martes, 3 de agosto de 2010

Lo que dijo Rouco

Aunque ya han pasado unos días, una semanita larga, todavía no me he explicado (ni nadie me ha explicado) qué quiso decir nuestro Cardenal Rouco con aquellas palabras que recogieron todos los medios sensibles a este tipo de declaraciones de este tipo de personajes. Fue una especie de cóctel-molotov, muy extraño, porque el artefacto oral-explosivo se lanzó en un medio no-hostil, ya que se trataba de un acto organizado al alimón por San Dámaso y CEU. Y va el Cardenal y tira el petardo:

“Una cosa es el principio de separación entre la vida pública y la vida privada y otra distinta las responsabilidades morales y éticas que tiene un gobernante en relación con la ley vigente. En un sistema jurídico como el nuestro, tiene que aplicarla, y si no la aplica tendrá que renunciar a su cargo. Hay que aplicarlo a las situaciones concretas, porque para un gobernante es una obligación, tiene la obligación del sistema jurídico vigente en una democracia de cumplir la ley. No está por encima de la ley. Otra cosa es qué hace con su conciencia ante una ley que es injusta. Eso es un problema que habría que ver en cada caso cómo se resuelve"

Yo le comenté a uno que parecía una especie de corolario de aquello que explicaban para justificarse los militares ejecutores de las represiones de cuando la dictadura de los generales en Argentina, que el presidente Raúl Alfonsín promulgaría como ley, la célebre Ley de Obediencia Debida. Pues lo de Rouco, mutatis mutandis, lo mismo. Es decir. Ustedes me entienden. Supongo.

A otro le comenté que si lo de Rouco iba en serio, con esas palabras le estaba dando martillazo mortal y estocada hasta la bola a un tema tan viejo para la Moral Cristiana que es un capítulo con entidad propia en la Historia de la Iglesia, que se podría rastrear perfectamente desde el tiempo de las Persecuciones hasta nuestros días, con momentos estelares como el de Thomas More, el santo ex-canciller y mártir inglés. Y con cabeceras tan fundamentalmente ilustrativas como la escena evangélica del Tributo del César, o la sentencia apostólica-petrina de que "...hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" Hch 5, 29. Palabras estas de especial valor en tanto dichas por Pedro justamente cuando emerge la Iglesia en la Historia, entrando, desde el primer momento de su ser sobrenatural, en conflicto con las leyes de los hombres y los hombres que hacen leyes.

El Cardenal debe conocer la explayación que sobre el particular aparece en el Catecismo:

2242 "El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22,21). "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Ac 5,29)"


¿Distingue acaso, estaba distinguiendo, el Sr. Cardenal entre la obligación de conciencia del común de los ciudadanos-cristianos-católicos y otra especie de obligatoriedad sujeta a las circunstancias del cargo de gobierno y/o magistratura que eventualmente pudieran ostentar estos mismos? Sería tremendo. Sería terrible. Sería espantoso. Porque el que habla es un Emmº y Revmº Sr. Cardenal.

Todavía no sé qué decir. Ni qué querría realmente decir. Ni por qué lo dijo allí, entonces y en aquel sitio.

En ciertos medios se intentó cubrir con un capote y se corrió un tupido/estúpido velo. Sin ir más lejos, me comentaron que al director de la web de Infocatólica se le instó a que borrara un articulete sobre el tema (en Infocatólica dirige el director pero el que parte el bacalao y ordena y manda es otro, me parece). Total, que el dire de Infocatólica tuvo que tragarse lo que escribió, y lo colgó luego en un blog suyo personal. El articulete se titulaba Quo vadis Antonio Mª?. Muy propio.

A mí, naturalemente, me dejaron un mal regusto las palabritas del Cardenal-Arzobispo de Madrid, cabeza visible de la Iglesia Española (guste o no guste la cabeza). ¿Por qué las diría? ¿En qué o en quién pensaría cuando las dijo? Y ¿qué eco tendrían, a dónde llegarían, quiénes las comentarían?

Pocos días después, nuestro Cardenal curial más conspícuo, el Prefecto de Culto Divino y Sacramentos, hacía otras declaraciones, de muy distinto tono de las de Rouco:

"No existe verdadera justicia en un país que aprueba leyes que matan a inocentes. Cuando una ley legitima el aborto, deja de ser una ley civil moralmente vinculante"

En Religión Digital titulaban que Cañizares llama a la insumisión. Les faltó decir que tocaba a rebato para reclutar tiranicidas dispuestos a la carga. Muy característico del tremendismo de RD. Pero lo que dijo Cañizares, lo dijo. Y yo me pregunto si fué un cañazo de Cañizares a Rouco. ¿De parte del Vaticano, quizá? ¿O motu proprio, tal vez?

Y luego, durante su intervención en un acto progamado en un curso de verano de la universidad Juan Carlos I, el Cardenal Rouco hacía otras declaraciones que parecían matizar su bombazo. La prensa contó sumariamente la intervención del cardenal, y al final se aludía sucintamente a algo que dijo sobre la objeción de conciencia. Y poco más.

¿Fue una corrección del Cardenal, estilo "donde dije digo digo Diego"? Yo diría que no. No da esa impresión porque, de haber tenido este valor, debería haberse hecho de forma más explícita, con alguna explicación que diera un sentido suficiente a aquellas palabras tan sorprendentemente "legalistas". De todas formas, algo es algo. Y pudiera ser que esta intervención de Rouco en el curso de verano tuviera una intención correctora. Digamos.

Parloteando con unos com-padres, sin testigos, decía yo que con la agenda de este Otoño y la del próximo Verano, las cosas están para no tensar demasiado la cuerda, la híper-simpática cuerda del arpa CEE-Gobierno. Porque el Papa viene a España, y - Dios mediante - va a venir dos veces en menos de un año, en unos meses: En Noviembre a Santiago y a Barcelona, y en Agosto a Madrid. Dos viajes papales a una misma nación con un intervalo de 9 meses, es una rareza extraordinaria.

Maldita sea si se tratara de politiquear con la mala canalla nacionalista y conceder su "cuota" de Papa a Galicia (con la excusa del Jubileo Compostelano) y a Cataluña (con la aun peor excusa de la bendición/dedicación de la Sagrada Familia). Maldito sea el invento y malditos los inventores si están jugando también a costa del Papa, metiéndolo en el hediondo estercolero de los nacionalistas, nuestra vergonzosa perrera nacionalista.

Pero es lo que yo temo, precisamente, que esté detrás de la condescendecia contemporizante de Rouco y sus extrañas palabras. Viene el Papa, la cosa ya está arreglada, hasta con visita del infausto Zapatero al Vaticano y todo. Conque conviene no menear el caldero, no sea que rebose el cocimiento y nos pringuemos todos. Tengamos la fiesta en paz. Y pelillos a la mar.

¿Ha sido eso y por eso?

Al final, yo sigo sin saber qué decir. Ni de las palabritas, ni de Rouco que las dijo.

Digo que no sé porque es lo que se dice. Como Uds. podrán imaginar, sí digo. Y no se imaginan ustedes las cosas que digo (y las que no digo).


+T.

13 comentarios:

anco marcio dijo...

Su Eminencia Reverendísima ha regresado a los tiempos de mi homónimo rey de Roma. Para los romanos de la República, y éste es un gran hallazgo en la historia del pensamiento, quedaron perfectamente diferenciados; el fatum (lo que quieren los dioses); la lex (lo que quiere el Príncipe); y la justitia, lo que se contrapone a lo torcido. Los pensadores romanos pensaban que las leyes eran necesarias pero indeseables, en cuanto que representaban la voluntad del Princeps y no siempre se avenía con la idea de justitia. Por supuesto que la indiferenciación de tales conceptos es un camino claro para el talibanismo. Cristo, Nuestro Señor, lo dejó definitivamente aclarado y, desde luego, no puedo pensar en una justitia para Sus Señorías de la Carrera de San Jerónimo y otra para nosotros, los de a pie, pobres sujetos pasivos, siervos por IVA o IRPF y menos aún contraponer Ley de Dios y BOE.

Joaquín dijo...

Videtur quod lex humana non imponat homini necessitatem in foro conscientiae (S.Th. 1-2 q.96 a.4). Tales leges (iniustae) non obligant in foro conscientiae: nisi propter vitandum scandalum vel turbationem, propter quod etiam homo iuri suo debet cedere.

Muy distinta cosa es no castigar a quien aborta (de lo que ahora se trata), que procurar el aborto. Los gobernantes están en el primer caso, y no parece que así contravengan la ley de Dios (lo que de verdad les comprometería en conciencia).

En este mismo sentido, se han recordado las palabras de Benedicto XVI en París, a propósito del estado laico.

Pero el tema no es nada fácil. Cuando pase la depresión agosteña a lo mejor escribo algo más en mi propio blog.

Saludos, Rvrdº.

Jordi Morrós dijo...

Para Reverendo.

En la expresión del último comentario "el hediondo estercolero de los nacionalistas, nuestra vergonzosa perrera nacionalista", ¿se incluye por una casualidad al nacionalismo español, o sólo quizás a eso que pintorescamente se denomina nacionalismos periféricos?

Es tan sólo una simple duda.

Terzio dijo...

Los periféricos, los regionales, los provincianos, los dialectales.

Y, por supuesto, niego la mayor: El nacionalismo de una nación no es el caso, sería como redundar sobre la esfericidad de la esfera; el nacionalismo que digo es asunto de no-naciones con espurias pretensiones de lo que no son, por auto-falseamiento histórico-político, por injusto y desordenado ventajismo.

Sin duda.

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anco marcio dijo...

Esa distinción tan aguda de que los políticos no procuran el aborto sino que se limitan a no perseguir a quienes lo practican, no me acaba de convencer. Los poderes públicos han de procurar el fomento de los valores y, que yo sepa, la vida es el primero de los derechos, sin el cual todos los demás carecen de sentido. En España hemos pasado de un supuesto de despenalización (supuesto fáctico equivalente al del robo famélico), a considerar el aborto como una facultas agendi de la mujer sobre vida del nasciturus; y ya sabe lo que en Derecho se predica, in dubio pro vita, pro reo, pro operario, etc. Es decir, aquellos que han votado a favor de la norma en vigor, entiendo que están en una situación moral que podemos calificar, al menos, de errónea, en el mejor de los casos. Cordialmente.

Joaquín dijo...

Las palabras son siempre una trampa, hay que atender a las cosas, antes que dejarse atrapar por los embelecos semánticos.

Cuando estudiaba el derecho penal en la carrera, la máxima jurídica que más nos hacía gracia, por ser casi un trabalenguas, es que "la causa de la causa, es la causa del mal causado". Lo cual es falso, o injusto: a nadie se puede hacer cargar con todas las consecuencias de sus actos, previsibles o imprevisibles. "¿Y si Vd. no hubiera hecho tal cosa...?" ¡Qué sé yo!

Procurar un aborto es cometerlo (participar en el acto abortivo). La trampa está en el sentido de la palabra "procurar" (que es la que emplea el Código de Derecho Canónico, cuando castiga con excomunión al que "procura" un aborto).

Los políticos, en cuanto tales, no abortan (ni por acción, ni por omisión, ni por inducción). Piénsese, si llevásemos el argumento hasta el absurdo, que cualquier votante de estos partidos también estaría procurando, aunque sea de manera muy remota, a los futuros abortos que se cometan (si yo no hubiese votado al partido X... no se habría aprobado la ley Y). Argumento que pone muy contentos a los detractores del sistema (cuyas debilidades yo no niego).

Hablando de cuestiones sin respuesta, aún aguardo oír o leer qué pretenden los opositores de la ley (¿meter a todas las mujeres que abortan en la cárcel, o imponerles una multa?). Porque excomulgadas, ya lo están... (latae sententiae).

Cordialiter,

anco marcio dijo...

Muy estimado Joaquín: Ni pretendo jugar con las palabras ni sumergirme en una discusión sobre causa-efecto; dejemos a Aristóteles y vayamos a la norma. La ley es equívoca en su denominación y terminología y más el discurso político que la acompaña. Hablar de “interrupción voluntaria del embarazo” es, como poco, anfibológico. Quien juega con las palabras es el legislador y lo hace a sabiendas. ¿Se interrumpe el embarazo? ¿Se reanuda “a posteriori”?. ¿Le interrumpieron la vida a San Pablo o a San Pedro o los mataron? Sigo sin entender el salto al vacío dado entre un supuesto “despenalizador” y el del “derecho” de la mujer al aborto. Si tan claro están los supuestos, liberalícese la posibilidad de abortar hasta los nueve meses menos un día o, incluso, quitemos ese día, al fin y al cabo nadie ha entrado a definir, en esa ley, una persona sujeto de derechos (grave problema en el que se prefiere no entrar); no obstante, la mala conciencia de los legisladores, sabiendo que esa “facultas” de la mujer es, al menos, equívoca, ponen coto temporal a la misma. Ni siquiera entro en el papel del padre de la criatura, que nada tiene que decir durante la gestación; no tiene derecho a opinar sobre la suerte del nasciturus y, sin embargo, es sujeto de deberes desde el momento de su nacimiento. ¿Qué ocurre durante esos nueve meses con el padre? ¿No existe? ¿No opina? ¿No es padre? ¿Es la madre, madre antes que el padre, padre? ¿Empieza a ser padre en un determinado momento y es solo sujeto de deberes y no tiene derecho alguno? Todo es una ficción jurídica que recuerda a la Lex Cornelia relativa a los romanos hechos esclavos por el enemigo y que al fin lograban fugarse y llegar, de nuevo, vivos a Roma; primero estaban vivos; como esclavos habían dejado de ser seres humanos por tanto había muerto y, de golpe, “resucitaban” civilmente. En fin, y con todo respeto, la norma resulta, a la luz de una buena técnica legislativa, y sin entrar en aspectos éticos, manifiestamente mejorable.
Respecto a los votantes de esos partidos que, insisto, para mí y solo para mí, “favorecen”, “fomentan” o “procuran” la legislación en vigor respecto al aborto, diré, como ahora se lleva, que “se lo hagan ver” a la luz del mandamiento: No matarás. De todo corazón.

Joaquín dijo...

Estimado Anco Marcio: estoy conforme contigo en que nuestras leyes parecen haber entrado en una senda de encubrimiento o distorsión de la naturaleza de las cosas. Pero esto no es signo de relativismo (contra la común opinión), sino de que las mores del país se han separado las creencias tradicionales.

Si la ley desprecia la vida del feto es porque el pueblo, muchos jóvenes, no lo respetan. La ley transparenta las costumbres vigentes. La ley ha reconocido el derecho al aborto porque muchas embarazadas (muchas, en sentido estricto) ya estaban persuadidas de poder disponer del fruto de su vientre.

La técnica jurídica empleada no es en sí misma ni buena ni mala (el derecho está poblado de ficciones y presunciones, como bien apuntas). Si la ley se acomoda a su propósito (servir a necesidades sociales, como es la de... abortar en condiciones sanitarias seguras), la ley será buena.

Pero en perspectiva axiológica, valorativa, la ley será perversa,corruptio legis, confrontada con la Ley de Dios. El problema es que muchos se han separado en vida, creencias y costumbres, de esta Ley de Dios. La pregunta entonces es si en un estado laico (como el francés), de "laicidad positiva", la ley ha de subordinarse a la Ley de Dios, o más bien a las convicciones generales del país, y a su estado y clima moral y de virtudes.

La cuestión era las palabras del cardenal Rouco. No tendrían sentido en un país cristiano, en que "reinase Cristo". En un estado laico, cobran más sentido. La obediciencia del político a la ley del aborto, ¿puede cohonestarse con la moral tradicional? En mi opinión sí, con argumentos del mismo Santo Tomás.

Abortar contraviene la Ley de Dios (y por eso es muy natural que la ley reconozca la objeción de conciencia del personal sanitario), pero tolerar que otros aborten, tal vez sea uno de esos males a los que se deba ceder, como dice el Aquinate, para no provocar desorden o escándalo. La cuestión está abierta.

anco marcio dijo...

Estimado Joaquín: has entrado en un tema, para mí, especialmente querido: el cambio social. Estoy de acuerdo contigo en que se han producido cambios extraordinarios en la estructura social española, sobre todo a partir de la década de los sesenta, pues no hay que ver el cambio como un fenómeno que se produce a corto plazo.
El crecimiento y el desarrollo económicos de España, a partir esa década logran una secularización (“desacralización”) de determinados espacios; este hecho se generaliza a partir de entonces y hoy alcanza a la mayoría de los ámbitos sociales. Así, la religión en España se limita a la ser hoy “pastora de las conciencias”, es decir pasa a ser una opción personal y no social, pasa a ser un fenómeno “privado”.

Con la desacralización, la religión pierde ese papel de constructora de un mundo obligatorio para todos. La religión ha dejado de ser la fuente única de legitimación de las conductas sociales, convirtiéndose en fuente de justificación de conductas estrictamente privadas. Es decir, las sanciones religiosas no cuentan ya con la aceptación universal, cada ser humano puede adoptar una actitud diferente y en ello se encuentra una de las marcas diferenciadoras de sociedad: la falta de acuerdo, ex ante, sobre los principios y creencias. Estoy hablando siempre en términos sociológicos.

La desaparición de ese monopolio legitimador de conductas sociales, conlleva el advenimiento de nuevas formas de entender la realidad moral y social. Este fenómeno se traduce en el nacimiento de una variedad de teorías que intentan explicar la realidad “transcendente” o simplemente ética, y de dotar de coherencia la realidad social.

Estoy de acuerdo contigo en que la pertenencia o la prestación de una determinada “fidelidad” a la religión católica o la participación de sus dogmas, devienen en la pertenencia a una minoría, si no sociológica, sí practicante, dentro de la pluralidad social; tales creencias han dejado de ser compartidas por todos. A este cambio social, en España, se ha unido un cambio cultural.

No obstante, toda sociedad descansa sobre un andamiaje mitológico que aporta ideas aglutinantes. El mito, en sentido sociológico, explica el origen de las cosas, justifica que sean como son y permite esperar que mejoren en el futuro. El mito hace que los hombres quieran hacer lo que “tienen que hacer”. En este sentido, culpo a los legisladores de servir al derribo de cuantos valores han dado coherencia a nuestra sociedad. Piensa que las creencias religiosas fraguan sobre unos “valores” preexistentes en las sociedades en las que triunfan. Cuando Moisés declara al pueblo de Israel el ilícito del homicidio o del adulterio, ya había en aquella sociedad un valor entendido anterior en el que se condenaban ambas conductas. Lo que interesa sociológicamente del mito social no es su veracidad sino su “creencia”.
Pero no nos equivoquemos y comparto tu idea: no es la religión católica la que fundamenta la “cultura “española; la religión lo que consigue es sacralizar, y por tanto, dotar de una mayor eficacia, a aquellos “mores” preexistentes. Con todo, permíteme que siga opinando que, para un cristiano, y yo lo pretendo ser, la ley del aborto es un error grave al que, unos por acción y otros por omisión, nos arrojan. Y es un error por cuanto “relativiza” valores que deben conformar esos pilares indiscutidos e indiscutible y que dotan de coherencia la vida.
Perdón por lo extenso y tedioso de mi respuesta. Con toda cordialidad.

San Isidoro dijo...

A mí es que hablar de valores me da tirria y me recuerda a Marx, Groucho.

Joaquín la cuestión que tú planteas, eso de que el Derecho regula las costumbres que existen, se la he escuchado a muchas personas relacionadas con el derecho, por lo que, me da a mí (aunque es un exceso deductivo) que es un defecto formativo. Espero que socialmente, no se introduzca la costumbre de apalear a los que escriben en los blogs y que, los legisladores, regulen este derecho, por ejemplo, a que se realice martes y jueves.

Una vez dicho esto, ¿por qué no hablamos de ley natural? La conciencia puede errar, la sindéresis no. En el momento que hablamos de bien y mal, ya estamos diciendo mucho. Estamos admitiendo de hecho que existen.

Finalmente, eso de tolerar el aborto para evitar el escándalo, ascendiendo al mismo Santo Tomás, es excesivo, precisamente porque Santo Tomás escribe que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Aplicando el mismo razonamiento, estaríamos legitimando de hecho la Alemania nazi o la Rusia comunista.

Jordi Morrós dijo...

Escribo sólo para felicitar a "anco marcio" y a "Joaquín" por sus reflexiones jurídicas y axiológicas sobre el aborto en nuestra sociedad.

Opino que el fondo del asunto de la actual legislación sobre el aborto es precisamente haber llegado a considerarlo un derecho exclusivo de la mujer, saltándose por en medio y a la torera cualquier prevención sobre un mínimo respeto a la vida y sobre el hecho innegable de que si hay una mujer embarazada ha habido por allí algún varón que algo ha tenido que ver en el asunto.

De la despenalización del año 1985 hasta la actual barra libre (y en mi opinión llena de irresponsabilidad social) hay un camino largo y que sería susceptible de matices.

Joaquín dijo...

A lo peor resulta que no es posible hallar en Santo Tomás una respuesta unívoca y convincente ad casum, sino sólo principios (lo que ya es mucho).

Por mi parte, conociendo la pobreza y miseria del derecho, estoy convencido de que la solución a este problema es educar, no legislar. Esto es, enseñar (cuando sea posible), antes que multar o excomulgar a las abortistas y médicos.

San Isidoro dijo...

Joaquín, yo pienso que Santo Tomás es claro en la Suma, cuando habla de la desobediencia a las leyes injustas.

Respecto al último punto, no creo que sea un cuestión del derecho, sino más bien un defecto metafísico y lógico. La cuestión última que se dirime es si el hombre es hombre desde su concepción. Y es la ciencia biológica la que responde afirmativamente, la que dice que la unión de los gametos femeninos y masculinos da como resultado un individuo humano con su propio idiotropion.

En este caso en particular, el derecho ha retrocedido hasta el paganismo, donde el nacimiento y la supervivencia del recien nacido dependía de la patria potestas, sin que exista por otro lado, la figura del curator ventris.

Es un defecto metafísico de un mundo que rechaza las esencias o naturalezas.