viernes, 20 de noviembre de 2009

Los bien nacidos somos agradecidos


No recuerdo bien cuántos años tendría la primera vez que fuí con mi padre y mi madre a la Misa de los Caídos, pero sí me acuerdo de que fue una especie de "entrada en sociedad", eso de dejar a los hermanos en casa con las tias, y ponerse compuesto para ir a Misa con papá y con mamá y la plana mayor de la Villa: Alcalde y Concejo Municipal, Juez de Paz, Comandante de Puesto de la Guardia Civil, Presidenta local de la Sección Femenina (el presidente del Movimiento era el alcalde, uno y el mismo sin solución de personalidad), el cabo de la Guardia Municipal, y todo el que era algo en el pueblo.

Mi padre, por supuesto. Por varios y honrosos conceptos personales y familiares. Y por tanta metralla como llevaba en el cuerpo, más que ninguno. Para la ocasión se ponía camisa azul, corbata negra, y brazalete. Y mi madre, lo mismo, guapísima, parece que la estoy viendo. En la única foto que tengo de uno de aquellos días, mi madre lleva a mi hermano de la mano y va de luto por mis abuelos; la foto debe ser de Noviembre del '69, calculo. Nos la hiceron a la salida de Misa, camino de la Plazoleta de los Caídos, donde estaba el monumento con la Cruz.

En mi pueblo la Cruz no se adosó al muro de la Iglesia, sino que se puso en medio de una placita preciosa, rodeada de arriates y naranjos. No la han quitado, sigue allí, una maciza cruz de mármol blanco en el centro de la plazoleta. Pero sí retiraron las cuatro lápidas del pedestal, que llevaban los nombres de los Caídos del pueblo. La Cruz, sin su pedestal original, quedó más baja, casi tocando el suelo. Pero allí sigue.

Después de la Misa, se iba a la Cruz de los Caídos, a poner la corona de laurel con las cinco rosas atadas con un lazo con los colores de la bandera y otro azul y grana. La corona la ponían la Presidenta de la Sección Femenina, Patrito Alvar, y el Alcalde, Jesús Perea, que llevaba de alcalde desde el año '45. Cuando dejaban la corona al pié de la Cruz, se cantaba el Cara al Sol, con el brazo en alto. Y la mención de los Caídos con el ¡Presentes! y la triple aclamación de España con el ¡Arriba! y el ¡Viva! Con seis o siete años aquello era algo impresionante, yo un chiquillo con el abrigo puesto y la mano metida en el bolsillo de la gabardina de mi padre. Inolvidable.

Tampoco olvidaré que fueron mi padre y mi madre quienes presidieron la representación oficial de mi pueblo en el funeral de Franco, en el Valle. Fueron ellos dos, con Antoñito Naránjo, Antonio Castaño y Manolo Naranjo. Mi madre se trajo claveles de una de las coronas, para repartirlos entre las amistades, y una cinta roja y gualda de otra de las coronas. Sólo con el tiempo fuí cayendo en cuenta de que los principales (el alcalde y el juez y el secretario y demás oficiales del municipio) no fueron a los funerales. Mi madre decía que no se atrevían, por miedo; mi padre pensaba algo más duro, con más acierto.

De aquellos días de Noviembre del '75 lo que más recuerdo son las vacaciones que tuvimos, entre el funeral de Franco y la proclamación del Rey, más de dos semanas que casi juntaron Noviembre con Navidad. Los días que pasaron mis padres en Madrid nos quedamos con mis tías, despreocupados y felices con aquellas vacaciones inesperadas.

Al año siguiente ya no hubo Misa del día de los Caídos. Mi padre enfermó gravemente en Julio y cuando llegó el 20 de Noviembre, mi madre me avisó: Que no faltes a Misa, que tu padre este año ya no puede estar. Yo estaba en Sevilla, en el Instituto, y aquella tarde fuí a Misa a la parroquia del Corpus Christi, fría como un panteón de mármol. Celebró la Misa don Rafael Escalante, el párroco, y estábamos unas cincuenta o sesenta personas. Reconocí a algunos militares jubilados, con su bigotito estrecho y su inconfundible pose; algunos eran amigos de mi padre, pero me puse en los bancos de detrás, para no tener que saludar.

Tampoco hubo nada más. Durante algunos años, los restos del naufragio, falangistas divididos y dispersos, se iban a la Cruz del muro del Alcázar, para cantar el Cara al Sol y los ¡Arriba! Pero ya no era lo mismo.

Pocos años después desapareció la Cruz. La arrancaron y la tiraron en uno de los vertederos donde descargaban los camiones de basuras. Unos jóvenes entusiastas la rastrearon, la recuperaron y la depositaron en el Convento de San Buenaventura. No sé qué habrá sido de ella.

Yo sigo con la Misa, lo que me queda de aquel 20 de Noviembre que conocí de niño. Mantengo la devoción por mis padres, por mi familia, por ellos y por otros que sintieron y amaron lo que ellos, con fidelidad hasta el fin.

Guardo con celo su recuerdo, tan digno, tan memorable, para mí tan querido: Nombres, personas, signos, símbolos; Historia grande de las cosas que pasaron y la pequeña historia de estas otras cosas pequeñas que me gusta recordar y contarme porque son tan mías como mi memoria.

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