domingo, 21 de febrero de 2010

Las Tentaciones del Hijo


Me es fácil imaginar la escena de las tentaciones del Señor en el desierto: El yermo y rocoso desierto de Judea, las soledades abruptas cercanas a Jericó, donde se enriscan algunos monasterios ortodoxos en quasi imposibles equlibrios, sobre precipicios de vértigo. Ese tuvo que ser el paisaje.

Después puedo seguir la escena, tal y como la narran los Santos Evangelios, con los tres momentos/tres asaltos diabólicos que detallan San Mateo y San Lucas (Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13); incluso puedo representarme el enigmático sumario, más reservado, de San Marcos (Mc 1, 12-13).

Sin embargo toda esta facilidad de composición de lugar se me descompone en cuanto intento profundizar en la escena, una de las más impenetrables de los Misteria Vitae Christi. Suelo recordar, cuando predico el Evangelio de las Tentaciones en el Desierto, que es uno de los pocos (único?) momentos de la Vida del Señor que no cuenta con testigos humanos: Sólo están Él, Satanás, y esos Ángeles ministrantes que refieren San Mateo y San Marcos. El valor de este Evangelio aumenta cuando advertimos que la narración recogida por los Evangelistas sólo pudo hacerla el mismísimo Jesucristo, probablemente en uno de esos momentos en que instruía privadamente a sus Apóstoles.

También puedo imaginar el impacto (caras de galileos asombrados, perplejos y atemorizados) de la narración del Señor en sus discípulos. Incluso la facilidad con que pudieron retener lo sustancial de las tres tentaciones (Mt y Lc) o el respeto religioso y temeroso que trasluce el breve sumario de San Marcos; o el silencio de San Juan. Un momento de verdadera impresión, inolvidable para los que lo oyeron por vez primera, cuyas almas y mentes quedarían fascinadas y sobrecogidas con el Señor, protagonista vencedor de aquel combate.

Era la primera vez, desde el Edén, que Satanás era vencido en el mundo por un hombre. Desde la caída de los padres primigenios, Adán y Eva, el Demonio había sido el vencedor y los hombres los vencidos. Una humanidad derrotada, humillada, envilecida, corrompida, esclavizada y víctima del dolor, la frustración y la muerte. Y con el hombre vencido, la imagen de Dios profanada en el hombre, hecho a semejanza del Creador.

En aquel desierto de la tentación, el Hijo del Hombre está expuesto absolutamente, indefenso e inerme en su humanidad real. Pero es Dios. Algo que intuye Satanás, con perspicacia y sabiduría diábolica, sapiente pero atormentadamente inquieto. El demonio está profundamente turbado, más allá de la perpetua turbación que es su estado habitual de condenado. Barrunta como una fiera la Divinidad presente, pero no está cierto, no alcanza a vislumbrar nítidamente la Luz de Luz que se vela tras la carne humilde del Nazareno, el Redentor, Dios y Hombre. Por eso sus insidiosas preguntas, que quieren adivinar: - "Si eres Hijo de Dios..."

No puedo (no quiero) imaginar la voz del Satán. En la iconografía unas veces aparece como un diablo figurado con las horrendas formas demoníacas, medio humano medio animal monstruoso; otras veces lo representan como un personaje opaco, taimado, con vestido pardo y capuchón que le tapa el rostro, o embozado en ropas sombrías, o como una sombra turbia, feroz como una alimaña al acecho. Así lo pintamos, pero la realidad tuvo que ser tan maligna como su autor, la maldad mayor del universo de las criaturas, el ser más pervertido del mundo existente. Ese fue el que tentó a Jesús, el Nazareno.

No recuerdo bien, pero me parece que es en los Misteria Vitae Christi de Francisco Suárez donde se explica que el Diablo sabia cosas del Redentor, de su tiempo que se aproximaba, de su presencia inminente y profetizada. Y, de forma más inmediata, nuestros teólogos enseñan que Satanás escuchó conturbado hasta el fondo de su maligna esencia las palabras del Padre en el momento del Bautismo de Cristo en el Jordán: - "Este es mi Hijo amado, en Quien me complazco". Después de esta proclamación celestial, Satán, envuelto en un torbellino de zozobras, necesitaba saber, saber más de aquel "Hijo Amado". El Misterio de la Salvación oculto en el seno sacrosanto de la Trinidad desde toda la eternidad comienza a desvelarse, a revelarse, para salvación del mundo y conmoción del demonio, que quiere saber sobre lo que será el comienzo de su final.

La derrota del diablo sucede en esos tres asaltos, resistidos, rechazados, vencidos absolutamente y con toda resolución eficaz por Cristo, tan humilde y potente a la vez: Siervo de Dios y Señor.

Acabando la meditación, con esos flashes de alma en los que uno parece como si viera la escena y la entendiera, un poco, en su tremenda realidad, comprendiendo la magnitud de la lucha entre el Salvador de los hombres y el enemigo maligno y ancestral; sobrecogido también, me refugio y descanso en la imagen reconfortante de los Ángeles que parecen finalmente sirviendo a Cristo, los Ángeles ministros de su gloria que se acercarían reverentes y adorantes al Hijo, al Cordero Divino que acaba de vencer - Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal - al infame tentador de los hombres, su perdedor.



Todo esto, en menos y más sabias palabras, lo dice mejor San Agustín, con ricas y más fructíferas reflexiones:

Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.

Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo;
pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla.
De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

Que les aproveche a ustedes, como reconfortante lectura cuaresmal.


+T.

jueves, 18 de febrero de 2010

Febrero mojado

Está lloviendo como antes, como en los años 60 en que nací y crecí. Lo mismo, pero con las modernuras del siglo XXI. Hay los mismos charcos, pero son más duros. Antes había más albero, y los charcos parecían sopa de puré con bordes de natillas de vainilla con canela. Ahora los charcos son grises, de asfalto y pavimento con losas rotas. También me gustan porque me gustan los charcos de lluvia. Pero los de antes tenían más color.

Los que han ganado en color son los paraguas que antes eran menos coloridos, pero los de ahora se rompen más y duran menos. Yo llevo dos paraguas rotos en lo que llevamos de temporada, uno con una varilla doblada por una ventolera, y el otro despuntado por el regatón. Y no tienen arreglo, porque ya no hay paragüeros; antes sí.

En mi pueblo el que componía los paraguas rotos era el hojalatero, un viejecillo con gorra y pelliza y un zahón de cuero para cubrirse la pechera y las piernas mientras trabajaba. Se sentaba en un banquillo, en la esquina de la calle Real, frente a la Peña, y arreglaba las cacerolas, los peroles, los cazos, los pucheros y cualquier cacharro que se pudiera arreglar con sus lañas de estaño. A mí me gustaba verle, menudillo y canijo, con barba de dos o tres días, con la colilla de un cigarro liado en la boca, con unas gafas de culo de vaso que se sujetaba con una cinta negra de elástico. Tenía una especie de hornillo portátil, con carbón encendido, y allí ponía al rojo unos hierros con mango de madera con los que aplicaba el estaño en el culo agujereado de los cacharros, o pegaba con lo mismo las asas desprendidas. Cuando derretía el estaño quemaba también pez rubia, que desprendía un olor picante y dulce, inconfundible.

El hojalatero se ponía en su esquina cuando daban las nueve, casi a la misma hora que pasaba el carro de la basura. En mi pueblo había un basurero para toda la vecindad, más de nueve mil vecinos. Pero entonces no había tanta basura. En mi casa se tiraba un cubo, con papeles, granzas de café molido, cáscaras de huevo, algunas mondas y los barridos de casa. No había más, porque los desperdicios de la mesa y la cocina se echaban de comer a los gatos o a las gallinas. No se conocía la palabra "reciclar" ni éramos "ecologistas"; pero las casas se administraban con admirable economía y aprovechamiento de medios. Hasta los jaramagos que salían en el tejado se cortaban y se ponían en la jaula de los jilgueros, para que picaran las flores amarillas.

A mí me gustaba poner las hojas de los rábanos en las jaulas de las perdices que mi padre tenía en un techado junto a las cuadras, para llevarlas de reclamo a las cacerías. Las pobres se tiraban todo el día cantando cuchi-chí-cuchí-chí, en sus jaulas de alambre, tan bonitas con su ojillo ribeteado de grana, y sus patitas coloradas.

Los días de lluvia las gallinas del corralón se quedaban dentro del gallinero, en su palo, con la cresta lacia caída al lado. Y el gallo asomaba valentón por el alero del cobertizo, cantado a su hora. Cuando se recogían los huevos, me gustaba sentir en las manos frías el calorcillo de la cáscara, todavía templada sobre la paja limpia de los ponederos.


Lo mejor era un día de lluvia con resfriado, pasando la mañana en la cama, sin tener que ir al colegio. Me llevaban el desayuno en una bandeja, con su mantelito y su servilleta, que siempre terminaban manchadas de café con leche. Para migar me traían rebanadas de pan frito con canela y azúcar, o unas tostadas con mantequilla que también se caían sobre el mantelillo de la bandeja; si era mermelada se te pringaban los dedos de dulce pegajoso. Apañarse con la mermelada en un desayuno de cama es una problemática habilidad que todavía no domino. El azucarero no se volcaba porque tenían la prudente precaución de poner el azúcar a la taza en la cocina.

A eso de las 11 me levantaban de la cama, me lavaban, me vestían, me peinaban y me sentaban en la mesa camilla grande del salón, junto a la cristalera del balcón bajo que daba a la calle Real. Esa era la hora en que pasaba el panadero, con la mula cargada con dos serones de lona blanca y talabartería; el pan venía todavía caliente del horno, cubierto con unos lienzos bastos, y hasta al salón, por la cristalera, llegaba el olor del pan recién hecho. Las mañanas que estaba en casa, me compraban una rosca de trenza, como chuchería y para abrirme el apetito.

A las once y media o así llegaba mi padre, a dar una vuelta, después de tomarse un café en la Peña. Entraba, me tomaba la temperatura con la mano y me daba un par de caramelos de Almendralejo, de los gordos, para que los chupara porque eran de malvavisco, que venían muy bien para los resfriados. Los caramelos aquellos apenas me cabían en la boca, de grandes que eran, y duraban una rato grande, chupa que te chupa; parecía que no se gastaban.

Mi madre aparecía a ratos, para mover el brasero y echar un poco de alhucema, que llenaba el salón de olor y de humo. Sobre las doce llegaban las chachas. En mi casa ya no teníamos para pagar criadas, pero las antiguas que habían servido venían todos los días para hacer algo, a ayudar a lavar, o en la cocina, o para ir por los mandados a la plaza. La más cariñosa conmigo era Camilita la del Pino, chiquitita y sin dientes, con su moñillo recogido y su mantón de lana con flecos gordos. Algunas mañanas también venía Rafaela, la que fue niñera de mi padre; la pobre estaba viuda, con dos hijos en Alemania, y se venía a casa a llorar cuando estaba tristona. Mis tías le ponían una silla baja en la cocina y le daban un café, o le mandaban hacer algo, para que se distrajera. Un día me contó no recuerdo quién que Rafaela bebía, que se compraba un cuartillo de aguardiente en la taberna del Cruce, y cuando estaba con la pea se venía a casa a llorar. Y no paraba hasta que llegaba el señorito, su señorito (que era mi padre). Parece que la estoy viendo, viejecita, con los ojillos enrojecidos y el pañuelo y el mantón negro, con una esportilla de palma en la que ponía las cosillas que le preparaban mis tías, cosas de comer y alguna ropa. Mi padre siempre le metía en el bolsillo tres o cuatro duros, y Rafaela rompía otra vez a llorar, y me daba besos que olían a anís, y mis tías decían -"Ya está Rafaela, ya está; ya pasó, ya pasó; venga mujer, venga, que vas a ponerte mala, Rafaela, hija..."

Nati la del Cerre tenía bigote, y espinaba cuando me daba besos, besitos en ristras que me sonaban como una retahíla de cuchicheo en el oído. Manuela la del Bosco olía a leña, y me traía piñas tostadas, que tiznaban, con los piñones asomando como lengüecitas. Antonia la Perica nos llevaba palmitos, y bellotas, y madroños, y manojos de espárragos que el Perico, su marido, mandaba expresamente para mi abuela. Todas venían casi todos los días, y cada una traía alguna cosilla y se llevaba otra; siempre tenían algo para traer y siempre había algo para que se llevaran. A mí también me llamaban señorito, como a mi padre.

La visita más solemne era la del cura, que venía algunas mañanas a echar un rato con mi abuela; le sacaban café y unas bizcotelas de yema que mi abuela reservaba en la alacena alta. A mí me gustaba que me pusiera el bonete. En cuanto llegaba y me veía, se acercaba y me encasquetaba su bonete. Mi abuela se reía, y las chachas rompían a chillar, todas riendo también. Eso era cuando venía el cura viejo, tío Don Manuel, que era primo segundo de mi abuela, porque el cura nuevo dejó de ponerse el bonete. Mi tía Rosario decía que el cura nuevo era un mala cabeza, y mi abuela decía: -"Rosario, que está el niño delante". El niño era yo.

Me gustaba tanto el bonete del tío Don Manuel que mi tía Antoñita me hizo una vestimenta completa de cura, sotana, esclavina, fajín y bonete, para salir con la hucha de Domund a pedir para las misiones. Y me hicieron fotos así, vestido de cura; y me parece a mí que el bonete aquel me hizo efecto.


Cuando llueve como ahora, parece que se me enternecieran recuerdos, remojados y blandos como el pan en la sopa, con charcos de pasado reflejando retazos de vida, de casa, con cosas y gentes queridas que vuelven a la memoria, suaves y templadas como el beso que me daban cuando me iba a dormir.

+T.

miércoles, 17 de febrero de 2010

A propósito de la ceniza del Miércoles de Ceniza



Ignoro por qué y de dónde y cual sea la práctica de cada sitio y lugar, pero me asombra que estas cosas se hagan tan incorrectamente y que, encima, se crean que se hacen bien y que los que procuramos hacerlo correctamente nos veamos obligados a explicar que lo que hacemos es lo que se debe hacer como se debe hacer.

Me refiero al detalle de la imposición de la ceniza, que veo por un sitio y por otro que se pone absurdamente en la frente, marcando una cruz de ceniza entre el arranque del pelo y el entrecejo, es decir, en mitad de la frente.

La liturgia ha tenido siempre mucho cuidado de no caer en la irrisión, algo tan posible cuando algunas veces es tan delicado el equilibrio entre lo sublime y lo risible. Y tiznar a una persona en medio de la frente con ceniza es algo que puede facilmente provocar la hilaridad, la risa incontenible.

Recuerdo algunos Miércoles de Ceniza divertidísimos, riéndome, flojito de risa, en el banco de la Iglesia, con mis amigos, viendo y comentando a los "cenicientos-as". Y todo con toda piedad, mis píos amigos y yo.



¿Dónde se pone-impone la ceniza? Escuchen ustedes la voz del súper-liturgo Don Gregorio Martínez de Antoñana, indiscutible autoridad:

"...A los laicos se impone sobre el cabello, cerca de la frente. No es necesario tocar la cabeza con los dedos; basta esparcir sobre ella la ceniza a modo de cruz..."

"...El Celebrante y los ministros sagrados bajan a la entrada del presbiterio, y allí imponen...sobre el cabello cerca de la frente..."


Advierte que a las mujeres se les ponga la ceniza en el pelo, no sobre el velo, en la parte que queda descubierta la cabellera cerca de la frente, procurando no tocar el velo:

"...Moniálibus aliisve muléribus, quarum capilli capitis propter velum mínime appareant, cíneres in modum crucis sparaguntur non in fronte sed circa velum, qui tamen velum tangatur" (Ephem.Lit. 37-1923-95)

Para todo esto que cito cfr. G. Martínez de Antoñana, Manual de Liturgia Sagrada, trat. IV, secc. 2ª cap. II.-Miércoles de ceniza, nº 719 con sus respectivas notas (cito la VIIIª edición Madrid 1950, edit. Coculsa).

Así y todo me temo que tanta gente sea "devota" del tiznón en la frente, que a mí, señoras y señores míos, me provoca, naturalmente, risa incontenible y cenicienta.

Con todos mis des-respetos si son ustedes aficionados a la ceniza como no se debe:

Inmutemur habitu!!! (aplíquense la antífona, please).


+T.

lunes, 15 de febrero de 2010

Carnaval del '94 hace 16 años, cuando mandaba el Felipe

Fue una de las chirigotas con más gracia de todas las chirigotas de todos los tiempos. Y miren ustedes lo que cantaban Las Viudas:




Si se cambia el Felipe por Zeta-pe-do, el efecto es el mismo, tragicómicamente. Porque el mequetrefe papá de las dos niñas góticas (en la Moncloa siempre es carnaval), ha hecho que España recule 16 años atrás, el mamarracho.

A ver si se lo lleva el temporal y que se lo coman los tiburones del Pacífico, que son los más grandes, y no dejan ni un cachito de adn, no vaya a ser que lo clonen en un laboratorio de Frankestein (que me han dicho que sale con una de las niñas (a la otra la pretende el Hombre Lobo)).

Pero seguro, segurito, que cuando nos recuperemos (que va pa largo) habrá otra vez chusma y plebe que vote al partiducho del capullo en el puño.

Pongo más Viudas, para cerrar el cuadro:




Nota Previa: Tengan cuidado los remilgados escrupulosos, que las Chirigotas de Cadiz no son para sensibilidades pazguatas. Además advierto que la gracia de Cái es como la manzanilla de Sanlúcar, que se remonta y pierde esensia si sale fuera de sus fronteras naturales.

Otra nota: Yo soy gaditano remoto, porque mi padre y madre se fueron de viaje de novios a Cadiz. Y por eso.


Ç.

domingo, 14 de febrero de 2010

San Valentín en Carnaval


Da esa casualidad, hoy Domingo de Carnaval y Dia de Enamorados. Con un par, o tres, de noticias frívolas de des-enamorados que atentan enamoramiento "nuevo". Los enamorados "de oficio", podríase decir. Incluso "de beneficio".

El beneficio en el amor es aquel oficio más viejo del mundo, que se decía en circunloquio bienhablado para no decir "las cuatro letras" (otra paráfrasis de lo mismo). Pero con la prensa rosa en expansión triunfante e imperio dominante, eso del oficio más viejo con 4 letras se ha reciclado y puesto al día de forma asombrosamente rentable. No sé cuántas comerán de eso sin sentirse comprendidas en las im-putables 4 letras, siendo, al fin y al cabo, una modalidad de lo mismo. Como corresponde, también hay "ellos" en el negocio. Y grupo mixto.

El asunto es que el Papa ha dicho, hace una semana o dos, que a ver si se formalizan con seriedad los asuntos de las bodas, de los matrimonios canónicos. A mí que las moras se casen con velo y con moro, me importa una babucha. Y lo respectivo a otras formas paganas, lo mismo o menos todavía. Pero lo católico sí me afecta; no por interesado directo, sino colateral-indirecto-implicado.

Pero vayamos al ejemplo, que son dos muy notables: Si se confirma el rumor, ¿habrá algún tribunal eclesiástico que declare nulo el casorio de la infanta con su ya divorciado cónyuge? Y si tamaña pantomima se consumara, ¿habrá algún purpurado o mitrado que se atreva a incoar nuevo expediente matrimonial de alguno de los susodichos, infanta ella y ex-duque él?

¿Y el torero con medalla hijo de su madre hija de torero que casó con la niña de la duquesa por antonomasia y se divorciaron y que están en trance de lo mismo? ¿Habrá algún tribunal eclesiástico que declare nulo su matrimonio canónico? ¿habrá luego alguna mitra, vicario episcopal o párroco que les consienta a él a ella o a ambos otra "tentativa"?

Da la casualidad que las dos parejas desemparejadas en cuestión se casaron en la Catedral de Sevilla, nada más y nada menos; la infanta con su prenda adorada en el Altar Mayor, y el torero con su perla de valor en un altar ad casum delante de la puerta de la Inmaculada (el rango es el rango).

En Sevilla, entre otras instituciones dignas de mención y perenne recordación, funciona un Tribunal Diocesano de 1ª y 2ª instacia, muy célebre por las muchísimas nulidades que ha tramitado, tramita y sentencia. Célebres han sido algunos de sus jueces-presidentes, con trayectorias y anécdotas muy atractivas, de esas que se cuentan pero no se escriben, que todo el mundo sabe pero nadie se hace cargo. Lo mismo de célebres son las tres o cuatro o cinco familias de abogados y procuradores que comen de eso, todas respetabilísimas y cotizadísimas, firmas de toda solvencia y discreto oficio. Esto es así.

Pero es el Papa el que está diciendo que no debe ser así, que no puede seguir siendo así.

El problema (es mi opinión) es haberlos admitido al matrimonio siendo quienes eran, con sus respectivas procedencias. Tal cual.

Quiero decir que a esta gente habría que exigirles más, mucho más, con muchas firmas y contrastados testimonios y hasta dossieres completos de ellos y sus parentelas próximas y remotas. Y médico, y psicólogos. Y más firmas, y más documentos. Y testigos garantizados, probados, jurados.

Y crear un nuevo impedimento canónico, o dos, o tres, que tipifiquen estas circunstancias que afectan a ese tipo de pretendientes al matrimonio: Impedimento de "clase", o de "jet", o de "vip", o de "nivel", o de "renta", o de "patrimonio", o de "fortuna". O algo así. No sé si me explico. Y que el impedimento sea, de entrada, indispensable salvo excepcionales excepciones.

Y hasta aquí llego porque llegado a este necesario planteamiento, me pierdo. Me pierdo porque yo mismo me planteo las objecciones, los dubia, la autocrítica que se dice. Con toda contundencia. Y al final casi resuelvo que las cosas tal y como están y pasan, no están tan mal. Pero vuelvo a lo de principio y recuerdo los abusos de esa gente (infantas y toreros) y se me revuelven las tripas con sulfuración.

Esta gente no debería caber en las iglesias, esta gente nunca deberían admitirse al matrimonio. Que los case un ujier de palacio o un alguacilillo de plaza de toros. Esta gente no merece el Sacramento. Por antecedentes probados y por consecuentes probables.

Pero siempre hay un "perlado" (sic) que dice sí.

Y nosotros, los "humildes", pagamos el descrédito y cargamos con el berrenchín.

Los antiguos decentes decían que las peores suciedades se perpetran en las clases más conspícuas y las más ínfimas, que van al alimón en desvergüenzas porque no temen deshonra, unos porque tienen mucho y otros porque tienen nada; a ninguno les importa que se sepan sus escándalos o se vean sus basuras.

En fin, esto era una expansión a propósito del tema...antes de que le compre a mi tía el ¡Hola! de esta semana, que a ella le distrae mucho (y a mí me pone a rabiar).

Nada más

&.

Hablar de amor por San Valentín



Un amor cumplido es un amor terminado. Los amores que perduran son quereres insatisfechos, ansiosos, nunca alcanzados, vivos pero en agonía incesante, nunca colmados. Y siempre temerosos. Quien diga que los celos no son amor verdadero, nunca ha estado enamorado de verdad.

Como es San Valentín, pega hablar de amor. El otro día me dijeron que era un "cursi". Lo que soy es un romántico, de levita y capa, pelo a lo Liszt, letra de pata de araña y telón con candilejas por delante y el escenario detrás, que no se ve, con paisaje nocturno, media luna y nubarrón sobre castillo enriscado. Y estrellas.

Mis amigos que se han casado tienen el amor menos romántico que yo. También es cierto que lo tienen más realizado, lo gozan más en efectivo. Pero el mio es una reserva de solera, añejada y enriquecida con velo de exquisita flor, etéreo aroma apenas destapado. Eso es lo que digo yo. Y me dicen que cuento, que es cuento y romance al viento. Yo también lo digo.

Con un suspiro se van
vueltos aire sangre y vida;
lo que dentro me latía
en un suspiro se va...
...Y queda en mi corazón,
viva la perenne herida
que es el eje de mi vida,
doliente siempre de amor
(mi suspiro es mitad viento,
la otra mitad oración).


Hace poco casi escandalicé en una conversación a tres bandas (dos cuñados, dos hermanas (sus mujeres) y yo) cuando comenté que me gustaba especialmente la peli de Scorsese "La edad de la inocencia". La novela de Edith Wharton también, cuando la leí hará casi veinte años, y que no he vuelto a releer; pero la peli sí la re-veo, bastante. Es deliberadamente refinada, con un doblaje en español excelente, especialmente la voz en off de la narradora, digna de oscar si dieran oscar a las voces en off.

La banda sonora de Elmer Bernstein es insuperable en su género, una pieza clásica, como el engaste en cine de una joya del mejor romanticismo musical. Me gusta, sobre todo, el vals.

También me gustan Las Penas del Joven Werther. Y Schubert. Y Tchaikovsky. Y Brahms.

Por todo esto me gusta muy poco que se celebre como se celebra San Valentín.





Una vez le dije a un amigo que aquella pachanga rockera que estaba escuchando mal cantada por una cuadrilla de drogatas, era una preciosa canción de fines del XVIII, que hizo furor poco antes de la Revolución, de Martini, que es famoso por sólo esa canción de amor. Me respondió que no dijera tonterías. Cuando le puse una grabación de la canción original, para que comparara, no la reconoció. Y a mí me dio tristeza que no la supiera oir.

&.

viernes, 12 de febrero de 2010

Un sacrilegio a cámara lenta, con testigos y youtube

No exagero, vean Uds. y horripílense (si tienen sentimientos católicos (o les quedan)):





Hace un par de días supe del episodio: El arzobispo de San José de Costa Rica celebra Misa con/para los candidatos que se presentan a las elecciones presidenciales. Dicen que es "costumbre" celebrar esa Misa (lamentable "costumbre" y mentecato el arzobispo, digo yo).

Uno de los presentes, un tal Otto Guevara que se presentaba a la elección, no podía comulgar por ser divorciado y estar "emparejado" con una. Esa "una" es la que se acerca a comulgar, con todo el desvergonzado desparpajo de una "una", y entabla ese "diálogo" (supongo que "explicativo") con el arzobispo. La "escena" termina con la "una" tomando la Sagrada Forma, y el obispo que "cede", consiente y la deja (¿para no escandalizar"???).

Con ademanes, poses y actitudes quasi de hembra de lupanar, hace con la Forma Consagrada todo eso que ustedes pueden ver en el youtube; la secuencia sacrílega "culmina" cuando la "una" pone media Forma en el bolsillo de la camisa roja de su querido, el político, que "devotamente" parece conmoverse por el gesto.

El sacrilegio (o los sacrilegios (¿cuántos son???)) se ha consumado, casi a cámara lenta.

Telón.

Dicen que "inmediatamente" se "subsanó" el espisodio y el Arzobispo mandó recoger "inmediatamente" la Forma profanada del bolsillo de la camisa de Otto Guevara. Eso no sale en el youtube, conque no consta cómo se desarrollaría ese "epílogo".

¿Y ahora qué?

¿Algún excomulgado?

¿El arzobispo presente, testigo y hasta yo diría que "cómplice", quedará impune, sin mónitum que le amoneste su mentecatez?

La "ella" no merece ni que la escupan; el pelele del politicucho, lo mismo. Y los presentes que no reacccionaron (todos) casi idem de idem.

La "causa", sin embargo, es más remota y tiene otros responsables: ¡Desgraciado el día y la hora en que el Papa de Roma consintió que la Sagrada Comunión se diera de forma irreverente! Desgraciado el Papa que consintió y los obispos (?) que lo pidieron, y los demás obispos y sacerdotes que promovieron, impusieron, fomentaron esa lamentable "práctica", tan "des-significativa". Si algunos "agentes" de dentro, cizaña del enemigo, prentendían con eso "desvalorizar" el Sacramento, lo han conseguido plenamente, con las consecuencias que se pueden ver en este horrendo vídeo, un ejemplo más escandaloso por tratarse de esos "protagonistas", pero una "anécdota", una más entre las cientos de miles de Comuniones irreverentes-sacrílegas que se consuman en tantas y tantas iglesias del Orbe Católico.

Hela aquí, nuestra Iglesia, des-catolizándose paso a paso, hoy más que ayer pero menos que mañana.


+T.