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viernes, 11 de mayo de 2018
Hace cincuenta años...
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viernes, 20 de noviembre de 2015
De los Caídos
La palabra 'caído' tiene rango y emoción. y a los que doblamos el cabo de los cuarenta nos llena la memoria de los amigos que se quedaron eternamente jóvenes. La palabra es a la vez sencilla y grave, y resiste con entereza el uso indebido, el floripondio hipócrita y hasta la calderilla sentimental. Es moneda eterna y dura que no puede sufrir desgastes. Así, caer significa morir.
Rafael García Serrano. Diccionario para un macuto.
Mi primer acto político que recuerdo es cuando iba con mis padres a la Misa de los Caídos y después salíamos a la plazoleta para cantar el Cara al Sol y poner las cinco rosas al pie de la Cruz y la lápida con los nombres de nuestros Caídos. Creo que era el .único niño que iba; algunos años vino también mi hermano, más pequeño. Tengo por ahí una foto en la que se ve en primer plano a mi madre, con mi hermano de la mano. Y detrás el alcalde, el comandante de puesto de la Guardia Civil y el cura párroco; un poco más detrás va mi padre conmigo, y entre el grupo se distinguen algunos amigos más, todos camino del Monumento a los Caídos.
Mi padre vestía para aquella Misa la camisa azul con la corbata negra. La última vez que ví a mi padre y a mi madre con la camisa de Falange fue cuando fueron al Valle de los Caídos para el entierro de Franco. Recuerdo que mi madre dijo una vez algo así como que aquel día enterraron también su juventud.
Yo todavía les recuerdo el 20 de Noviembre con la Misa, por los Caídos, por José Antonio, por Franco, por los Caídos de mi familia y por todos los que dieron su vida por Dios y por España.
Me suena bien esa gloriosa intención, cada vez me sabe mejor: Por Dios y por España.
Caer así, sí tiene sentido. Un glorioso e inmortal sentido.
+T.
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sábado, 1 de noviembre de 2014
El Día del Dogma
Encontré en yutube este documento histórico de los actos de la Proclamación Dogmática, con imágenes de Pio XII pontificando solemne, reverente y santamente, como un Papa consciente de su ministerio ante Dios y en la Iglesia. Merece verse y comparar con el abandono de formas esenciales (recalco: formas esenciales) que hoy sufre la Iglesia, que todos sufrimos. Vean Uds. y juzquen:
Aunque no lo parezca, es la misma Iglesia que hoy se nos muestra - dice un cardenal - quasi sin timón, desnortada, cincuenta años después del concilio que desbarató tantas cosas y abrió la puerta a tantos males; el concilio que idolatran los jerarcas que descuidan la Barca de Pedro. El concilio al que siguió este post-concilio interminable, como una penosa y crónica enfermedad que debilita y degenera todo el cuerpo eclesial.
Aquel día, el 1 de Noviembre de 1950, el Día del Dogma, el Papa Pio XII rezó ante la imagen de la Salus Populi Romani esta piadosísima, bella e inspirada oración:
Oración a la gloriosa Asunción de la Sma. Virgen María en cuerpo y alma a los Cielos, compuesta y pronunciada por SS. Pío XII el día de la proclamación dogmática, 1 de Noviembre del Año Santo Jubilar de MCML
¡Oh, Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre de los hombres!, nosotros creemos, con todo el fervor de nuestra fe, en tu triunfal asunción en cuerpo y alma a los cielos, donde eres aclamada Reina por todos los coros de los ángeles y todo el ejército de los santos, y nosotros nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha exaltado sobre todas las demás criaturas, y para ofrecerte el obsequio de nuestra devoción y de nuestro amor.
Sabemos que tu mirada, que maternalmente acarició a la humanidad doliente y humilde de Jesús en la tierra, se sacia ahora en el cielo con la vista de la gloriosa humanidad de la Sabiduría increada, y que la alegría de tu alma, al contemplar cara a cara la adorable Trinidad, hace exultar tu corazón de inefable ternura, y nosotros, pobres pecadores, a quienes el peso del cuerpo hace pesado el vuelo del alma, te suplicamos que purifiques nuestros sentidos, para que aprendamos desde la tierra a gozar de Dios, sólo de Dios, en el encanto de las criaturas.
Confiamos en que tus ojos misericordiosos se inclinen sobre nuestras angustias, sobre nuestras luchas y sobre nuestras flaquezas; que tus labios sonrían a nuestras alegrías y nuestras victorias; que oigas la voz de Jesús que te dice de cada uno de nosotros, como de su discípulo amado: “Aquí está tu hijo”, y nosotros, que te llamamos Madre nuestra, te escogemos, como Juan, por guía, fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.
Tenemos la vivificante certeza de que tus ojos, que han llorado sobre la tierra regada con la sangre de Jesús, se volverán hacia este mundo, atormentado por la guerra, por las persecuciones y por la opresión de los justos y de los débiles, y entre las tinieblas de este valle de lágrimas, esperamos de tu celestial luz y de tu dulce piedad, alivio para las penas de nuestros corazones y para las pruebas de la Iglesia y de la Patria.
Creemos, finalmente, que, en la gloria donde reinas, vestida de sol y coronada de estrellas, eres, después de Jesús, el gozo y la alegría de todos los santos y de todos los ángeles, y nosotros, desde esta tierra donde somos peregrinos, confortados con la fe en la futura resurrección, volvemos los ojos hacia Ti, vida, dulzura y esperanza nuestra.
Atráenos con la suavidad de tu voz, para mostrarnos un día, después de nuestro destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre, ¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María
Cuánta diferencia con aquellas otras oraciones duras, frías, de JP2º; qué distancia con las expresiones coloquiales, chocantes, de PP Fcº. Como si una época creyente y reverente que el Vat.2º cerró con reluctancia impidiera a nuestro tiempo el fluir piadoso de la emoción espiritual, ferviente, que enardece el alma porque brota (brotaba!!) de un corazón encendido en el celo católico, en la tradición de sus Doctores, en la plegaria inspirada del Papa que se reconocía y fortificaba en el tesoro inmenso de la Iglesia y la Comunión de los Santos.
Hoy he llevado todo el día encima una de las medallas conmemorativas del Dogma Asuncionista. Las mandaron a nuestra Hermandad desde Roma, como un raro privilegio, unas de bronce, otras de plata. Los hombres las usaban con un cordón amarillo y blanco, el color papal; las mujeres las llevaban pendientes de un lazo con los mismos colores pontificios. Mi madre, mis abuelas, mis tías, se ponían la medalla del Dogma, expresamente, cuando iban a comulgar, como un pequeño ritual, como una señal preciosa de identidad católica, asuncionista, de comunión con el Papa y la Iglesia.
Todo eso lo he renovado hoy, mañana, tarde y noche, en cada Misa, en cada rezo. Con gozo por el pasado que fue, que hemos conocido. Con un desconsolado resquemor por este presente inquietante, decadente, degenerante, pobre en signos de esperanza y regeneración.
Un ruego: Recen Uds. por la beatificación de Pio XII, cuyo olvido es una señal más de esta languideciente Roma Católica
Pro beatificación del Papa Pio XII
+T.
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miércoles, 20 de noviembre de 2013
Cinco Rosas
La camisa azul de oscuro cielo
vino con cinco rosas, sangre viva;
tu alma formó fila entre luceros,
mi corazón sin mástil icé arriba.
¡¡Arriba!! ¡¡Arriba!!
clamé sin voz, alta la frente,
quieto el dolor, parando el llanto.
Después volví a mirar tu cielo herido,
tu cielo azul abierto en cinco llagas,
cinco flechas en flor, mi compañero,
siempre cara al sol, mi camarada.
El yugo lo guardé yo, labrado en oro,
esperando que amanezca esa mañana.
* ~ *** ~ *
Por todos los que merecieron honra para España con su sangre.
¡Hacen guardia sobre los luceros!
¡¡¡Presentes!!!
+T.
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domingo, 22 de septiembre de 2013
La Subida
En el año 1968, se rodó una película protagonizada por el famoso cantaor y artista flamenco Juanito Valderrama, que interpretaba el papel de sacerdote, cura de pueblo. En un momento del film, como fondo de una Misa en la que Valderrama canta un prefacio 'aflamencado', se grabó la Subida, tal y como se celebra cada tercer domingo de Septiembre.
Aun recuerdo - fue en Mayo, el año de mi Primera Comunión - el tiempo que pasamos en el templo parroquial hasta que se consiguió filmar la escena definitiva.
Ahora, aquella grabación de 1968 tiene para todos nosotros, mi familia, mi hermandad, mi pueblo, un precioso valor.
Lo que más nos emociona, a pesar de ver ese mismo acto todos los años, es la Virgen.
¡¡Bendita sea su Gloriosa Asunción !!!
El acto de La Subida hoy:
¡¡¡ Viva la Asunción Gloriosa !!!
+T.
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domingo, 8 de septiembre de 2013
Tres amores
En mi casa cantaban mucho y cantaban muy bien. Mis abuelas y mis tías cantaban que admiraban. Las recuerdo - yo era muy niño - durante la Novena de la Virgen, en el coro, en torno al armonio, afinando las notas con el organista, antes de empezar a cantar.
Mi abuela ya no cantaba, sólo iban al coro mis tías. Tia Asunción tenía una voz suavísima, melodiosa y tierna, emocionaba a todos los que la oían; tio Enrique, su hermano, en cuanto la oía cantar, lo que fuera, salía llorando. Tia Rosario era imponente, una voz portentosa, llena y rotunda, dominante, fascinaba a todo el que la escuchaba. Decía Don Rosendo, el cura, que él mismo tenía que reprimirse porque, cuando la oía cantar en la Novena, le daban ganas de aplaudir.
Recuerdo muchas de las canciones que entonaban a la Virgen, algunas de ellas eran arias de ópera o romanzas de zarzuela arregladas, con una letra piadosa ad casum. A veces les gustaba cantar juntas, interpretando una voz cada una, o haciendo una de solista y las otras de coro. Por eso he puesto el yutube con una de aquellas canciones, 'Los tres amores', que, con mucha gracia, mis tías llamaban 'el rapto musical', porque se enteraron de que iban a estrenarla para otros cultos, y se buscaron la partitura y arreglaron la letra para adelantarse y poderla cantar antes, en la Novena de la Asunción. Sería allá por el año 1910, ó 1912, antes del casamiento de abuela Enriqueta.
Tía Rosario enfatizaba cuando llegaba al verso que dice 'amor de patria'; ella explicaba que desde la guerra lo cantaba con más pasión. Manolito el ciego, el organista, dejaba de tocar para que la voz resonara sóla, enorme, llenando toda la iglesia.
-'Temblaban hasta los prismas de las arañas', recordaba mi tía Flora.
Ahora que ya no están, cuando oigo estas canciones, recreo sus voces, sus conversaciones, sus ojos, sus manos, el olor del agua de jazmines que usaban, el sonido de los tacones, el movimiento de los abanicos, las pulseras y el relojito prendido en la pechera, junto a las medallas, los velos de blonda con los alfileres de cabeza negra y los misales.
Ellas eran ya mayores, casi ancianas. Y yo era un niño que guardaba cosas, olores, sonidos, colores, que ahora me vuelven y me envuelven en volutas del pasado, un valioso reservorio de cosas pequeñas impregnadas en cariño, imperdibles de alma, prendedores de amables momentos de vida que aun relucen.
La misma canción interpretada por Plácido Domingo:
+T.
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lunes, 6 de mayo de 2013
Flores de Mayo
Para el mes de Mayo nos cortaban unas cuántas rosas y nos formaban un ramillete atándolas con un hilo de cáñamo; mis hermanas las envolvían en un papelito de seda celeste, tapando el amarrijo y los tallos. Yo no tenía paciencia, y lo metía en la cartera del colegio, porque me daba vergüenza ir por la calle con el ramo en la mano, eso era de niñas. Yo tenía cinco o seis años. Y no me gustaba el mes de Mayo.
No me gustaban los rezos del mes de Mayo porque nos metían a todos los niños del colegio, chicos y grandes, en la capilla; los pequeños delante, los mayores detrás. Aunque todos éramos casi de la misma edad, porque las RR. MM. Teatinas sólo admitían niños (varones) hasta la primera comunión. A las niñas sí las dejaban estar hasta que empezaban el bachillerato, que entonces comenzaba sobre los 10 años. Conque las alumnas mayores eran niñas de 9 años, los niños mayores, chicos de 7, y los pequeños los que teníamos entre cuatro y seis primaveras. Recuerdo la enorme diferencia de todo (talla, ropa, zapatos; lectura, escritura, catecismo, dibujo, juegos...todo!!!) entre un pequeñajo como yo y un medio cadete de 7 años o una repipi señorita de nueve.
Yo era un peque de cinco años, o cuatro a punto de cumplir cinco. Yo tenía el pelo rubio, con un irreductible remolino en la coronilla Yo tenía dos incisivos paletones que me pisaban el labio de abajo. Yo tenía unas botas con plantillas ortopédicas que crujían cuando pisaba. Yo tenía unas gafas de hipermétrope-estrábico, las más grandes, súper grandes, las de cristal más gordo y montura más dura que vendían en la óptica. Para remate del cuadro óptico, me ponían un parche de goma negro para taparme el ojo, un día en uno y el siguiente en el otro, para que los ejercitara. Yo tenía todo lo que había que tener para no ser uno más, sino uno muy reconocido, con fama, encima, de estudioso y tímido. Un horror.
Por su parte, las RR. MM. Teatinas eran el horror horrorum; excepto Sor Bernardeta (mi preferida) y Sor Camino (una buenaza monja-tipo), las demás eran tremendas: La inflexible Sor Maravillas, la siniestra Sor Dulce, las torturadoras Sor Celia y Sor Nuria, la monstruosa Sor Jacinta, y la superiora, Sor Martina, un concentrado de todos los horrores.
Después del canto del 'Venid y vamos todos' se rezaban cinco Avemarías, luego una plegaria de ofrenda y a continuación pasábamos todos, niños y niñas, delante de la imagen de la Inmaculada y poníamos el ramillete de flores a los pies de la Virgen, en una especie de cuadrícula aparrillada que montaban las monjas. El máximum de tensión sucedía cuando, además de poner las flores, había que recitar algún verso, un poema o alguna letrilla de la Virgen: Pararse delante del altar, hacer reverencia, decir el verso y dejar las flores.
Algunas de las mayores recitaban unos versos preciosos, largos como un romance, pronunciando muy bien, muy redichas, con mucha entonación. Los pequeñajos aprendíamos alguna letrilla fácil para salir del apuro; la más socorrida y repetida era -'Virgen María, blanca paloma, si no tienes flores ¡toma mi corona!', la repetían, cada vez que tocaba ofrenda con versos, doce o catorce chiquillos. Otro recurso era tomar una estrofa de alguna conocida canción de la Virgen, por ejemplo 'El trece de Mayo' o 'Rendidos a tus plantas'. Sor Celia, con su cara de lechuza, nos asustaba y nos ponía nerviosos advirtiendo que había que decir el verso de memoria y del tirón, sin titubeos.
Mi tía Aguasantas me confortaba y me daba valor para mi fobia anti-teatinas. Y pensó que lo mejor era ensayarme un verso cortito, para el mes de Mayo, un verso que no fuera de los conocidos y repetidos, sino un verso de verdad, de poeta, y así, cuando lo aprendiera, como ningún otro niño (o niña) lo sabría, yo podría decirlo cada vez que me tocara, sin que sonara a repetido. Mi tía Aguasantas era lectora apasionada de Pemán, recortaba sus artículos del ABC y tenía los tomos de las Obras Completas de la editorial Escelicer, que se los regaló su cuñado, el tío Paco Villavicencio. Así que se puso a buscar un verso pemaniano de su gusto y me arregló para el mes de María el comienzo de aquel poema de la conformidad:
¡Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad;
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad!.
que, después del retoque de tia Aguasantas, quedó así:
¡Bendita seas, Madre mía,
por tu infinita bondad;
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad!.
Un detallito, un pellizquito quitando al Señor y poniendo a su Madre, guardando la piedad del verso y dejándolo apto para las flores de Mayo. Total, que me aprendí el versito, lo ensayé discretamente con mi tía y cuando lo tuve bien aprendido, con su poquito de entonación y todo, me decidí a recitarlo la próxima vez que tocara flores con verso.
No sé qué día del mes fue, ni el de la semana. Íbamos a la capilla para rezar el mes de Mayo media hora antes de salir, a las 5 de la tarde. Entramos en el oratorio y allí estaba la imponente Sor Celia, en la esquina del altar, como pájaro en la alcándara, malencarada, mirando de reojo, sin quitarnos la vista de encima. Aquella tarde tocaba verso y flor. Yo llevaba un manojito de rosas que olían riquísimas, un olor dulce de esos que se te pegan en la nariz. Yo no sabía que aquel olor dulce de las rosas era señal de que llevaban abiertas varios días, y tenían los pétalos sueltos, a punto de desprenderse. Cuando saqué el ramo de la cartera vi que en el fondo se quedaron varios pétalos grandes, blancos unos y otros rojos. Pero al entrar en la capilla, Paquito Daza me empujó, me agarré las gafas, me pinché una espina, se me cayó el ramo, y en el suelo quedó un montoncito disperso de pétalos de rosa. Sor Camino los recogió y me los metió en el bolsillo del babi: -Cuando digas el verso, coge los pétalos y se los echas a la Virgen, me dijo al oído. Pero yo iba en la fila con el alma abatida y el ramito de rosas sin pétalos, sólo con los tallos, las espinas y las cabezas de las flores peladas, una irrisión. Y alguno se rió, y yo me di cuenta. Y me tocaba ya decir el verso, ya tenía que decirlo...-¡¡¡Ya!!!, me dijo la apabullante Sor Celia. Y yo no decía nada, allí, paralizado con los rabos de las rosas en la mano y la boca cerrada, estático...Y sor Celia me golpeó en la cabeza con la libreta enrollada que tenía en la mano, y yo empecé a llorar, sin voz, sólo con los ojos, con las gafas empañadas, rojo de vergüenza, la cabeza agachada... Sor Celia me tiró del cuello del babi y me arrimó a la pared, para que los otros niños pudieran decir sus versos y poner sus flores.
Se me acercó Sor Camino, me acarició el pelo, se sacó el pañuelo y me limpió las gafas. -Venga, no llores, que la Virgen ha escuchado en el cielo el verso tan bonito que no le has dicho: Mira como te sonríe!
Y era verdad. La Virgen, con su corona de estrellas, con sus manos juntas, me miraba y me sonreía. Como siempre, como todos los días. Pero aquella tarde de desconsuelo me pareció más linda que otras veces, mirándome, tan bella.
Aquel mes de Mayo pasó. No olvidé el mal rato, ni el empujón de Paquito Daza, ni el papirotazo de Sor Celia, ni a la amable Sor Camino, ni la sonrisa de la Virgen. El verso sí lo olvidé. Pero un día, ya de estudiante, en la universidad, me encontré casualmente con aquellos versos de Pemán:
¡Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad;
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad!.
¡Qué triste es mi caminar!...
Llevo en el pecho escondido
un gemido de pesar,
y en mis labios un cantar
para esconder mi gemido.
Tú sólo, Dios y Señor,
Tú, que por amor me hieres;
Tú, que con inmenso amor,
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres,
Tú sólo lo has de saber;
que sólo quiero contar
mi secreto padecer
a quien lo ha de comprender
y lo puede consolar.
¡Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad,
porque pones con amor,
sobre espinas de dolor,
rosas de conformidad!...
Será el dolor que viniere
en buena hora recibido.
Venga, pues que Dios lo quiere...
¿Qué me importa verme herido
si es mi Dios el que me hiere?.
Yo no me quejo, Señor;
yo sé que es goce el dolor
si se sufre por amar,
y el padecer es gozar
si se padece de amor.
Yo quiero sufrir, Señor;
quiero por amor gozar
la dulzura del dolor;
quiero hacer mi vida altar
de un sacrificio de amor.
Vivir sin penas de amores
es triste vivir sombrío,
como el del agua de un río
que, sin árboles ni flores,
va por un campo baldío.
Vida, la falsa alegría
yo no te envidio, que el día
que fuere mi vida así
temblando de horror diría:
¡Dios se ha olvidado de mí!.
No huyáis penas y dolores
con flaqueza de cobarde,
ni busquéis falsos amores,
que mueren, como las flores,
en el morir de la tarde.
Saber sufrir y tener
el alma recia y curtida
es lo que importa saber;
la ciencia de padecer,
es la ciencia de la vida.
Por eso, Dios y Señor,
porque por amor me hieres,
porque con inmenso amor
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres;
porque sufrir es curar
las llagas del corazón;
porque sé que me has de dar
consuelo y resignación
a medida del pesar;
por tu bondad y tu amor,
porque lo mandas y quieres,
porque es tuyo mi dolor...,
¡bendita sea, Señor,
la mano con que me hieres!
Hace ya tiempo que por Mayo ofrezco a la Virgen rosas de conformidad, ramilletes de rositas de Pemán (también las llamo así). Algunos días es una rosa sola, una rosa de gran conformidad; otros llevo un manojo de florecitas, conformidades pequeñas en un ramito. También me acuerdo de mis lágrimas de niño de aquel día de Mayo, y las reúno con otras de ayer y de ahora, y hago otro ramito de flores, lagrimitas en flor, también para Ella.
Yo sé que son cosas que algunos no soportan, también sé que otros se reirán; no problem. A mí me sirven, yo sé que son buenas, que se las puedo llevar a la Virgen, que me las acepta. Y me sonríe.
Et quam pulchra est!!!
+T.
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miércoles, 13 de junio de 2012
San Antonio Bendito

Cuando me bautizaron, me pusieron Antonio de segundo nombre, que en mi familia los Antonios y las Antonias son tradición, más allá de los tatarabuelos, con tataratíos, primos en multi-grado y descendencia multiplicada. Pues ocurre que una parte de la familia se olvida de mi primer nombre y no olvidan felicitarme por San Antonio, cosas de las casas y anécdotas de parentela.
Desde luego, tengo que reconocer que todos los Antonios y Antonias de la familia han sido y son buenos, simpáticos y generosos, en persona y en bienes, dejando buen recuerdo y confirmando los lazos familiares. Si me pongo a examinar, concluyo, con sinceridad, que el peor de la lista soy yo, será porque llevo el nombre del Santo no entero y exclusivo, sino compartido. Por eso debe ser.
Conque me siento obligado a dejar señal de devoción al Santo, tan milagroso. Que no sé si es mucho pedirle que en la familia no se nos acaben los Antonios y las Antonias, las Maria Antonías y los Antoñitos, que estamos un poco mermados, y pregunto inquieto si en la próxima generación subsistirá el nombre de San Antonio Bendito entre los nuestros.
¡Que el Santo nos lo alcance de Su Divina Majestad!
Para la encomendación, ahí van el responsorio en latín, el milagro de los pajaritos y el responsorio cantado en romance español:
Si quaeris miracula,
Mors, error calamitas,
Daemon, lepra fugiunt,
Aegri surgunt sani.
Ant. Cedunt mare, vincula:
Membra resque, perditas
Petunt et accipiunt
Iuvenes et cani.
Pereunt pericula,
Cessat et necessitas:
Narrent hi, qui sentiunt,
Dicant Paduani.
Ant. Cedunt mare, vincula:
Membra resque, perditas
Petunt et accipiunt
Iuvenes et cani.
Gloria Patri et Filio
et Spiritui Sancto.
Ant. Cedunt mare, vincula:
Membra resque, perditas
Petunt et accipiunt
Iuvenes et cani.
Gloria Patri et Filio
et Spiritui Sancto.
Ant. Cedunt mare, vincula:
Membra resque, perditas
Petunt et accipiunt
Iuvenes et cani.
V. Ora pro nobis, beate Antoni,
R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.
Oremus. Ecclesiam tuam, Deus, beati Antonii Confessoris tui commemoratio votiva laetificet, ut spiritualibus semper muniatur auxiliis et gaudiis perfrui mereatur aeternis. Per Christum Dominum nostrum. R. Amen

Ex Voto
+T.
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sábado, 9 de junio de 2012
Pedrito V

Ayer tarde, en la parada del autobús, había pegado un pasquín indecente anunciado una orgía in-cívica de los indignados pan-y-circo. Vean y lean el pasquín:
Iª Velá Indigná
Tiene bemoles y contrapunto al pedal el anuncio de la 'musiquita' y el 'ambigú' entre la 'lluvia de alternativas' y la 'mesa informativa'. Que quiere decir que, entre parida libertaria y manifiesto comunistón, los asistentes se toman un tinto con gaseosa (o 'de verano') con una tapa de caracoles y un par de cubatas con tres porros de jachís, de postre.
Esa es la 'revolución' de los indignaos, la de verdad, sin trampa ni cartón de gacetilla de periodistucho post-marxista alucinando (también con cubata y porro) con paralelos 15-M = M'68.
En la velá esa que anuncia el pasquín, los tipos son los mismos que los de Madrid, con un plus de barrio y estrambote sevillano, como una re-versión de novela picaresca, estilo Rinconete cervantino light. Imagino que no será raro ver por allí a algún cura-petardo de las proximidades, confraternizando con la morralla indignada del ambigú y la musiquita, lloviendo alternativas. Etc.
Pero lo que me ha hecho saltar el resorte 'O tempora, o mores!' ha sido ver que la 'velá indigná' se ubica en la calle Doctor Pedro Vallina, ¡si levantara la cabeza!
Entre las cosas que se me han extraviado en una reciente mudanza, no encuentro un libro en el que tenía guardada, como marcapáginas, una carta de Pedro Vallina a mi abuelo, que no me gusta enseñar (y sé que a muchos les encantaría leerla o tenerla) por lo mismo que en mi casa no gustaba hablar de Pedrito Vallina, ese infeliz (así se le nombraba, con cierta reluctancia; otras veces, la aposición al susodicho era más dura: 'esa prenda' o 'ese desgraciado' o 'ese canalla').
La cosa venía de lejos, porque la amistad con la familia de Vallina nunca se perdió, con su prima Concha Daza y su primo el Padre Daza, y con la tía-matriarca de todos ellos, Doña Amparo Martínez, todos muy tratados, de las amistades viejas de casa de mis abuelos y mis tías. A Concha Daza la recuerdo todavía, remotamente, ya muy mayor, maestra nacional jubilada, cuando venía de visita por la Novena. No era una visita agradable para mí, porque preguntaba cosas de colegio y decía que se estaba perdiendo la caligrafía. Yo me escondía cuando llegaba y llamaba a la campanilla de la cancela del zaguán, pecherona, con un moño y una cabeza imponente, y un bolso negro inmenso, y un abanico, un medio pericón negro, que sonaba riiiisss-rrrasssss (abrir-cerrar) plis-plis-plas, plis-plis-plas, plas-plas-plas-plas-plas (sobre el pecho) clin-clin (sonando las medallas). Y así la tarde entera, en el estrado, en las butacas de mimbre, hasta la hora de cenar, con mis tías y un par de amigas de la misma quinta, todas del tiempo de la Regencia de María de Cristina.
Lo extraordinario era que de un ambiente como aquel hubiera salido un engendro como Pedrito Vallina, criado en la misma casa que sus primos, Concha, la maestra, y Don Francisco, el cura. Pero así son las cosas, y se explican, relativamente: Una familia pudiente, un hijo inteligente y aplicado, una carrera universitaria, las influencias del pensamiento de vanguardia, el descontento social ambiental, los viajes al extranjero, los contactos...Resumiendo sus andanzas con un calificativo último y definitivo, se decía: - "...y se hizo masón", como una especie de compendio de las más abyectas monstruosidades.
Pero Pedrito se hizo algo peor, mucho más peligroso: Se hizo anarquista. En el colmo de los horrores, un día se supo que estuvo implicado en un complot que tramaba atentar contra el Rey, Don Alfonso XIII. Estuvo en la cárcel dos o tres veces. Ya no se le trataba, ni se le recibía en ninguna casa, salvo en la de su tía, Doña Amparo Martínez, que llevaba aquella cruz del hijo de su hermana con resignación, con toda la resignación, callando todo y temiendo barbaridades mayores. Se contaba que el caso de Pedrito se la llevó a la tumba.
De su tía, Pedrito heredó, si no caridad (que eso es virtud), una estupenda filantropía que le hizo destacarse como hombre providencial en momentos de necesidad, penuria, epidemias, urgencias. En Sevilla era famoso su dispensario-consulta, en la calle Bustos Tavera, un enclave justo en el límite entre el centro de la ciudad y uno de los accesos a los barrios que conformaban lo que se llamó 'el Moscú sevillano', guarida de los peores elementos activistas del marxismo clandestino, células comunistas y anarquistas que envenenaron la vida de la gente sencilla inyectándo el odio clasista y suministrándoles recursos violentos, inspirándoles malas ideas y organizándolos para actividades criminales. En todo aquello, andaba Vallina, curando gratis a los pobres, pagándoles medicinas y costeando tratamientos, y alentando la rebeldía de los descontentos. Un filántropo activista radical.
En el pueblo, organizó un centro de curación-reposo-rehabilitación para tuberculosos, en una finquita que heredó de su tía, unos terrenos en la sierra baja que se levanta a poca distancia de la localidad, con una situación muy saneada, elevada, bien orientada, con un par de arroyos cercanos al lugar donde edificó 'El Sanatorio', unos sencillos pabellones habilitados como salas para los enfermos residentes. Todavía quedan dos de aquellos edificios, usados ahora como casas de labor, entrelargas, de una sóla planta, techadas con tejas a dos aguas, con un cierto parecido a las construcciones del ferrocarril, con los muros blanqueados y los cantones de las esquinas, cornisas, marcos de ventanas y portadas pintados con almagra.
Cuando salíamos al campo, de excursión, o con tio Enrique, a cazar lo que saliera - para limpiar la escopeta, decía él - y veíamos de lejos aquellos dos edificios, preguntábamos qué era, y nos contestaban - "...El sanatorio", sin más detalles. Y si seguíamos preguntando, nos decían poco más - "...aquello era para los tísicos, que venían de Sevilla a hacer reposo, lo cerraron antes de la Guerra". A Vallina, ni lo nombraban, como si no hubiera existido.

Don Pedro vivió sus años de gloria durante el quinquenio desgraciado de la criminal 2ª República. Hombre inquieto e inconformista, mantuvo tensas y encontradas diferencias con los representantes oficiales de las formaciones políticas anarquistas. El Alzamiento le sorprendió fuera de Sevilla, y mantuvo bastante actividad en la zona roja, organizando auxilios y dispensarios. Al final de la contienda, poco antes de la victoria de Franco, salió de España y terminó asentado en Méjico, donde murió nonagenario en 1970.
Por aquellos años todavía vivía su prima, Concha, la de las visitas que yo temía, la del sonoro abanico y las tertulias interminables con mis tías. La última vez que estuvo en casa fue el verano del luto por mi abuelo. Llegó a dar el pésame y, como mis tias ya se habían trasladado al piso de Sevilla, mi madre y mi tía Antoñita, de otra generación, mantuvieron una conversación de circunstancias, muy fina y muy corta, de una media horita. Cuando llegó mi padre, mamá le contó que había estado Concha Daza, para dar el pésame, y que había preguntado por las titas, que se llevó las señas para visitarlas en Sevilla. Y mi padre, bajando un poco la voz, comentó:
- "...Ayer me dijo Juanito Treñez que el otro día se enteró de que ha muerto Vallina, en Méjico."
- "¡Jesús! ¿Todavía vivía? Tendría la edad de padrino, por lo menos, ¿no?".
- "Sí, tres o cuatro años más que papá, noventa y tantos".
- "Anda, que bastante ha corrido..."
Mi tia Antoñita terció:
- "Pues no se merece ni un Padrenuestro..."
- "Pues más falta le hará, al infeliz", cortó mi madre.
En casa de mi amigo Antoñito Lara, la tía Mercedes solía decir:
- "...anda que eres más malo que Vallina".
Y nosotros, chiquillos, preguntábamos: - "¿Y quién es 'Gallina'?
Y decía la tía Mercedes - "Un rojo masón, de los que quemaban iglesias".
Y en un flash de imaginación, nosotros veíamos a 'Gallina' con una tea en la mano metiendo fuego a la iglesia.
La tia Mercedes sentenciaba: -"...¡Ahora lo estarán quemando a él!"
En mi pueblo no sé si le habrán dedicado calle, hay cosas de las que prefiero no enterarme, y las ignoro, conscientemente.
En Sevilla, por el cartelucho de la parada de autobús, me enteré ayer de que sí hay una calle con su nombre, donde esta noche van a juntarse la recua de los pan-y-circo del 15-M, anarquistas post-modernos que harían las delicias libertarias de Don Pedro Vallina.
O quizá le curaran, si los viera, el virus anarcosindicalista, radicalmente.
+T.
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domingo, 15 de abril de 2012
Ver y tocar
Ha sido una de las sentencias que más veces me han dicho, en tono admonitorio y corrector -"Santo Tomás, ver y tocar". Me lo decían, efectivamente, cuando tocaba algo con, digamos, consecuencias: Volcar, tirar, romper, estropear, manchar, mancharme. O también, simplemente, tocar por curiosidad. Si me lo decían mis tías mayores, no me molestaba; si me lo reñían mis tías jóvenes, me irritaba especialmente. Cosas mías. Pero es verdad que me gustaba tocar, ver y tocar (como Santo Tomás).
Mi tía favorita, mi predilecta, conocía mi inclinación y me la consentía: Me dejaba abrirle todos los cajones de las cómodas, escritorios, roperos, y los baúles, los arcones, las alacenas, la despensa: Todo. Hasta el cajón de la mesilla de noche y los de su tocador. Ver, tocar. Y oler. Un día metí la nariz en un bote de cristal tallado, precioso, que se había quedado manchado por dentro por un resto de esencia de jazmines que se fue consumiendo y dejó un poso reseco, parduzco. Le habían echado amoníaco, para que disolviera aquello. Llegué, le quité el tapón de cristal y (ajeno a lo del amoníaco) aspiré hondo, para oler el especioso aroma de jazmín reseco, sssssniiifffffff...Y me caí de espaldas, aturdido y lagrimeando, y escuchando el recriminatorio -"¡Santo Tomás, ver y tocar!" (además de oler).
A Santo Tomás le debemos estar agradecidos porque se atrevió a decir y hacer lo que a muchos les pasa por la cabeza y les gustaría hacer, aunque no lo digan ni lo hagan: Ver y tocar.
Comprendo que me digan, que me expliquen y prediquen que, satisfechas esas dos apetencias visuales y táctiles, la fe queda relativamente desvalorizada, con poco mérito. Yo respondo que no, en absoluto. Por lo menos en el caso de Stº Tomás, vidente y tocante, nuestra fe en Cristo resucitado queda satisfactoriamente confirmada y testada. Además, desprendo por el versículo de Lc 24, 38-40 que no fue Tomás Dídimo el único que tocó, sino que otros, además de él, también tocaron (y vieron):
Pero él les dijo: -"¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo." Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies.
Y San Juan, en el exordio de su primera epístola, lo confirma:
"...lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida" IJn 1,1
Es decir, que San Juan también tocó y, por supuesto, vio. Lo recalca, incluso, enfatizando. No en vano Verbum caro factum est, el Verbo se hizo carne, carne visible y tangible que fue vista y tocada después de su Santa Resurrección, para que la impresión recibida por los Apóstoles y los Discípulos fuera efectiva, satisfactoria, corroborada por la acción de los sentidos externos que informan a la inteligencia según ese proceso fascinante que es el acto del conocimiento racional humano, todo eso que se estudia en la epistemología (que nunca me gustó estudiar).
Lo que pasa es que el pobre de Stº Tomás dudó y dijo en voz alta su duda. ¿Los otros no dudaron? No sé qué decir. De lo que dicen los SS. Evangelios se deducen actitudes variadas, imagino yo que cada uno reaccionó muy personalmente, pero dubitantes hubo, más de uno, aunque la duda se achaque, por título, a Stº Tomás.
Lo que pasó, también, es que Stº Tomás no estuvo cuando la primera aparición y se resistía a creer lo que le contaban, no recibió la impresión primera de los que sí vieron al Resucitado (y seguro que algunos también lo tocaron), quedándose suspenso en ese intervalo de emoción que no rompe porque no ha probado, no ha sentido.
Y ya como corolario: ¿Qué hubiera sido de la iconografía pascual si no hubiera habido duda, desafío visto y tacto de Santo Tomás, el Dídimo? Tantos relieves, frescos, lienzos, tallas, grabados que no habrían enriquecido nuestro arte cristiano, embellecido iglesias y afamado museos, desde Silos a Orsanmichele, desde Verrocchio a Salcillo, desde Alejo Fernández al Caravaggio, tanta belleza sacro-emocionante.
Conque verán Uds. que estoy dispuesto a montar todo un alegato pro-Tomás y su comprobación. Le estoy, en suma, muy agradecido.
Llegado a este punto, al 'ver y tocar' se me van sumando una serie de dípticos, de parejas de palabras, todas en relación con aquello: Ver y tocar, tocar y sentir, sentir y creer, creer y temer, temer y amar, amar y rezar, rezar y esperar, esperar y vivir, vivir y ansiar, ansiar y aspirar, aspirar y tender, tender y subir, subir y llegar...
...Y al fin ver y tocar.
+T.
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miércoles, 2 de noviembre de 2011
Una historia de cementerio
Doña Enriqueta era de las pocas (dos o tres) beatas del pueblo que comulgaban todos los días. Pero Doña Enriqueta no era beata, que era señora, señora viuda del médico del pueblo y señorita de nacimiento, de las mejores familias de la villa, por parte de padre y de madre, ya se sabe, mucho apellido y pocos reales. Pero entonces todavía conservaba casa señorial, criadas y mozos, y unos cuantos olivares, un par de viñas y alguna finquita más, todo bien administrado. La decadencia final sucedió cuando Doña Enriqueta finó.
Con setenta y muchos años, todavía admiraba y encantaba, una belleza con canas como había sido una beldad con veinte. Hasta el luto le sentaba bien, hasta el velo negro le favorecía, no sabían decir qué tenía, pero cuando pasaba por delante del casino, los señores se quitaban el sombrero desde que la veían venir, y la seguían con la mirada hasta que desaparecía por la esquina del marmolillo.
Iba a Misa de alba, de vuelta a casa tomaba un desayuno ligero, con media copita de coñac, y volvía a salir calle arriba, para el cementerio. Iba sóla, no quería que la acompañase la tata porque renqueaba y le entorpecía el paso, que a su edad Doña Enriqueta todavía lo tenía ligero y seguro.
Iba al cementerio a diario, menos los Domingos y Fiestas, desde que murió su hijo pequeño, en el frente, un mes antes de acabar la Guerra, en Febrero del '39. Desde el día después del entierro se impuso esa devoción. Cuando murió Don Augusto, su marido, siguió con lo mismo, con doble motivación. Ella era de poco llanto, de lágrima contenida y suspiro para adentro, de las de pena honda e impasible el ademán. Ni perdió nunca la sonrisa, ni a nadie fastidió con su luto. Pero el camino del cementerio sonaba todos los días al compás de su medio tacón.
Aquella mañana Don Francisco, el párroco, celebró la Misa con el Pepe el sacristán, Doña Enriqueta y Rosarito la de Buela, porque amaneció con temporal, una ventolera y un aguacero que quitaba las ganas de salir hasta a las más pías de la parroquia, sólo las irreductibles fueron capaces de vencerse y salir. Cuando terminó la Misa había dejado de llover, pero el celaje estaba tormentoso y el viento soplaba de abajo, avisando más lluvia.
Doña Enriqueta decidió dejar el desayuno y aligerar la visita al cementerio, aprovechando el escampado. Cuando cruzó la cancela del cementerio, el cielo barruntaba tormenta; al llegar al panteón sonó el primer trueno, con un relámpago como un fogonazo. El cementerio sobrecogía, el cielo tan oscuro, todo el suelo encharcado, con un silencio extraño porque todavía no había empezado a llover, sólo tronaba.
Al pasar, en la cuartelada de nichos que hacía pared con el panteón, había una sepultura abierta, un nicho de la segunda fila contando desde el suelo, la lápida estaba apoyada en la abertura, encajada de canto en uno de los extremos de la bovedilla. Doña Enriqueta se fijó en todo, echando una de esas miradas de paso, distraidas pero que ven todo lo que tienen que ver.
Cuando acabó el misterio del rosario que iba rezando, Doña Enriqueta añadió un responsorio, un Credo y el De profundis (ella sabía bien los latines de Misa, las Letanias, algunos salmos de carrerilla, y algunos responsorios también). No se entretuvo con más rezos, porque tronaba y tronaba, con los relámpagos y los truenos cada vez más cerca. Se dió la vuelta y, de pronto, se quedó petrificada, impávida, casi se le para el pulso: En el nicho de al lado, el que vió abierto y sin lápida, había algo, algo se movía, hacía ruído, como si se revolviera algo dentro, un ruído sordo, cada vez más. Horrorizada, tapándose la cara con el velo, vió como dos pies, dos botas, iban saliendo del nicho, luego dos piernas enfundadas en un pantalón mugriento, lleno de tierra y retazos de telarañas, y dos manos, dos manos que se agarraron al arquillo del nicho y, con un impulso torpe, arrastraron y dejaron caer fuera, sobre la tierra encharcada, un cuerpo, un cuerpo de hombre; la cara no se le veía porque la llevaba cubierta con un pañolón pardo, manchado. Cayó pesadamente en el suelo, se revolvió y se fue levantando apoyándose con las manos huesudas de uñas largas en el nicho de más abajo del que cayó. Y rompió a toser.
- ¡Ejeeem, ajuuummm, ajuuummm, ejeeem, jemmmm...!!!....¡Ay! ¡Doña Enriqueta dispense usted!
- ¡Jesús, por Dios! ¡Romualdo, hijo de mi alma! ¡Jesús, Jesús, Jesús!
- ¿Se ha asustado usted, Doña Enriqueta? Mire usted que yo no sabía que estaba usted aquí, si no no salgo.
- Pero Romulado, por Dios, ¿que hace usted dentro de un nicho?
- Las cosas, Doña Enriqueta, las cosas; que ayer me ajumé y me dieron aquí las tantas y cuando empezó a llover me lié en el capote y me metí en el nicho, y ahí he pasado toda la noche, que yo sé que no es sitio, pero las cosas, Doña Enriqueta ¿qué va hacer uno, si no tengo donde caerme muerto?
- ¿Que no? Para eso tienes el cementerio entero, Romualdo.
- Que no tengo donde recogerme, Doña Enriqueta, ni un mal chozo, quería decir, usted me entiende.
- Lo que entiendo es que por poco se me sale el corazón por la boca, Romualdo, que vaya susto...
-¡Ay Doña Enriqueta, que yo le juro por mis muertos que no había intención!
- No jures, no jures, que no hace falta. ¿Y eso lo haces mucho, lo de meterte en el nicho?
- Pues mire usted, Doña Enriqueta, ahora, con el mal tiempo, más de una noche me arrecojo en el nicho, en este que está bajito y alcanzo bien a meterme; como en esta cuartelá pega bien el sol, está mu sequito por dentro y no hay humedá, ni bichos. Y pa decirle a usté toa la verdá, en verano también me echo la siesta, que no sabe usté lo fresquito que se está dentro.
- Si hijo, sí, me lo figuro, la mar de a gusto que se estará, vivir para ver.
- Doña Enriqueta, no se lo diga usté a naide, que me busca usté un lío, que ya sabe usté que na más tengo la paguita de enterraó, que vivo de eso, Doña Enriqueta.
- Descuída, Romualdo. Toma, toma un duro y vaya usted a tomarse un aguardiente a la Ventilla, y entre usted en calor. Descuíde que no pasa nada, Romualdo.
- Ay, señorita Enriqueta Dios se lo pague a usté, que siempre tiene usté un detallito conmigo, Doña Enriqueta.
- Anda, anda...Ea, ahí se queda usted, Romulado, con Dios.
- Vaya usted con Dios, Doña Enriqueta, condió, condió...
Doña Enriqueta se entró en la ermita de la Soledad, junto al cementerio. Terminó el rosario; había empezado a llover, y le pidió a la santera que mandara recado a casa para que vinieran por ella. Al cuarto de hora llegó un coche a recogerla.
- Al ayuntamiento, Paco.
- Lo que usted mande, Doña Enriqueta.
- Buenos días, Doña Enriqueta, ¿necesita usted algo?
- Sí, Pepito, buenos días ¿está el alcalde?
- Sí señora, despachando con el Comandante de Puesto.
- Pues dile que quiero verle.
- Ahora mismo.
- Enriqueta ¿que traes?
- A sus órdenes, Doña Enriqueta.
- Usted siempre tan marcial, Sargento Cotán...
- Mira, Eduardo - siéntate, y usted también sargento -. Mira, Eduardo, me acaba de pasar lo que no te puedes figurar...
Y le contó al alcalde lo de Romulado el enterrador saliendo del nicho, con los truenos de fondo y el relámpago alumbrando la escena.
- ¡Jesús, Enriqueta! A mí me pasa eso y me muero allí mismo. Ahora mismo lo mando a llamar.
-¡Ni se te ocurra! Que el pobre se ha llevado tanto susto como yo al verme allí, creyendo que no había nadie. Déjalo y no le digas nada, que yo le he dicho que no lo iba a contar. Pero habrá que hacer algo, Eduardo, porque ese hombre no puede andar así, durmiendo en los nichos, que eso ni es cristiano ni es salubre.
- Dí que sí, Enriqueta, desde luego que no, que eso no puede seguir. ¿Qué quieres que haga?
- Venía pensando, Eduardo, que si no se podría arreglar la casilla de los trastos, la que está junto al osario viejo. Si tú das permiso, se le podría arreglar el techo y abrir una ventana, o dos, y echarle por medio un tabique y separarle un cuartillo con su alcoba y una cocinilla, y una puerta que de al costado de la ermita, para que no tenga que entrar y salir por el osario. Yo me hago cargo de lo que cueste la obra, pago el jornal de los albañiles y tú pones los materiales, ¿estamos?
-¡Y como no vamos a estar! Si tú cuando vienes no traes problemas sino remedios, Enriqueta. Así da gusto ser alcalde.
- ¡Anda, anda! Que a tí te gusta la alcaldía y el sillón como sea y con lo que sea, Eduardito, que eres alcalde profesional, como si hubieras estudiado la carrera. Bueno, ahí se quedan ustedes, que con lo del cementerio y el enterrador ya he perdido media mañana. Un beso, Eduardo. Sargento, que me alegro de saludarle, bien lo sabe usted.
- A sus órdenes, Doña Enriqueta.
- Con Dios, Con Dios...
- Su tia, Don Eduardo, es una señora. ¡Qué distinción, que simpatía!
- Mi tía, sargento, no es corriente. Y ademas de ser una señora es una santa, de las que no meten ruído y dejan buen olor por donde pasan.
- Usted que lo diga, Don Eduardo, una mujer sin par.
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domingo, 28 de agosto de 2011
En Novena
Para llegar a la Iglesia hay que subir la Cuesta del Reloj, una hermosa pendiente que arreglaron este invierno, con adoquinado nuevo, nuevos acerados, todo nuevo y la han dejado con más desniveles que tenía antes. Más cuesta, eso sí. Mi tía la subía antes en tres estaciones; ahora son cinco parones los que hacemos. Claro está que mi tia pasa los ochenta y cinco, y la cuesta en esto es pasivamente indiferente (aunque activamente accidental). Así que si salimos de casa al segundo toque, cuando llegamos al repechón final de la Torre del Reloj ya están repicando el tercero.
Ya conté, otro año, que mi tía y sus coetáneas feudalizan dos bancos que son su alcázar inexpugnable, en el tercio final de la nave de la Epístola, cabe el pilar delantero de la arcada del Cristo de la Misericordia, frente por frente a San Felipe. Ese es su sitio. Mi tía, empero, vive cada tarde de Novena la posesión de 'su' sitio como un cruzado en batalla, ansiosa como un halcón que se precipita en vuelo sobre su presa. Las armas de mi tía son su bolso y su abanico: Con el bolso ocupa, con el abanico aparta. Y no hay rival que le pueda. La mañana del dia de la Virgen, para la Función Principal de Instituto (i. e. la Misa Solemne de la Hermandad), llegó cuando ya estaba toda la Iglesia ocupada, bancos y sillas colmando todo el espacio. Así y todo, cuando entramos en procesión hacia el Altar, allí estaba ella, sentada con su bolso, abanicándose el pecho con su medio pericón, mi tía con su silla quasi en mitad del pasillo de la nave central, en primerísima localidad.
La Novena se predica. Antes no se predicaba, todo eran rezos y cantos, con Exposición Mayor, Santo Rosario, Letanías, Preces, Bendición y Salve. Desde los años '70 se celebra la Misa, y desde los '80 la Misa es con predicación. El predicador suele ser también el celebrante, salvo excepciones. A pesar del movimiento de los presentes (entradas, salidas, abanicos en perpetuum móbile, coro, banda de música, niños sueltos etc. ), la gente (los fieles) escuchan al predicador y están atentos al sermón. Los curas, si no están advertidos de la idiosincrasia del lugar, predican como de costumbre, como tengan costumbre, unos mejor, otros peor. La gente (los fieles) es indulgente y disimulan si el cura es un pelmazo y el sermón un rollo. Pero ¡ojo con el Dogma! Con un fino sensus fidelium, la gente (los fieles) entiende y distingue cosas que en otros sitios, a otra gente, les daría lo mismo si lo dicen bien o si no.
Por ejemplo, la noche en que el predicador de turno (tres se han turnado este año durante el Novenario) repitió diez, doce veces 'la advocación de la Asunción'. Yo, que conozco el percal, me iba rezando el Rosario (para aprovechar el tiempo, durante el sermón) y me figuraba la escena, tal y como ocurrió en la Sacristía, en cuanto terminó la Misa:
- Pom, pom (en la puerta de caoba de la Sacristía)...¿Se puede? Padre, buenas noches, ¿cómo está usted?...Padre que venía yo a preguntarle una cosa, una cosa del sermón, ¿sabe usted? ¿Usted no sabe que la Asunción no es una advocación? La Asunción es un Misterio, un Misterio de Fe, un Dogma de fe, ¿usted no lo sabe?...
La que habla y se explica con el cura es Trini Delgado, unos cincuenta y pico años, biznieta de Estrella Jimenez, una legendaria de tronío. Trini (casada, con tres hijos, ama de su casa) sin reparos, sin titubeos, sin cortedad, con todo su respeto, le estuvo explicando al cura lo que era una advocación y lo que era un misterio, distinguiendo, que una cosa es llamar a la Virgen con un nombre devocional y otra referirse a Ella aludiendo a uno de sus Misterios, que hay que creer porque son cosa de fe.
En esto entra en la Sacristía y se incorpora al discurso Nati Borrero, sesenta y tantos, esposa, madre y abuela:
- ...Misterio de fe, el cuarto Misterio Glorioso del Rosario, que no es un invento de nadie, que es un Dogma de Fe que proclamó Pio XII...
Por el despacho del cura entra Purificación Nobo, dogmatizando igualmente:
-...El Dogma de Fe que es de creencia general, que todo el mundo tiene que creer para salvarse, que es un Misterio de la Virgen...
En cinco minutos se juntaron en la Sacristía cinco 'doctoras' de la Iglesia doméstica dictando dogma al pobre predicador, que no sabía qué decir.
Doy fe de que quedó instruído y convencido porque a la noche siguiente repitió en el sermón quince, veinte veces, el bien aprendido concepto 'misterio de la Asunción'. Para satisfacción de todas y todos los (fieles) asistentes. Como debe ser. Como Dios manda.
Antes y después de la Novena se tiran cohetes. La Novena empieza a las 9, ya oscureciendo: Rosario, Preces, Cánticos y Misa con sermón. Salimos sobre las 11 menos cuarto. La Cuesta del Reloj con cinco paradas para el resuello se baja mejor que se sube, salvo las precauciones de bajar una cuesta empinada con mi tía al brazo. Y hablándome y hablándose ella misma:
- ¡Qué Novena, qué esplendor! ¡Cómo está la Virgen! ¡Y el altar! ¡Qué satisfecha, todas las noches!
-Niño, ¿de dónde es el predicador?
- De Sevilla.
- A mi no me gusta. No ha dicho nada, cuatro cositas, cuatro palabritas. ¡Y mira que no saber que un Misterio no es una advocación! Tú díselo mañana, ¿te enteras?
- Sí, tita.
- El Dogma, tú explícale el Dogma.
-Que sí, tita, que sí...
-¡Qué Novena más preciosa! !Que esplendor, Madre mía! ¡Reína, que todo nos parece poco para Tí!
Y así hasta que acaba la cuesta y llegamos a la esquina de Emilio.
Todas las noches de la Novena, con más o menos la misma conversación, sujeta a las variaciones de las circunstancias, la predicación y el predicador.
A mí de la Novena me gusta todo. La cuesta, subirla y bajarla con mi tía, también.
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jueves, 21 de julio de 2011
El Bolero
A mediados de Julio, por la Virgen del Carmen, llegaba el bolero. El bolero llegaba con la calor, como los higos chumbos, y se quedaba en el pueblo hasta San Miguel. Era un viejo alto, con traje de mil rayas color canela, gafas de sol negras de pasta y un sombrero cordobés. Iba a tomar café por las mañanas a La Peña, y a eso de las 11 salía tocando los palillos por la Calle Real, se plantaba en la puerta del estanco, frente a la barbería, al lado de la puerta del obrador de la confitería, y daba un pequeño recital de castañuelas: Riá-riá-pitá, riá-rrriá-pitá, riá-rrriá-carrriá-pitá.
La gente se paraba, salía Paco el barbero, se asomaban a la puerta las costureras del taller de Anita, y Pepe el confitero le convidaba a un pionono. Consumido el pastelito, el bolero se ponía en figura, estático, con la cabeza levantada, mirando sin mirar, de perfil, con una pierna levantada sobre el pie en puntillas, con los brazos levantados, muy efectista. Se quedaba quieto un minuto y se arrancaba bailando una sevillana al ritmo de los palillos que castañeteaban rápidos, como si un grillo y una chicharra se hubieran escondido en los puños almidonados del bolero.
El bolero era de Sevilla, de la Puerta Real, y se hospedaba en casa de Amparito Donda, en un cuarto que daba al callejón del reloj que le reservaban todo el verano, con su cama alta, su cómoda, un ropero con luna y un palanganero. Desde la callejuela se veía el cuarto, muy limpio, con las losetas del suelo enceradas. Amparito, que era viuda, con dos hijas solteras y un hijo tonto de paga, recibía al bolero como si fuera un pariente, porque llevaba yendo al pueblo desde antes de la guerra.
La edad del bolero no se sabía. Ms tías lo ubicaban según esa fecha de datación indefinida, pero precisa, como 'de antes del Movimiento', que aproximadamente quería decir que ya era mozo casadero cuando la Dictadura de Primo de Rivera. Pero no se casó, y pasada la guerra seguía sin tomar estado ni pensamiento de mudanza, con esa estampa ligera del sesentón con diente de oro, pulido y bien conservado, que ya no está para casorio. Ni lo estuvo nunca, dadas sus circunstancias. De las circunstancias no se hablaba pero, tratándose de un bolero, ya se sabe.
El bolero se ganaba el pan con el sudor de su baile, porque su oficio era enseñar a bailar sevillanas a las niñas en edad de lucimiento, a las pavas zangolotinas y a las mocetonas en peligro de soltería. Se contrataba su servicio por un par de semanas, o un mes, un duro por clase y cada clase una hora. Algunas repetían, otras refrescaban o ampliaban los pasos cada año. Había casas en las que el bolero enseñó a la madre, luego a las hijas y hasta llegó a dar clases de baile a las nietas.
Primero eran las sevillanas, que tienen su dificultad. Enseñaba a bailar con palillos (castañuelas), que era lo suyo. A las alumnas aventajadas les enseñaba, luego de las cuatro populares de rigor, las otras cuatro boleras, de academia.
Mi titi Asun se bailaba del tirón las ocho, aunque decía mi tata Antonia que las boleras se las inventaba, dando saltos y brincando en puntas cuando le parecía. Pero era un espectáculo ver a la titi Asun bailar las boleras, una mujerona como un púlpito danzando que daba impresión, con un par de castañuelas de granadillo adornadas con madroños blancos y granas. Todos los años, para la fiesta benéfica de las Margaritas, la titi Asun salía al escenario del Corral del Convento y bailaba sus sevillanas boleras. Un año perdió bailando un tacón que salió volando y le dió en la cara al comandante de puesto de la Guardia Civil, que estaba en primera fila, un taconazo memorable, contaban en mi casa.
El bolero dejó de venir al pueblo el año que yo empecé el bachillerato en el instituto. Amparito, su casera, refirió que Serafín (así se llamaba el bolero) cogió una mala reúma después de Reyes y se quedó todo el invierno postrado que no podía dar un paso, ni salir a la calle.
Gracias a Dios no perdió el pulso para los palillos, y siguió tocando sus castañuelas y dando clases en el bajo de la pensión donde vivía, en la Puerta Real. Las niñas iban a las clases y Serafín el bolero les enseñaba el baile. Las sevillanas era lo más corriente, pero también iban a aprender a bailar fandangos, rondeñas y algunos pasos flamencos. Dicen que en sus buenos tiempos, bailaba Serafín el tango con la maestría de un bailarín de escenario, pero que desde el año 37 (1937) ya no volvió más a bailarlo, por el luto que se echó por un primo que cayó en la guerra (su primo que era el que bailaba el tango con él).
Mis hermanas aprendieron a bailar las sevillanas en segunda instancia, por las niñas de Consuelo Ballón, que las enseñó Serafín el bolero y luego ellas dos enseñaron a mis hermanas. A mis tías no les gustaba el bolero, porque decían mis tías que picardeaba a las niñas y les enseñaba otras cositas además del baile. Y aunque mis hermanas tenían entonces seis o siete años, nunca las dejaron ir a casa de las Ballón cuando estaba el bolero.
Fue entonces, aquel verano, por la entrada de Agosto, cuando se escapó una vaca brava que llevaban al matadero. En el momento en que el bolero se paraba en la calle Real tocando el riá-pitá, la vaquilla apareció por la esquina de la botica y tiró la calle arriba, enganchando por la chaqueta al bolero, que terminó bocabajo encima del carrillo de la nieve que pasaba justo aquel instante. La vaca siguió hasta la esquina de la plaza y cuando vió que los del matadero le cerraban el paso, se volvió calle abajo y por poco se lleva otra vez por delante al bolero, que se emboscó como pudo detrás del carro de la nieve.
Mi abuelo contaba después que la vaca estuvo a punto de dejar malparado al bolero, porque iba desmandada y corneaba al bulto, a todo lo que se le pusiera por delante, con mucho peligro. Menos mal que todo se quedó en el susto.
Pero mis tías, desde el balcón bajo, disfrutaron de uno de los mejores ratos de la temporada, chillando de los nervios y muertas de la risa con la vaca y el bolero. Desde aquella mañana le cogieron más simpatía al hombre, y lo saludaban cuando pasaba:
- Vaya usted con Dios, Serafín.
+T.
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lunes, 18 de julio de 2011
18-7-1936 ~ LXXVº ~ ¡¡¡Presentes!!!
En mi casa, en mi familia, el 18 de Julio siempre fue un día de fiesta: Mis mayores sabían lo que celebraban porque conservaban, con dolor y con amor, las huellas del Alzamiento.
A setenta y cinco años de aquella fecha, honro a los que entregaron su vida por Dios y por España, consciente de su sangre y su sacrificio, memorando su pasión y su valor.
Y beso y venero con emoción todos sus signos, bandera, escudo, nombres, lugares, personas, almas.
¡Gloria a los mejores! ¡Gloria a los valientes! ¡Gloria a los vencedores!
¡¡¡¡¡Arriba España!!!!!
¡¡¡¡¡Viva España!!!!!
sábado, 19 de marzo de 2011
El Patriarca
En mi casa, la josefinista mayor era abuela Antonia. De ella aprendería mi madre a referirse a San José como 'El Patriarca'. Y así se le llamaba, con el 'bendito' preferentemente detrás, sobre todo cuando se le invocaba con un suspiro de desahogo: - ¡Ay, Patriarca bendito!
Que era muy frecuente, y raro el día que el suspirado ¡Patriarca Bendito! no se oyera, por la mañana o por la noche. Hasta recuerdo cierto sonido de medalleo peculiar cuando era abuela Antonia la invocante, porque le sonaban las medallas que llevaba, unas de oro ensartadas en su cadena de lo mismo, y otras de plata y de aluminio, bajo el vestido, pinchadas en un imperdible, lo menos diez o doce medallitas, un par de ellas del Patriarca. Como las mujeres de mi familia han sido (y son) todas de generoso pecho, las medallas externas e internas disponían de amplio asiento.
La imagen del Patriarca con el Niño estaba encima de la cómoda alta, delante tenía un mariposero de loza con una o dos mariposas encendidas. Cuando había tres, era por algún apuro gordo o una acción de gracias extraordinaria; pero la mariposilla diaria no le faltaba al Patriarca. Mientras se la encendía, abuela Antonia le echaba al Santo uno de esos rezos de bisbiseos y golpecitos de pecho, tan íntimos y resabidos que nunca me enteré de qué decía, si era una letanía aprendida o una retahíla improvisada. Lo que sí era notable es que rezaba en serio, frente a la imagen de San José, mirándola fijamente, o con los ojos cerrados. Alguna vez la ví sacarse el pañolito de la manga y enjugarse alguna lagrimilla, que seguramente también tenía que ver con el Patriarca, alguna penita o alguna emoción.
Como buena josefinista, llevaba bien la cuenta para cuando tocaba empezar los Siete Domingos, a finales de Enero. Y ya no faltaba el librito de los 7 Domingos encima de la camilla, en el tocador, en la estantería, por todos sitios se encontraba uno con el devocionario josefino, tan releído y rezado que tenía la sobrepasta de cabritilla sobada, gastada y recosida en las puntas. Yo me conocía bien las estampas que llevaba dentro, para marcar las hojas. Una de ellas era el recordatorio de cuando murío la bisabuela Elvira, con un San José troquelado sobre una cartulina negra mate.
Del día del Santo, lo mejor era la mañana, antes de Misa de 11, cuando iba a casa de abuela Antonia, sabiendo que tendría preparado el regalo del Santo y un beso más grande que el de todos los días, uno de esos besos que sonaban tambien a medallas, que no olvido. Ni el olor de su pecho, que olía a azahares, y en verano a nardos.
Para el dia del Patriarca ya estaban abiertas en flor las brujillas y los primeros alhelíes. Mi abuela era experta en criar claveles de señorito y alhelíes dobles. Preparaba un mantillo especial para las macetas, unas macetas grandes, terrosas, pintadas por fuera con unos polvos morados-granates que te dejaban manchadas las manos cuando las rozabas. El mantillo, decía mi abuela, era lo que le daba el olor intenso a los claveles y los alhelíes, un olor dulce que llenaba toda la sala alta, donde estaba el dormitorio de abuela Antonia y abuelo Emilio.
Y hasta tal punto tengo unidas la memoria de mi abuela con San José que se me vienen juntos en el rezo, y algunas veces no distingo si encomiendo la intención al Patriarca o a mi abuela. Me razono que estas devociones de la tierra unen a los Santos en el Cielo, y abuela Antonia seguro que está muy bien colocada entre la clientela del Patriarca.
Que es curioso que sean tantas las devotas que tiene el Glorioso San José. Y no conozco a ninguna que no sea buena por encima de la media corriente, como si gozaran de una dotación de especiales prendas, como si el Patriarca las bendijera con una privilegiada excelencia entre las mujeres.
Que quizá sea - intuyo - porque les extienda a sus devotas un poco de la gracia de su Esposa, la Santísima Virgen, bendita entre las mujeres.
Ex voto.
+T.
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sábado, 9 de octubre de 2010
Escenas intransferibles

Fui, he sido, testigo y actor secundario (otras veces co-protagonista) de escenas que yo mismo, ahora, me las recreo recordando y me parecen tan absurdamente simpáticas como páginas de Alicia o El Principito (Alice in Wonderland me gusta, Le Petit Prince lo soporto, solamente). Por ejemplo, esta tarde recordé esta:
Mi hermana: - ¿Qué es cachondo?
Mi tio Vicente: - Gerundio de cacho, pero no se usa.
Mi hermana: - ¿Qué es gerundio?
Mi tio Vicente: - Cosas del verbo.
Mi hermana: - Pues Paquilla dice que tiene un perrito cachondo.
Mi tio Vicente: - No se dice cachondo.
Mi hermana: - ¿Y que se dice?
Mi tio Vicente: Gerundio.
Aquella noche, cenando, mi hermana nos contó a todos que la Paquilla tenía un perrito gerundio la mar de gracioso.
Y mi padre le preguntó: -¿Se llama gerundio el perro?
Y mi hermana le contestó: - El perrito se llama Lolo, gerundio se dice porque cachondo no se puede.
Mi padre fue el primero, mi madre y mi tia después, y luego todos nos engollipamos con la sopa y la risa.
Contaría más, pero otras son tan familiares, o tan de mi pueblo, de mi familia, o de mi casa, que tendría que explicar demasiado. Y hasta, probablemente, no significarían lo mismo, ni serían graciosas.
Cuando me dicen que hay un japonés aprendiendo flamenco en Lebrija - por ejemplo - me pregunto qué sacará en limpio del aprendizaje, con la duda de si lo limpio que saque será flamenco. O si el flamenco se aprende en limpio; o si un japonés tiene el minimum quid para el asunto. Al final te confirmas en la tesis no compuesta, solo amagada, en cuanto ves que un gitanillo que va por la calle pregonando caracoles toca las palmas sin lecciones y da un un taconazo sin proponérselo con más poderío que un faraón.
Diré en descargo que el japonés aflamencado se corresponde en desajuste con la que estudia un cursillo de bonsais, o el que practica zen habiendo nacido en Triana y llamándose Alfonso (López por su padre y Salguero por su madre). Lo mismo.
Lo malo es que el japonés se crea que sabe flamenco y el trianero se persuada de que entiende zen. Y les den diplomas. Y saquen respectivas cátedras por oposición.
No sé si ustedes, pero yo me entiendo (hasta donde alcanzo).
&.
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lunes, 13 de septiembre de 2010
Fray Leopoldo

Es tan familiar, tan de casa, que su foto (su estampa) aparece en cualquier cajón, entre las páginas de un libro, en el bolsillo de una chaqueta, en una cartera, en la cómoda, en el tocador, en las bandejas del ropero. En cualquier sitio. Por lo menos en mi casa.
Mi casa es particular, y se llueve y se moja como las demás. Ya no tenemos la casa grande y familiar, la antigua que tuvimos mientras pudimos. Se perdió con la decadencia de papá y nunca se recuperó. Pero en el piso de mi madre se conservó lo que se pudo, con detalles tan rancios como remotos. Por ejemplo el lararium.
El lararium romano era el altarcillo doméstico en el que se les rendía culto a los Lares, las divinidades del hogar. Se componía con figurillas e idolillos y otros objetos, de más o menso valor y calidad según la casa y su dueño; y se les presentaban ofrendas sencillas, caseras. Pues en mi casa el lararium pagano romano existe bautizado en cristiano: Un cuadro con estampas religiosas del Señor, la Virgen y los Santos, como un collage caprichoso, sin especial orden en su composición. Están las estampas de las devociones familiares. Y debajo de los Santos, una galería con fotos de los difuntos de la familia, tamaño carnet, recortadas de fotografías. Pues entre los Santos y la familia, Fray Leopoldo ha estado desde que yo tengo memoria del larario.
El larario es transportable, y se acomoda a cualquier circunstancia y en cualquier sitio. Yo lo he conocido en lo alto de la cómoda, encima del tocador, sobre un arca, en una repisa, encima del velador, en la mesilla de noche...Ahora mi tía lo coloca en una de las mesas de la cocina (y si sale y le tiene encendida una mariposa o un velón, lo mete en la bañera, hasta que vuelve a casa - "...no se vaya a volcar y se arme un fuego!", explica ella).
Se le encienden mariposas de aceite o velillas para cualquier cosa que necesita "refuerzo" de oración, por motivos de salud, de exámenes, de apuros en casa o la familia, por viajes, por enredos, porque se pierde algo, porque es un aniversario, porque es mes de difuntos, porque es dia del Santo, por algo que no se cuenta y no se sabe y mejor no saberlo, por las cosas que pasaron y para que no pasen cosas...Por todas esas cosas y mil cosas más. Como los romanos. Pero en cristiano, netamente católico, para horror y escalofrío de los herejes impíos protestantes y demás calaña infiel. Nosotros, en mi casa, católicos y romanos, con larario.
Por supuesto, Fray Leopoldo es de los que más velillas y mariposas gasta, con predilección. La querencia por Fray Leopoldo se inició en unas misiones populares que predicaron en mi pueblo los capuchinos, allá por 1960, más o menos, cuando empezaba a difundirse la devoción. Desde entonces no faltaron las estampitas, los almanaques, algunos ejemplares del Adalid Seráfico. Y la lotería de Fray Leopoldo que organizaba nosequién, y la rifa de Fray Leopoldo, y todo lo demás. En mi pueblo salen todos los años seis o siete excursiones a Granada, a ver a Fray Leopoldo (que no se ve porque está dentro de un catafalco de piedra pulida, que de grande que es ocupa toda la cripta). Se dice así: - "Han ido a ver a Fray Leopoldo". Y cuando vuelven del viaje traen estampitas y demás suvenires devotos que reparten entre las devotas.
Mi madre gastaba estampitas con reliquias de Fray Leopoldo constantemente. Se las prendía debajo del vestido, en el pecho, desde una vez que tuvieron que operarla. Era un elemento más de su vestuario devocional personal. Mi padre se molestaba, pero ella ni caso. La gracia era que le metía a mi padre estampitas de Fray Leopoldo en todas las chaquetas, en la cartera, en el maletín, en el buró de la oficina. Cuando papá cayó malo tuvo siempre la estampita de Fray Leopoldo debajo de la almohada.
A mí me lo daba para los exámenes, aquellos terribles exámenes finales de Junio del bachiller elemental, que nos examinaba - nosotros chiquillos de 10 años - un tribunal de catedráticos y catedráticas que imponían, catatúas y estafermos más malos que el saúco. Por lo menos eso nos parecían a nosotros, tiernos infantes impresionables. Pues frente a aquellos estrados fantasmagórico-académicos Fray Leopoldo era un abogado, un recurso, un auxiliador en el bolsillo del pantalón corto. Yo lo llevaba en estampa plastificada, y recuerdo que algún amiguete de clase lo portaba en medalla, y otro que lo usaba en llavero. Un año, Mª Loli Barrán se llevó un almanaque de pared completo, porque en su casa no tenían otro Fray Leopoldo a mano, y en mitad del exámen final de francés la catedrática, Doña María Lysén, creyó que escondía una chuleta y le tiró de una punta de papel sospechoso que le asomaba por debajo del suéter...¡y salió el almanaque de Fray Leopoldo completo! La pobre Mª Loli lloraba, nosotros nos sofocábamos de risa nerviosa, y la Lysén no sabía qué decir, impresionada (digo yo) con las barbas patriarcales del venerable siervo de Dios Fray Leopoldo de Alpandeire.
Fue un Santo de gente buena y sencilla, tan bueno y sencillo él. Nunca hizo milagros espectaculares, pero no paraba de hacer milagros chicos, caseros, de remedio y apaño, los milagros bienaventurados de los sencillos de fe, los de alma de niño y pecados de hombre. Pedía limosna para el convento, daba limosna a los pobres, y las limosnas que recogía y las que él daba eran pobres. Nadie le dio un millón, y si se lo hubieran dado imagino que no habría sabido que hacer con él. Y no era tonto, al contrario: Era santo. Rezaba y sabía hacer rezar. Tres sencillas Avemarías eran su receta más frecuente para todo y para todos.
Yo le guardo y profeso la simpatía devota que aprendí en mi casa, por contagio. Y me alegro de su beatificación (que no le añade -entiéndaseme- más santidad que la que tenía ya, en el larario de mi casa). Y espero y quiero que lo canonicen pronto (aunque en el lararium de mi casa ya sea santo entre los Santos, por intuición).
Por eso escribo esto, como un sencillo Ex Voto al bendito Fray Leopoldo.

+T.
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miércoles, 25 de agosto de 2010
De Novena
He estado de vacaciones, esto es, de Novena. Hace ya casi diez años que no me tomo - que no me puedo tomar - el mes de vacaciones canónicas, y mis días de asueto veraniego son los de la Novena, con unas jornaditas de propina, total dos semanas y pico. No me quejo, conste; pero que conste. Además la Novena es mi descanso, mi pequeño paraíso de Agosto.
De la Novena ya he hablado un par de veces (aquí y aquí), pinceladas, impresiones de un cuadro con tantos pormenores como un universo. Y es un universo religioso y familiar, tan penetrado lo uno con lo otro que la Novena es una verdadera reunión de familia, familia católica, con todos sus signos de identidad propia - la Novena es inconfundible - y sus momentos, sus ceremoniales, introducciones y despedidas.
De introducción, por ejemplo, fue la otra tarde, con la Misa amenizada con lloros, risas y carreritas de los chiquillos que iban a ser recibidos de hermanos, allá unos cuarenta, lo menos. Algunos estaban recien nacidos y recien bautizados, con sólo unas pocas semanas de edad. Otros eran más mayorcitos, de meses, los chiquillos nacidos durante el año que llevamos, retoños del 2010 que sus padres presentaban a la Virgen e inscribían en la Hermandad de la Asunción. El cura rezó las preces del ritual y bendijo las medallas, la secretaria de la antigua Hermandad asuncionista iba nombrando a los neófitos, y el hermano mayor imponía las medallas a los niños. Por supuesto con foto conmemorativa para cada uno, para que no se olvide (que no se olvida).
Debajo del presbiterio, la familia, abuelos y otros afectos, seguían con animada expectación el acto, una verdadera presentación en sociedad, con el inocente protagonismo de los niños, presentes y ausentes a la vez. Quiero decir que presentes de hecho, córpore et ánima, pero ausentes en no se sabe bien qué espacio de su personal intimidad mental y/o fantasía infantilísima, tan misteriosa.
Siempre me pregunto, en escenas como esta, dónde están y por dónde vuelan las pequeñas inteligencias, tan sutiles y activas, de los niños. Estos de la Novena, los novísimos hermanos que estrenaron medalla de plata y cordón blanquiceleste, tienen los ojitos encantados por las luces del Altar, candelabros de cera encendidos y lámparas de cristal, las gradas de plata y el dosel grana ribeteado en oro, y la Virgen Asunta, tan bella, tan gloriosa, y los ángeles y arcángeles de la nube de la Asunción, y las cabecitas de querubines y serafines que se reparten por todo el altar. Tantos focos de encantadora y piadosa atracción que impresionan las pupilas de los chiquillos, excitados por la luz, el color, las figuras. Y por lo sagrado.
Por supuesto que hay en los niños una aprehensión de lo sagrado (“...Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”), un reconocimiento de lo santo, de la presencia de Dios. Tan fina, tan tierna, tan sutilmente gradada que nadie puede medirla sino los Ángeles. Claro que primero es la acción de la gracia en las almas, ese gran misterio de santificación, pero también importan definitivamente las vivencias religiosas-sensibles, que marcan tanto y son medio providencial de la gracia.Yo les pido a los Ángeles de los niños, con toda mi consciencia, que me presenten con ellos a Dios, al Señor y a la Virgen, y que en las recónditas alacenas de mi alma reactiven las gracias de las primeras visiones de lo sagrado, de aquellas primeras Novenas que yo ví con limpios ojos y oí con oído puro, finísimo, de niño que iba recibiendo las impresiones matrices de lo más santo y lo más bello, de lo más amable, de lo eterno.
Que esa es otra parte de la Novena, la de la fuga a lo eterno. Una fuga incesante, armónicamente pautada, como las que se tocan en el órgano correteando los dedos por el teclado y los pies por los pedales, con las notas declinando sincopadas según la partitura. En este caso, el caso de la fuga de ánimas, la partitura la compone la Providencia, que es la que rige las entradas y salidas, las oberturas, los improptus y las fugas, desde el primer compás al último. Pero con nombres, con personas, con almas en vez de notas, compases o melodías.
Cada tarde, cuando el sacristán lee en voz alta las intenciones de difuntos por los que se va a aplicar la Novena, el murmullo de las beatas y de todos los presentes se baja, y se reduce a una especie de silencio elocuente-expectante. En una lista solemne se van nombrando con nombre y dos apellidos, y van surgiendo del recuerdo, del pasado más reciente o el ya remoto, caras, historias, recuerdos, instantáneas como flashes, de amigos, familiares, vecinos, que de pronto revolotean entre las arañas de cristal y las colgaduras de damasco granate, luciendo como lámparas, o tendiendo un velo de olor en una voluta de incienso, o timbrando un arpegio del armonio del coro, o un bajo bordón de la tubería del órgano. Y cada nombre, cada recordado, se hace presente en el Altar.
Yo imagino que cada cual se acomoda en algún sitio, a su placer; en un encaje de los manteles, o en un bordado, un candelabro de plata, un guardabrisa de cristal, un jarrón repujado, una flor, un borlón, un farol, una insignia, en el Simpecado, en el dosel, en la peana de la Virgen o en su trono. Y allí se quedan. No son fantasmas: son almas queridas y evocadas, no por magia ni por dolor desesperado, sino traídas por la esperanza con fe. Y todas traen y llevan consuelo, fragmentos de misterios del Misterio del Altar.
Naturalmente, todo transcurre al margen de estas lucubraciones interiores, reales, pero íntimas. De suyo, la escena es popularísima y colorista, como corresponde a un acto religioso donde lo popular matiza a lo sagrado sin timidez, sin preocupaciones de forma, sino con expansión de afectos. Por ejemplo, nada más entrar y ver la Imagen de la Virgen en su Altar, muchas de las devotas rompen en exclamaciones, y le dicen “sus cosas” a la Virgen Gloriosa, y los piropos piadosos van formando una particularísima letanía ad usum familiae nostrae, sólo para uso y abuso de propios, de los nuestros, de los de casa, que sentimos lo que decimos barruntando algo más allá que escapa a la precisión de los eucologios que creemos y rezamos con Amén final. Pero se trata de poner al lado del dogma que cree la efusión del amor que vitorea con verbo sencillo lo inefable y sublime, todo esto sin intención deliberada, sino como estallido incontenible del corazón arrebatado: arrebatado por la Virgen, por su Asunción, por la Gloria de Dios. En un versículo del Himno que durante los días de la Novena se canta en los momentos más solemnes, todo esto que digo se resume y se canta así “…Madre, no nos dejes, que te amamos con locura; que nuestra alegría es besar tu frente pura…” ¡Amar con locura! La ingenuidad de la rústica mística del sencillo pueblo creyente sobre las cosas de Dios y sus Misterios.
Mi tía Antoñita, con sus amigas, preside el banco de la dictadura. Le tengo puesto ese mote porque las que se sientan en él nacieron todas durante la dictadura de Primo de Rivera. Mi tía es una de las decanas. Haciendo honor al competente régimen bajo el que nacieron, dictan sin complejos desde su sitial, amonestando a todo quisque, ya sea al coro, al cura, al predicador de la Novena, al sacristán, a los de la junta de la Hermandad…y al Santo Padre de Roma (si se les pusiera por delante). Ellas son la razón y la ley del pasado en el presente, y rigen con ordeno y mando en el pequeño mundo de su banco (y alrededores). Genio y figura. Usan de cetro sus abanicos, y son un tribunal inapelable, de inexorable oráculo. Gracias a Dios, sus poderes son temidos y no ejecutados, y hasta los chiquillos que corretean por el pasillo, entre los bancos, ignoran al formidable tribunal y sus rigores. Pero ellas existen e insisten. La que hace de secretaria del grupo, la que guarda los asientos y cumple otros servicios internos, es la Niña Perán, que rondará los ochenta. La más veterana es Mª Lola Montejón, viuda. Mi tía es del selecto club de las solterísimas, especialmente consideradas en razón de su integridad.
Yo tengo reservado mi sitio en el presbiterio, con asiento en uno de los sillones presbiterales, todo solemnidad. Cuando empieza la predicación, me mudo a una silla más baja, en un rincón del Altar Mayor, para poder mirar a la Virgen mientras rezo el rosario y el cura predica.
A pesar de todo y lo mucho que se conserva, faltan tantas cosas, tanto "viejo estilo". Maneras y reverencias y piedades que se fueron con los tiempos y las personas. Calidades en el rezar y en el estar, riquezas y tesoros que la fuerza del mundo -¡ay, el mundo! – ha barrido con el viento de los tiempos. Ya no está Don Pedro con su bonete y su roquete almidonado y encañonado, sentado en el sillón de damasco rezando su breviario, ni mis tíos, con sus abaniquillos, gráciles y señoriles en el banco de la Sacramental (tampoco existe ya el banco de la Sacramental). Ni están mis tías cantando en el coro, con voces encantadoras, de corte y salón, trinando arias de Verdi y canciones de Tosti con las letras cambiadas y arregladas para la Virgen. Tampoco está mi tía Matilde, con su velo de blonda y su abanico de rejilla, ni mi tía Magdalena, con su bastón de puño de plata que sólo sacaba para la Novena, ni tía Concha, que se sabía de memoria la Novena completa, desde el acto de contrición a la oración final. Ni mi tía Elvira, ni Morejón, su marido, ni Natividad la Cerrero, ni Rosarito la Matabuena, ni Matildita la Caraña, ni Concepción la Paloma, ni Manolito el Bardo, ni Gasparito el de Cinta, ni Manolita la Chita, ni Pastorilla la de Pino, ni Encarnación Cebre, ni Pinochi el de Veguita, ni Rampito Cordeles, ni Tanito Vega, ni Cecilita Lara. Todos los que ya están sólo en alma y no pueden estar con sus cosas, como antes, como cuando yo los conocí y sentí.
Todas estas cosas del pasado que fue y del presente que corre son cosas, decía, de familia. De familia en Novena. Y Novena de Asunción, dulce Misterio de tránsito y de gloria, de subida, de cielo, de ángeles portantes en volandas y Empíreo abierto de par en par.
Y una creyente ansia de llegar, una firme y expectante fe de plenitud.
p.s. El año que viene, Deo volente, más (io aspetto).
+T.
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