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miércoles, 25 de abril de 2007

Tan lejana proximidad


A veinte y pico años luz de la tierra, han descubierto un planeta (exo-planeta, precisa la noticia, pero yo no sé precisar qué sea la exo-planetidad) que, según sus científicos descubridores, reúne las condiciones para una eventual vida: Densidad de atmósfera, temperatura, gravedad, agua...

No me queda claro si a 20 y pico años luz y con un telescopio desde Chile, se pueda precisar tanto; tampoco si el concepto de vida que se entiende es vida vegetal, animal o racional; incluso me cabe la duda de si se distinguen esos niveles de vida cuando la ciencia de hoy habla de vida. De todas formas, esa vida a 20 y pico años luz, sería - si ha sido, es o fuese - una vida extra-terrestre.

La vida extra-terrestre es, hasta ahora, una ficción en la que el hombre ha proyectado sus límites. Desde Verne hasta Asimov pasando por el cómic y el cine, el género de ciencia-ficción ha extrapolado a los mundos extraterrestres las miserias y veleidades terrenas, tal y como los griegos trasladaban al Olimpo y su Panteón inmortal las cosas más pedestres de su mundo heleno, desde las infidelidades domésticas, a los celos, las envidias y las venganzas de los mortales.

La sugestión de existir en un universo cerrado, es una de las fatalidades heredadas que la ciencia, el pensamiento y la ficción repiten atávicamente, sin poder liberarse de ella; quizá por el lastre que el mismo Universo material y su gravedad (sea lo que sea esa gravedad del Cosmos) impone sobre los que lo habitamos.

Cuando se olvida la profunda revelación de que "...en Él vivimos nos movemos y existimos...", hasta el mundo más remoto será el repetido escenario de un previsible hastío; para uno que espera Cielos nuevos y nueva Tierra, el exo-planeta de la estrella Gliese-581, es una tediosa vulgaridad...a veinte y pico años luz.

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miércoles, 28 de marzo de 2007

La misma Luna

Unos profesores italianos y alemanes, de las universidades de Padua y Berlín, han descubierto cinco acuarelas de la Luna pintadas por el mismísimo Galileo Galilei. Aseguran que son de la mano del gran científico, y las datan sobre el año 1610, fecha de publicación de su obra Siderus Nuntius, para cuyas cinco primeras páginas habrían servido de ilustración.

En este blog, hace unas semanas encabecé una entrada sobre el eclipse lunar del pasado día 2 con unas instantáneas de la Luna, tomadas aquella noche desde Suiza. Asombra el comparar las fotografías con las acuarelas de Galileo, por su enorme coincidencia.

Claro que se trata de un cuerpo astral que repite fases, eclipses, órbita desde...desde...desde que la Luna es satélite de la Tierra... Claro. Y por eso la coincidencia entre unas acuarelas de principios del XVII y unas fotos de cuatro siglos después.

Pero la evidencia no me quita admiración. La Luna de Galileo, siendo la misma que yo veo, no es la misma Luna en cuanto contemplada por el inteligente astrónomo pisano y por mí mismo; la Luna que él comprendió, tan lejos de la que yo siento. Digo esto por diferenciar expectadores y experiencias, sin medir la vanidad de lo que ver la Luna puede ser para mí , y la inteligencia que supuso para el maestro. Pero es la misma Luna.

Con Galileo dibujando lunas, se me ha ido el pensamiento a Galilea y a la Luna: Se está formando, está dibujándose en el cielo la Luna de Pascua, la Luna llena de Nisán, la Luna de la Pasión.

Es la Luna de Moisés y el Éxodo, la Luna de cada Pascua celebrada en el Antiguo Testamento. Y la Luna que asomaba entre los olivos de Getsemaní; la que dió brillo a las lágrimas de Pedro; la Luna que alumbró al Hijo del Hombre la noche de su Pasión; la Luna del jardín de su Sepulcro, la Luna de su Santa Resurrección...

Cuando niño, en estas noches vísperas de la Semana Santa, mi madre, desde el patio de mi casa, me enseñaba la Luna:
- "Mira, ya está casi completa la Luna llena del Señor...".
La misma Luna.




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miércoles, 7 de marzo de 2007

Eclipse


No es el primer eclipse que he contemplado, pero me fascinó como el primero. Prefiero los de Luna, porque se pueden observar sin reservas ni contraindicaciones; los del Sol, me contento con verlos dicurrir en un reflejo, o una sombra.
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A alguien le comenté que el de la otra noche era casi "bíblico", quizá por asociación con alguna imagen que aparejé al fenómeno. Impresionaba ver la sombra rojiza, como un velo de sangre, que iba extendiéndose por la Luna llena. Si a mí me impresionaba, imagino el terror que en los hombres de otras épocas causaría este espectáculo.
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En estas ocasiones, me sobrecoge el silencio del cielo; porque los fenómenos de la Tierra tienen sonido, pero los del cielo más allá de nuestra atmósfera, aparecen a nuestra vista envueltos en un enigmático silencio. Cuando ví el cometa Halley, tuve la misma sensación de silencio, que hacía más fascinante la extensión del meteoro y su cola luminosa difuminándose por encima del cielo oscuro, casi en la línea del horizonte.
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Las estrellas, tan lejanas, abren con su remota luz pensamientos de infinito espacio y tiempo y universo; contemplarlas es darle anchura y vuelo al alma. Pero la Luna, tan cercana, empañándose de rojo por la Tierra entre el Sol y ella, me despierta no sé qué atávicos miedos, más cercanos a la caverna que al tercer milenio.
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Me levanta un sordo malestar estar en el Mundo bajo el eclipse. El Mundo tan ruín, tan limitado, tan contingente; tan lleno de sangre real, auténtica, histórica, diaria, que se proyecta a sí mismo como una trágica alegoría sobre la inerte y radiante blancura de la Luna.
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Y siento el escalofrío de ver que la sombra de mi Tierra tiene color de sangre.
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