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sábado, 24 de noviembre de 2018

Su Reino no es de este mundo


Esta mañana se ha celebrado en nuestra parroquia el bautismo de un niño; por expreso deseo de sus padres se ha realizado según el rito bautismal antiguo, el tradicional, que comienza con esta pregunta del sacerdote:

- '¿Qué traéis, hombre o mujer?'

En la mente del autor del rito litúrgico, siglos ha, nunca pudo imaginarse que tan simple cuestión sería juzgada algún día como un desafío a leyes que negarían esa elemental y natural distinción, que define, por obra de Dios y ante su Iglesia, la identidad de una persona, y en el momento de recibir la Gracia para la vida eterna.

En un instante, el rito ancestral, claro en su requisito de precisar, ab initio, el ser individual del baptizando nos confronta, sin querer, pero de hecho, con nuestro mundo, nuestra sociedad y sus circunstancias, en cuanto contradicen y niegan la realidad natural, esencial según el antiguo principio escolástico 'Gratia supponit naturam' y el tomista 'Gratia non tollit naturam, sed perficit'.

Adoleciendo, desde hace medio siglo, de claridad conceptual, esencial en doctrina y rito, la Iglesia del tercer milenio se enfrenta sin la solidez necesaria a la delicuescencia cultural-moral del siglo.

La convicción de que somos de un Reino que no es de este mundo (Jn 18,36), se impone como una obligada seña para el católico consciente. Un signo que exige una consecuente militancia, resistente y activa.

Volumus regnare Christum!


+T.

jueves, 13 de abril de 2017

Monumentos


Hermana Esperanza, la superiora del Convento de las Hermanas de la Cruz, del que yo era entonces capellán, me decía que ella prefería los Oficios del Jueves Santo temprano, para disfrutar más de la tarde ante el Monumento. La capilla tenía detrás un patio con naranjos, todos abiertos en azahar, y arriates con rosales y alhelíes, y macetas de claveles. Con el incienso de la liturgia y las flores del patio, la capilla olía a rinconcito de la Gloría. Y, como en otro Tabor, allí se estaba bien, y se hacía suave la oración y dulce la adoración, aunque el Monumento contuviera la Presencia de la Pasión, con sacrificio. Y el misterio inmenso del Amor de Dios Sacramentado.

Después de treinta y pico años de celebrante del Jueves Santo, en cada Monumento que recuerdo veo lo mismo, los mismos olores, los mismos cirios encendidos, los mismos sonidos, las mismas horas, incluso el sueño y las cabezadas somnolientas de los fieles adorantes, que son como un eco heredado de Getsemaní, presente en todos los Monumentos, todos los Jueves Santos.

Todo porque es el mismo Señor en cada Monumento, y se repiten los signos del memorial de su Sacrificio y el deseo de su Comunión.

Y yo quisiera lo que rezan aquellas oraciones antiguas: Adorarle en cada Monumento, ofrecerme, consagrarme, rezando por todos y por todo, para que los hombres crean, amen y esperen al Cristo que les amó hasta el extremo. Para que el mundo no desprecie la Sangre derramada por su salvación.

...Y como a la Hermana Esperanza de la Cruz, cada Monumento, cada Jueves Santo, se me hace tan corto, tan breve...



+T.

sábado, 11 de junio de 2016

Mes del Corazon de Jesus


Al terminar la Santa Misa se reza una breve Letanía de Confianza al Corazón de Jesús. Y después una copla, una canción devota, de las de antes, de esas que aprende uno de chico en casa, oyéndolas cantar a tu madre:

https://twitter.com/i/videos/tweet/738822701620563968

El acto es sencillo, un rezo breve, el cura con los fieles y el Corazón en el centro, en el Sagrario, en el Altar, en su Imagen. Así, todos los días del mes.

Y en nuestros corazones, siempre.

Amén.

+T.

jueves, 24 de marzo de 2016

Los que preparan

 
El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: '¿Dónde quieres que te preparemos la cena pascual?'. Él respondió: «Id a la ciudad, a la casa de tal persona, y decidle: “El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”. Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Mt 26, 17ss

La escena, como un episodio redivivo, se repite todos los años. Son otros discípulos, pero cumplen el mismo oficio que los originales, hombres temerosos de Dios y mujeres piadosas que preparan en nuestras parroquias, en nuestras iglesias, las cosas de la Pascua del Señor.

No son gente cualquiera, son gente escogida, como los primeros discípulos, de la confianza del Señor. No son perfectos, pero son eficaces, acuden, sirven, prestan, están a la hora en que se les necesita, todo el tiempo que sea necesario, incluso saben ya lo que se va a necesitar y lo prevén, lo preparan.

Poner los cirios en sus candeleros, el adorno de las flores, lavar, planchar, colocar manteles y lienzos sagrados, preparar el altar, los libros, las sillas, los bancos, las luces. Las cosas para la celebración del Misterio de la Salvación.

Parece poco, pero es mucho: Es eterno.

...y son obras que se pagarán en la Eternidad por el Amo a Quien sirvieron, el Señor a Quien se ofrecieron.


p. s. Hace un rato, en nuestra Parroquia, acababan de poner el Monumento, con la monumentalidad de su fe muy viva, muy servicial.

+T.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El Triunfo de Javier


Nuestra Parroquia de San Francisco, cuando me hice cargo de ella, no tenía una imagen digna del Santo Titular, En cuanto pude, me procuré una, preciosa y digna. Además, hace año y medio, compré muy barato (fue providencial, creo yo) un viejo y bonito cuadro representando la muerte de Javier. Debe ser de del XVII-XVIII, no sé decir si bávaro o napolitano. Es muy 'jesuitón', pues representa propiamente la estampa de la muerte de Javier muy difundida por la Compañía de Jesús:

El Santo Javier agoniza bajo un pobre chozo, tendido sobre un montoncillo de heno, rígido, con los ojos muy vivos vueltos al Cielo; tiene un crucifijo en la mano derecha, y la izquierda abierta sobre el pecho; de la sotana desabrochada sale una llamarada. A su derredor hay un libro abierto, un pequeño icono de la Mater Dolorosa, un rosario y una calabaza. En el ángulo derecho, entre las olas, a toda vela, está la nave en la que Javier ya nunca embarcará. Sobre el Santo, cinco Querubines miran el tránsito del misionero, abriendo los Cielos que le esperan.

El chozajo y la paja recuerdan el pesebre de Belén. Los ojos mirando a lo alto y la imagen de la Virgen Dolorosa parecen un eco del Calvario. El velero, un alegoría de las venturas y desventuras del mundo.

A las puertas de China, con el ansia insatisfecha del misionero, lejos de todo y todos, también del capitán Ignacio, bajo cuya guía profesó con los otros primeros socios, un día de la Asunción en Montmartre, dieciocho años hacía, con cuarenta y seis años intensamente entregados, estragado, cansado, tantas veces frustrado por los hombres y animado sólo por Dios, el Señor que impone su providencia al impaciente Javier.


Estos cuadros hagiográficos son una estampa para el arte, un medio para la piedad y un motivo para el examen espiritual. Si se le quiere decir 'triunfo' sólo lo es desde el paradigma de la Cruz. Según esta clave sí es victoria. Según el mundo, no, por mucho que se pinten querubines para adornar un gran fracaso.

Con esta escena javieriana he estado esta tarde dando vueltas a unos papeles con un cuestionario de evaluación de la parroquia según el esquema del análisis DAFO, un método para análisis de empresas. Con buena intención - supongo - se pretende que sigamos las pautas del DAFO y las apliquemos a la parroquia, el arciprestazgo, la diócesis. Me pregunto si también a la Iglesia Santa y Católica.

¿Analizar lo divino con metros tan humanos como los que se usan para calibrar empresas?

¿Hemos perdido la conciencia de la esencia y sobrenaturaleza de nuestro negocio, de nuestra empresa?

Me refiero, claro, al negocio y la empresa de Javier.


+T.

viernes, 5 de junio de 2015

En su Presencia


En las noches de vigilia de Adoración Nocturna me acostumbré a adorar (a orar, a rezar) desde lejos. Lejos es la distancia desde el confesonario, donde estoy yo, al altar de la capilla del Sagrario, donde está expuesto Él, unos metros, diez o quince, con la nave de la iglesia por medio, en transversal, a la mitad justa de la planta del templo.

Donde yo estoy está oscuro, sólo con la bombillita de dentro confesonario, encendida para poder rezar el breviario o algunos libros piadosos para sostener la oración, la meditación. Muchas veces, cuando levanto la vista del libro, al mirar en dirección a la Custodia, el altar iluminado frente a mí, con la oscuridad de la nave separando la distancia, causa una especie de efecto túnel; otras veces me parece el efecto de un escenario iluminado en una gran sala oscura. La mirada, en todo caso, siempre queda atrapada por la luz, a la que tiende irresistiblemente, imperceptiblemente, como imantada por la luz atrayente, suavemente fascinante. El centro de esa luz, esas noches, es Él manifestándose en la Hostia Sagrada, un punto, una pequeña figura redonda, distante, blanca bajo el cristal del viril, entre las puntas temblorosas de las llamas de los candeleros encendidos.

Yo estoy en mi oscuridad, sentado en el confesonario, rezando, meditando, oyendo al fondo los rezos a dos coros de los adoradores. No estoy en el primer plano de la luz. Me he quedado como una de esas figuras secundarias que pintan los pintores en los ángulos, en los fondos de los grandes cuadros con grandes escenas de gloria, teofanías, apariciones, éxtasis...Siempre hay algún figurante menor, no un santo, ni un ángel, sino algún frailuco, uno que estaba sin que se notara, un pobre, una vieja, un niño, alguien o algo que está en el cuadro para rellenar espacio, para completar la escena; lo mismo hubiera valido en vez suya poner una tinaja, o una maceta, o una piedra, o un perro. O a mí, yo mismo en el rincón de sombra.


En mi oscuridad, sin estar en la escena mayor, dentro de la capilla, sin que se note. Pero de lejos, veo; en la penumbra, adoro; en el silencio, rezo. Lo mejor es que estoy y no se me ve. Y no hace falta que nadie me vea. Sólo Él, que en su luz me ve a mi, en lo oscuro.

Una noche me di cuenta de que aquella distante luz del Sacramento también me alumbraba a mí, desde lejos, suavemente: Si miraban desde el Sagrario, cuando el ojo se hacía a la gradación de la luz, desde la capilla iluminada a la nave oscura, al fondo, en el muro de enfrente, el confesonario conmigo dentro, también recibía, recogía, un rebajado resplandor, una penumbra luminosa.

Es mi consuelo. Verme así. Sabiéndome en el espacio de su luz, en su sombra radiante, presenciándole creído, amado, deseado, alabado, adorado.

O quam bonus est nos hic esse !!!




+T.

miércoles, 16 de abril de 2014

Verónicas



La tradición del retrato milagroso ('ajeiropoietos'=no hecho por mano humana) de Cristo es común a Oriente y Occidente, pero con algunas diferencias, que identifican dos tradiciones (o dos fuentes) coincidentes en lo esencial y distintas en sus pormenores.

Lo esencial es el mismo rostro de Cristo, la Santa Faz del Señor, con esos rasgos que la iconografía cristiana describe como 'siríacos': Frente alta, cabellera larga, barba en punta bífida, que serían una especie de mínimo básico coincidente que se repite en las más antiguas iconografías cristológicas orientales, dependientes de un modelo real que podríamos decir 'histórico'.


La tradición, sin embargo, difiere en cuanto a la datación de la procedencia: Una atribuye el retrato ajeiropoietos de Cristo a la tradición milagrosa del mandylion del Rey Abgar de Edesa, y la otra relata la escena del paño/velo de la Verónica, la VIª estación del Via-Crucis.

La tradición del mandylion de Edesa conduce al estudio apasionante de los apócrifos, la crisis iconoclasta y, más recientemente, la supuesta identificación del mandylion con la Santa Síndone y las vicisitudes de la reliquia custodiada por los Templarios (teoría bastante bien documentada por la historiadora Bárbara Frale, pero difícilmente probable más allá de los supuestos con los que trabaja). Valga decir, resumiendo, que la Santa Faz del Mandylion es uno de los modelos-tipos iconográficos más reproducidos y venerados en la tradición iconográfica greco-bizantina y de la Rusia Ortodoxa.



En Occidente, sin embargo, se mantiene desde el medievo la iconografía de la Santa Faz según la tradición de la Verónica. La erudición sumaria del revisionismo criticista despachó el tema como una fabulación piadosa desde la misma palabra, según la muy improbable conjunción del término latino 'vera' con el griego 'ikon'. Pero la tradición piadosa más extendida habla de una mujer real, discípula de Cristo, una tal Berenice (la hemorroísa de Mt 9,18-26 y pp , precisan algunas fuentes), que, en mitad de la Via Dolorosa, enjugó con su velo el rostro herido de Cristo, cuya Santa Faz quedó impresa en el paño de la piadosa mujer.

Si los varios ejemplares existentes del Mandylion se explicaban por el 'tetradyplon' (cuatro pliegues), también la veneración de varias reliquias de la Verónica se justificaba por los tres (o más?) dobleces del velo donde quedó impresa la Faz del Señor. Coincidencias de las fuentes, otra vez.

En el arte español se han representado las dos tradiciones, si bien la leyenda del Rey Abgaro desaparece como tema poco a poco, extinguiéndose postreramente con la retablística tardogótica del siglo XV-XVI. No así la iconografía de la Verónica, que sigue floreciendo como sub-tema pasionista durante el renacimiento y el barroco, llegando hasta nuestros días.

En Sevilla, la Hermandad del Valle estrena cada año un paño de la Verónica nuevo, pintado por algún reconocido artista de la ciudad (ver la colección).

Para el Monumento del Jueves Santo de mi Parroquia, me pintaron uno el año pasado, y este año otro, los dos preciosos (el de 2013 muy zurbaranesco, el de este año más roldanesco).

Los ha pintado una 'verónica', una artista, una mujer piadosa.

Para Uds. para ella y para mí pido lo que devotamente se ruega en el Via-Crucis: Que el Divino Rostro, el rostro de su pasión, se plasme en nuestras almas con gracia indeleble.




+T


viernes, 11 de abril de 2014

Cor Iesu Rex et centrum

Imagen del Corazón de Jesús en el taller del escultor-autor Javier López del Espino

Nuestra parroquia es discreta, humilde. Tuvo años mejores, pero la erección de una nueva parroquia vecina a costa de sus límites originales, le supuso perder una zona residencial, con mayores recursos humanos y materiales. Así quedó reducida a sus límites actuales, en la periferia de Sevilla, circunscrita en un barrio envejecido, con muchos jubilados y familias sufriendo el impacto de la crisis con la resignada dignidad de quienes soportan sin quejarse y lloran sin lágrimas.

El templo es moderno, bendecido en 1973, según cánones estético-estilísticos de la arquitectura religiosa post-conciliar. Tiene una planta quasi circular, sin pilares, iluminada por una claraboya sobre el presbiterio, unas vidrieras simuladas (no hubo presupuesto para hacer unas de diseño) y unas lámparas de hierro forjado, grandes y pesadas, con instalación eléctrica. Salvo un crucifijo tamaño académico sobre un enorme altar octogonal que ocupaba todo el presbiterio, en el templo parroquial no teníamos imágenes devocionales, detalle que a ninguno de los párrocos anteriores pareció preocuparles. A mí, desde que llegué a la parroquia, sí me preocupaba, aunque apenas contaba con medios para adquirir alguna imagen que sirviera para el culto y la devoción.

Hace ya dos años, decidí eliminar el descomunal altar octogonal y sustituirlo por otro de mármol, con Sagrario y dos tramos de balaustradas para facilitar la comunión de rodillas. Aquel mismo año, unos amigos míos regalaron una imagen de vestir, pequeña, decimonónica, muy bonita, de la Virgen del Carmen, para el altar del Sagrario. Luego, con los ahorros de colectas y algunos donativos, pude encargar la talla de San Francisco Javier, nuestro titular. Finalmente, a fines del verano pasado, me propusieron la donación de una escultura del Corazón de Jesús.

Al principio pensé que se referían a una imagen pequeña, de escayola o pasta de madera, de las que se fabrican en serie y se venden en las tiendas de artículos religiosos. Pero los donantes me sorprendieron: -'No, nosotros queremos una imagen de tamaño natural, tallada y policromada.', dijeron.

No sabían - pensé yo - en lo que se metían, porque una imagen tallada y policromada cuesta mucho, vale muy cara, carísima. Falló un primer tanteo a una escultora (muy buena) que les recomendé, y se buscaron otro imaginero con quien finalmente acordaron la factura de la imagen del Corazón de Jesús, en cedro, estofado en oro y policromado.

Después de algún titubeo de la donante, que tenía en mente una muy concreta imagen del Corazón de Jesús, de la que es devota, por fín esta mañana ha entregado el escultor la esperada imagen.

La figura de Cristo, de tamaño natural, mide poco más de dos metros, midiendo desde el plinto de la base. No sigue el modelo decimonónico, tan criticado, de formato goticista y rasgos dulzones (amanerados, dicen algunos) de aquel tipo de representación cordijesusista que proliferó y con la que algunos identifican equivocadamente la devoción al Sagrado Corazón. La imagen que nos han donado, al contrario, sigue el estilo barroco-imaginero de la escuela andaluza de escultura-imaginería: Es un Cristo moreno, con cabellera bien tallada, barba en punta bífida, las cejas y el ceño muy marcados, los ojos grandes, expresivos, la boca entreabierta, vestido con túnica ceñida por un cordón, abierta al lado derecho del busto, mostrando el pecho con la herida de la lanza y el corazón ardiente en el centro; en plano muy frontal, estante, la postura de las piernas, en contraposto, marca una cierta inclinación-movimiento remarcado por la distinta elevación de los brazos y la apertura de las manos (unas manos grandes, de carpintero, con las marcas de los clavos en el centro), los pies asoman por debajo de la orla de la vestimenta. Podría valer perfectamente para imaginar la escena de la ostensión y el tacto de las llagas del evangelio de la aparición a Stº.Tomás.

Detalle de cabeza y busto


Naturalmente, ha habido comentarios, según el gusto y el parecer crítico de cada uno:

- Parece que tiene cara como de crucificado, dijo alguien. - Es que fue crucificado, le dije yo.

- Parece que tiene los ojos como llorosos, dijo otro. - Es que lloró mucho por nosotros, por ti y por mí, le dije yo.

Es una imagen - pienso yo - muy bella, digna para el culto, una representación del Corazón de Jesús según el estilo de la imaginería andaluza del momento, que subraya rasgos y expresiones, siempre con una impronta pasionista en el fondo, algo, justamente, que conviene y es congruente con la espiritualidad y la devoción del Sagrado Corazón.


En privado, ante los donantes, el escultor y unos cuantos colaboradores de la parroquia, bendije la imagen, a la espera de concertar con el Obispo la bendición-entronización solemne, Dios mediante, en el centro del altar mayor de nuestra iglesia, sobre el tabernáculo del Sagrario, centrándolo todo, con majestad, soberano, atrayendo hacia Él a todos los cansados y agobiados, derramando misericordia.

Yo doy gracias a Dios y a la familia donante. Entre las promesas del Corazón de Jesús, una de ellas dice: 'Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.'

Yo le ruego, por su Corazón de misericordia inagotable, que nos lo conceda a todos, muy especialmente a quienes han participado en esta obra de propagación de su culto, donantes, artista y lo que le quepa en todo esto al pobre cura.

Corazón de Jesús encendido en nuestro amor, enciende en tu amor nuestros corazones!

Cor Iesu, Rex et centrum ómnium cordium, per adventu Regni Tui, dona nobis pacem !

¡¡¡Viva su Corazón por siempre!!!

Ex Voto

+T.



lunes, 3 de diciembre de 2012

Celebrando a Javier


 
 
 
Del epistolario de San Francisco Javier:

"...aunque toda fe, esperanza, confianza sea don de Dios, dala el Señor a quien le place; pero comúnmente a los que se esfuerzan, venciéndose a sí mismos, tomando medios para ello"

...   ...   ...

"...si estudiasen en la cuenta que Dios nuestro Señor les demandará de ellas, y el talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro en sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: “Señor, aquí estoy, ¿qué quieres que yo haga? Envíame donde quieras"

...   ...   ...

"...todos estos peligros y trabajos, voluntariamente tomados por solo amor y servicio de Dios nuestro Señor, son tesoros abundantes de grandes consolaciones espirituales…"


Fue un hombre de ánimo enardecido, todo movido por Cristo y su causa, entregado al Señor con todas sus potencias. En las cartas que escribió desde el lejano oriente, su impaciente corazón estalla en fervores, chispazos de un alma arrebatada que contagia el ansia por el Evangelio en que se consumió, enteramente, trabajando por la gloria de Dios.

En nuestra parroquia no había una imagen de San Francisco Javier, el titular, salvo una extraña escultura colocada en el atrio/entrada, un monigote de cemento pintado simulando bronce oxidado, una estatua no-devota, de ese estilo minimalista post-conciliar-montiniano que se impuso en los años '70 como una traducción estética de las innovaciones marcadas por la espiritualidad del momento.

Este curso pasado, el párroco encargó una imagen piadosa del Santo a la escultora imaginera Encarnación Hurtado, que ha logrado una expresiva obra, muy adecuada para el culto. Representa a Javier en figura de misionero, durante los años de su predicación en Oriente, enjuto y ascético, arrobado y extático mirando a la Cruz, como sorprendido y raptado por la fuerza del Signo de la Salvación, durante uno de sus sermones.

También ha compuesto un breve himno, con letra y música pegadizas, para que la gente lo aprenda y lo cante; por lo menos, esa es la intención del cura.


Himno:

Misionero de Cristo y su Iglesia,
buscando incansable la gloria de Dios,
desde España llevó hasta el Oriente
-¡Divino Impaciente!- la Cruz del Señor.

Predicaba con celo ferviente
el nombre sagrado de Cristo Jesús,
en su pecho un corazón ardiente
-¡Divino Impaciente!- que a Oriente dio luz.

San Francisco Javier te rogamos
nos alcances de Cristo el Señor
la salud para los enfermos
y para las almas la gracia de Dios. (bis)



Orémus
Deus, qui Indiarum Gentes beati Francisci praedicatione et miraculis Ecclesiae tuae aggregare voluisti: concede propitius; ut cuius gloriosa merita veneramur, virtutum quoque imitemur exempla.
Per Dóminum nostrum Iesum Christum, Filium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum.
Amen.

+T.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Lo que se da a Dios

En el clásico 'Jerusalén en tiempos de Jesús' de Joaquim Jeremias aparecen algunos datos sobre la magnificencia del Templo re-edificado por Herodes el Grande. Se cuenta la opulencia de los Príncipes de Adiabene, prosélitos devotos, que dejaban espléndidas ofrendas cada vez que visitaban Jerusalén. Se recuerda también algunos exornos magníficos, como un emparrado todo de oro del que los fieles iban colgando como ofrenda hojas, sarmientos y racimos de oro comprados en las tiendas de los orfebres y joyeros de Jerusalén, famosos por la belleza de sus artesanías.

La escena del óbolo de la viuda transcurre en el Gazofilacio del Templo de Jerusalén. El texto del Evangelio (Mc 12, 41 ss.//Lc. 21. 1-4) dice que la pobre viuda echó en el arca de las ofrendas dos moneditas ínfimas. Pero el Señor ponderó la entrega de la viuda, que no daba de lo que le sobraba, sino que puso en el cepillo todo lo que tenía.

El valor de lo que se da a Dios es relativo, vale según las circunstancias de cada cual, y, así, lo mucho que da un magnate es poco comparado con sus bienes, en cambio lo poco que da un pobre es mucho porque es casi todo lo que posee. Pero, ampliando la compresión de este pasaje del Evangelio, hay que entender que se puede referir igualmente a otra clase de donaciones, no sólo las de dinero. Por ejemplo, el que disponiendo de poco tiempo dedica a Dios unos pocos minutos de ese tiempo ofrenda más, relativamente, que otro que tenga disponibles para el culto y la oración las 24 horas del día y dedique a ello dos, o tres, o cuatro horas. Salva siempre la intención recta y la intensa voluntad, las posibilidades de un caso respecto a otro pueden revalorizar un acto pequeño y desmerecer otro aparentemente mayor.

Aplicando ese sentido moral del texto a nuestra interioridad espiritual, tendremos que valorar por encima de las muchas acciones buenas que practicamos sin esfuerzo aquellas otras acciones pequeñas, incluso mínimas, que nos suponen especial esfuerzo, disciplina, vencimiento. Así, si uno es generoso por naturaleza de carácter y da limosna abundante sin fatiga, pero, sin embargo, es perezoso y negligente a la hora de cumplir sus obligaciones, un pequeño acto de diligencia y aplicación atenta puede tener más mérito en cuanto virtud que una buena limosna entregada sin particular esfuerzo (sin que quiera decir con esto que un acto pueda sustituir al otro y evitemos la limosna escogiendo a cambio practicar otra acción ascética). Se trata del valor intrínseco de nuestros actos, que pueden ser de mejor calidad y mérito aunque sean extrínsecamente mayores cuantitativamente.

In conspectu Domini, nunca lo olvidemos: Todas nuestras acciones suceden en presencia de Dios, que es quien las sopesa y juzga, como Cristo valoró el óbolo de la viuda en el Gazofilacio.


Otra reflexión más: Es la ley de la Caridad la que, finalmente, avalora nuestros actos meritorios, según el Amor de Dios con que los hagamos y según el amor al prójimo con que los practiquemos. Siempre con esta secuencia, primero el amor de Dios, luego, como su consecuencia, el amor al prójimo. Por eso se pedían (antes, antiguamente) las limosnas 'por amor de Dios', y se respondía al donante "-Que Dios se lo pague". Una simple pero cristiana y precisa comprensión del pedir y el dar, según la regla de la caridad.

Esta mañana, predicando el Evangelio del óbolo de la viuda, recordé mis primeros ejercicios espirituales, tendría yo unos 10 años, una Cuaresma en la que nos llevaron a hacer unos días de retiro a todos los alumnos del instituto de bachillerato, sería el año 1970, ó el 71. El cura, en una de las meditaciones, nos relató un cuento de Rabindranath Tagore, que era, más o menos, así:

- Estaba un mendigo harapiento pidiendo limosna al borde de un camino cuando vió venir a lo lejos el cortejo del rey. Los jinetes de la guardia real pasaron montados en sus caballos con ricas guadralpas y banderines en la punta de sus lanzas enhiestas, seguían lacayos y servidores con ostentosas libreas, otros pajes llevaban estandartes y banderas delante de la carroza real.
Al llegar al sitio donde estaba el mendigo, la carroza se detuvo, un paje abrió la puerta y el rey bajó, con su manto y su corona, y se dirigió al mendigo tendiendole la mano y pidiéndole:

-'Dame!', le dijo el rey al mendigo.

El mendigo, mudo de estupefacción, no sabía qué hacer. El rey volvió a pedirle con la mano tendida -'Dame!...' Entonces el mendigo abrió su alforja, tomó un grano de arroz y lo puso en la mano abierta del rey. El rey, en cuanto tuvo el grano de arroz en su palma, cerró la mano y se inclinó agradecido ante el mendigo, luego subió a la carroza y el cortejo siguió su camino, mientras el mendigo, asombrado, miraba cómo se alejaban.

Aquella noche, cuando el mendigo llegó a su mísera casucha, encendió un candil y volcó el contenido de la alforja sobre la mesa: Con los ojos muy abiertos vió que entre los granos de arroz brillaba un reluciente grano de oro, y comprendió que, prodigiosamente, por el grano de arroz que le dió al rey aquel otro grano se había convertido en oro. Y lloró amargamente por no habérle dado todo al rey.

El cura insistió en esta última frase: -'Cuánto lloró aquel mendigo, qué amargamente, por no haber tenido voluntad para habérselo dado todo al rey'.  Nos la repitió enfáticamente, dos o tres veces.

Teníamos diez u once años, no sé si todos comprendimos el cuento y su final. A mí, no se me ha olvidado.


+T.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Sacarse un ojo, cortarse un pie

Según el Evangelio de este Domingo (XXVIº Per Annum. Ordinario, lecc. B) debería preocuparnos no tener las iglesias llenas de tuertos, mancos y cojos; nuestra Jerarquía, nuestros pastores, deberían estar conturbados y horripilados al comprobar que nos faltan amputados, que no tenemos ni uno.

Tengo un compadre que dice y mantiene que el primer síntoma de decadencia eclesial, históricamente testado, fue la castración de Orígenes: Cuando Orígenes - dice mi amigo - se capó sus partes y su determinación y arrojo produjo repulsa y no admiración, fue el aviso de que la sal se estaba volviendo sosa y se escondía la luz de la lámpara debajo del celemín, interpretando suavemente un Evangelio tan tremendo como este:

"Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.»
. Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.».«Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa.».«Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga."



Esta mañana, en una de las predicaciones, yo también he puesto azúcar al Evangelio, tan áspero como un membrillo otoñal, de esos que muerdes y están tan recios, que se te ponen los dientes largos. No hay más remedio, para poderlos comer, que cocerlos con azúcar y hacer compota, o dulce de membrillo. O ser un niño, un chiquillo como cuando yo mismo, con pocos años, disfrutaba con ese sabor agridulce y áspero del membrillo. Por eso decía Él que si no volvemos a ser niños, no podríamos entrar en su Reino.

¿Pero es verdad que el Señor nos quiere amputados, mancos, cojos y tuertos propter Regnum Coelorum? Sí, es verdad. Él nos quiere con señales de batalla, con cicatrices de combate. En San Juan, entre las palabras del Señor en la Última Cena, se dice lo mismo, de otra manera, en la Alegoría de la Vid y los Sarmientos:

"...Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. A todo sarmiento que en Mí no da fruto, lo corta, y a todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto."


La amputación que entendió tan literalmente Orígenes debe complementarse con las palabras de la alegoría de Jn 15, 1ss; como la áspera carne del membrillo, tiene que ser confitada con azúcar. Pero conste que la acción descrita por el Evangelio, ya sea San Marcos, ya sea San Juan, es traumática, se haga con bisturí, con hocino o con podadera. El tajo hay que darlo, hay que cortar, hay que podar. ¿Qué situación es la que exige el corte, el tajo, la poda? Tocante a esto sí hay diferencia entre el Evangelio de San Juan y el de San Marcos: En Jn 15 la acción traumática se explica positivamente, porque es la fructificación, la vitalidad de la vid, la que exige la poda vigorizante. Sin embargo en San Marcos la etiología es negativa, porque se describe la mutilación como reacción/resistencia ante el escándalo, el pecado, el mal.

Viviendo bajo el dogma ubícuo de la tolerancia universal, resulta difícil predicar y hacer entender rectamente que el intolerante absoluto es Dios Nuestro Señor. Es difícil predicar bajo el toldo de la pan-tolerancia que Nuestro Señor Jesuscristo predica y enseña la intolerancia radical, traumática incluso. Es difícil predicar que la Santidad es intolerancia con el mundo escandalizante, que el cristiano tiene la obligación de ser intolerante con los escandalizadores, con todos los que escandalizan.



Me comentaron que dos pseudo-beatas salieron de Misa muy irritadas criticando al cura, porque había hablado de política en el sermón. ¡Babiecas bobas! Las dos cacareadoras (tolerantísimas ambas, supongo) no se enteraron de lo que se hablaba y de qué se predicaba.


Of course, las dos doñas gallináceas volvieron a sus casas con todos sus miembros ilesos: Los dos ojos, los alerones y las dos patas en su sitio. No perdieron ni una extremidad, ningún órgano sensorial (inclúyase también la lengua entre las partes mutilables). No se amputaron ni estaban dispuestas a cortarse nada. Tampoco consintieron ninguna poda. Quedaron intonsas, como los libros que nunca se han leído.

Yo, como pastor, estoy muy preocupado. Créanme.

+T.

viernes, 24 de agosto de 2012

De la Novena


Las novenas preparatorias son un invento piadoso del s.XIX. Lo clásico, lo antiguo y tradicional, era festejar las Vísperas, celebrar la Fiesta y prolongar la celebración durante su octava; así se formaron las antiguas novenas, nueve días (la víspera de la fiesta más los ocho días siguientes). Así se celebra la Novena de la Asunción en mi pueblo, una Novena post, no pre. Con calor, con mucho calor material y fervor espiritual.

Antes de la reforma (traumática) del Concilio (discutido), la Misa de la Novena se celebraba por la mañana, Misa rezada, con la excepción de la Función Solemne el día de la Asunción y la Misa de Comunión General el último día de Novena. 'Función Principal de Instituto' se llama (en Sevilla y Andalucía) a la Misa Solemne que se reglamenta como culto principal de una hermandad o cofradía, en cuyo transcurso, después del sermón, se hace solemne protestación de fe con juramento de los hermanos presentes. La Misa de Comunión General obligaba a todos los miembros de la Hermandad, previa confesión. Se celebraba temprano, por el ayuno, el ayuno antiguo que empezaba la medianoche anterior, por lo que se procuraba la Misa rezada con sermón breve, para agilizar la Comunión. Así y todo, entre el calor de Agosto y la preocupación del ayuno, eran frecuentes los desmayos (mocitas pre-casaderas y solteronas nerviosas, mayormente).

En recompensa por la devoción, los desayunos post-Misam eran deliciosos, un disfrute de chocolate, café, calentitos, sopaipillas, buñuelos, tortas, pestiños, piñonates, gañotes, bizcochos, brazos de gitano, empanadillas, rosquillos, magdalenas. Y copita de anís o de coñac (otros licores no se conocían en las casas decentes, salvo la ginebra, para el dolor de barriga). Decía mi tía Rosario que desde que quitaron el ayuno largo de la Comunión, se perdieron los desayunos de fiesta, de batea y mantel, por castigo de Dios. Una sutil apreciación, mitad beata, mitad gourmet.

Ahora, como la Misa de la mañana se incorporó a la Novena de la tarde, la Comunión es general todas las tardes, sin ayuno. Quiero decir sin ayuno consciente, no preparado; de todas formas, desde que empieza la Novena hasta el momento de la Comunión, se salva la exigua horita de ayuno, que la despreocupación de los curas y la ignorancia de los fieles ha dejado en quasi nada, un obstáculo molesto, en todo caso, que unos olvidan y otros no saben. Pero se comulga, todo el mundo en general. Hasta el pobre pedigüeño de la puerta, un rumano (dicen que sí está bautizado, en su rito) se metió un día en la fila de los comulgantes (con división de opiniones de sí podía o no; conmigo no pudo).

Este es un particular que manifiesta la relajación universal-católica (valga la redundancia) imperante. Tiene su gracia, relativamente, porque destapa la idiosincrasia de lo popular con su lógica argumentativa. Quiero decir que en nuestros pueblos, donde todos se conocen y todo se sabe, es un problema negar la Comunión por motivos de irregularidad, digamos: Separados y divorciados vueltos a casar (por lo civil) o sin casar (por la moda) resultan pastoralmente incontrolables por el escándalo que supondría negarles el Sacramento. No se ve el escándalo de que lo reciban porque la aceptación in-moral social se ha impuesto a una inexistente/desaparecida conciencia moral religiosa católica, y se tiende a disculpar religiosamente como se disculpa socialmente. Item más: Se censura la censura, absolutamente, tan rigurosamente como antes se imponía la disciplina, ahora reina la tolerancia omnímoda. Que la Iglesia y el Papa recuerden constatemente la disciplina vigente es sintomático, porque no se cumple. Una vez, una doña devota, muy suya, cuando le explicaba el quid de la cuestión, me espetó:
- "Pues a la nuera del Rey, a la que se ha casado con el Príncipe, sí que le dan la Comunión, habiendo estado casada por lo civil y divorciada".
- "Pero - repuse yo - se le concedieron las dispensas".
- "Pues que se las concedan a mi Rosarito (su hija divorciada), que no vale menos que la Infanta.

Y en esas estamos, aquí y en las antípodas, con estos lodos de aquellos polvos. Polvos de los que se excusan nuestros obispos con vagas exortaciones pastorales porque no tienen que bregar con el común de los fieles descarriados. Y cuando el cura interviene imponiendo lo exortado (por la Iglesia, por el Papa, por el Ordinario) se arma el escándalo, lo que horroriza a los obispos (que hablan pero no actuan) y perjudica a la postre al pobre cura, apaleado en primera instancia por el vulgo y machacado - en segunda instancia - por su padre y pastor que censurará (de internis (atque de externis etiam)) la impericia pastoral de su subordinado. Sic.

El problema me excede y supera. Pero no soy tonto. Ayer mismo me planteé seriamente si no debería quedarme en el confesonario y no acudir a la hora de la Comunión. El día en que la Jerarquía actue con claridad y sin excepciones, la praxis pastoral será menos problemática. Pero no lo harán, doy fe. No me valen las actitudes ejemplares de un prelado, un día, a una descarriada ignota, en un enclave pastoral de un satélite de Saturno in partibus infidelium: Necesito un ejemplo claro, patente, constante, perseverante, de mil prelados conocidos, en circunstancias de general conocimiento. Como antes, es decir. Como siempre. Si me explico. Pero en nuestra Iglesia del Tertio Millenio, el antes pasó y está vetado, y el siempre está en crisis de identidad contradictoria consigo misma.


Justamente lo que me gusta de la Novena es su identidad medular temporal. Entre el espacio, las oraciones, las canciones, parece que se mantiene un centro inalterado, estático, en cuyo torno giran personas y cosas. El eje, en este caso, es la Virgen, con un punto incluso material en la imagen de la Virgen Asunta, atrayendo la devoción de todos, entonces y ahora.

Ayer, por ejemplo, tuve una especie de re-versión, una instantánea de un dejá-vú consciente: Desde el altar, vi a la prima Conchita levantarse, sentarse, moverse, mirar y gesticular tal y cual su madre, mi tía Concha, que rezaba de memoria y del tirón, sin un titubeo, las preces de la Novena, desde el 'Soberana y Celestial Señora' al 'Virgen de Vírgenes María' con el 'Ave Maris Stella' y el 'Exaltata est'. Sólo le faltaba el velo negro y el hábito del Carmen que llevaba mi tía Concha, la mayor. No era lo mismo, pero lo mismo las identificaba en la distancia, como una actualización repentizada en mi memoria.

Pero aspiramos a eso; eso, variando las expresiones, es precisamente lo que pedimos en la Novena, en las preces de la Asunción: "...ut a supernis semper intenti", reza la oración del Misal; "...esos piísimos ojos con que interminablemente mirais la incomprensible gloria de la eterna Luz", dice una de las oraciones del Novenario; "...míranos, míranos, siempre a tus pies ¡oh Madre!", canta una de las coplas, y el himno asuncionista: "...si yo pudiera volar contigo y contemplar".

Te intercedente possumus, Domina nostra ac Mater!

+T.

domingo, 10 de junio de 2012

Apuntes, pinceladas, notas del natural



En la Misa de esta tarde todos, repito: t-o-d-o-s han comulgado de rodillas. No sé si ha sido por temor de Dios o por temor al cura, tengo esa duda. De todas formas, se trata de un santo temor, muy meritable, ambos, el uno y el otro (con grados, of course: Dios debe ser temido y adorado in aeternum, y el cura debe ser temido y obedecido un ratito, lo que dura la Misa, una horita, más o menos. Pero conste que lo segundo lleva a lo primero).

Tengo, no obstante, soporto, quiero decir, llevo con contenida santa ira y paciencia de padre del desierto, la insubordinada rebeldía irreverente de una impía in-reverenda, monja trans-ubicada pro familiare causa, que se obstina en comulgar en la mano. La im-prójima, que mide poco más o menos jeme y medio (en su más extensa longitud corporal, toca y tacón incluídos), se planta y eleva la palma de la mano izqdª con aparente sumisión devota pero, de hecho, con desplante de furriel cuartelero, con la mirada baja, pero descarada, muy firme, muy tiesa, muy modosita, pero inflexible como un remache del Acorazado Potemkin. Un caso.

Lo mejor, los monaguillos, cinco piezas de valor y peligro por igual, que me entienden hasta los guiños, pero que en cualquier punto, instante o versículo son capaces de tropezar con el baldaquino de Bernini y derribarlo, sin exagerar. Estas piezas tabardillo-angelicales (fifty-fifty) son mi preocupación y mi auxilio en el altar (fifty-fifty), imprevisibles en sus atinos y desatinos quasi-rúbrico-litúrgicos. Hoy me ha emocionado el 3º en el escalafón, comulgando arrodillado con más apostura que un infante de la casa de Habsburgo.

De este mismo sujeto me ha mandado su muy virtuosa madre (un dechado de potencias domésticas) una foto del otro día, cuando bailó de Seise ante el Santísimo, en la Octava del Corpus. Admiren:



Es el más alto de la fila de la derecha, of course. Lo que pasa es que ese estado de quietud perfilado es transitorio y no coincide siempre con la necesidad del momento; quiero decir que en cuanto le pierdo ojo me monta una conversación ad altarem con el monaguillo de al lado (que es su hermano), cuya distracción puede durar, por ejemplo, lo que va del Sursum corda al sine fine dicentes. Y en ese momento se echa una carrera por el presbiterio hasta la credencia, para coger la campanilla.

Le he prometido, no obstante, un duro falso de Fernando VII si me trae media castañuela de los Seises. O un botón. Aunque mi predilectus es el 2º en el escalafón monaguillil, su hermano también, que con cinco años declaró su intención de ser cura, y la mantiene. Oremus!

Ya de noche, mi tía me ha contado por teléfono la crónica de la Procesión del Corpus en el pueblo, cuya totalidad me excuso de transcribir en el blog porque el blog se queda insuficiente para contener la ponderada e hiperbólica cuenta de mi queridísima tía Antoñita. Para que Uds. se hagan idea, empezó con un -"¡Niño, hijo, qué Procesión! Todo lo que te diga es poco..." ; siguió con -"...porque tú sabes que nuestra calle es la mejor, tantos balcones colgados, tantas macetas, cinco o seis altares, el que puso tu hermano el mejor, que no sé cómo tuvo cuerpo para montar ese altar, levantado desde las 7 de la mañana..." y después siguió con -"...hasta las once y media largas no pasó el Señor, en esa Custodia que no se podía mirar de lo que brillaba, como que tu hermana y tus sobrinos se han llevado una semana limpiando plata..." y luego -"...y el altar de la puerta del ayuntamiento viejo, que al final lo han puesto, con el San Sebastián...Como en el balcón daba el sol que no se podía aguantar, me bajé a la calle y me senté enfrente, en la esquina del altar, en una silla que me sacó Emilia, a la sombrita..."



Cuando era chico, de niño, en la casa antigua del pueblo, para el Día del Corpus nos traían las primeras brevas. Hoy me he quedado con ganas de tomar alguna. Cosas del tiempo, antojos, mitad nostalgia, mitad capricho.

Y en el sentido, aun más profundo, he tenido toda la mañana el olor de la juncia y el mastranzo pisado, la fragancia fresca de una mañana de Corpus.

+T.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Sister B


Era una chica discreta, de aspecto delicado, reservada, de las que dicen buenos días y adiós con la cabeza agachada y de medio perfil, tímida - pensaba yo - y quizá un tanto distante, un poco displicente. No tenía más datos que estos que extractaba de las pocas veces que me paré a pensar en ella, tampoco reclamaba más atención. No recuerdo si alguna vez la confesé, pero aparecía regularmente, asistiendo a Misa, por la mañana o por la tarde.

Una vez, por algo que dije en un sermón, su padre (que yo no sabía que era su padre) me preguntó de parte de su hija si podía darle alguna referencia más precisa sobre aquello, un detalle sobre la inspiración/diseño de la bandera de Europa y la famosa vidriera de la Catedral de Estrasburgo; es el único momento que relaciono con ellos, vagamente. Hace unos días, el padre de la chica me comentaba que ellos dos recordaban una riña incontinenti, un broncazo, que les eché una mañana al acabar la Misa, por no sé qué detalle de no me acuerdo qué cosa. Pero pudo pasar, tuvo que ser, más o menos como ella y su padre recuerdan, hasta tal punto que me caracterizaron por aquella bronca matutina. Sin duda merecida, tengo que precisar, como todas las soflamas que dirijo a mis asíduos, muy queridos míos.

La joven aparecía y desaparecía, con esa frecuencia típica de quien no tiene vinculación obligada con la parroquia y mantiene un ritmo de asistencia según horarios personales, por comodidad, o por afinidad, o por preferencias las que fueren. Yo la tenía conceptuada como una chica piadosa, con cierto aire de vocación en ciernes, serena en su discernimiento, con una sincera vida interior que afloraba en esos pequeños detalles que el cura capta por empatía con el medio espiritual, relativamente compartido: La forma de estar, de sentarse, de arrodillarse, la postura de la cabeza, el banco en que se sienta, cómo se acerca a la Comunión, cómo comulga, el rato de acción de gracias, la forma de entrar y salir, todas esas minucias que el cura observa sin atención especial pero personalizando, con más o menos consciencia, a sus feligreses. No diré que como el médico en la consulta, o como el maestro en la clase, ni mucho menos como el director a su dirigido, porque, como estoy diciendo, no había especial conocimiento, ni tratamiento, ni presentación formal siquiera. Era, si me explico, una observación estática, nada dinámica, distante pero constante.

Si me hubieran preguntado, yo habría respondido que la chica estaba discerniendo una vocación religiosa, posiblemente a una clausura. No me preguntaba sobre el particular, ni me interesaba en tanto no me implicaban en ello, pero tenía hecho el concepto, sin perfilar pero sí bien trazado, con bastante seguridad. Alguna vez pedía por ella en uno de esos sumarios comunes en los que meto muchas intenciones, algunas generales, otras particulares, durante la Misa, poniéndolas sobre el Altar. Como en estos casos no sé bien qué rogar porque no se me ha encomendado ninguna intención, ni personal ni directamente, para no desleir la oración en una vaguedad insulsa, rezo esto:

-'Señor te pido por ese/esa y por lo que él/ella te pide y necesita'

Si sé el nombre, lo incluyo, y si no, lo dejo indefinido. Con Dios no se necesitan ni detalles ni explicaciones, ni propias ni ajenas. Es una ventaja, siempre.

Ahora no recuerdo la fecha, imagino que sería a principio de curso, por Octubre, una mañana, en Misa, mi observada quasi-feligresa apareció vestida con una falda hasta lo pies, una blusa blanca y una pañoleta azul en la cabeza. Hace de esto unos cinco o seis años, todavía no existían las nenas de Lerma, pero ya había algunos nuevos institutos religiosos que vestían hábitos de ese estilo. No me gustó, porque capté al instante que de clausura nada, que la vocación había cuajado en alguna novelería confraternizadora espiritualista a la moda postconciliar.

En cuanto terminó la Misa, salí de la sacristía y esperé para interesarme, ya que lo que fuera se señalaba patente, con aquel hábito o pre-hábito tan elocuente. Cuando me dirigía a la capilla del Sagrario, para esperar a que saliera, alguien se me acercó para alguna cosa y me entretuvo. Antes de que concluyera aquella interrupción, vi de reojo cómo se me aproximaba la neo-monja, discretamente, como era todo en ella, la acompañaba, unos pasos detrás, otra chica, una hermana o una amiga, me explicó luego. Con pocas palabras, me dijo que dentro de un par de días se iba de postulante al noviciado de las Misioneras de la Caridad, las de Madre Teresa de Calcuta. No sé si ella notó la alegría que me dio (y la tranquilidad) saber que era allí a donde el Señor había dirigido su vocación. Le dije algo sobre sus padres, la animé a perseverar y le prometí oraciones. Y poco más.


Desde entonces la recuerdo en mis oraciones, entre las intenciones que encomiendo. No sé (¡no sabía!) por qué, desde esta pasada Cuaresma, la he recordado en la Misa varias veces, expresamente, quizá porque he visto que estaban su padre o su madre, y la he puesto con su nombre, con sus intenciones, sobre el altar.

La otra tarde, su padre me trajo una tarjeta dibujada y escrita a mano por ella, avisándome de que hoy profesaba votos temporales:

"...Le escribo para compartir mi alegría de que, si Dios quiere, el próximo día 23 de Mayo haré mis primeros votos temporales como Misionera de la Caridad.¡No sé cómo dar gracias a Dios por la vocación tan bonita que me ha llamado a vivir! ¡Pertenecer a Jesús, qué gran dicha!  ...  ...  ...

...  ...  ...  Le ruego sus oraciones y bendición.

En Jesús.

Sr B. "

Profesarán con ella otras nueve. Serán diez, como las vírgenes de la Parábola, diez predilectas. Yo rezo para que las diez se mantengan vigilantes, sensatas, prudentes, con la lámpara encedida, hasta que escuchen la voz que les diga -'¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!'

Sostén, Señor, el amor de tus consagradas, sella el corazón de tus elegidas con el beso divino de tu Espíritu.

¡Qué dicha, Señor, si al fin entramos en tu banquete, si celebramos tus bodas celestiales!

¡Guárdanos, célanos, Amor de los amores!


+T.

domingo, 28 de agosto de 2011

En Novena


Para llegar a la Iglesia hay que subir la Cuesta del Reloj, una hermosa pendiente que arreglaron este invierno, con adoquinado nuevo, nuevos acerados, todo nuevo y la han dejado con más desniveles que tenía antes. Más cuesta, eso sí. Mi tía la subía antes en tres estaciones; ahora son cinco parones los que hacemos. Claro está que mi tia pasa los ochenta y cinco, y la cuesta en esto es pasivamente indiferente (aunque activamente accidental). Así que si salimos de casa al segundo toque, cuando llegamos al repechón final de la Torre del Reloj ya están repicando el tercero.

Ya conté, otro año, que mi tía y sus coetáneas feudalizan dos bancos que son su alcázar inexpugnable, en el tercio final de la nave de la Epístola, cabe el pilar delantero de la arcada del Cristo de la Misericordia, frente por frente a San Felipe. Ese es su sitio. Mi tía, empero, vive cada tarde de Novena la posesión de 'su' sitio como un cruzado en batalla, ansiosa como un halcón que se precipita en vuelo sobre su presa. Las armas de mi tía son su bolso y su abanico: Con el bolso ocupa, con el abanico aparta. Y no hay rival que le pueda. La mañana del dia de la Virgen, para la Función Principal de Instituto (i. e. la Misa Solemne de la Hermandad), llegó cuando ya estaba toda la Iglesia ocupada, bancos y sillas colmando todo el espacio. Así y todo, cuando entramos en procesión hacia el Altar, allí estaba ella, sentada con su bolso, abanicándose el pecho con su medio pericón, mi tía con su silla quasi en mitad del pasillo de la nave central, en primerísima localidad.

La Novena se predica. Antes no se predicaba, todo eran rezos y cantos, con Exposición Mayor, Santo Rosario, Letanías, Preces, Bendición y Salve. Desde los años '70 se celebra la Misa, y desde los '80 la Misa es con predicación. El predicador suele ser también el celebrante, salvo excepciones. A pesar del movimiento de los presentes (entradas, salidas, abanicos en perpetuum móbile, coro, banda de música, niños sueltos etc. ), la gente (los fieles) escuchan al predicador y están atentos al sermón. Los curas, si no están advertidos de la idiosincrasia del lugar, predican como de costumbre, como tengan costumbre, unos mejor, otros peor. La gente (los fieles) es indulgente y disimulan si el cura es un pelmazo y el sermón un rollo. Pero ¡ojo con el Dogma! Con un fino sensus fidelium, la gente (los fieles) entiende y distingue cosas que en otros sitios, a otra gente, les daría lo mismo si lo dicen bien o si no.

Por ejemplo, la noche en que el predicador de turno (tres se han turnado este año durante el Novenario) repitió diez, doce veces 'la advocación de la Asunción'. Yo, que conozco el percal, me iba rezando el Rosario (para aprovechar el tiempo, durante el sermón) y me figuraba la escena, tal y como ocurrió en la Sacristía, en cuanto terminó la Misa:

- Pom, pom (en la puerta de caoba de la Sacristía)...¿Se puede? Padre, buenas noches, ¿cómo está usted?...Padre que venía yo a preguntarle una cosa, una cosa del sermón, ¿sabe usted? ¿Usted no sabe que la Asunción no es una advocación? La Asunción es un Misterio, un Misterio de Fe, un Dogma de fe, ¿usted no lo sabe?...

La que habla y se explica con el cura es Trini Delgado, unos cincuenta y pico años, biznieta de Estrella Jimenez, una legendaria de tronío. Trini (casada, con tres hijos, ama de su casa) sin reparos, sin titubeos, sin cortedad, con todo su respeto, le estuvo explicando al cura lo que era una advocación y lo que era un misterio, distinguiendo, que una cosa es llamar a la Virgen con un nombre devocional y otra referirse a Ella aludiendo a uno de sus Misterios, que hay que creer porque son cosa de fe.

En esto entra en la Sacristía y se incorpora al discurso Nati Borrero, sesenta y tantos, esposa, madre y abuela:

- ...Misterio de fe, el cuarto Misterio Glorioso del Rosario, que no es un invento de nadie, que es un Dogma de Fe que proclamó Pio XII...

Por el despacho del cura entra Purificación Nobo, dogmatizando igualmente:

-...El Dogma de Fe que es de creencia general, que todo el mundo tiene que creer para salvarse, que es un Misterio de la Virgen...

En cinco minutos se juntaron en la Sacristía cinco 'doctoras' de la Iglesia doméstica dictando dogma al pobre predicador, que no sabía qué decir.

Doy fe de que quedó instruído y convencido porque a la noche siguiente repitió en el sermón quince, veinte veces, el bien aprendido concepto 'misterio de la Asunción'. Para satisfacción de todas y todos los (fieles) asistentes. Como debe ser. Como Dios manda.

Antes y después de la Novena se tiran cohetes. La Novena empieza a las 9, ya oscureciendo: Rosario, Preces, Cánticos y Misa con sermón. Salimos sobre las 11 menos cuarto. La Cuesta del Reloj con cinco paradas para el resuello se baja mejor que se sube, salvo las precauciones de bajar una cuesta empinada con mi tía al brazo. Y hablándome y hablándose ella misma:

- ¡Qué Novena, qué esplendor! ¡Cómo está la Virgen! ¡Y el altar! ¡Qué satisfecha, todas las noches!
-Niño, ¿de dónde es el predicador?
- De Sevilla.
- A mi no me gusta. No ha dicho nada, cuatro cositas, cuatro palabritas. ¡Y mira que no saber que un Misterio no es una advocación! Tú díselo mañana, ¿te enteras?
- Sí, tita.
- El Dogma, tú explícale el Dogma.
-Que sí, tita, que sí...
-¡Qué Novena más preciosa! !Que esplendor, Madre mía! ¡Reína, que todo nos parece poco para Tí!

Y así hasta que acaba la cuesta y llegamos a la esquina de Emilio.

Todas las noches de la Novena, con más o menos la misma conversación, sujeta a las variaciones de las circunstancias, la predicación y el predicador.

A mí de la Novena me gusta todo. La cuesta, subirla y bajarla con mi tía, también.

+T.

miércoles, 25 de agosto de 2010

De Novena


He estado de vacaciones, esto es, de Novena. Hace ya casi diez años que no me tomo - que no me puedo tomar - el mes de vacaciones canónicas, y mis días de asueto veraniego son los de la Novena, con unas jornaditas de propina, total dos semanas y pico. No me quejo, conste; pero que conste. Además la Novena es mi descanso, mi pequeño paraíso de Agosto.

De la Novena ya he hablado un par de veces (aquí y aquí), pinceladas, impresiones de un cuadro con tantos pormenores como un universo. Y es un universo religioso y familiar, tan penetrado lo uno con lo otro que la Novena es una verdadera reunión de familia, familia católica, con todos sus signos de identidad propia - la Novena es inconfundible - y sus momentos, sus ceremoniales, introducciones y despedidas.

De introducción, por ejemplo, fue la otra tarde, con la Misa amenizada con lloros, risas y carreritas de los chiquillos que iban a ser recibidos de hermanos, allá unos cuarenta, lo menos. Algunos estaban recien nacidos y recien bautizados, con sólo unas pocas semanas de edad. Otros eran más mayorcitos, de meses, los chiquillos nacidos durante el año que llevamos, retoños del 2010 que sus padres presentaban a la Virgen e inscribían en la Hermandad de la Asunción. El cura rezó las preces del ritual y bendijo las medallas, la secretaria de la antigua Hermandad asuncionista iba nombrando a los neófitos, y el hermano mayor imponía las medallas a los niños. Por supuesto con foto conmemorativa para cada uno, para que no se olvide (que no se olvida).

Debajo del presbiterio, la familia, abuelos y otros afectos, seguían con animada expectación el acto, una verdadera presentación en sociedad, con el inocente protagonismo de los niños, presentes y ausentes a la vez. Quiero decir que presentes de hecho, córpore et ánima, pero ausentes en no se sabe bien qué espacio de su personal intimidad mental y/o fantasía infantilísima, tan misteriosa.

Siempre me pregunto, en escenas como esta, dónde están y por dónde vuelan las pequeñas inteligencias, tan sutiles y activas, de los niños. Estos de la Novena, los novísimos hermanos que estrenaron medalla de plata y cordón blanquiceleste, tienen los ojitos encantados por las luces del Altar, candelabros de cera encendidos y lámparas de cristal, las gradas de plata y el dosel grana ribeteado en oro, y la Virgen Asunta, tan bella, tan gloriosa, y los ángeles y arcángeles de la nube de la Asunción, y las cabecitas de querubines y serafines que se reparten por todo el altar. Tantos focos de encantadora y piadosa atracción que impresionan las pupilas de los chiquillos, excitados por la luz, el color, las figuras. Y por lo sagrado.

Por supuesto que hay en los niños una aprehensión de lo sagrado (“...Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”), un reconocimiento de lo santo, de la presencia de Dios. Tan fina, tan tierna, tan sutilmente gradada que nadie puede medirla sino los Ángeles. Claro que primero es la acción de la gracia en las almas, ese gran misterio de santificación, pero también importan definitivamente las vivencias religiosas-sensibles, que marcan tanto y son medio providencial de la gracia.Yo les pido a los Ángeles de los niños, con toda mi consciencia, que me presenten con ellos a Dios, al Señor y a la Virgen, y que en las recónditas alacenas de mi alma reactiven las gracias de las primeras visiones de lo sagrado, de aquellas primeras Novenas que yo ví con limpios ojos y oí con oído puro, finísimo, de niño que iba recibiendo las impresiones matrices de lo más santo y lo más bello, de lo más amable, de lo eterno.

Que esa es otra parte de la Novena, la de la fuga a lo eterno. Una fuga incesante, armónicamente pautada, como las que se tocan en el órgano correteando los dedos por el teclado y los pies por los pedales, con las notas declinando sincopadas según la partitura. En este caso, el caso de la fuga de ánimas, la partitura la compone la Providencia, que es la que rige las entradas y salidas, las oberturas, los improptus y las fugas, desde el primer compás al último. Pero con nombres, con personas, con almas en vez de notas, compases o melodías.

Cada tarde, cuando el sacristán lee en voz alta las intenciones de difuntos por los que se va a aplicar la Novena, el murmullo de las beatas y de todos los presentes se baja, y se reduce a una especie de silencio elocuente-expectante. En una lista solemne se van nombrando con nombre y dos apellidos, y van surgiendo del recuerdo, del pasado más reciente o el ya remoto, caras, historias, recuerdos, instantáneas como flashes, de amigos, familiares, vecinos, que de pronto revolotean entre las arañas de cristal y las colgaduras de damasco granate, luciendo como lámparas, o tendiendo un velo de olor en una voluta de incienso, o timbrando un arpegio del armonio del coro, o un bajo bordón de la tubería del órgano. Y cada nombre, cada recordado, se hace presente en el Altar.

Yo imagino que cada cual se acomoda en algún sitio, a su placer; en un encaje de los manteles, o en un bordado, un candelabro de plata, un guardabrisa de cristal, un jarrón repujado, una flor, un borlón, un farol, una insignia, en el Simpecado, en el dosel, en la peana de la Virgen o en su trono. Y allí se quedan. No son fantasmas: son almas queridas y evocadas, no por magia ni por dolor desesperado, sino traídas por la esperanza con fe. Y todas traen y llevan consuelo, fragmentos de misterios del Misterio del Altar.



Naturalmente, todo transcurre al margen de estas lucubraciones interiores, reales, pero íntimas. De suyo, la escena es popularísima y colorista, como corresponde a un acto religioso donde lo popular matiza a lo sagrado sin timidez, sin preocupaciones de forma, sino con expansión de afectos. Por ejemplo, nada más entrar y ver la Imagen de la Virgen en su Altar, muchas de las devotas rompen en exclamaciones, y le dicen “sus cosas” a la Virgen Gloriosa, y los piropos piadosos van formando una particularísima letanía ad usum familiae nostrae, sólo para uso y abuso de propios, de los nuestros, de los de casa, que sentimos lo que decimos barruntando algo más allá que escapa a la precisión de los eucologios que creemos y rezamos con Amén final. Pero se trata de poner al lado del dogma que cree la efusión del amor que vitorea con verbo sencillo lo inefable y sublime, todo esto sin intención deliberada, sino como estallido incontenible del corazón arrebatado: arrebatado por la Virgen, por su Asunción, por la Gloria de Dios. En un versículo del Himno que durante los días de la Novena se canta en los momentos más solemnes, todo esto que digo se resume y se canta así “…Madre, no nos dejes, que te amamos con locura; que nuestra alegría es besar tu frente pura…” ¡Amar con locura! La ingenuidad de la rústica mística del sencillo pueblo creyente sobre las cosas de Dios y sus Misterios.

Mi tía Antoñita, con sus amigas, preside el banco de la dictadura. Le tengo puesto ese mote porque las que se sientan en él nacieron todas durante la dictadura de Primo de Rivera. Mi tía es una de las decanas. Haciendo honor al competente régimen bajo el que nacieron, dictan sin complejos desde su sitial, amonestando a todo quisque, ya sea al coro, al cura, al predicador de la Novena, al sacristán, a los de la junta de la Hermandad…y al Santo Padre de Roma (si se les pusiera por delante). Ellas son la razón y la ley del pasado en el presente, y rigen con ordeno y mando en el pequeño mundo de su banco (y alrededores). Genio y figura. Usan de cetro sus abanicos, y son un tribunal inapelable, de inexorable oráculo. Gracias a Dios, sus poderes son temidos y no ejecutados, y hasta los chiquillos que corretean por el pasillo, entre los bancos, ignoran al formidable tribunal y sus rigores. Pero ellas existen e insisten. La que hace de secretaria del grupo, la que guarda los asientos y cumple otros servicios internos, es la Niña Perán, que rondará los ochenta. La más veterana es Mª Lola Montejón, viuda. Mi tía es del selecto club de las solterísimas, especialmente consideradas en razón de su integridad.

Yo tengo reservado mi sitio en el presbiterio, con asiento en uno de los sillones presbiterales, todo solemnidad. Cuando empieza la predicación, me mudo a una silla más baja, en un rincón del Altar Mayor, para poder mirar a la Virgen mientras rezo el rosario y el cura predica.

A pesar de todo y lo mucho que se conserva, faltan tantas cosas, tanto "viejo estilo". Maneras y reverencias y piedades que se fueron con los tiempos y las personas. Calidades en el rezar y en el estar, riquezas y tesoros que la fuerza del mundo -¡ay, el mundo! – ha barrido con el viento de los tiempos. Ya no está Don Pedro con su bonete y su roquete almidonado y encañonado, sentado en el sillón de damasco rezando su breviario, ni mis tíos, con sus abaniquillos, gráciles y señoriles en el banco de la Sacramental (tampoco existe ya el banco de la Sacramental). Ni están mis tías cantando en el coro, con voces encantadoras, de corte y salón, trinando arias de Verdi y canciones de Tosti con las letras cambiadas y arregladas para la Virgen. Tampoco está mi tía Matilde, con su velo de blonda y su abanico de rejilla, ni mi tía Magdalena, con su bastón de puño de plata que sólo sacaba para la Novena, ni tía Concha, que se sabía de memoria la Novena completa, desde el acto de contrición a la oración final. Ni mi tía Elvira, ni Morejón, su marido, ni Natividad la Cerrero, ni Rosarito la Matabuena, ni Matildita la Caraña, ni Concepción la Paloma, ni Manolito el Bardo, ni Gasparito el de Cinta, ni Manolita la Chita, ni Pastorilla la de Pino, ni Encarnación Cebre, ni Pinochi el de Veguita, ni Rampito Cordeles, ni Tanito Vega, ni Cecilita Lara. Todos los que ya están sólo en alma y no pueden estar con sus cosas, como antes, como cuando yo los conocí y sentí.

Todas estas cosas del pasado que fue y del presente que corre son cosas, decía, de familia. De familia en Novena. Y Novena de Asunción, dulce Misterio de tránsito y de gloria, de subida, de cielo, de ángeles portantes en volandas y Empíreo abierto de par en par.

Y una creyente ansia de llegar, una firme y expectante fe de plenitud.

p.s. El año que viene, Deo volente, más (io aspetto).


+T.

lunes, 26 de julio de 2010

El martirio de las cosas y las almas. Una madrugada de Julio de 1936.


Por Santiago y Santa Ana, cada año, nos contaban cómo fue la madrugada terrible en que quemaron la Iglesia. Todavía se celebraba en la Parroquia la Vigilia de Desagravio, con el Señor expuesto en la Custodia hasta el alba del día de Stª Ana, que se celebrara una Misa votiva. Mi padre, que era de la Adoración Nocturna, se pasaba toda la noche velando por turnos. Él, mi padre, nunca nos contó nada, ni una palabra de todo aquello que pasó, como si una reserva de tristeza y dolor muy hondo le velara la memoria, voluntariamente. Eran mis tías quienes nos contaban la trágica historia, tal y como ellas la recordaban.

Desde el 18 de Julio, en cuanto se conoció el Alzamiento de Queipo de Llano en Sevilla, el pueblo estuvo sometido al capricho y las amenazas de una especie de improvisado concejo popular. Fueron casa por casa recogiendo los aparatos de radio, para que nadie pudiera oir las noticias. Iban con armas, y mandaron tener todas las persianas levantadas, dia y noche.

Algunos de mis tios y otros familares y amigos de casa que no pudieron escaparse a Sevilla, estaban amenazados de muerte. El miedo y la aprensión eran constantes, de día y de noche. Entraban en las casas y registraban todo, buscando armas; al que le encontraban una escopeta se lo llevaban detenido. Las mujeres sujetaban a los hombres para evitar desgracias, y al final todos se callaban sin responder a las provocaciones. Se esperaba que pronto llegaran la tropas desde Sevilla, y liberaran al pueblo. Aquellas dos semanas se hicieron interminables.

La Virgen, la imagen de la Asunción, estaba en Sevilla desde Marzo. Aprovechando que cubrían el Altar Mayor para la Semana Santa, una madrugada fueron abuelo Emilio, tio Antonio, tio Enrique y los primos Pepe y Eduardo, bajaron a la Virgen del Trono y la envolvieron en unas mantas y una funda de lienzo que había cosido expresamente abuela Antonia; Maqueda el cosario estaba avisado, esperando con su camioneta en la puerta de detrás de la Iglesia, la que daba al barranco del Palacio. Cuando les detuvieron en la barrera entre la barca-puente y la Estación, contaron que llevaban a arreglar unos roperos y un par de arcones, y así pudieron llegar con la Virgen a Sevilla, donde estuvo escondida en casa de tía Rosario hasta que pasó todo.

En la Parroquia no había culto. Tampoco dejaban tocar las campanas, y los entierros los llevaban derechos al cementerio. Don Jerónimo, el cura, había trasladado en secreto al Santísimo a casa de unas beatas de confianza, las Niñas Pisolas, en la calle Ejido. El sacristán y él se pusieron unas enaguas y unos mantones que les llevó una de las Pisolas, y los tres salieron una tarde, ya oscurecido, por la puertecilla de la Sacramental.

Se corrió la voz de que los del Frente Popular querían "dar un escarmiento" a la gente de derechas. Se hicieron tres propuestas y echaron suertes tres veces, metiendo en la gorra de uno de los del comité tres papeletas. Y las tres veces salió el mismo papel con la sentencia escrita : Quemar La Iglesia .

El dia de Santiago fue de los de más calor de aquel verano. Entonces se cenaba temprano, y a eso de las diez de la noche estaban todos los de casa en el patio, con la luz apagada, rezando el rosario. De pronto empezó a sonar el esquilón de la Parroquia: - ¡¡¡ Tan, tan, tan, tan tan, tan, tan...!!! Las mujeres se taparon la cara y se echaron a llorar, y los hombres apretaban los puños hasta hacerse sangre. Mi abuelo Emilio se asomó a puerta y volvió diciendo que había gente del comité con escopetas por la calle.

Subieron a la azotea, y se veían llamas al pie de la torre, y un humo negro, y el aire traía olor a incienso, y se oían como unas trompetas, que eran los tubos del órgano, que los habían arrancado y los soplaban dando trompetazos. Estuvieron en la azotea por lo menos dos horas, mirando llorando horrorizados la torre, que se iluminaba con las llamas; las campanas dejaron de tocar porque se les rompieron las sogas, y les disparaban con las escopetas y los fusiles desde abajo. Los mayores se quedaron toda la noche velando, aquella madrugada de Santiago a Santa Ana de 1936.

Poco antes de amanecer, tio Enrique fue a pedirle a Currillo el de la Rubia la barca para cruzar el rio y dar una vuelta a las viñas, porque tampoco dejaban a los hombres salir al campo. Pudo cruzar el rio a la altura del cenagal. Desde la casilla de los guardas se veía todo el barranco con los restos destrozados de los altares. Había muchos restos medio quemados, y algunas columnas de retablos que rodaron hasta la mitad del terraplén y no cayeron al río.

Cuando volvía de las viñas, tio Enrique vió flotando algo en mitad de la corriente. Parecía una persona, creyó que era un ahogado y se acercó con la barca; asomaba un brazo del agua, tiró y era el Cristo de San Felipe, sin la cruz, la imagen del Señor con un brazo sólo, porque el otro se lo habían arrancado. Como pudo, lo sacó y lo metió en la barca.

Dejó la barca amarrada en la maroma de la Alameda, se echó el Cristo a cuestas y tiró por la calle de la Plaza, que como era todavía muy temprano no había nadie. A mitad de la calle salió la prima Asunción, que lo había visto venir desde su casa:

-"¡Chiquillo, chiquillo, Enrique! ¡Que te van a matar como te vean! ¡Éntrate aquí!..."

Y le abrió el portón del zaguán, cerraron y subieron entre los dos al Cristo al soberao, y lo taparon con una lona y unas espuertas, para disimular por si venían a registrar. Fue un milagro, porque nadie vió cuando recogieron al Cristo y lo metieron en casa de tia Asunción.

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(en la foto de arriba, el Cristo de San Felipe en la actualidad).

Así, más o menos, eran la historias que nos contaba mi tia Flora, la esposa de tio Enrique, el que recogió al Cristo del río. Algunas veces se acordaba de algún detalle más, y otras éramos nosotros quienes le preguntábamos por algo. Poco a poco nos aprendimos los "capítulos" de aquellos terribles días. Si era tia Flora la que narraba, lo hacía gesticulando, con la cara, las manos y los ojos. Si eran mi tia Asunción, o tía Rosario, se resistían porque al contar algunas cosas rompían a llorar, se emocionaban, y no podían seguir.

Ahora, con los años, me doy cuenta de detalles, pequeños detalles que enriquecen aquellas historias. Por ejemplo, no se contradecían, ya las contara mi abuela, o mis tías, u otra gente de la familia o de confianza. Después, he ido buscando expresamente otras informaciones, en casa de algunos amigos, preguntando a sus padres lo que recordaban, y a sus abuelos, si todavía vivían. Y todos contaban lo mismo, con otras anécdotas, pequeñas historias personales o familiares, pero la misma gran historia de aquella noche trágica y sacrílega y los días que le siguieron.

La Parroquia quedó arrasada. Un edificio grande, de tres naves, con retablos preciosos, una imaginería admirable y cuadros de gran valor. Todo arrasado. Arrancaron los retablos, los despedazaron, quemaron imágenes, cuadros, ornamentos. Las piezas de platería desaparecieron, nunca se supo si las echaron al fuego y se fundieron, o si alguien las sustrajo y las sacó del pueblo. Siglos de fe, devoción y belleza consumidos en unas horas de odio contra Dios y sus cosas.

El párroco, Don Jerónimo Ramos, se salvó porque una famila amiga lo tenía escondido en las cuadras; desde el ventanuco del pajar pudo contemplar conmocionado el dantesco espectáculo. Se conserva un relato que dejó escrito, con "su" historia, la misma terrible historia.

Cuatro dias después, el 30 de Julio, una columna del ejercito al mando del Comandante D. José Gutiérrez Pérez y el capitán Don Gonzalo Briones, tomó el pueblo, sin apenas resistencia. Los que eran valientes contra Dios se escondían y huyeron, o fueron víctimas de la represión justiciera de las armas. A algunos los defendió el mismo sacerdote al que habrían fusilado si le hubieran tenido a mano.

La guerra siguió, con toda su secuela de fantasmas de vida y de muerte. Uno de los momentos más tremendos fue cuando llegaron las noticias de las matanzas de Lora del Rio, donde murió un familiar muy querido, el tio Paco, Don Francisco Arias Rivas, arcipreste y párroco de Lora del Rio, salvajemente vejado, atormentado y finalmente asesinado. Contaban que lo enterraron todavía vivo, y que desde la improvisada fosa donde le echaron sin rematar, cuando le cubrían con paletadas de tierra, tuvo fuerzas, las últimas fuerzas sacerdotales, para sacar la mano y dar la bendición a sus verdugos. Contaban también que uno de ellos se la cortó de un machetazo. El sucinto informe que remitió el párroco sucesor por requerimiento del Arzobispado, impresiona por todo lo que se supone que hay detrás de las timoratas y contenidas palabras:


"...ambos sacerdotes (el arcipreste y el coadjutor) fueron fusilados en las primeras horas del día primero de Agosto del próximo pasado en el Cementerio de San Sebastián de esta Villa, habiendo sido enterrados en este mismo lugar, ignorando si vivos o muertos, así como también las demás circunstancias que pudieron ocurrir en dicho Cementerio...que en la prisión en que también se hallaban los testigos, recibieron los refereridos sacerdotes toda clase de insultos y vejaciones, de palabra y de obras, obligándoseles a limpiar lugares destinados a la inmundicia humana, barrer, regar, trasladar tierra de un lugar a otro, y otras cosas parecidas con el sólo objeto de escarnecer la dignidad personal y sacerdotal de los mismos, pues para hacer estas cosas eran preferidos a los demás presos...demostraban mucha resignación, dirigían a los demás palabras de consuelo, y muchos de los presos confesaron con ellos en los días y horas que precedieron a los fusilamientos..." cfr. La Persecución Religiosa en la Archidiócesis de Sevilla. José Sebastián y Bandarán y Antonio Tineo Lara; parte IIª pp. 91-92. Sevilla 1938. Editorial Sevillana.

A medida que pasaban los días iban llegando otras terribles noticias de amigos y gente conocida, también asesinadas atrozmente en Constantina y Cazalla de la Sierra.

Las almas de los muertos quedaron en Dios. Lo perdido nunca volvió, las cosas tampoco. Pero todo lo que se pudo se rehizo, todo lo recuperable se recreó.

El retablo del Altar Mayor se pudo reconstruir en parte porque se recuperaron algunos elementos de talla e imaginería, que se reintegraron en otro retablo antiguo procedente de un convento exclaustrado de Carmona, cerrado al culto, que la Hermandad de la Asunción consiguió que se le cediera después de trabajosas demandas. Fue una tarea ímproba, muy laboriosa. Las mujeres (las que podían) entregaron sus alhajas de oro para que un equipo de batihojas, que la Hermandad trajo al pueblo expresamente, labraran el pan de oro con que se tenían que dorar las piezas nuevas del retablo, o re-dorar las antiguas que se iban restaurando. Aunque parezca mentira, un año y nueve meses después de la sacrílega destrucción, el 10 de Abril de 1938, se bendijo el nuevo retablo del Altar Mayor, tan suntuoso y magnífico que era hasta unos metros mayor y más alto que el profanado y destruído, de igual estilo, hermosamente barroco, en cuyo centro volvió a resplandecer la imagen gloriosa de la Virgen Asunta. Un milagro de la Virgen, la Asunción Gloriosa, y un logro del tesón de mujeres y hombres que por encima de las lágrimas de sus penas supieron anteponer la gloria de Dios.

En el año 1952, el jesuíta y escritor mexicano p. Ramón Cué Romano (un "mito" entre los personajes, pregoneros y publicistas de la Semana Santa de Sevilla) prologaba un libro-reportaje editado por la Hermandad de Ntrª Srª de la Asunción de Cantillana, y prefirió, más que un prólogo de presentación al uso, componer un poema dedicado al dramático episodio de la destrucción del Altar Mayor. Con mucho sentido, lo tituló "El Martirio de un Retablo":


I
El Motín

¡Al río, al río, al río!
!Que ruede todo el Retablo
roto en añicos al río!
(No está acabado. Le falta
muerte, tortura y martirio).

¡Que descuarticen sus miembros!
¡Que decapiten su brío!
¡Que lo quemen en la hoguera!
¡Que lo ahoguen en el río!

- "¡Aquí estoy!", dijo el Retablo.
Atleta gigante erguido.
- "Aquí estoy, por mi Reina
iré al martirio.
Pero ¡que nadie la toque!
Por ella muero ¡ y lo exijo!

Y alzó su musculatura
de fustes en desafío...
La Princesa, con pié incólume,
pisó fuego, odios, cuchillos...

II
El Asalto

Y se abandonó el gigante
a los enanos mezquinos...
Fue cómplice del asalto,
y aguantó - torre y castillo -
las escalas que apoyaron
sobre su ancho pecho altivo...
Sogas, hachas, garfios, sierras
lo descuartizaron vivo.
Cascadas de miembros rotos
- fustes, frontones, racimos -
sembrando el suelo de llagas
y la brisa de quejidos...
mientras que por cada herida
los rotos miembros polícromos
daban su ofrenda de sangre
de oro viejo en chorros líquidos...
¡Qué invisible charco de oro
en aquel cruento martirio!

III
El Rio

¡Al río, al río, al río!
¡Que ruede todo el Retablo
roto en añicos al río!
El verdugo quiso ahogarlo,
el Guadalquivir no quiso.
En sus hombros de cristales
lleva incólumes, en vilo,
las reliquias mutiladas
del martirio...

De nuevo va sin hundirse
San Pedro sobre el abismo.
Santiago duplica conchas
en sus hombros peregrinos.
Entre los juncos del agua
van Apóstoles floridos
con nuevas barbas fluviales
¡hoy pescadores de río!

Los fustes desentumecen
su secular porte rígido.
Las columnas salomónicas
desenroscan sus anillos,
sierpes de oro sobre el prado
- del agua entre ángeles niños -
entre guirnaldas de espigas,
alas rotas y racimos...

De Cantillana a Sevilla
el agua es Retablo líquido;
engarzados entre esmaltes
van los miembros doloridos...

Y en medio de la corriente,
- la luna llena lo ha visto -
con sus dos brazos abiertos,
acostado en su navío,
leves de espumas los flancos,
bogaba un Cristo dormido...
¡De Cantillana a Sevilla
es retablo todo el río!

IV
Resurrección

¡Al río, al río, al río!
¡Pescadores del Retablo
a recoger sus añicos!

Se alzó el Atleta chorreando
cristales de su bautismo.
Llevaba al río en sus brazos,
entre sus miembros fundido.
Erecto bajo la bóveda,
el retablo no es el mismo:
es el Río puesto en pie,
cuajado en oro macizo,
con estrellas, con espumas,
con lunas, juncos y lirios;
con aromas de azahares
y hojas plateadas de olivo...

Y en medio de la corriente
- alas llevando el navío -
¡la Asunción de Cantillana
sube al Cielo desde el Río!

¡Al río, al río, al río,
que se nos va la Señora
por la corriente del Río!

Ramón Cué, s.j.

foto 1: El Altar Mayor adornado para la Novena de la Asunción en Agosto de 1933


foto 2: El Altar Mayor después de la profanación y la destrucción de los marxistas en Julio de 1936




foto 3: El Retablo restaurado y renovado en Abril de 1938, pocos días después de su bendición



foto 4: El Altar adornado para la Novena de la la Asunción, en Agosto de 1963



foto 5: Imagen de Ntrª Srª de la Asunción.


Una pequeña "epopeya", tan emocionante para los que la vivieron, y lo mismo para los que la recibimos como una memoria, un testimonio de fe, de fortaleza, de voluntad resistente. También de victoria.

Todo sucedió en Cantillana, provincia de Sevilla, el pueblo de mi familia, mi pueblo, aunque hace años que ya no vivo en él. Allí tenemos todos cuna y sepultura, pila y altar. Todos estamos ligados por hechos y sentimientos que trascienden lo familiar y se transmutan en Misterio. La Virgen, la Asunción, es nuestro centro de atracción más definido, una verdadera "pasión" que nos levanta, nos arrebata, nos "sube".

Cuando recordamos, no estamos haciendo memoria, sino que vivimos y re-vivimos, sintiendo la raiz de sangre y de alma que nos nutre, que nos reconforta, que nos fija a la tierra de nuestros mayores y nos hace crecer hacia arriba: La Asunción, ser "asuncionista", es una "espiritualidad" que nos hace sobrevivir en este mundo y nos alienta a subir a la Gloria.

p.s. Por incuria de los SS. Arzobispos y la mala voluntad de determinados elementos influyentes, la Archidiócesis de Sevilla es de las pocas de España que no ha incoado ningún expediente de beatificación-canonización de ninguno de los Sacerdotes, clérigos y seglares Mártires, victimas de la persecución anti-católica desencadenada por las autoridades y las hordas republicano-marxistas en aquel memorable verano de 1936.


+T.