rebotica, de mesa camilla y tertulia de peña de pueblo, con aguardiente y dominó, carajillo y puro barato, según esa brillante conclusión que apunta con el trabuco naranjero al Rey, el Rey es el factotum, el consumador, el ejecutor, el hiper-abortista causa causans omnium abortorum regnorum Hispaniae y el Ultramar. El plus ultra de los abortadores, vamos; con corona y cetro y trono en el Palacio de Oriente.

A mí me dicen que deliro cuando digo que la alcantarilla sociata tiene en la libretilla de los recados a cumplir acabar con todo. No sólo la desestructuración de la España Una Grande y Libre, sino la liquidación de todo-todo. Ellos, esta gente, aunque vayan de post-revolucionarios del 68, llevan el virus españolero del marxistón comunistón rojo matacuras-violamonjas-quemaiglesias. Son eso, los nietos de los que odiaban los reales por ser del rey, la Corona en las pesetas y la roja y gualda en los balcones de los ayuntamientos. Nos des-gobierna un nieto de esos. Y no cejarán hasta que finiquiten toda la "herencia franquista". La Monarquía inclusive, que también es un "regalito" del Caudillo, como el Valle de los Caídos.

Si hay algo peor y más vulgar que un ordinario jefe de estado que sea presidente con señora esposa "primera dama", es uno de esos que encima de todo eso sea sociata post-marxista emparejado con first lady post-moderna (o "gótica").

Invoco a la Historia, más allá de los símbolos y un millón de veces por encima del estiércol de la post-modernidad orgiásticamente triunfante, y digo y afirmo que mejor un Rey de España como el que hay que toda la nómina presidencialista republicaquera que puedan parir militancias de carné, ya sean de centro-izquierda, de centro-derecha o de sus respectivos extremos (incluído en el extremo del extremo el patético Sixto, con pinta de matón de club de alterne, sostenido por el insostenible teorema de este Borbón y no ese Borbón).



Con estas babiecadas en campaña temporera están preparando la guillotina al que tenia que estar "preservado" en razón de la incolumidad que conviene a la Institución Monárquica, que es lo que está en juego.

Los imbéciles piensan que disparan al Borbón firmante y no se dan cuenta de que hacen (otra vez) el juego al enemigo y se equivocan de enemigo.

¡Panda de energúmenos! (unos y otros, los efectivos y los movilizados).


p.s. Iba a poner "con perdón", pero no. Mejor el cañazo en crudo, sin cortesía.

&.

jueves, 4 de marzo de 2010

El Dios de la inocencia


Ayer tarde la recé en las Vísperas del Miércoles de la IIª Semana de Cuaresma (Divinum Officium tradicional); y esta mañana, Jueves, como colecta en la Misa (Misal de Pablo VI), y en el Breviario. Es una de las oraciones que más me conmueven:

Oremus

Deus innocentiae restitutor et amator, dirige ad Te tuorum corda servorum: ut Spiritus tui fervore concepto, et in fide inveniantur stabiles, et in opere efficaces. Per Dominum...Amen.


En el Misal de Pablo VI y el Breviario nuevo ha quedado tal cual. En el Misal en español y el Breviario castellano aparece así:

Señor, Tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia Tí nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. Por Ntrº Sr. Xtº...Amen.


Una de las "gracias" del oracional-eucologio romano es su concisión conceptual, con una extraordinaria capacidad sintética para decir mucho con una medida economía verbal, sin excesos ni redundancia, justamente expresivo. Por ejemplo, en esta oración cuaresmal, desde el princio, se está diciendo casi todo: "Deus innocentiae restitutor et amator..." es una proclamación-afirmación-invocación que incluye la fe en Dios Creador, Dios Redentor, Dios Remunerador; sigue después con una petición de la acción del Espíritu Santo que es una intensa definición de la vida de la gracia, y se concluye con un reconocimiento de sus efectos en la fe y las obras, ad intra y ad extra. En pocas palabras se ha expuesto la Fe Católica y se enseña al que ora, a la vez que pide. Un precioso ejemplo del principio lex orandi-lex credendi.

A mí, personalmente, me "afecta" la primera parte, tan "positiva", tan emocionante para el pecador: Dios que amas la inocencia y la restituyes...En este punto, cuando la medito, me envuelvo en un contrapunto de variaciones sobre el mismo tema: Restituye porque ama; ama porque restituye; ama la inocencia y por eso la restituye; restituye porque es inocente; la inocencia restituída es el efecto del amor de Dios; sólo el amor de Dios restituye la inocencia; y es Dios porque ama restituyendo. Sólo Dios puede eso, porque es fuente de pureza y de misericordia santificante.

Y de golpe se me viene a la mente la escena evangélica de la pecadora que llora sobre los pies del Señor y los besa y derrama sobre ellos el frasco de precioso ungüento y los cubre con su melena, ante el estupor de los comensales y la complacencia de Cristo (Lc 7,36-50).

Esta oración que comento condensa como un frasco precioso el llanto de María Magdalena y las otras mujeres que aparecen en los Evangelios honrando a Cristo, derramando perfumes y lágrimas, reconstituidas en su dignidad, antes irreconocible, porque han sido renovadas inocentes, en la inocencia que perdieron y que Cristo les recrea con amor misericordioso, reintegrándoles la pureza del alma con la gracia perdida.

Al final me pregunto qué es mejor, qué más rico, si la inocencia intacta, si la conservada, o la inocencia restituída por el Amor de Dios. Porque en el Evangelio el Señor dice que la que le llora y le besa y le unge los pies, ama más porque se le ha perdonado más, como una especie de la gozosa exclamación de la felix culpa.

¿No es más rica, más sabrosa, más intensa la inocencia devuelta por Ese que ama y restituye?

No;  hay que distinguir y matizar. Es otra cosa, se trata de un efecto fruto de la gracia que eleva, capaz de restaurar la inocencia perdida, de reconstituirla y restituirla porque Quien ama es la Fuente de la inocencia y del Amor que hace inocentes capaces de amar con charitas: El Amor es es el Espíritu, qui ex Patre Filioque procedit.
Una inocencia nunca perdida (piénsese en el caso especial y único de la Virgen Madre, concebida en gracia y mantenida en la inocencia bienaventurada) es un monumento de la fidelidad de Dios - veritas Domini manet in aeternum -. Por eso la conciencia de María Santísima, especialmente iluminada, en el Magníficat, canta la magna obra de Dios en ella misma. La pureza-virginidad-inocencia es una obra del Dios Redentor, especialmente eficaz en la Madre de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre nacido de María. Y esta inocencia es originalmente fuerte, y más fuerte en cuanto permanece, perdura, no se pierde. La virtud crece y se robustece con su práctica.

La restitución de la inocencia, por su parte, es otro efecto de la obra salvífica de Cristo; quizá podría decirse que, en el sentido de esta oración, un resumen hermosamente conceptuado de la acción de Cristo sobre nuestras almas. La recuperación reconstituída de lo perdido, roto, olvidado o manchado, es posible y se realiza por y en Cristo.

Más adelante, en Tiempo pascual, reaparece en otra oración el mismo enunciado "Deus innocentiae restitutor et amator...", el Miércoles de la Vª Semana de Pascua:

Oremus

Deus innocentiae restitutor et amator, diríge ad Te tuorum corda famulorum, ut, quos de incredulitatis ténebris liberasti, numquam a tuae veritatis luce discedant. Per Dominum...Amen.


Dios amador y restaurador de la inocencia, dirige hacia Tí el corazón de tus siervos, para que quienes libraste de las tinieblas del error, no se aparten nunca de la luz de tu verdad. Por ntrº Sr. Xtº...Amen.


Tan bella y reconfortante como la cuaresmal, esta plegaria pascual retoma el concepto y lo complementa con otro enunciado que incluye la posibilidad de apartarse de la luz y retornar a la tiniebla, dejar la fe y volver al pecado.



Si lo primero que Dios crea es la luz, pasar a la tiniebla es una regresión al caos, a un absurdo estadio de pre-creación/pre-gracia. El pecado también incluye esa enormidad, tan posible que incluso es uno de los temas recurrentes del Evangelio de San Juan:

"...vita erat et vita erat lux hominum et lux in tenebris lucet et tenebrae eam non comprehenderunt...erat lux vera quae illuminat omnem hominem venientem in mundum in mundo erat et mundus per ipsum factus est et mundus eum non cognovit in propria venit et sui eum non receperunt..."

"...en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron...La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron..."

Jn 1, 5 ss.


La espiritualidad (y la teología) que encierra el profundo lex orandi-lex credendi tiene esa facultad de conectar con el Evangelio, la Escritura, la Revelación, sin solución de continuidad. Se empieza con una oración y se va desembocando en una afirmación teológica, un dogma, una doctrina, para terminar en las mismas palabras del Señor, en una escena del Evangelio, en un Misterio de Cristo, en una enseñanza de los Apóstoles o el Magisterio de la Iglesia.

Este es el método. Y sus frutos son santos, objetiva y subjetivamente: En sí mismos y para quienes los reciben.

+T.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Exorcistas: Amorth contradicho por Fortea


Con temor y temblor me acerco al tema y sus protagonistas, que no soy adicto a lo demonológico. De entrada diré que me he sentido "incómodo" con las palabras que la prensa pone en boca del famoso p. Gabriele Amorth, esa afirmación de que hay clero mayor "satánico" (traducción aquí). El Señor nos libre.

Después, más serenamente, advierto que, verdaderamente, todos estamos "tocados", tentados por el diablo y sus demonios, tantas veces cada día, laicos, sacerdotes, obispos y cardenales incluídos; porque no en vano incluyó el Señor en su oración las dos últimas peticiones del Paternoster "...et ne nos induca in tentationem, sed liberanos a malo". Amen. Es decir que, tocante a tentaciones y demonios tentantes, todos somos propensos, con capelo o con bóina, el que viste púrpura cardenalicia y el que va con vaqueros, botines y chupa de cuero. Del mismo barro somos y un mismo enemigo tenemos.

Claro que suponer que hayan prelados "satanistas" parece algo extremo, casi delirante. Sin embargo el tentador tienta a cada uno según sus circunstancias y flaquezas, a cada cual en su grado y a cada tentado en su escalafón. Y eso se sabe de siempre. Por ejemplo, en el célebre y sabio icono de San Juan Clímaco, el docto místico del monasterio de Stª Catalina del Sinaí, los demonios insidiosos le echan la soga al cuello y hacen caer de la escala que sube al Cielo no sólo a los incipientes de los peldaños más bajos, sino también a los proficientes de los más altos niveles. Y mientras más arriba, mayor la caída. Que el Señor nos libre.

Yo me tomo bastante en serio las leyendas de los pactos, contratos y compra-ventas con el Demonio. Sin duda, más de uno puede rematar como un Doktor Faustus, viejo, frustrado y con ganas de más vida y más mundo, y dispuesto a vender su alma. ¿Se vende el alma? Pues yo diría que sí, que hay quienes se lo piensan si se trata de alguna ganancia apetecida. Y como se cree muy poco en el alma, muchos la venderían con gusto pensando que dan nada a cambio de mucho. Siempre hay insensatos que se imaginan que saben más que ese que sabe tanto por ser más viejo (refranero dixit).

¿Algún cardenal se ha vendido, se habrá vendido, se vendería al diablo? Yo me preguntaría que para qué, porque dadas las circunstacias del supuesto prelado, si cree en el demonio y se vende a él y no cree en Dios y le teme, es un risible insensato digno de premio nóbel al imbécil mayor del año vestido de grana. Además firmar un papel al demonio es reconocer implícitamente todo el Credo, aunque se eluda; de facto es rendirse al malo sabiendo que está escrito que la victoria es de la Cruz, no del maligno. ¿Se puede ser tan absurdo y contradictorio? Sí, porque el pecado es eso, malignidad torpe contra Dios y uno mismo por prestar oído y atender sinrazones engañosas de la serpiente; desde Adán y Eva repetimos lo mismo, la misma secuencia del mismo guión. Somos tan cretinos como nuestros primeros padres, lo llevamos en los genes. Somos sujetos de tentación.

Repito sin embargo que me choca que me digan que hay cardenales diabólicos, encendiendo velas negras al demonio, ¡qué numerito!

De todas formas, me tomo más en serio al p. Amorth que a nuestro paisano Fortea. ¿Por qué? Por el tipo, perdonen Uds. mi insustancialidad. Además por la competencia y la experiencia, y porque Amorth es oficialmente exorcista en Roma y Fortea es oficiosamente exorcista por libre. Y con blog.


&.

lunes, 1 de marzo de 2010

Dos siglos de Chopin


Me gustan cada vez menos los músicos del "clasicismo", Mozart y Haydn incluídos; y me confirmo cada vez más en polifonistas del XVI, barrocos vocales e instrumentistas, y románticos. Me gusta Chopin, el eufórico y el melancólico. Le guardo una simpatía que sólo me emborrona esa estúpida aventura con la mediocrísima cortesana de salón George Sand, funesta, estorbo turbio de una vida y una obra que merecían mejores enamoramientos.

En aquella primera mitad del XIX, empapado de revolucionarismos liberales, entusiastas y efímeros levantamientos de la Europa que iba declinando hasta los horrores del siglo XX, las manos de Chopin sobre el piano son una realidad etérea, tan sutilmente bella, trasminando sentimiento, sueño, velo, nube de olor, noche de terciopelo, satén de levita, piel de rusia. Y un licor en copa de cristal ligero, musical al tacto del labio como una tecla aguda.

Hay personajes que son su obra, algo tan dificil de alcanzar, identificar el ser sin solución de continuidad con los actos, uno y el mismo, incluyendo la intimidad de las propias contradicciones, todo en uno.





Sólo me pesa que no compusiera música explícitamente religiosa. Aunque gran parte de su música suene (me suena) a una larga confesión, como una intensa cuenta de conciencia.


+T.

domingo, 28 de febrero de 2010

Dormidos en su gloria, dormidos en su agonía


Cuando el Señor dijo que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los Cielos, los Apóstoles no sabían que los iba a hacer, que los estaba haciendo niños, volviéndolos niños para que pudieran entrar en su Reino.

Los niños se duermen. Recuerdo mis sueños de niño feliz, sobre el hombro de mi padre o en brazos de mi madre. Sueños absolutos, profundos, sin pesadillas ni sueños felices porque la felicidad, entonces, era el mismo sueño.

Los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, que se duermen en el Tabor, cuando Cristo se transfigura y aparecen Moisés y Elías para hablar con Él, son niños rendidos, fatigados por tanta gloria, como chiquillos que se cansan después de unas horas intensas en un parque de atracciones. O como niños asombrados que se beben por los ojos una conversación de mayores que no entienden; o como párvulos dando cabezadas sobre el pupitre cuando escuchan la primera lección de matemáticas, o de alfabeto, la primera suma que no entienden, el primer silabario que no comprenden; y se duermen.

Son los mismos, los tres, que en el Huerto de los Olivos son testigos de la Agonía del Señor. También se duermen. Ahora son niños ante una escena intensa, en un teatro, dormidos en sus asientos mientras el drama ocurre en el escenario; o como chiquillos en un concierto, la sinfonía sonando, in crescendo, pero los niños se han dormido y no les despierta ni un fortíssimo de la orquesta; o como pequeños que van al cine, y se quedan tan dormidos que recuerdan luego la película remotamente, vista y no vista, como flashes de imagen y sonido y sueño, todo envuelto en sueño. O como niños con fiebre, cargados de somnolencia, febriles, con los ojos infantiles pesados, sin poder levantar los párpados.

Así vivieron los Apóstoles Santos sus primeras aproximaciones al Misterio, dormidos en la Pasión y dormidos en la Gloria, durmiendo en el Tabor y durmiendo en Getsemaní. El Señor lo sabía; los había vuelto niños, niños que se duermen, para eso, para que pudieran resistir el primer despunte de su Gloria y la primera escena de la Pasión.

Y así pasan los Apóstoles por todos los Misterios del Señor, embobados, perplejos, torpes, soñolientos, dormidos, impresionados, sobrecogidos, atemorizados.

No empiezan a despertar, a ver y entender, a despabilarse, hasta la mañana y la tarde de la Resurrección; hasta el dia de la Ascensión, cuando los Ángeles les despiertan: - "¡Varones Galileos! ¿Qué haceis ahí plantados...???!!!". No se les abren la mente, el corazón y el alma hasta que en Pentecostés no les prenden las lenguas de fuego del Espíritu.

Nosotros, los que nos dormimos cuando rezamos, los que no entendemos cuando meditamos, los que nos distraemos, nos perdemos, nos ofuscamos, nos caemos, nos enredamos; nosotros, los que estamos por la fe inmersos en su Misterio, estamos igual que entonces los tres del Tabor y Getsemaní: Niños dormidos al aparecer la Gloria, niños dormidos cuando empieza la Pasión.

Pero si no somos como niños, no entraremos en su Reino.

Non obliviscaris!

+T.

viernes, 26 de febrero de 2010

Cátedra, tiara, sedia...etc. ¡Ver para ser!

El otro día, el lunes 22F, que fue la Fiesta de la Cátedra de San Pedro (en el Misal Antiguo se celebra como Fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía (que no sé por qué el de Pablo VI no siguió con la fecha del 18 de Enero para la Fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma, tal y como se conserva en el Misal Tradicional, no me explico (una perplejidad más entre las muchas fruto de la "reforma" post-conciliar))). Pues a propósito de la fiesta hablaba con yo con un selecto compadre, sobre las vicisitudes de estas conmemoraciones, sobre la reliquia de la Cátedra y de cómo se han conservado en San Pedro del Vaticano ciertas costumbres anejas a la liturgia, de forma quasi-milagrosa, auténticas supervivencias luego del tsunami minimalista post-conciliar.

Y me refería a la iluminación del Altar de la Cátedra, que todavía se sigue alumbrando para la fiesta del 22 de Febrero. Es digno de ver el efecto de los cirios encendidos rodeando la Cátedra, puestos en los cubillos de bronce originales de la estructura monumental del Bernini. Desde la entrada de la Basílica ya se ven las luces parpadeantes, con la perspectiva de la nave y, a lo lejos, destacándose a través del espacio del Baldaquino, la Cátedra entre las velas blancas que la perfilan con temblorosos puntos de luz. Como la Basílica suele estar todo el día con muy poca iluminación artificial, el espectador puede imaginar cómo sería la vista en los tiempos en que la luz eléctrica no alteraba los contrastes de luces originales, tal y como se concibió el edificio y sus ornamentaciones. Repito que es digno de ver.

La Cátedra conforma el centro de la idea que articuló el genio del Bernini para la Basílica, llena de "detalles" cargados de significación, de una "lectura" católica. Por ejemplo, la cúpula está sostenida por los cuatro machones donde se encuentran las capillas que contienen las reliquias mayores de la Basílica: El Lignum Crucis, el Paño de la Verónica, la Lanza de Longinos, y la cabeza de San Andrés Apóstol (esta ya no, porque Pablo VI, muy generoso y ecuménico, la entregó a la Jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Griega, cuando el Concilio). El centro del espacio cúpula-crucero, es el Altar Mayor, cubierto con el baldaquino de bronce; debajo la "confessio" con la tumba de San Pedro; y al fondo, en el ábside, sostenida por las figuras colosales de cuatro Padres de la Iglesia, la Cátedra de San Pedro con la gloria rompiente de la vidriera del Espíritu Santo, focalizando con su luz dorada todo el conjunto. Un conjunto admirable, insuperable, tanto formal como conceptualmente.

La centralidad magnificente de la Cátedra, mucho más allá de la veneración de la reliquia de la cátedra petrina (hoy día fuera de su urna de bronce y expuesta en una vitrina de la Sacristía), es una proclamación, una exaltación de la fe de la Iglesia Romana. Ninguna sede del mundo cristiano se aproxima a ella, no por el arte ni el fasto, sino por la realidad histórica entroncada en el Misterio: El Tu Es Petrus del mosáico dorado que circunda el anillo del tambor de la cúpula, es parte del Credo en tanto es parte fundamental de la Iglesia instituída por Cristo, el Señor, sobre su apóstol, singularmente destacado sobre los otros apóstoles. Roma es Pedro, y en Roma está su sede y en su sede se sienta su sucesor, cabeza visible de la Iglesia de Cristo en la Tierra.

La cabeza debe verse, destacarse. Para ello los símbolos petrinos han cumplido esa necesidad de representar, revestir de atributos propios y significativos al Sucesor de Pedro. Así tiene sentido la Cátedra y la sedia, el trono del Papa y su sede. Y la tiara, que es también su ornamento propio, desde hace tantos siglos.

Juan Pablo II, que pasó para las "vanguardias" des-catolizantes como un pontífice de perfil "tradicional" (¿se puede ser Papa sin ser tradicional??? ¿se puede ser católico sin ser tradicional???), de hecho fue uno de los más efectivos demoledores de los símbolos católicos, empezando por él mismo, por la forma en que representó externamente su ministerio pontificio, tan alejado de la impronta de sus predecesores. Resultó chocante su insistencia en despojar al Papa de sus simbólicos atributos, ninguno "sustancialmente" unido al ministerio papal, pero todos ellos muy identificativos de la única y exclusiva dignidad del Romano Pontifice. Entre lo anecdótico y lo patético, especialmente, su insistencia en ponerse todos los sombreros, gorras, tocados y adornos de cabeza de todo el mundo, de todos los sitios que visitó y de cuántos le visitaron. Todos se los colocó en la cabeza, menos el suyo propio, la tiara que nunca quiso.

No fue el primero, sino que siguió el mal gusto del efímero Juan Pablo I, su predecesor, que no quiso ser coronado. Hubiera sido mucho más "escénico", si no les gustaba llevar tiara, hacer lo que hizo Pablo VI, que una vez coronado donó su tiara (o la vendió). No comment.

El último golpe a los símbolos pontificios ha sido el de Benedicto XVI, que ni siquiera quiso la tiara como timbre de su stemma pontificio, prefiriendo una mitra de extraño diseño como remate de su escudo. No sé, no me consta, si fue personal elección o si se trató de alguna "recomendación" de algún "consejero" vaticano. Desde luego no parece compaginar con el estilo "ratzingeriano", mucho más respetuoso con las formas tradicionales, y de muchísimo mejor gusto y "estilo" que su predecesor. Hablo de "formas" (aunque las formas trasluzcan tanto el fondo).

A estas alturas, si algunos supusieron que la "desnudez" de los símbolos iba a hacer más simpático o más querido o más popular al Papa, espero que esos ilusos se hayan desengañado: Los que odian, detestan, persiguen y atacan al Papa lo hacen lleve tiara o bonete de lana, se siente en trono o en banqueta de mimbre, vaya en gestatoria o en papamóvil, se vista con ornamentos barrocos o se revista de Ágata Ruiz de la Prada. Porque odian la esencia, no la apariencia (aunque la apariencia les remueva las bilis).

Un católico sabe que no hay poder más alto ni santo en este mundo, entre los hombres mortales, que el del Papa. Sic. Ninguno se le aproxima, sean realezas dinásticas, sean presidencias democráticas, potencias estatales o representantes internacionales. Nadie se compara al Papa. Y aunque ser lo que es basta y le basta, necesita su "cobertura" simbólica. En un mundo que vive en torno a la imagen y los símbolos, el Papado no puede perder los suyos, ni renunciar a ellos.


Vuelvo, pues, a ser más papista que el Papa y reclamo desde este poyete, desde mi balconcillo, la Tiara para el Papa, y la Sedia Gestatoria, y el Trono; y las trompetas de plata de San Pedro, y los flabelos flanqueando la sedia, y el manto pontificio bordado con tiaras y llaves. Quiero al Papa Papa, señores míos. Y lo quiero porque me lo tomo en serio, muy en serio, tan en serio.

Protesto que sé que el Papa no es una tiara, ni un escudo, ni un trono en andas. Pero clamo que el Papa necesita sus símbolos para que el mundo vea y los católicos volvamos a nuestra conciencia católica, que se ha perdido tantísimo, lamentablemente.

En un mundo aberrante con conciencia infatilóide y vicios de provecto degenerado, los símbolos no son un capricho prescindible, sino un medio inteligible. Si se trata de la fe y del misterio que es más de lo que se ve, su vuelta y restauración urgen más, mucho más.

El contenido sin continente se desparrama. En el centro tenemos algo tan simple como la madera de una Cruz, las tablas de un Pesebre, o la forma blanca de la Hostia. Para el fuerte en la fe, su sóla aparición impone adoración; para el "débil", hay que usar relicario de oro o custodia de plata. Para el incrédulo, también. Para el impío, doblemente.

Y el que me niegue la mayor, no entiende un comino del caso.

Y esto, un regalito, para amenizar:



Les destaco estos versos de la letra, en "romanaccio": "...vedo la maestá der Colosseo, vedo la santitá der Cupolone, e so' piú vivo, e so' piú bbono..." que yo cantaba en Roma (y canto en mi casa) tan apasionadamente como un romano di Roma (adoptado):

"...Admiro la majestad del Coliseo, contemplo la santidad de la gran Cúpula (del Vaticano), y me siento más vivo, y más bueno..."

Sí, sí; ¡sic!: Más vivo y más bueno cuando veo la majestad y la santidad.


p.s. Si no lo entienden, no merece la pena explicarselo. Mi dispiace.


+T.