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viernes, 20 de noviembre de 2015

De los Caídos


La palabra 'caído' tiene rango y emoción. y a los que doblamos el cabo de los cuarenta nos llena la memoria de los amigos que se quedaron eternamente jóvenes. La palabra es a la vez sencilla y grave, y resiste con entereza el uso indebido, el floripondio hipócrita y hasta la calderilla sentimental. Es moneda eterna y dura que no puede sufrir desgastes. Así, caer significa morir.

Rafael García Serrano. Diccionario para un macuto.


Mi primer acto político que recuerdo es cuando iba con mis padres a la Misa de los Caídos y después salíamos a la plazoleta para cantar el Cara al Sol y poner las cinco rosas al pie de la Cruz y la lápida con los nombres de nuestros Caídos. Creo que era el .único niño que iba; algunos años vino también mi hermano, más pequeño. Tengo por ahí una foto en la que se ve en primer plano a mi madre, con mi hermano de la mano. Y detrás el alcalde, el comandante de puesto de la Guardia Civil y el cura párroco; un poco más detrás va mi padre conmigo, y entre el grupo se distinguen algunos amigos más, todos camino del Monumento a los Caídos.

Mi padre vestía para aquella Misa la camisa azul con la corbata negra. La última vez que ví a mi padre y a mi madre con la camisa de Falange fue cuando fueron al Valle de los Caídos para el entierro de Franco. Recuerdo que mi madre dijo una vez algo así como que aquel día enterraron también su juventud.

Yo todavía les recuerdo el 20 de Noviembre con la Misa, por los Caídos, por José Antonio, por Franco, por los Caídos de mi familia y por todos los que dieron su vida por Dios y por España.

Me suena bien esa gloriosa intención, cada vez me sabe mejor: Por Dios y por España.

Caer así, sí tiene sentido. Un glorioso e inmortal sentido.


+T.

domingo, 22 de junio de 2014

Corpus con juncia y mastranzo



Huele a Dios la calle entera,
fresca con juncia y mastranzo,
desde la cuesta a mi puerta
donde le han puesto un altar
al Amor de los Amores
para que pueda parar
la Custodia y le cantemos
y nos bendiga al pasar
el Señor Sacramentado
¡Gloria a su Majestad!

De la colcha del balcón
al repostero del patio
y el florón de la cochera,
toda la casa se ha puesto
tan lujosa y tan compuesta
que se parece a un palacio
(aunque sólo sea por fuera).
Las macetas de geranios,
los macetones de hortensias,
los jarrones de celindas
y los otros de azucenas,
los violeteros con calas
blancas con boca de jarro
y su pico color yema
y las guirnaldas de saco
recubiertas de romero
bien trenzadas con un lazo
grana y amarillo como
la bandera del estanco.

Del estrado de mi abuela
han sacado aquel brasero
que parece que es de oro,
ya encendido el sahumerio
con incienso y cardamomo,
y huele de acera a acera
a Sagrario, Altar y Trono.



Delante del umbral ponen
la alfombra con un camino
de felpa grana y orillos;
la chacha Amparo batiendo
su pericón del domingo
se ha pasado la mañana
espantando a los chiquillos
que pisaban el tapiz
tentados por tanto brillo
-Niño, quita de ahí los pies
que no es pasil pa'borricos,
Y se abanica el pecho,
muy ufana, con sonido
de las medallas que lleva,
lo menos diez (y otras cinco
que no se ven, porque van
sujetas con un ganchillo
de la cinta del refajo
por debajo del tontillo).
-El día menos pensado
te clavas el santerio,
y te vas a parecer
San Sebastían con sus pinchos
(eso le dice a la Chacha,
bromeando, el tio Enriquito).

Cuando se escucha la esquila
por la esquina del Toñito,
la cuesta abajo se colma
con la bulla del gentío
que viene en la procesión:
Detrás de la Cruz, los niños
de Primera Comunión,
y luego todas las niñas
con sus trajes de organdí
y raso, las limosneras,
los rosarios, un sin fin
de moñas, velas y velos,
todo blanco merengado.
Las mocitas, las pollitas,
entre doce y trece años,
con las Hijas de María
coplas pías van cantando:

-...Las blancas palomas,
las rubias abejas,
vuelan al Sagrario
de doradas rejas...
...Quién a tu puerta,
Jesús, se llegara
volando en presura
de amor y pureza...
...los ángeles cantan,
las almas desean,
los pechos latientes
con fervor Te esperan...
...Ven Sacramentado
Señor, que la fuerza
del querer enciende
nuestra vida entera...
...Ven, que desmayamos
si pronto no llegas...'



El paso del Patriarca,
-¡Qué precioso! -¿Verdá, agüela,
que trae la varita en flor
que le hiciste cuando aquella
calentura de mi madre
que por poco no lo cuenta?
-Por gracia del Patriarca
disfruta güena salud,
¡mira, ahí viene!, tan morena
y rebosando hermosura...
¡Ay, bendito el Patriarca,
que me libró de esa pena!
El paso de San Miguel
con el demonio debajo
espanta a to'el que le mira
cuernos, tridente y rabo.
-'Máma, máma ¿y si se escapa?
-El Arcangel - ¿no lo ves? -
lo lleva bien sujetado
con cadenas; mira, mira
como va cabeza abajo
al infierno derechito,
donde van todos los malos...
-¡Ay, que ya viene la Virgen!
Y trae el manto estrellado,
aquel que cuando la guerra
los rojos le acuchicharon.
- Un año estuve cosiendo
las estrellas, remendando
con lentejuelas de plata
los rotos que le dejaron.
-¡Qué preciosa, qué gloriosa,
qué bendita!...Con sus manos
viene al pueblo bendiciendo
y a todos consuelos dando.

(...) Y al fin viene la Custodia
con Jesús Sacramentado,
flores, incienso, campanas,
música, cirios y cantos,
y el golpear de los pechos,
y el musitar de los labios
repitiendo con fervores
el angelical Trisagio,
- ¡Santo, Santo, Santo!
¡Gloria al Padre, Gloria al Hijo,
Gloria al Espíritu Santo!
¡Bendito el Señor que viene
humilde y sacramentado!
¡Bendito sea y alabado!
¡En los Cielos y en la Tierra
aclamado y adorado!
¡...por los siglos de los siglos,
y por todos Dios amado!


 
El cura, que va detrás,
busca la sombra del palio
y va arrastrando el pluvial,
barriendo juncia y mastranzo.
El alcalde, de chaqué,
con fino bastón de mando,
mira el reloj, de reojo,
que le enseña el secretario:
-'Hoy no almorzamos, lo menos,
hasta las tres o las cuatro...'
-Es que este año han tirado
por el recorrido largo...


Ex Voto

domingo, 22 de septiembre de 2013

La Subida



La Subida es una fiesta de mi pueblo. Se representa el misterio de la Asunción de la Virgen. La Imagen de Ntrª Señora, oculta por un sepulcro dorado con ribetes de nubes contrahechas de tul, sube por una rampa, entre escalinatas con niñas vestidas de ángeles, hasta el trono de su Altar Mayor, donde es coronada.

En el año 1968, se rodó una película protagonizada por el famoso cantaor y artista flamenco Juanito Valderrama, que interpretaba el papel de sacerdote, cura de pueblo. En un momento del film, como fondo de una Misa en la que Valderrama canta un prefacio 'aflamencado', se grabó la Subida, tal y como se celebra cada tercer domingo de Septiembre.

Aun recuerdo - fue en Mayo, el año de mi Primera Comunión - el tiempo que pasamos en el templo parroquial hasta que se consiguió filmar la escena definitiva.

Ahora, aquella grabación de 1968 tiene para todos nosotros, mi familia, mi hermandad, mi pueblo, un precioso valor.

Lo que más nos emociona, a pesar de ver ese mismo acto todos los años, es la Virgen.


¡¡Bendita sea su Gloriosa Asunción !!!


El acto de La Subida hoy:





¡¡¡ Viva la Asunción Gloriosa !!!



+T.

domingo, 24 de marzo de 2013

Ramos benditos

Es un tópico decir que la Navidad es fiesta de niños, y es verdad que el Domingo de Ramos nos vuelve a todos niños. Por lo menos a todos los que creemos en el Señor del Domingo de Ramos y hemos sido niños portantes ramos.

El Domingo de Ramos tiene una tipología característica, que se repite cada Domingo de Ramos: El cura con la palma, los monaguillos de la procesión, el señor mayor con aire de tiesa solemnidad, la vieja que cojea con su ramo de olivo en la mano, las dos viejas agarradas del brazo, con bolso y ramita bendecida, el chaval de quince años con pocas ganas de procesión y muchas ganas de primavera, el bebé en el carrito estrenando alegría inocente, el tonto del pueblo más feliz que un ángel, la tonta del barrio más contenta que un serafín, la devota que se queja del barullo de la Misa, el pobre que pide en la puerta haciendo recolecta extra, el que llega tarde y se incorpora a la Misa justo antes de terminar de leerse la Pasión, el que se escapa a la puerta a fumarse un cigarro mientras leen la Pasión, el que deja caer estrepitosamente la palma durante la lectura de la Pasión, el que entra y
coge un ramo y se va, el que entra a coger un ramo y se queda, el que va en la procesión y le da vergüenza de que le vean en la procesión, el que ve pasar pasar la procesión y le da vergüenza de no ir en la procesión, el que pasa por la calle y ni se da cuenta de que pasa una procesión.

Los tipos humanos del Domingo de Ramos se repiten cada Domingo de Ramos desde el primer Domingo de Ramos.

La chacha Gabriela nos contaba que en el Cielo hay un un santo que lleva la cuenta y apunta en una lista a los que van a la procesión, y el que no esté apuntado, no entra en Cielo y se queda penando con las Ánimas del Purgatorio: - Y si son masones, se van derechitos a los infiernos, donde no hay ni silla para sentarse ni esquina para apoyarse, remachaba la chacha Gabriela.

Cuando volvíamos de la Misa de Ramos con medio olivar en las manos, mi madre cortaba unas ramitas y nos las ponía en la cabecera de la cama. El resto de los ramos los dejaba secarse en el patio y luego los quemaba.


El Lunes Santo por la mañana, Nicolás el alguacil, de parte del alcalde, traía a casa la palma grande bendecida, amarilla y arqueada como el cuello de un potro con sus crines. La cogíamos y formábamos una procesión por el patio, mis hermanas y yo, con mi hermano chico tocando un tambor detrás. Después mi tía la colgaba en el balcón, sujeta con alambre, con dos moños granas: -Para que no caigan rayos ni vengan calamidades, porque es una señal bendita, nos explicaba.

En casi todas las casas del pueblo se veían colgados los ramos, en las ventanas, en las rejas, en las fachadas. Era como la señal de la Pascua, no con sangre, sino con ramos benditos de palmas y olivos.


+T.

viernes, 24 de agosto de 2012

De la Novena


Las novenas preparatorias son un invento piadoso del s.XIX. Lo clásico, lo antiguo y tradicional, era festejar las Vísperas, celebrar la Fiesta y prolongar la celebración durante su octava; así se formaron las antiguas novenas, nueve días (la víspera de la fiesta más los ocho días siguientes). Así se celebra la Novena de la Asunción en mi pueblo, una Novena post, no pre. Con calor, con mucho calor material y fervor espiritual.

Antes de la reforma (traumática) del Concilio (discutido), la Misa de la Novena se celebraba por la mañana, Misa rezada, con la excepción de la Función Solemne el día de la Asunción y la Misa de Comunión General el último día de Novena. 'Función Principal de Instituto' se llama (en Sevilla y Andalucía) a la Misa Solemne que se reglamenta como culto principal de una hermandad o cofradía, en cuyo transcurso, después del sermón, se hace solemne protestación de fe con juramento de los hermanos presentes. La Misa de Comunión General obligaba a todos los miembros de la Hermandad, previa confesión. Se celebraba temprano, por el ayuno, el ayuno antiguo que empezaba la medianoche anterior, por lo que se procuraba la Misa rezada con sermón breve, para agilizar la Comunión. Así y todo, entre el calor de Agosto y la preocupación del ayuno, eran frecuentes los desmayos (mocitas pre-casaderas y solteronas nerviosas, mayormente).

En recompensa por la devoción, los desayunos post-Misam eran deliciosos, un disfrute de chocolate, café, calentitos, sopaipillas, buñuelos, tortas, pestiños, piñonates, gañotes, bizcochos, brazos de gitano, empanadillas, rosquillos, magdalenas. Y copita de anís o de coñac (otros licores no se conocían en las casas decentes, salvo la ginebra, para el dolor de barriga). Decía mi tía Rosario que desde que quitaron el ayuno largo de la Comunión, se perdieron los desayunos de fiesta, de batea y mantel, por castigo de Dios. Una sutil apreciación, mitad beata, mitad gourmet.

Ahora, como la Misa de la mañana se incorporó a la Novena de la tarde, la Comunión es general todas las tardes, sin ayuno. Quiero decir sin ayuno consciente, no preparado; de todas formas, desde que empieza la Novena hasta el momento de la Comunión, se salva la exigua horita de ayuno, que la despreocupación de los curas y la ignorancia de los fieles ha dejado en quasi nada, un obstáculo molesto, en todo caso, que unos olvidan y otros no saben. Pero se comulga, todo el mundo en general. Hasta el pobre pedigüeño de la puerta, un rumano (dicen que sí está bautizado, en su rito) se metió un día en la fila de los comulgantes (con división de opiniones de sí podía o no; conmigo no pudo).

Este es un particular que manifiesta la relajación universal-católica (valga la redundancia) imperante. Tiene su gracia, relativamente, porque destapa la idiosincrasia de lo popular con su lógica argumentativa. Quiero decir que en nuestros pueblos, donde todos se conocen y todo se sabe, es un problema negar la Comunión por motivos de irregularidad, digamos: Separados y divorciados vueltos a casar (por lo civil) o sin casar (por la moda) resultan pastoralmente incontrolables por el escándalo que supondría negarles el Sacramento. No se ve el escándalo de que lo reciban porque la aceptación in-moral social se ha impuesto a una inexistente/desaparecida conciencia moral religiosa católica, y se tiende a disculpar religiosamente como se disculpa socialmente. Item más: Se censura la censura, absolutamente, tan rigurosamente como antes se imponía la disciplina, ahora reina la tolerancia omnímoda. Que la Iglesia y el Papa recuerden constatemente la disciplina vigente es sintomático, porque no se cumple. Una vez, una doña devota, muy suya, cuando le explicaba el quid de la cuestión, me espetó:
- "Pues a la nuera del Rey, a la que se ha casado con el Príncipe, sí que le dan la Comunión, habiendo estado casada por lo civil y divorciada".
- "Pero - repuse yo - se le concedieron las dispensas".
- "Pues que se las concedan a mi Rosarito (su hija divorciada), que no vale menos que la Infanta.

Y en esas estamos, aquí y en las antípodas, con estos lodos de aquellos polvos. Polvos de los que se excusan nuestros obispos con vagas exortaciones pastorales porque no tienen que bregar con el común de los fieles descarriados. Y cuando el cura interviene imponiendo lo exortado (por la Iglesia, por el Papa, por el Ordinario) se arma el escándalo, lo que horroriza a los obispos (que hablan pero no actuan) y perjudica a la postre al pobre cura, apaleado en primera instancia por el vulgo y machacado - en segunda instancia - por su padre y pastor que censurará (de internis (atque de externis etiam)) la impericia pastoral de su subordinado. Sic.

El problema me excede y supera. Pero no soy tonto. Ayer mismo me planteé seriamente si no debería quedarme en el confesonario y no acudir a la hora de la Comunión. El día en que la Jerarquía actue con claridad y sin excepciones, la praxis pastoral será menos problemática. Pero no lo harán, doy fe. No me valen las actitudes ejemplares de un prelado, un día, a una descarriada ignota, en un enclave pastoral de un satélite de Saturno in partibus infidelium: Necesito un ejemplo claro, patente, constante, perseverante, de mil prelados conocidos, en circunstancias de general conocimiento. Como antes, es decir. Como siempre. Si me explico. Pero en nuestra Iglesia del Tertio Millenio, el antes pasó y está vetado, y el siempre está en crisis de identidad contradictoria consigo misma.


Justamente lo que me gusta de la Novena es su identidad medular temporal. Entre el espacio, las oraciones, las canciones, parece que se mantiene un centro inalterado, estático, en cuyo torno giran personas y cosas. El eje, en este caso, es la Virgen, con un punto incluso material en la imagen de la Virgen Asunta, atrayendo la devoción de todos, entonces y ahora.

Ayer, por ejemplo, tuve una especie de re-versión, una instantánea de un dejá-vú consciente: Desde el altar, vi a la prima Conchita levantarse, sentarse, moverse, mirar y gesticular tal y cual su madre, mi tía Concha, que rezaba de memoria y del tirón, sin un titubeo, las preces de la Novena, desde el 'Soberana y Celestial Señora' al 'Virgen de Vírgenes María' con el 'Ave Maris Stella' y el 'Exaltata est'. Sólo le faltaba el velo negro y el hábito del Carmen que llevaba mi tía Concha, la mayor. No era lo mismo, pero lo mismo las identificaba en la distancia, como una actualización repentizada en mi memoria.

Pero aspiramos a eso; eso, variando las expresiones, es precisamente lo que pedimos en la Novena, en las preces de la Asunción: "...ut a supernis semper intenti", reza la oración del Misal; "...esos piísimos ojos con que interminablemente mirais la incomprensible gloria de la eterna Luz", dice una de las oraciones del Novenario; "...míranos, míranos, siempre a tus pies ¡oh Madre!", canta una de las coplas, y el himno asuncionista: "...si yo pudiera volar contigo y contemplar".

Te intercedente possumus, Domina nostra ac Mater!

+T.

domingo, 10 de junio de 2012

Apuntes, pinceladas, notas del natural



En la Misa de esta tarde todos, repito: t-o-d-o-s han comulgado de rodillas. No sé si ha sido por temor de Dios o por temor al cura, tengo esa duda. De todas formas, se trata de un santo temor, muy meritable, ambos, el uno y el otro (con grados, of course: Dios debe ser temido y adorado in aeternum, y el cura debe ser temido y obedecido un ratito, lo que dura la Misa, una horita, más o menos. Pero conste que lo segundo lleva a lo primero).

Tengo, no obstante, soporto, quiero decir, llevo con contenida santa ira y paciencia de padre del desierto, la insubordinada rebeldía irreverente de una impía in-reverenda, monja trans-ubicada pro familiare causa, que se obstina en comulgar en la mano. La im-prójima, que mide poco más o menos jeme y medio (en su más extensa longitud corporal, toca y tacón incluídos), se planta y eleva la palma de la mano izqdª con aparente sumisión devota pero, de hecho, con desplante de furriel cuartelero, con la mirada baja, pero descarada, muy firme, muy tiesa, muy modosita, pero inflexible como un remache del Acorazado Potemkin. Un caso.

Lo mejor, los monaguillos, cinco piezas de valor y peligro por igual, que me entienden hasta los guiños, pero que en cualquier punto, instante o versículo son capaces de tropezar con el baldaquino de Bernini y derribarlo, sin exagerar. Estas piezas tabardillo-angelicales (fifty-fifty) son mi preocupación y mi auxilio en el altar (fifty-fifty), imprevisibles en sus atinos y desatinos quasi-rúbrico-litúrgicos. Hoy me ha emocionado el 3º en el escalafón, comulgando arrodillado con más apostura que un infante de la casa de Habsburgo.

De este mismo sujeto me ha mandado su muy virtuosa madre (un dechado de potencias domésticas) una foto del otro día, cuando bailó de Seise ante el Santísimo, en la Octava del Corpus. Admiren:



Es el más alto de la fila de la derecha, of course. Lo que pasa es que ese estado de quietud perfilado es transitorio y no coincide siempre con la necesidad del momento; quiero decir que en cuanto le pierdo ojo me monta una conversación ad altarem con el monaguillo de al lado (que es su hermano), cuya distracción puede durar, por ejemplo, lo que va del Sursum corda al sine fine dicentes. Y en ese momento se echa una carrera por el presbiterio hasta la credencia, para coger la campanilla.

Le he prometido, no obstante, un duro falso de Fernando VII si me trae media castañuela de los Seises. O un botón. Aunque mi predilectus es el 2º en el escalafón monaguillil, su hermano también, que con cinco años declaró su intención de ser cura, y la mantiene. Oremus!

Ya de noche, mi tía me ha contado por teléfono la crónica de la Procesión del Corpus en el pueblo, cuya totalidad me excuso de transcribir en el blog porque el blog se queda insuficiente para contener la ponderada e hiperbólica cuenta de mi queridísima tía Antoñita. Para que Uds. se hagan idea, empezó con un -"¡Niño, hijo, qué Procesión! Todo lo que te diga es poco..." ; siguió con -"...porque tú sabes que nuestra calle es la mejor, tantos balcones colgados, tantas macetas, cinco o seis altares, el que puso tu hermano el mejor, que no sé cómo tuvo cuerpo para montar ese altar, levantado desde las 7 de la mañana..." y después siguió con -"...hasta las once y media largas no pasó el Señor, en esa Custodia que no se podía mirar de lo que brillaba, como que tu hermana y tus sobrinos se han llevado una semana limpiando plata..." y luego -"...y el altar de la puerta del ayuntamiento viejo, que al final lo han puesto, con el San Sebastián...Como en el balcón daba el sol que no se podía aguantar, me bajé a la calle y me senté enfrente, en la esquina del altar, en una silla que me sacó Emilia, a la sombrita..."



Cuando era chico, de niño, en la casa antigua del pueblo, para el Día del Corpus nos traían las primeras brevas. Hoy me he quedado con ganas de tomar alguna. Cosas del tiempo, antojos, mitad nostalgia, mitad capricho.

Y en el sentido, aun más profundo, he tenido toda la mañana el olor de la juncia y el mastranzo pisado, la fragancia fresca de una mañana de Corpus.

+T.

sábado, 9 de junio de 2012

Pedrito V



Ayer tarde, en la parada del autobús, había pegado un pasquín indecente anunciado una orgía in-cívica de los indignados pan-y-circo. Vean y lean el pasquín:

Iª Velá Indigná

Tiene bemoles y contrapunto al pedal el anuncio de la 'musiquita' y el 'ambigú' entre la 'lluvia de alternativas' y la 'mesa informativa'. Que quiere decir que, entre parida libertaria y manifiesto comunistón, los asistentes se toman un tinto con gaseosa (o 'de verano') con una tapa de caracoles y un par de cubatas con tres porros de jachís, de postre.

Esa es la 'revolución' de los indignaos, la de verdad, sin trampa ni cartón de gacetilla de periodistucho post-marxista alucinando (también con cubata y porro) con paralelos 15-M = M'68.

En la velá esa que anuncia el pasquín, los tipos son los mismos que los de Madrid, con un plus de barrio y estrambote sevillano, como una re-versión de novela picaresca, estilo Rinconete cervantino light. Imagino que no será raro ver por allí a algún cura-petardo de las proximidades, confraternizando con la morralla indignada del ambigú y la musiquita, lloviendo alternativas. Etc.

Pero lo que me ha hecho saltar el resorte 'O tempora, o mores!' ha sido ver que la 'velá indigná' se ubica en la calle Doctor Pedro Vallina, ¡si levantara la cabeza!

Entre las cosas que se me han extraviado en una reciente mudanza, no encuentro un libro en el que tenía guardada, como marcapáginas, una carta de Pedro Vallina a mi abuelo, que no me gusta enseñar (y sé que a muchos les encantaría leerla o tenerla) por lo mismo que en mi casa no gustaba hablar de Pedrito Vallina, ese infeliz (así se le nombraba, con cierta reluctancia; otras veces, la aposición al susodicho era más dura: 'esa prenda' o 'ese desgraciado' o 'ese canalla').

La cosa venía de lejos, porque la amistad con la familia de Vallina nunca se perdió, con su prima Concha Daza y su primo el Padre Daza, y con la tía-matriarca de todos ellos, Doña Amparo Martínez, todos muy tratados, de las amistades viejas de casa de mis abuelos y mis tías. A Concha Daza la recuerdo todavía, remotamente, ya muy mayor, maestra nacional jubilada, cuando venía de visita por la Novena. No era una visita agradable para mí, porque preguntaba cosas de colegio y decía que se estaba perdiendo la caligrafía. Yo me escondía cuando llegaba y llamaba a la campanilla de la cancela del zaguán, pecherona, con un moño y una cabeza imponente, y un bolso negro inmenso, y un abanico, un medio pericón negro, que sonaba riiiisss-rrrasssss (abrir-cerrar) plis-plis-plas, plis-plis-plas, plas-plas-plas-plas-plas (sobre el pecho) clin-clin (sonando las medallas). Y así la tarde entera, en el estrado, en las butacas de mimbre, hasta la hora de cenar, con mis tías y un par de amigas de la misma quinta, todas del tiempo de la Regencia de María de Cristina.

Lo extraordinario era que de un ambiente como aquel hubiera salido un engendro como Pedrito Vallina, criado en la misma casa que sus primos, Concha, la maestra, y Don Francisco, el cura. Pero así son las cosas, y se explican, relativamente: Una familia pudiente, un hijo inteligente y aplicado, una carrera universitaria, las influencias del pensamiento de vanguardia, el descontento social ambiental, los viajes al extranjero, los contactos...Resumiendo sus andanzas con un calificativo último y definitivo, se decía: - "...y se hizo masón", como una especie de compendio de las más abyectas monstruosidades.

Pero Pedrito se hizo algo peor, mucho más peligroso: Se hizo anarquista. En el colmo de los horrores, un día se supo que estuvo implicado en un complot que tramaba atentar contra el Rey, Don Alfonso XIII. Estuvo en la cárcel dos o tres veces. Ya no se le trataba, ni se le recibía en ninguna casa, salvo en la de su tía, Doña Amparo Martínez, que llevaba aquella cruz del hijo de su hermana con resignación, con toda la resignación, callando todo y temiendo barbaridades mayores. Se contaba que el caso de Pedrito se la llevó a la tumba.

De su tía, Pedrito heredó, si no caridad (que eso es virtud), una estupenda filantropía que le hizo destacarse como hombre providencial en momentos de necesidad, penuria, epidemias, urgencias. En Sevilla era famoso su dispensario-consulta, en la calle Bustos Tavera, un enclave justo en el límite entre el centro de la ciudad y uno de los accesos a los barrios que conformaban lo que se llamó 'el Moscú sevillano', guarida de los peores elementos activistas del marxismo clandestino, células comunistas y anarquistas que envenenaron la vida de la gente sencilla inyectándo el odio clasista y suministrándoles recursos violentos, inspirándoles malas ideas y organizándolos para actividades criminales. En todo aquello, andaba Vallina, curando gratis a los pobres, pagándoles medicinas y costeando tratamientos, y alentando la rebeldía de los descontentos. Un filántropo activista radical.

En el pueblo, organizó un centro de curación-reposo-rehabilitación para tuberculosos, en una finquita que heredó de su tía, unos terrenos en la sierra baja que se levanta a poca distancia de la localidad, con una situación muy saneada, elevada, bien orientada, con un par de arroyos cercanos al lugar donde edificó 'El Sanatorio', unos sencillos pabellones habilitados como salas para los enfermos residentes. Todavía quedan dos de aquellos edificios, usados ahora como casas de labor, entrelargas, de una sóla planta, techadas con tejas a dos aguas, con un cierto parecido a las construcciones del ferrocarril, con los muros blanqueados y los cantones de las esquinas, cornisas, marcos de ventanas y portadas pintados con almagra.

Cuando salíamos al campo, de excursión, o con tio Enrique, a cazar lo que saliera - para limpiar la escopeta, decía él - y veíamos de lejos aquellos dos edificios, preguntábamos qué era, y nos contestaban - "...El sanatorio", sin más detalles. Y si seguíamos preguntando, nos decían poco más - "...aquello era para los tísicos, que venían de Sevilla a hacer reposo, lo cerraron antes de la Guerra". A Vallina, ni lo nombraban, como si no hubiera existido.



Don Pedro vivió sus años de gloria durante el quinquenio desgraciado de la criminal 2ª República. Hombre inquieto e inconformista, mantuvo tensas y encontradas diferencias con los representantes oficiales de las formaciones políticas anarquistas. El Alzamiento le sorprendió fuera de Sevilla, y mantuvo bastante actividad en la zona roja, organizando auxilios y dispensarios. Al final de la contienda, poco antes de la victoria de Franco, salió de España y terminó asentado en Méjico, donde murió nonagenario en 1970.

Por aquellos años todavía vivía su prima, Concha, la de las visitas que yo temía, la del sonoro abanico y las tertulias interminables con mis tías. La última vez que estuvo en casa fue el verano del luto por mi abuelo. Llegó a dar el pésame y, como mis tias ya se habían trasladado al piso de Sevilla, mi madre y mi tía Antoñita, de otra generación, mantuvieron una conversación de circunstancias, muy fina y muy corta, de una media horita. Cuando llegó mi padre, mamá le contó que había estado Concha Daza, para dar el pésame, y que había preguntado por las titas, que se llevó las señas para visitarlas en Sevilla. Y mi padre, bajando un poco la voz, comentó:

- "...Ayer me dijo Juanito Treñez que el otro día se enteró de que ha muerto Vallina, en Méjico."

- "¡Jesús! ¿Todavía vivía? Tendría la edad de padrino, por lo menos, ¿no?".

- "Sí, tres o cuatro años más que papá, noventa y tantos".

- "Anda, que bastante ha corrido..."

Mi tia Antoñita terció:
- "Pues no se merece ni un Padrenuestro..."

- "Pues más falta le hará, al infeliz", cortó mi madre.

En casa de mi amigo Antoñito Lara, la tía Mercedes solía decir:

- "...anda que eres más malo que Vallina".

Y nosotros, chiquillos, preguntábamos: - "¿Y quién es 'Gallina'?

Y decía la tía Mercedes - "Un rojo masón, de los que quemaban iglesias".

Y en un flash de imaginación, nosotros veíamos a 'Gallina' con una tea en la mano metiendo fuego a la iglesia.

La tia Mercedes sentenciaba: -"...¡Ahora lo estarán quemando a él!"

En mi pueblo no sé si le habrán dedicado calle, hay cosas de las que prefiero no enterarme, y las ignoro, conscientemente.

En Sevilla, por el cartelucho de la parada de autobús, me enteré ayer de que sí hay una calle con su nombre, donde esta noche van a juntarse la recua de los pan-y-circo del 15-M, anarquistas post-modernos que harían las delicias libertarias de Don Pedro Vallina.

O quizá le curaran, si los viera, el virus anarcosindicalista, radicalmente.



+T.

viernes, 30 de marzo de 2012

Septenario, Stabat Mater, devociones y preludios de Semana Santa


Estoy predicando el Septenario de la Soledad; empezó el Viernes pasado y termina el Viernes de Dolores, con el Domingo de Pasión en medio. Se hace desde tiempo inmemorial. Yo recuerdo, hará cuarenta y tantos años, cuando el camino de la Soledad era una vereda ancha, con dos aceras amplias delante de dos filas de casas de tejados bajos, unas acacias de trama en tramo, y algunos bancos de hierro con el asiento de madera. Hoy es una avenida con mucho tráfico, que termina justo donde arranca la pendiente, como una rampa, que sube al porche donde se levanta el santuario de la Virgen.

Justo detrás de la antigua ermita, está el cementerio del pueblo, con la portada pegada al flanco de la nave de la iglesia, junto a la cabecera, por el lado del Evangelio, donde está la sacristía. Un día, uno que no era de del pueblo, me comentó que a quién se le ocurriría levantar el santuario de la Patrona junto al cementerio, le tuve que explicar que fue al revés, que pusimos el cementerio junto a la Virgen, para que amparara a nuestros difuntos y les abriera las puertas del Cielo. Incluso el muro del cementerio que se apoya sobre el paredón que cierra por detrás el camarín de la Virgen, era el lugar más 'deseado' del camposanto, donde están los nichos más antiguos. Mi familia utiliza uno de ellos como osario, justo detrás de la capilla de la Soledad.

Como me traen y llevan en coche, todas las tardes he recogido a mi tía, presumiendo de 86 años, con simpática vanidad senil, casi retando, cada vez que lo recuerda, a quienes todavía cumplimos la mitad, o un poco más. Dios dirá. Pero con el cementerio juntito, el memento mori y el curriculum vitae se vuelven especialmente inquietantes y actualmente congruentes, sobre todo cuando lee el sacristán la lista de los difuntos por los que se ofrece la Misa del septenario.

La gente agradece mucho a la Hermandad que tengan estos recuerdos. La Hermandad como se trata de la Patrona, se siente obligada a estos sufragios por todos los fallecidos durante el año, de cuaresma a cuaresma. Como el septenario es 'doloroso', la nostalgia por los ausentes parece que sintoniza con las preces a la Virgen de la Soledad, la gente asiste con la conformidad más cuajada y la resignación más templada. Llorar con la Virgen llorosa es una condolencia espiritual que ayuda a compenetrarse con el Misterio de la Pasión.

El sacristán canta tods las tardes las coplas de los Siete Dolores:

-"De Simeón la profecía
fue vuesto primer dolor,
cuando dijo que sería
perseguido el Redentor.

!Oh Madre desconsolada,
Madre llena de aflicción!
Ya que sois nuestra Abogada
alcanzadnos el perdón."

Y así una letrilla cada día, acompañando cada uno de los Dolores de Ntrª Srª. Para concluir las preces, justo antes de empezar la Misa, cantan un Stabat Mater popular:

"Está la Madre Dolorosa
al pie de la Cruz llorosa,
donde pende el Redentor.

Oh qué triste y afligida
fuíste, Reína esclarecida,
bendita Madre de Dios!"

El Stabat Mater es un canto compasionista: Contemplando el dolor de la Madre al pie de la Cruz, se le pide a la Virgen que nos asocie a su dolor, a sus lágrimas, a su pena, estrofa a estrofa. Hasta se va pasando de una intención más interior

"Sancta Mater, istud agas:
Crucifixi fige plagas
cordi meo válide"
 
(Madre Santa haz esto: fija las llagas del Crucificado en mi corazón efectivamente)

a otra más explícita, suplicando, casi, una estigmatización:

"...Fac me plagis vulnerari,
fac me Cruce inebriari
et cruore Filii..."

(hiéreme con las llagas (de Cristo), que me embriague en la Cruz y la cruenta sangre del Hijo)

El Stabat Mater es una oración sim-pática, un canto que busca compartir sentimientos, quiere asociarse al dolor de la Virgen Madre por el Hijo, reconociendo en su dolor maternal-virginal la mejor manera de poder sentir el efecto de la Pasión, la Cruz y la Muerte del Señor, interior y exteriormente, con contrición y con lágrimas, amando y doliéndose a la vez.

Popularmente, hoy, Viernes de Dolores, comienza la Semana Santa, con la expectación ansiosa de las vísperas que inauguran las fiestas adelantándolas, con prisa por gozarlas. En Sevilla ya están las Sagradas Imágenes del Señor y la Virgen Santísima en sus pasos, preparados para cumplir la estación penitencial, cubriendo todas las horas de todos los días de la Semana Mayor. Esta tarde ya saldrán algunas hermandades por los barrios de la periferia sevillana, y en algunos pueblos próximos.

Omnia parata sunt!

A mí, sin embargo, la devoción de Semana Santa se me ha ido volviendo más intimista, año tras año. Prefiero el breviario y el rosario, el viacrucis y la corona dolorosa, los Evangelios de la Pasión y lecturas piadosas sobre lo mismo. Quizá porque prefiero imaginar, representarme las escenas interiormente, en el recogimiento que me dan las pobres luces de la piedad personal. A estas alturas, con cincuenta años de vida y veinticinco de sacerdote, me atrae más un Sagrario, el Monumento del Jueves Santo, que todos los pasos juntos de toda de la Semana Santa de Sevilla.

Alguna vez me pregunto si no será por cierta comodidad que huye del ruído, de la gente, de las complicaciones y lo que gusta a todo el mundo. Conste que no me veo monje en una celda, pero también tengo bien probado cuánto me aturde la multitud.

Ahora, por Semana Santa, suelo rematar el rosario o la corona con el Stabat Mater; hace ya muchos años que me lo aprendí. Es una de mis oraciones predilectas, quizá por su mucha intimidad, por la piedad sincera que le pide a la Madre Dolorosa el dolor santo que a nosotros nos falta, la sabiduría de la Cruz que no tenemos:



Stabat Mater Dolorosa
iuxta Crucem lacrimosa,
dum pendebat Filius

Cuius animam gementem,
contristatam et dolentem
pertransivit gladius.

O quam tristis et afflicta
fuit illa benedicta,
mater Unigeniti!

Quae maerebat et dolebat,
pia Mater, dum videbat
nati poenas inclyti

Quis est homo qui non fleret,
matrem Christi si videret
in tanto supplicio?

Quis non posset contristari
Christi Matrem contemplari
dolentem cum Filio?

Pro peccatis suae gentis
vidit Iesum in tormentis,
et flagellis subditum.

Vidit suum dulcem Natum
moriendo desolatum,
dum emisit spiritum.

Eia, Mater, fons amoris
me sentire vim doloris
fac, ut tecum lugeam.

Fac, ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum
ut sibi complaceam.

Sancta Mater, istud agas,
crucifixi fige plagas
cordi meo valide.

Tui Nati vulnerati,
tam dignati pro me pati,
poenas mecum divide.

Fac me tecum pie flere,
crucifixo condolere,
donec ego vixero.

Iuxta Crucem tecum stare,
et me tibi sociare
in planctu desidero.

Virgo virginum praeclara,
mihi iam non sis amara,
fac me tecum plangere.

Fac, ut portem Christi mortem,
passionis fac consortem,
et plagas recolere.

Fac me plagis vulnerari,
fac me Cruce inebriari,
et cruore Filii.

Flammis ne urar succensus,
per te, Virgo, sim defensus
in die iudicii.

Christe, cum sit hinc exire,
da per Matrem me venire
ad palmam victoriae.

Quando corpus morietur,
fac, ut animae donetur
paradisi gloria.

Amen.
 
(aquí otras versiones y glosas en español)

Le tengo devoción a ese cuadro que he puesto de imagen de cabecera, una copia de la Dolorosa del Tiziano, del Museo del Prado. En mi casa tenemos dos, esa de la foto, que tengo yo, y otra que está en el pueblo. La mía tiene unos pocos desperfectos en la superficie del lienzo, que tengo que mandar restaurar, a ver cuándo; la que está en casa de mi madre está muy oscurecida, y habría que limpiar la pintura. No sé quién las mandaría pintar, o si se compraron a la vez a algún copista del Prado, sobre 1850-70, calculo yo, en tiempo de mis bisabuelos; son dos copias muy buenas.

Cuando imagino a la Virgen subiendo al Calvario, acercándose al Señor crucificado, me la represento así, como esta Dolorosa del Tiziano: La mirada concentrada, fija, amorosa, llorando intensa pero mansamente, con un dolor interiorizado, profundo como ninguno, inteligente, contemplando el Misterio y meditándolo en su corazón, traspasado de dolor, cumpliendo y entendiendo la profecía de Simeón:
"...et tuam ipsius animam pertransiet gladius //...y a tí, una espada te traspasará el alma" Lc 2,35

...Y yo sé que en esa espada estoy yo, clavado en su corazón, con dolor y con amor.

+T.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Una Santa Catalina de Alejandría (reparando una incorrecta identificación)


Recuerdo el cuadro de Santa Catalina colgado en el muro encalado, el del lado de la casa del santero (que ya no existe), el de la nave de la Virgen del Consuelo. Allí está todavía, con esa fijación inmemorial que vuelve a poner las cosas en el sitio de siempre, su sitio, como piezas que encajan en sus micro-coordenadas, donde estuvieron siempre.

Un catálogo-inventario que hicieron dos animosos iletrados define así el cuadro:

Tipología: Pintura.


Denominación: Judit.


Autor: Desconocido.


Firma: No.


Cronología: s. XVII.


Estilo: Barroco.


Escuela: Sevillana.


Descripción: Representa a una joven de pie, adelanta la pierna izquierda mientras se sostiene con la derecha. Viste ricos ropajes en tonos tierras, beige y rojo; sobre su vientre lleva un cíngulo decorado en la parte central por un broche. Su brazo izquierdo lo cubre con un manto en tonos pardos con adornos vegetales. Lleva sandalias. Su rostro es ovalado, con nariz y boca pequeña, sus cabellos son castaños, sobre su cabeza lleva una diadema, su mirada la dirige al espectador. Con la mano izquierda sostiene una palma y con la derecha una espada que clava en la barba de una cabeza cortada que se ubica a sus pies. En el ángulo inferior derecha aparece una escena envuelta en nubes y luminosidad, donde aparece una mujer sentada con un niño pequeño en su regazo y al mismo personaje central del cuadro, arrodillada ante dicha aparición. En el ángulo superior derecho aparecen dos cabezas de ángeles, uno de ellos porta una corana con flores, mientras otro sujeta la parte superior de la palma.


El fondo esta realizado a base de ocres y tierras.


Posee marco en color pardo.


Iconografía: El libro cuenta la historia de una viuda hebrea, Judit hija de Merari, en plena guerra de Israel contra el ejército asirio. De bellas facciones, alta educación y enorme piedad, celo religioso y pasión patriótica, Judit descubre que el general invasor, Holofernes, se ha prendado de ella. Acompañada de su criada, la viuda desciende de su ciudad amurallada y sitiada por el ejército extranjero -Betulia- y, engañando al militar para hacerle creer que está enamorada de él, consigue ingresar a su tienda de campaña. Una vez allí, en lugar de ceder a sus reclamos galantes, lo embriaga. Cuando Holofernes cae dormido, Judit le corta la cabeza, sembrando la confusión en el ejército de Asiría y obteniendo de este modo la victoria para Israel.


Medidas: 162cm. x 105cm.
 
Los muy indoctos parece que desconocían la tradicional, popularísima y muy difundida iconografía de Santa Catalina de Alejandría, y, cual si fueran bíblicistas luteranos muy leídos, incurren en el imperdonable error de confundir a la valiente viuda veterotestamentaria, heroína de Betulia, con la íntegra virgen, docta doncella y entregada mártir Sancta Catharina Alexandriae, que es la representada en el cuadro.

Intuyo - sospecho - que la confusión vino por la cabeza, que es de filósofo vencido por la palabra inspirada de la virgen alexandrina, y no la del Holofernes seducido y decapitado por la Judith bíblica. Como la cabeza (un monumental cabezón con turbante (las alusiones de la iconografía hispana a la morisma vencida no son sutiles, todo lo contrario)); como la cabeza - iba diciendo - es lo que más se ve, los ignorantes catalogadores hicieron de ella la premisa equívoca que les llevó a la errónea identificación.

Por razón de la cabeza, también me figuro que los muy agudos autores del inventario estarían en un tris de haber escrito que la gruesa testa era la de Goliat, y la Stª Catalina era el mozo David, con talar en vez de pellico y con palma en vez de honda (la espada, obviamente, era para despistar).

En fin, que ese es el error y así aparece todavía en el catálogo inventario del patrimonio mueble e inmueble de la antigua Ermita de San Bartolomé.

Conque, para remediar la confusión, y siendo hoy el día de la Gloriosa Santa de Alejandría, enmiendo aquello que malescribieron los de marras y digo que:

El cuadro representa a Santa Catalina de Alejandría, virgen y mártir, estante, con la cabeza alegórica del filósofo pagano vencido a sus pies. La figura de la Santa lleva veste larga (color pardo-rosado) y sobreveste corta (color jacinto-carmesí; el brazo dchº asoma enfundado en camisa blanca de puño ceñido); sobre el hombro izquierdo, lleva un manto de brocado, plegado al brazo. Un ángel parece estar dándole la palma simbólica del martirio, que la santa toma y porta en su mano izquierda; otro ángel pone sobre su cabeza una corona de rosas blancas, símbolo de su virginidad; la Santa porta una espada, instrumento final de su martirio, en la mano diestra, con cuya punta hiere en la lengua al sofista pagano vencido.

En un plano menor, en la esquina inferior izquierda del cuadro, abierto en un claro de celaje/gloria, se representa la escena de los Deposorios Místicos, también característica de la iconografía caterinista: El Niño Jesús, entronizado en el gremio de su Madre, Reina Vírgen las Vírgenes, coloca el anillo del místico esponsal a Catalina, arrodillada, reverente y extasiada. El detalle iconográfico se inspira en un modelo murillesco muy reconocible (la pequeña figura de la Virgen y el Niño, inconfundible).

La imagen estante de la Stª Catalina parece más de gusto zurbaranesco, por su solemne apostura y el volumen del ropaje; incluso se podría decir que el anónimo pintor conoce y mantiene la iconografía más arcaica y preceptista de Francisco Pacheco (el detalle de la vestimenta, por ejemplo, corresponde a los dictados del viejo maestro hispalense), cuyos prototipos quedaron muy arraigados en la escuela sevillana. Con cierto efecto buscado, la imagen conecta su mirada con la del espectador, un recurso muy usado en los modelos de 3/4 de perfil, típico en las representaciones retratísticas.

Los ángeles, son de inspiración también murillesca (dos cabezas de querubines incorpóreos en el ángulo superior izqdº, y en el derecho los otros dos susodichos).

Las joyas del ceñidor, collar y diadema corresponden a la dignidad principesca que algunas tradiciones (la Leyenda Áurea la considera hija del rey Costo) atribuyen a la Santa alejandrina. Su atributo principal, la rueda dentada rota (la usaron en el tormento aplicado a la Mártir), sin embargo, queda poco sobresaliente, apenas se ve asomando por debajo del vuelo de la túnica, en el ángulo inferior derecho del cuadro.

La pintura es claramente devocional, muy del estilo de las obras demandadas por la piedad popular, prolijas a la hora de buscar y acumular en las figuras del Santoral todos los elementos identificativos del icono.

Conque valga esta pequeña corrección como ofrenda a Santa Catalina de Alejandría, patrona de los filósofos católicos - et in Arcadia ego! -, a la que le tengo y mantengo devoción por lo que me toca.

Y porque fue una de las expurgadas del Misal de Pablo VI, que en las nuevas ediciones, gracias a Dios, ha reaparecido. Aunque le han variado (¡cómo no!) su antigua oración, tan bella, que es la que yo rezo, y la que pongo aquí:

Orémus
Deus, qui dedisti legem Moysi in summitate montis Sinai, et in eodem loco per sanctos Angelos tuos corpus beatae Catharinae Virginis et Martyris tuae mirabiliter collocasti: praesta, quaesumus: ut eius meritis et intercessione, ad montem, qui Christus est, pervenire valeamus:
Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus per ómnia sǽcula sæculórum.
R. Amen.

Ex Voto


+T.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Los 20 de Noviembre que recuerdo


No recuerdo cuando fue la primera vez que estuve en los actos de un Día de los Caídos; por alguna foto que guardo calculo que tuvo que ser cuando tenía seis años, o siete. Tampoco sé por qué me gustó el acto, quizá porque era distinto, con aquel final de la procesión desordenada desde la Iglesia a la Cruz de los Caídos; he contado algo, otra vez.

Por aquellos años la celebración ya iba declinando. De los camisas viejas quedaban pocos, todos de la edad de mis abuelos, con setenta y muchos años; aun así, no faltaba uno. Pero los importantes estaban en la lápida, tres lápidas que formaban las caras del pedestal de la Cruz, la cuarta con el escudo de España sobre el Yugo y las Flechas. Allí estaba grabado el nombre de tío Antonio, el hermano de mi padre, caído por Dios y por España a los dieciocho años, combatiendo en la 2ª Bandera de Falange, en el frente de Extremadura.

Un día, en el desván, dentro de una caja de caoba, en el cajón-secreter de una cómoda, encontré unos lienzos enrollados, sujetos con una cinta grana y amarilla, otro lío atado con lo mismo, de color verde pardo, y otro azul, y dos paquetes más, también con cintas. Llenaban el cajón entero. Eran las cosas del tío Antonio, las que llevaba cuando cayó en el frente: La ropa interior, la camisa de la Falange, el gorro militar, unas cartas; la cartera estaba tal cual, con estampas de la Virgen, un detente, una foto de Mª Lola López, su novia, un librillo de papel de fumar, una tarjeta de mi abuelo, una foto de mi abuela, y una carta a medio escribir. También había una bandera de España, descolorida. Y una cajita forrada de terciopelo negro y bordada con cinco rosas, dentro había un mechón de pelo envuelto en papel de seda, con un papelito escrito con su nombre y la fecha de nacimiento y la de su muerte, 16 Mayo 1920~20 Enero 1939.

Cuando mi padre murió, seguí yendo a Misa el 20 de Noviembre. Ya no se celebraba, ni oficial ni familiarmente. Mi madre no faltaba tampoco. Era una de esas fechas que tenían sentido, que estaban señaladas en el calendario particular del amor y el dolor.

Junto con el tío Antonio fui poniendo otras intenciones: Mi padre, que también fue un caído, con otra historia, pero también víctima de aquella guerra que él y otros ganaron para España, sin ganar nada para ellos.

Recuerdo también a gente conocida, por familia o por amistad, todos protagonistas de aquella contienda: Antonio Farias, que fue jefe de la Falange en el pueblo, y Presenta Bohórquez, la presidenta de la Sección Femenina, una anciana canija y medio jorobada, vestida con el uniforme como si fuera una mocita; y Manolito el Ángel, que fue asistente de mi padre los tres años de la Guerra, y Dolorcilla la de Pepa, que fue novia de Juan Rendón, que cayó en el frente el mismo día que tio Antonio y después ella se casó con Joaquín, el hermano del caído, también falangista; y Facundo Lara, y Domingo Talavera, y Juanito el Dondo, y Paquillo Galván, y Lorenzo Peña. Con Franco y JoseAntonio, todos están en mis 20 de Noviembre.

Si me preguntaran por qué, no sabría decir bien. Por muchas cosas. Por mi padre y mi madre, tan leales. Porque los conocí, porque me hablaron de ellos, porque creo en la verdad de lo que vivieron, sufrieron, amaron, entregaron.



Me gusta escuchar el Cara al Sol. Recuerdo cómo se emocionaban mis tías, mis abuelos, mi madre, que cantaban llorando, sintiendo tanto, por tantas cosas, por tanta gente.

Ahora me emociono yo, con todos ellos en la memoria, una memoria histórica verdadera, limpia como la patena donde pongo sus nombres cada 20 de Noviembre.


+T.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Otra historia macabra


Èl se llamaba Don Klaus Ranittër, y ella Doña Anna lo mismo. Eran los tios de una del pueblo que se casó con un muchacho de Hamburgo, que como estaban de viaje de vaciones por España, se pasaron por el pueblo porque traían unos regalos para la chacha Rosario y el chacho Arcario, los tíos de Rosarito, la que se casó con el muchacho aquel, el alemán.

Pues llegaron al pueblo, se presentaron en casa de Rosario la de Arcario; no se entendieron ni una palabra porque Don Klaus y Doña Anna no hablaban español ni el Arcario ni Rosario entendían el alemán, pero se dieron muchos besos y se rieron mucho los cuatro.

Y como la mesa une los cuerpos y las almas y las naciones se funden con el calor de una lumbre amable, aquella noche los recién conocidos se comieron un cocido de garbanzos con todos sus avíos, y media orza de manteca de lomo con pan de tahona, y unos pestiños recien enmelados, y unas batatas en almíbar, y dos botellas de tinto y media botella de Cazalla. Comieron y bebieron y se rieron y se fueron a acostar sin haberse entendido una pe ni una pa, pero las mar de contentos, como si se hubieran tratado de toda la vida.

El golpe ocurrió por la mañana, a eso de las 8 y media. La primera en enterarse fue Manuela, la de la vaquería, que acababa de ordeñar y estaba preparando las cántaras de leche para el reparto:

- ¡Ay Manuela, Manuela, ayyyy! ¡Ay Manuela de mi alma, que se me ha muerto, que se me ha muerto en mi casa! ¡Ay Manuela!

- ¡Ay qué desgracia, Rosario! ¡Ay tu Arcario, con lo bueno que estaba ayer mismo, que estuvo aquí con mi Rufino! ¡Ay el pobre Arcario!

- ¡Que no, mujer, que no, que mi Arcario esta mu güeno, gracias a Dios, no mientes ruina! ¡Que es el Don Klaus, el tio del marío de mi Rosarito, el alemán! Que han venío de visita y anoche se acostó tan bueno y no ha amanecío, Manuela, se ha quedado tieso el infelíz. ¡Qué desgracia, hija!

- ¡Qué desgracia, mujé!

Se pasaron la mañana avisando al médico para el certificado de defunción, al ayuntamiento para los papeles que había que mover, y llamando a Hamburgo, a la Rosarito y su marido, para contarles la tragedia y que se hicieran cargo de lo que hubiera que hacer.

Don Domingo, el cura, se presentó y rezó un responso, pero por lo visto Don Klaus y Doña Anna no eran catolicos (¡Nicht-Katholiken! ¡Lutheraner der lutherischen Kirche! o algo así, decía Doña Anna). Y el cura aconsejó que los funerales los organizaran en Hamburgo, cuando llegara el cadáver.

A Don Klaus tuvieron que embalsamarlo, meterlo en caja de zinc, otra caja de madera, y embalarlo para embarcarlo en avión. Después del embalsamamiento y la caja de zinc, tuvieron que esperar 24 horas, por no sé qué tramite del consulado. En aquellos años - eran los felices '70 - todavía no había tanatorios en Sevilla, y Rosario y Arcario no quisieron dejar a Don Klaus en el Depósito Anatómico Forense, y cómo no había nada en contra, se llevaron a Don Klaus al pueblo, a su casa, y le organizaron un velatorio como Dios manda.

Como el muerto era extranjero, el velatorio fue muy divertido, más de lo habitual. Se hicieron buñuelos, se sirvió chocolate y aguardiente, unas vecinas llevaron tortas, otras pestiños, y pasaron una noche muy agradable. Contaban luego que allí no suspiraba nadie, ni la viuda. Doña Anna, que no estaba acostumbrada al aguardiente serrano, agarró una melopea de anís El Clavel (seco) y tuvieron que acostarla. A Rosario el efecto del cazalla le dió por llorar (fue la única que lloró), y a las vecinas por reir.

El furgón fúnebre de la empresa funeraria del pueblo (Pompas Fúnebres San Sebastián) estaba contratado para llevarse a Don Klaus desde casa de Rosario la de Arcario hasta el aeropuerto; Doña Anna tenía pasaje en el mismo vuelo en que iría Don Klaus, ella en asiento de primera y él en la bodega, con el equipaje.



Cuando llegó el coche para llevarse a Don Klaus, Rosario hizo un aparte con Manolito, el de la funeraria:

- Manolito, ¿la caja del muerto es fuerte, va bien cerrada?
-¡Vamos! Una caja maciza y reforzada, con cerradura doble y tres cinchos, que eso no hay quien lo abra, Rosario.
- Pues mira, Manolito, vamos a echar a la gente del cuarto, antes de que cierres la caja, que hay que hacer una cosita, un capricho pa mi Rosarito, tu ya sabes que está esperando pa Julio y ha tenío un capricho, mira tú.
- Yo lo que usté quiera Rosario; total, al muerto le va a dar lo mismo.
- Eso digo yo, Manolito. Y ya que se lo llevan a Alemania, el pobrecito - ¡que en paz descanse, dichoso! - pues se aprovecha el viaje, ¿no es verdad, hijo?
- Eso mismo, Rosario.
- ¡Ea! Pues venga ya, antes que entre nadie y vea lo que no debe. ¡Arcarioooo, ven pacá a echá una mano, hombre!

Y se presentó el Arcario en la alcoba donde estaba Don Klaus de cuerpo presente, en su caja de zinc; por una ventanilla de cristal se le veía la cara, blanca como la pajuela, con un bigotillo y unas patillas rubias entrecanas. Como entre la caja de zinc y el ataúd de madera había espacio, metieron dentro dos sacos de naranjas, una fiambrera con manteca de lomo y otra con chicharrones, unas ristras de morcillas, dos chorizos, un queso, una ristra de ajos, una talega de garbanzos y otra de aceitunas gordales. Todo bien colocado, rellenando huecos, bien atado con guita fina. Sujeta a la ventanilla de cristal por la que se veía a Don Klaus, iba una carta de Rosario a su Rosarito:

Niña, Rosarito, por aquí todos buenos, menos el disgusto de Don Klaus, que ha sido un golpetazo, Dios lo tenga en su gloria y le de resignación a Doña Anna, la pobrecita. Niña, Rosarito, dice el tito Arcario que las naranjas son guachintonas, de las buenas, de la huerta de la Arquidía. Si no vas a aliñar las aceitunas todavía, déjalas en la talega, que ahí no se estropean. Un beso, mi alma, que te tengo en el pensamiento el día entero. Y muchos besos del tito Arcario, que está loquito de contento desde que se enteró de lo del niño, a ver si lo bautizamos cuando vengais en Agosto. Un beso mu grande de tu chacha. Rosario (rubricado).

A las dos semanas, recibieron Arcario y Rosario carta de Hamburgo, de la Rosarito:

"Queridos chacho y chacha, espero que esteis bien, aquí todos buenos, gracias a Dios. Las cosas llegaron estupendamente, como llevaron al tito Klaus a su casa, nadie se dio cuenta de nada, se sacó todo y ya después se llevaron al tito al cementerio, con la tita Anna que lloraba mucho, la pobre. Chacha, qué ricos los chorizos, y el queso y todo. Dile al chacho Arcario que todavía tengo naranjas, que me las estoy comiendo de una en una, pa que me duren más. Pero lo que más me ha gustao ha sido la manteca y los chicharrones. Las aceitunas, la mitad las puse en salmuera y la otra mitad para partirlas y aliñarlas con vinagre, a ver cómo me salen. Chacha, que dice la tia Anna que a ver si le mandais una botella del aguardiente que tenían ustedes, que dice que se acuerda mucho de lo bueno que estaba y que le sentó la mar de bien. Muchos besos, chacha, pa tí y pal chacho Arcario, que estoy deseandito que llegue Agosto, pa salí del parto y pal Bautizo, que dice mi marido que sí, que lo hacemos allí, si Dios quiere, en Agosto. Muchos besos, chacha, de tu Rosarito (rubricado) // Que no se te olvide el aguardiente para la tita Anna, que se acuerda la pobre mucho del tito Klaus // ".


Todo verídico. Doy fe.


&.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Una historia de cementerio


Doña Enriqueta era de las pocas (dos o tres) beatas del pueblo que comulgaban todos los días. Pero Doña Enriqueta no era beata, que era señora, señora viuda del médico del pueblo y señorita de nacimiento, de las mejores familias de la villa, por parte de padre y de madre, ya se sabe, mucho apellido y pocos reales. Pero entonces todavía conservaba casa señorial, criadas y mozos, y unos cuantos olivares, un par de viñas y alguna finquita más, todo bien administrado. La decadencia final sucedió cuando Doña Enriqueta finó.

Con setenta y muchos años, todavía admiraba y encantaba, una belleza con canas como había sido una beldad con veinte. Hasta el luto le sentaba bien, hasta el velo negro le favorecía, no sabían decir qué tenía, pero cuando pasaba por delante del casino, los señores se quitaban el sombrero desde que la veían venir, y la seguían con la mirada hasta que desaparecía por la esquina del marmolillo.

Iba a Misa de alba, de vuelta a casa tomaba un desayuno ligero, con media copita de coñac, y volvía a salir calle arriba, para el cementerio. Iba sóla, no quería que la acompañase la tata porque renqueaba y le entorpecía el paso, que a su edad Doña Enriqueta todavía lo tenía ligero y seguro.

Iba al cementerio a diario, menos los Domingos y Fiestas, desde que murió su hijo pequeño, en el frente, un mes antes de acabar la Guerra, en Febrero del '39. Desde el día después del entierro se impuso esa devoción. Cuando murió Don Augusto, su marido, siguió con lo mismo, con doble motivación. Ella era de poco llanto, de lágrima contenida y suspiro para adentro, de las de pena honda e impasible el ademán. Ni perdió nunca la sonrisa, ni a nadie fastidió con su luto. Pero el camino del cementerio sonaba todos los días al compás de su medio tacón.

Aquella mañana Don Francisco, el párroco, celebró la Misa con el Pepe el sacristán, Doña Enriqueta y Rosarito la de Buela, porque amaneció con temporal, una ventolera y un aguacero que quitaba las ganas de salir hasta a las más pías de la parroquia, sólo las irreductibles fueron capaces de vencerse y salir. Cuando terminó la Misa había dejado de llover, pero el celaje estaba tormentoso y el viento soplaba de abajo, avisando más lluvia.

Doña Enriqueta decidió dejar el desayuno y aligerar la visita al cementerio, aprovechando el escampado. Cuando cruzó la cancela del cementerio, el cielo barruntaba tormenta; al llegar al panteón sonó el primer trueno, con un relámpago como un fogonazo. El cementerio sobrecogía, el cielo tan oscuro, todo el suelo encharcado, con un silencio extraño porque todavía no había empezado a llover, sólo tronaba.

Al pasar, en la cuartelada de nichos que hacía pared con el panteón, había una sepultura abierta, un nicho de la segunda fila contando desde el suelo, la lápida estaba apoyada en la abertura, encajada de canto en uno de los extremos de la bovedilla. Doña Enriqueta se fijó en todo, echando una de esas miradas de paso, distraidas pero que ven todo lo que tienen que ver.


Cuando acabó el misterio del rosario que iba rezando, Doña Enriqueta añadió un responsorio, un Credo y el De profundis (ella sabía bien los latines de Misa, las Letanias, algunos salmos de carrerilla, y algunos responsorios también). No se entretuvo con más rezos, porque tronaba y tronaba, con los relámpagos y los truenos cada vez más cerca. Se dió la vuelta y, de pronto, se quedó petrificada, impávida, casi se le para el pulso: En el nicho de al lado, el que vió abierto y sin lápida, había algo, algo se movía, hacía ruído, como si se revolviera algo dentro, un ruído sordo, cada vez más. Horrorizada, tapándose la cara con el velo, vió como dos pies, dos botas, iban saliendo del nicho, luego dos piernas enfundadas en un pantalón mugriento, lleno de tierra y retazos de telarañas, y dos manos, dos manos que se agarraron al arquillo del nicho y, con un impulso torpe, arrastraron y dejaron caer fuera, sobre la tierra encharcada, un cuerpo, un cuerpo de hombre; la cara no se le veía porque la llevaba cubierta con un pañolón pardo, manchado. Cayó pesadamente en el suelo, se revolvió y se fue levantando apoyándose con las manos huesudas de uñas largas en el nicho de más abajo del que cayó. Y rompió a toser.

- ¡Ejeeem, ajuuummm, ajuuummm, ejeeem, jemmmm...!!!....¡Ay! ¡Doña Enriqueta dispense usted!
- ¡Jesús, por Dios! ¡Romualdo, hijo de mi alma! ¡Jesús, Jesús, Jesús!
- ¿Se ha asustado usted, Doña Enriqueta? Mire usted que yo no sabía que estaba usted aquí, si no no salgo.
- Pero Romulado, por Dios, ¿que hace usted dentro de un nicho?
- Las cosas, Doña Enriqueta, las cosas; que ayer me ajumé y me dieron aquí las tantas y cuando empezó a llover me lié en el capote y me metí en el nicho, y ahí he pasado toda la noche, que yo sé que no es sitio, pero las cosas, Doña Enriqueta ¿qué va hacer uno, si no tengo donde caerme muerto?
- ¿Que no? Para eso tienes el cementerio entero, Romualdo.
- Que no tengo donde recogerme, Doña Enriqueta, ni un mal chozo, quería decir, usted me entiende.
- Lo que entiendo es que por poco se me sale el corazón por la boca, Romualdo, que vaya susto...
-¡Ay Doña Enriqueta, que yo le juro por mis muertos que no había intención!
- No jures, no jures, que no hace falta. ¿Y eso lo haces mucho, lo de meterte en el nicho?
- Pues mire usted, Doña Enriqueta, ahora, con el mal tiempo, más de una noche me arrecojo en el nicho, en este que está bajito y alcanzo bien a meterme; como en esta cuartelá pega bien el sol, está mu sequito por dentro y no hay humedá, ni bichos. Y pa decirle a usté toa la verdá, en verano también me echo la siesta, que no sabe usté lo fresquito que se está dentro.
- Si hijo, sí, me lo figuro, la mar de a gusto que se estará, vivir para ver.
- Doña Enriqueta, no se lo diga usté a naide, que me busca usté un lío, que ya sabe usté que na más tengo la paguita de enterraó, que vivo de eso, Doña Enriqueta.
- Descuída, Romualdo. Toma, toma un duro y vaya usted a tomarse un aguardiente a la Ventilla, y entre usted en calor. Descuíde que no pasa nada, Romualdo.
- Ay, señorita Enriqueta Dios se lo pague a usté, que siempre tiene usté un detallito conmigo, Doña Enriqueta.
- Anda, anda...Ea, ahí se queda usted, Romulado, con Dios.
- Vaya usted con Dios, Doña Enriqueta, condió, condió...


Doña Enriqueta se entró en la ermita de la Soledad, junto al cementerio. Terminó el rosario; había empezado a llover, y le pidió a la santera que mandara recado a casa para que vinieran por ella. Al cuarto de hora llegó un coche a recogerla.

- Al ayuntamiento, Paco.
- Lo que usted mande, Doña Enriqueta.

- Buenos días, Doña Enriqueta, ¿necesita usted algo?
- Sí, Pepito, buenos días ¿está el alcalde?
- Sí señora, despachando con el Comandante de Puesto.
- Pues dile que quiero verle.
- Ahora mismo.

- Enriqueta ¿que traes?
- A sus órdenes, Doña Enriqueta.
- Usted siempre tan marcial, Sargento Cotán...
- Mira, Eduardo - siéntate, y usted también sargento -. Mira, Eduardo, me acaba de pasar lo que no te puedes figurar...

Y le contó al alcalde lo de Romulado el enterrador saliendo del nicho, con los truenos de fondo y el relámpago alumbrando la escena.

- ¡Jesús, Enriqueta! A mí me pasa eso y me muero allí mismo. Ahora mismo lo mando a llamar.
-¡Ni se te ocurra! Que el pobre se ha llevado tanto susto como yo al verme allí, creyendo que no había nadie. Déjalo y no le digas nada, que yo le he dicho que no lo iba a contar. Pero habrá que hacer algo, Eduardo, porque ese hombre no puede andar así, durmiendo en los nichos, que eso ni es cristiano ni es salubre.

- Dí que sí, Enriqueta, desde luego que no, que eso no puede seguir. ¿Qué quieres que haga?
- Venía pensando, Eduardo, que si no se podría arreglar la casilla de los trastos, la que está junto al osario viejo. Si tú das permiso, se le podría arreglar el techo y abrir una ventana, o dos, y echarle por medio un tabique y separarle un cuartillo con su alcoba y una cocinilla, y una puerta que de al costado de la ermita, para que no tenga que entrar y salir por el osario. Yo me hago cargo de lo que cueste la obra, pago el jornal de los albañiles y tú pones los materiales, ¿estamos?
-¡Y como no vamos a estar! Si tú cuando vienes no traes problemas sino remedios, Enriqueta. Así da gusto ser alcalde.
- ¡Anda, anda! Que a tí te gusta la alcaldía y el sillón como sea y con lo que sea, Eduardito, que eres alcalde profesional, como si hubieras estudiado la carrera. Bueno, ahí se quedan ustedes, que con lo del cementerio y el enterrador ya he perdido media mañana. Un beso, Eduardo. Sargento, que me alegro de saludarle, bien lo sabe usted.
- A sus órdenes, Doña Enriqueta.
- Con Dios, Con Dios...

- Su tia, Don Eduardo, es una señora. ¡Qué distinción, que simpatía!
- Mi tía, sargento, no es corriente. Y ademas de ser una señora es una santa, de las que no meten ruído y dejan buen olor por donde pasan.
- Usted que lo diga, Don Eduardo, una mujer sin par.

+T.

domingo, 28 de agosto de 2011

En Novena


Para llegar a la Iglesia hay que subir la Cuesta del Reloj, una hermosa pendiente que arreglaron este invierno, con adoquinado nuevo, nuevos acerados, todo nuevo y la han dejado con más desniveles que tenía antes. Más cuesta, eso sí. Mi tía la subía antes en tres estaciones; ahora son cinco parones los que hacemos. Claro está que mi tia pasa los ochenta y cinco, y la cuesta en esto es pasivamente indiferente (aunque activamente accidental). Así que si salimos de casa al segundo toque, cuando llegamos al repechón final de la Torre del Reloj ya están repicando el tercero.

Ya conté, otro año, que mi tía y sus coetáneas feudalizan dos bancos que son su alcázar inexpugnable, en el tercio final de la nave de la Epístola, cabe el pilar delantero de la arcada del Cristo de la Misericordia, frente por frente a San Felipe. Ese es su sitio. Mi tía, empero, vive cada tarde de Novena la posesión de 'su' sitio como un cruzado en batalla, ansiosa como un halcón que se precipita en vuelo sobre su presa. Las armas de mi tía son su bolso y su abanico: Con el bolso ocupa, con el abanico aparta. Y no hay rival que le pueda. La mañana del dia de la Virgen, para la Función Principal de Instituto (i. e. la Misa Solemne de la Hermandad), llegó cuando ya estaba toda la Iglesia ocupada, bancos y sillas colmando todo el espacio. Así y todo, cuando entramos en procesión hacia el Altar, allí estaba ella, sentada con su bolso, abanicándose el pecho con su medio pericón, mi tía con su silla quasi en mitad del pasillo de la nave central, en primerísima localidad.

La Novena se predica. Antes no se predicaba, todo eran rezos y cantos, con Exposición Mayor, Santo Rosario, Letanías, Preces, Bendición y Salve. Desde los años '70 se celebra la Misa, y desde los '80 la Misa es con predicación. El predicador suele ser también el celebrante, salvo excepciones. A pesar del movimiento de los presentes (entradas, salidas, abanicos en perpetuum móbile, coro, banda de música, niños sueltos etc. ), la gente (los fieles) escuchan al predicador y están atentos al sermón. Los curas, si no están advertidos de la idiosincrasia del lugar, predican como de costumbre, como tengan costumbre, unos mejor, otros peor. La gente (los fieles) es indulgente y disimulan si el cura es un pelmazo y el sermón un rollo. Pero ¡ojo con el Dogma! Con un fino sensus fidelium, la gente (los fieles) entiende y distingue cosas que en otros sitios, a otra gente, les daría lo mismo si lo dicen bien o si no.

Por ejemplo, la noche en que el predicador de turno (tres se han turnado este año durante el Novenario) repitió diez, doce veces 'la advocación de la Asunción'. Yo, que conozco el percal, me iba rezando el Rosario (para aprovechar el tiempo, durante el sermón) y me figuraba la escena, tal y como ocurrió en la Sacristía, en cuanto terminó la Misa:

- Pom, pom (en la puerta de caoba de la Sacristía)...¿Se puede? Padre, buenas noches, ¿cómo está usted?...Padre que venía yo a preguntarle una cosa, una cosa del sermón, ¿sabe usted? ¿Usted no sabe que la Asunción no es una advocación? La Asunción es un Misterio, un Misterio de Fe, un Dogma de fe, ¿usted no lo sabe?...

La que habla y se explica con el cura es Trini Delgado, unos cincuenta y pico años, biznieta de Estrella Jimenez, una legendaria de tronío. Trini (casada, con tres hijos, ama de su casa) sin reparos, sin titubeos, sin cortedad, con todo su respeto, le estuvo explicando al cura lo que era una advocación y lo que era un misterio, distinguiendo, que una cosa es llamar a la Virgen con un nombre devocional y otra referirse a Ella aludiendo a uno de sus Misterios, que hay que creer porque son cosa de fe.

En esto entra en la Sacristía y se incorpora al discurso Nati Borrero, sesenta y tantos, esposa, madre y abuela:

- ...Misterio de fe, el cuarto Misterio Glorioso del Rosario, que no es un invento de nadie, que es un Dogma de Fe que proclamó Pio XII...

Por el despacho del cura entra Purificación Nobo, dogmatizando igualmente:

-...El Dogma de Fe que es de creencia general, que todo el mundo tiene que creer para salvarse, que es un Misterio de la Virgen...

En cinco minutos se juntaron en la Sacristía cinco 'doctoras' de la Iglesia doméstica dictando dogma al pobre predicador, que no sabía qué decir.

Doy fe de que quedó instruído y convencido porque a la noche siguiente repitió en el sermón quince, veinte veces, el bien aprendido concepto 'misterio de la Asunción'. Para satisfacción de todas y todos los (fieles) asistentes. Como debe ser. Como Dios manda.

Antes y después de la Novena se tiran cohetes. La Novena empieza a las 9, ya oscureciendo: Rosario, Preces, Cánticos y Misa con sermón. Salimos sobre las 11 menos cuarto. La Cuesta del Reloj con cinco paradas para el resuello se baja mejor que se sube, salvo las precauciones de bajar una cuesta empinada con mi tía al brazo. Y hablándome y hablándose ella misma:

- ¡Qué Novena, qué esplendor! ¡Cómo está la Virgen! ¡Y el altar! ¡Qué satisfecha, todas las noches!
-Niño, ¿de dónde es el predicador?
- De Sevilla.
- A mi no me gusta. No ha dicho nada, cuatro cositas, cuatro palabritas. ¡Y mira que no saber que un Misterio no es una advocación! Tú díselo mañana, ¿te enteras?
- Sí, tita.
- El Dogma, tú explícale el Dogma.
-Que sí, tita, que sí...
-¡Qué Novena más preciosa! !Que esplendor, Madre mía! ¡Reína, que todo nos parece poco para Tí!

Y así hasta que acaba la cuesta y llegamos a la esquina de Emilio.

Todas las noches de la Novena, con más o menos la misma conversación, sujeta a las variaciones de las circunstancias, la predicación y el predicador.

A mí de la Novena me gusta todo. La cuesta, subirla y bajarla con mi tía, también.

+T.

jueves, 11 de agosto de 2011

Noches de verano


Recuerdo cuando mi madre me contó que el día de San Lorenzo era el de más calor del año, por el martirio del Santo quemado sobre unas parrillas, un tormento terrible cuya consideración piadosa ayuda a sobrellevar el rigor de la canícula agosteña. Y de noche, el cielo lloraba estrellas por el martirio de San Lorenzo.

La lluvia de estrellas de San Lorenzo la veíamos en el cine de verano, que en mi pueblo se instalaba en la Plaza de Toros, un lugar estupendo para mirar el cielo estrellado de Agosto, que es el que más estrellas tiene. Mirábamos al cielo y veíamos el polvo de estrellas que levantó el galope del caballo blanco de Santiago. Lo de la Vía Láctea y las tetas de Amaltea también lo sabía, pero lo del Camino de Santiago me lo enseñó mi abuela, también recuerdo la noche que fué.

Íbamos al cine de la Plaza de Toros casi todas las noches, porque el gerente del negocio era amigote de mi padre, y nos dejaban entrar de balde. De chiquillos nos gustaba sentarnos en las gradas de la plaza, recalentadas por el sol, en el tendido de frente a la pantalla. Si la peli era de romanos, parecía talmente que estábamos en el circo. Recuerdo una vez que pusieron 'Los Diez Gladiadores', con una escena en la que echaban a los cristianos a los leones, me impresionó tanto que hasta me dio fiebre, soñando con leones hasta que amaneció.

Las pelis de romanos eran las mejores. Había una que se llamaba 'Siete contra todos' que la reponían todos los años y era un éxito cada vez que la echaban. Salía un enano que repartía y recogía porrazos todo el tiempo, un centurión que era el bueno y unos malos inconfundibles desde que aparecían en pantalla.

Otra que recuerdo muy bien es Ulises, con Kirk Douglas de Ulises y Anthony Quinn de Polifemo. 'Los últimos días de Pompeya' y 'Quo Vadis?' también solían reaparecer casi todos los veranos, pero el exitazo cada temporada eran 'Ben Hur' y 'Los Diez Mandamientos'.

A lo lejos, durante las peli, se escuchaba el ensayo de la Banda Municipal, tocando marchas y pasodobles. Cuando salíamos del cine, sobre las doce de la noche, había gente sentada tomando el fresco, delante de sus casas, algunos durmiendo en butacas, las mujeres sentadas en sillas bajas y los niños jugando por la calle.

Coger grillos de noche era otra de las diversiones de las noches de verano. Mi amigo Francisco Daza organizaba corridas de toros con los grillos, que metía en una caja de Ducados y los iba soltando en una plaza de toros de cartón que se había hecho. Los indios de plástico a caballo eran los rejoneadores y los picadores, y unos soldados de plomo los toreros, con una muleta de papel de seda grana. Las banderillas eran alfileres con unos papelillos de adorno, y el rejón de muerte y el estoque unos alfileres de cabeza negra de los que se usaban para los velos de Misa; los mejores eran unos que usaba mi tía Rosario, extra largos, con la cabeza gorda como un garbanzo. Yo se los cojía de un tubo de aspirinas que usaba como alfiletero, con polvos de talco para que no se oxidaran. Ganaba la corrida el que antes matara al grillo, con música de tachero-chero-chero chín-púm chero-chero-cherocheeerooo chín-púm traraliro-liro-lero chín-chín que cantabamos mi amigo Francisco y yo por lo bajini, para animar la lidia. Los grillos saltaban y se escapaban de la plaza de cartón y más de uno se iba sin picar, ni un alfiler. Los chicos eran difíciles, porque tenian menos cuerpo para clavar; los mejores eran los grillos grandes, que se dejaban clavar hasta tres y cuatro alfilerillos antes del rejón-alfilerazo de muerte.

A las doce y media ya era hora de recogerse, después del cine o de la corrida de grillos. Los grillos fueron desapareciendo con la edad, cuando uno ya no jugaba a esas cosas. Pero el cine fue ganando con los años.

Ya no hay niños que jueguen con los grillos, mala señal. Ni la gente sale a tomar el fresco a la puerta de la calle, porque tienen aparatos de aire acondicionado y se quedan dentro de sus casas viendo la tele. Tampoco hay ya cine de verano, aunque menos mal, gracias a Dios, que la Plaza de Toros (la de verdad, no la de cartón) sigue en pie.



Calor sigue haciendo el mismo. Esta misma noche hace un calor antiguo, como el que sudaron mis tatarabuelos. Aunque los sonidos de las calles también han variado, entre moto que corre y coche que pasa, todavia se oye maullar a algún gato destemplado de madrugada, o algún gallo a lo lejos, y el ladrido de los perros. Las campanadas del reloj tienen un sonido especial las noches de verano, más largas, con más eco.

El cielo es el mismo, la misma luna, las mismas estrellas. Cuando miro al cielo en las noches de Agosto es como si abriera un balcón a los días que pasaron y que imagino estáticos, como pegados en un álbum de cartulina negra, instantáneas revividas entre flashes de estrellas.

+T.

viernes, 5 de agosto de 2011

Clases de verano


Mi primer colegio fue de monjas, de Teatinas; pero mi primera escuela fue decimonónica, un pedazo de estampa de Fernán Caballero de esos que todavía sobrevivían passim en la feliz España de los '60.

A las cinco de la tarde, oliendo a jabón de baño, repeinado, subía perezoso la cuesta del Goro, por la acera de la Campita, que era la de la sombra, pasaba por delante de la casa de tia Maria Antonia, y llegaba al portón de Don Francisco, el maestro.

Don Francisco era el hijo del Sargento Bernardo Diaz, un señor con mostachos monumentales, imponente en su retrato de marco oscuro, que su hijo nombraba de vez en cuando - "...mi padre, que en paz descanse...", mirando al cuadro del difunto y santiguándose. Don Francisco no tenía título de maestro, pero estuvo interno en el colegio de los jesuítas, becado, estudiando hasta el bachiller y luego no sé qué paso que se vino al pueblo sin carrera. Desde antes de la guerra se dedicó a dar clases particulares a los pocos alumnos que le salían, algún atrasado que no lograba sacar el grado, algún aprendiz de tendero que necesitaba aprender las cuatro reglas, alguno que volvía de la mili y quería perfeccionar lectura y escritura. Y los niños en verano.

Para las clases de verano de los niños preparaba cada tarde el comedor y una sala grande entre el patio y la cocina. En el comedor arreglaba la mesa y dos camillas sin ropa, y en la sala de abajo ponía una mesa desmontable, un tablón grande sobre tres caballetes que ocupaba todo el centro de la habitación. Las sillas, unas eran de tijera, que se las prestaban en el casino, otras eran de la casa, con el asiento de anea, y también había unas banquetas de madera sin barnizar.

La casa olía a lápices, a pizarras. Y también olía a gatos, y al guiso que hubiera guisado en la cocina Patrocinio, la hermana de Don Francisco. Pero olía bien, un aroma que ahora mismo reconocería. Cuando llegábamos, la casa estaba fresquita, con las losas de barro y la corriente de chinos húmedas de haberlas rociado con el agua que le sobraba a Patrocinio después de regar los cuatro macetones de pilistras.

La primera tarde que fui a las clases me dieron una pizarra negra y un pizarrín negro, para escribir. Y yo dije que cómo iba a escribir con una tiza negra en una pizarra negra, y Patrocinio me dijo - "Tú escribe y calla. Y si no, aprende". Desconfiado, cogí el pizarrín y tracé una raya en la pizarra ¡y la raya era blanca! ¡Qué cosa tan curiosa! Una tiza negra que escribía blanco. Portentoso.

La admiración me duró un minuto de rayitas blancas del pizarrín sobre la pizarra, hasta que Don Francisco me preguntó - "¿La suma de una columna o de dos?" Enigmática cuestión que yo no sabía resolver, tímido y azorado, como he sido siempre, todo ojos detrás de mis gafotas. Sumar sabía qué era, y sumaba muy bien; columna también sabía qué era, y sabía que había columnas dóricas, jónicas, corintias, toscanas y salomónicas; lo que no sabía es que hubiera columnas de suma o suma de columnas. Se me resolvió la perplejidad cuando me pusieron por delante una pizarra con una ristra de números (una columna) para sumar. En unos segundos estaba sumada.

- "Ya está", dije yó.
- "Francisco, mira qué listo, en un momento, mira", dijo Patrocinio.
- "A ver, a ver..." - dijo Don Francisco - ¡Muy bien! Al segundo grado.

Y me pasaron del comedor a la sala del patio. Nada más sentarme en una de las sillas de enea, me dieron otra pizarra con una ristra de números de dos cifras (dos columnas) para sumar. Tardé un poco más, pero sumé bien, correctamente, las unidades y las decenas.

Después de los números venían las letras. Primero el Catón, un silabario con lecturas cortas, cada día una página:

La P. Pú-a, ma-pa, pa-po, pi-pa, a-ma-po-la, pi-no, pu-pa, pe-lo, po-pa, pa-la, pa-pá, pa-lo-ma, pe-pi-no. PA-LO. LU-PA. HI-PO. Pe-pe le-e la pe y la me. Lui-sa a-se-a la sa-la, se pei-na, sa-le a Mi-sa y se pa-se-a.

Después se copiaba la lección, en una pizarra con renglones.

La clase concluía con todos los niños juntos contando en voza alta, a coro, del uno al cien. Luego se cantaban los límites de España:

- "España limita la Norte con el Mar Cantábrico y los Montes Pirenos, que nos separan de Francia, al Este con el Mar Mediterráneo, al Sur con el mismo mar y el Estrecho de Gibraltar, al Oeste con el Océano Atlántico y Portugal".

Se terminaba con una ronda en la que Don Francisco iba señalando a los niños con un puntero y preguntando las capitales de los países: ¿Francia? ¡París! ¿Italia? ¡Roma! ¿Portugal? ¡Lisboa! ¿Inglaterra? ¡Londres! ¿Alemania? ¡Berlín? ¿Rusia? ¡Moscú! ¿Austria? ¡Viena! ¿Turquía? ¡Estambúl! ¿Perú? ¡Lima! ¿Siria? ¡Damasco! ¿Cuba? ¡La Habana!

Y vuelta empezar la ronda, porque no se acertaba casi ninguna: ¿Francia? ¡Roma! ¿Rusia? ¡Berlín! ¿Inglaterra? ¡Francia! ¿Cuba? ¡Lima! ¿Austria?...(y Patrocinio, desde la cocina, nos enseñaba por detrás de Don Francisco un bollo de pan de viena) ¿Siria?...(y Patrocinio señalaba un albaricoquero que había plantado en el patio). Una vez, mi amigo Basilio Lara en vez de Damasco gritó ¡Níspero!

Por la casa rondaban dos gatos, uno amarillo y otro gris. Y en el patio había un galápago, muy viejo. Y en el albaricoquero, colgando de una de las ramas, una jaulita con un jilguero. Y en una tapia del patio otra jaula con un mirlo. Y al fondo del patio, un gallinero con media docena de gallinas y un gallo.

Don Francisco era carlista, de familia. Junto al retrato de su padre, el Sargento Bernardo, tenía un cromo enmarcado de Don Carlos VII, con su boina colorada. Don Francisco también conservaba su boina, con la borla amarilla. Yo nunca se la ví puesta. Para la calle, en invierno, usaba una boina negra, y en verano un sombrero de paja. Don Francisco era calvo, calvo de solemnidad.

Patrocinio, su hermana, tenía el pelo descolorido por secciones, porque se teñía las canas y luego se le iba destiñendo y se le quedaba el pelo oscuro por las puntas, amarillento en la mitad y blanco en la raiz. Como nada más salía a Misa y de visita para los pésames y otros cumplimientos, con el velo puesto no se le notaba el desteñido del tinte. Pero dentro de la casa parecía la versión de una bruja de cuento, vestida siempre de negro, canija y encorvada, arrastrando los pies, canturreando por lo bajo, en la cocina o yendo y viniendo por la casa. En cuanto se sentaba en una de las mecedoras de lona que había en el portal, le saltaba encima uno de los gatos, y ella lo acariciaba y se ponía a hablarle.

La clase duraba una hora y pico, sobre las seis y media ya estaba de vuelta en casa, con el Catón, una libreta y el lapiz. Merendaba leche fría con limón y canela y algunas galletas.

-¿Qué has hecho en la clase?
- He leído la p, y he hecho una suma de dos columnas, y he copiado una pizarra de diez renglones...
...Pero yo no quiero ir, que me da miedo Patrocinio.

Yo tenía cinco años, recien cumplidos. Aprendí a leer en los tebeos de El Jabato y El Capitán Trueno, y a escribir en el mostrador del estanco de mi tia, y no entendía para qué me mandaban a las clases de verano de Don Francisco.

Fueron dos veranos con clases, los dos iguales, las mismas pizarras, las mismas sumas, los mismos copiados. Y las mismas capitales.

Don Francisco y Patrocinio fueron languideciendo, dando bajones cada año que pasaba. Se murieron el mismo invierno, uno detrás del otro, amparados por los vecinos, porque la familia que tenían eran parientes que se desentendieron. A Patrocinio le pusieron nicho propio en el cementerio, pero a Don Francisco lo enterraron en el panteón de una prima lejana, sin lápida.

La casa la vendieron, la derribaron y levantaron otra vivienda nueva, de dos plantas, ni siquiera sé quién vive ahora allí; si paso por delante, no miro la fachada. Pero sé qué casa es, como si estuviera pisando el umbral, entrando en el zaguán y llamando al aldabón del portón, con el olor de las pizarras y los lápices y la yerbabuena del arriate del patio.

+T.