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domingo, 29 de diciembre de 2013

Asesinato en la Catedral

 
El martirio de Thomas Becket fue clamoroso: Un arzobispo primado brutalmente asesinado en su catedral en mitad de la octava de Navidad. Aunque fueron cuatro nobles los perpetradores del crimen sacrílego, era el rey de Inglaterra el instigador y verdadero culpable. Como en un flash mil veces repetido, se difundió por toda Europa la iconografía de la muerte de Santo Tomás Becket en miniaturas, esmaltes, relieves, esculturas, en pergamino, madera, piedra, mármol y alabastro, bronce, plata y hasta oro.

El valiente campeón del honor de Dios frente al despotismo real sufrió un segundo martirio, otra vez por malevolencia impía de un monarca inglés, cuando, bajo la persecución anti-católica del infame Enrique VIII Tudor, el sepulcro del Santo Arzobispo cantauriense fue profanado y sus reliquias destruidas.

Pero la memoria del Santo Primado perduraría piadosamente en el culto católico y floreció más tarde en la Inglaterra de Pugin y Newman, como una especie de alma religiosa ancestral presente en la imaginería del neogótico y el resurgir católico. Finalmente, también los anglicanos reivindican al gran jerarca medieval incluyéndolo entre los Santos que vuelven a ser venerados. En este ambiente de la high church de la primera mitad del siglo pasado se inserta la obra de T. S. Eliot 'Asesinato en la Catedral' (1935), un denso poema dramático en torno al martirio de St. Thomas Becket.

La obra fue más tarde llevada al cine. El cineasta austriaco George Hoellering dirige una película en blanco y negro, con música del compositor húngaro Laszlo Lajtha. El film ganó el Gran Premio en el Festival de Cine de Venecia en 1951. En la versión inglesa, intervino el propio T.S. Eliot prestando voz en off, sin imagen, al cuarto tentador.

En 1957, el maestro italiano Ildebrando Pizzetti finaliza su ópera 'Assasinio nella Catedrale' (dos actos y un interludio), inspirándose en la obra de Eliot. Se estrenó el año siguiente en la Scala de Milán. Desde entonces, se ha representado muy pocas veces.

Una partitura estupenda, estupenda música, estupendo guión y un estupendo Ruggero Raimondi son estupendas razones para solemnizar el día de Santo Tomás Becket disfrutando de una también estupenda puesta en escena, en el presbiterio de la Basílica de San Nicolás, en Bari. Es una de esas raras joyas publicadas en yutube.

A partir del minuto 1:11:00 se representa la escena del asesinato, imponente. Vean esa parte, por lo menos, merece la pena.





p.s.  Supongo que a Uds. les impactaría, como a mí, la película 'Becket', de Peter Glenville. La ví con doce años y la sigo re-viendo como la primera vez, con más años y más gusto. Por eso, para variar, he puesto este estupendo yutube con la ópera de Pizzetti, tan monumental como desconocida. Digna del drama de Becket, el mártir de Cristo y su iglesia.

Qui pro nobis oret

Ex Voto

+T.

domingo, 13 de octubre de 2013

Nuestros Mártires



Los martirios antiguos tuvieron una dignidad que luego se perdió. Las Actas de los Mártires documentan la comparecencia ante los tribunales, recogen las palabras de los Mártires ante los jueces, describen las torturas y el acto mismo del martirio, dan fe de la expectación del pueblo, testimonian el impacto de la muerte cruenta de los Mártires entre los fieles presentes y en la Iglesia a la que pertenecían. Incluso algunas escenas terribles están insertas en textos de la historiografía clásica, siendo referencias auténticamente monumentales.

Sin pretender exponer un tema que supera mi intención (y mi competencia y aptitudes), sin detenerme a examinar otros episodios martiriales, afirmo que esa dignidad del martirio de la antigüedad se pierde con la modernidad. Sin duda, las matanzas de la Revolución Francesa no son de la misma naturaleza que las escenas narradas por los antiguos martirologios. Pueden contemplarse todavía algunas escenas donde la dignidad de los protagonistas (jueces-verdugos-victimas) parece estar presente, incluso de forma notable. Pienso en el patíbulo de las Carmelitas de Compiègne, aunque no sé bien deslindar cuánto corresponde a la memoria novelada y cuánto a una crónica historiográfica, propiamente. Sin embargo, estos episodios en marco de dignidad (dignidad no significa ni justificación del crímen ni aprobación del medio) fueron los menos. En la Revolución, el desenfreno de la plebe se impuso atropellando las formas, extremándolas hasta un paroxismo de violencia y crueldad quasi insuperables. Las masacres de Septiembre de 1792 en Paris significaron la violación de aquella 'dignidad' que incluso el odio a la fe había sabido preservar. Las escenas del populacho revolucionario comiendo pan mojando en la sangre del cuerpo descuartizado de la Princesa de Lamballe suman la indignidad aberrante al terror del crímen. A los Mártires víctimas de aquel furor satánico también se les despojó del honor de comparecer dignamente como Mártires. Es difícil imaginar una escena de martirio entre el desenfreno de una orgía criminal, una borrachera de sangre y vileza.

Nuestros Mártires de la Guerra Civil padecieron ese estilo envilecido de martirio. Fueron odiados y masacrados, vejados y asesinados, inculpados y abochornados antes de ser atormentados. Fueron martirizados sin dignidad porque no la había, no la tenían ni la República infame que encubría los crímenes, ni los asesinos que los perpetraban.

Cada vez que ha habido una beatificación se han levantado los herederos de aquella indignidad, con casi las mismas voces, el mismo clamor de odio de aquellos con quienes se identifican, los verdugos, los victimarios, los envilecidos. No es que les remuerda una conciencia histórica, es que no soportan que la memoria glorificada de los buenos exponga a la luz la perfidia criminal de los malos. Son herederos ideológicos de los que mataban a los Mártires y no resisten ser testigos de cómo son alabados e invocados quienes fueron víctimas del odio sembrado y azuzado por quienes les precedieron; un odio atávico que incuban todavía hoy, con rabia malamente contenida.

Nuestros Mártires, que fueron proclamados caídos por Dios y por España, testigos de Cristo en España, remueven una conciencia culpablemente odiosa en quienes reniegan de Dios y de España.

Para quienes sí creemos y amamos a Dios y a la patria, esos Mártires son un estímulo, una fuerza, un patrimonio santo, un documento con rúbrica de sangre y gloria.

Por eso damos gracias.

Y pedimos: Si nos tocara ser como ellos, que lleguemos hasta la Cruz como ellos.

¡Bendito sea Dios en sus Santos Mártires!

¡Bendita sea España por la sangre de sus Mártires!


+T.

miércoles, 24 de abril de 2013

La rabia de los malos por la santidad de los buenos


Hasta qué punto estamos infestados de des-catolicismo neo-liberal/neo-marxista neo-modernista, es dificil de medir. Baste reconocer, para hacernos idea, cuánto pesan los medios controlados por la vanguardia des-católica y lo bien mirados que están por una gran parte de nuestra lamentable jerarquía.

Lean, por ejemplo, este articulete:

Beatificaciones sí o no: lanzarnos a la cara los muertos de la Guerra

Su autor (foto)  es un cura aseglarado, muy estimado por los suyos y sus afines, director del semanario de información religiosa Vida Nueva, un quasi histórico bastión de la progresía eclesiástica peninsular.

Cuando el órgano oficioso del psoe publica a alguno, es por algo más que empatía. En el medio psoero se escogen artefactos periodísticos especialmente hirientes cuando se trata de arremeter contra la Iglesia, uno de sus objetivos más evidentes y constantes. Por eso si el cóctel molotov (o la olla exprés) lo carga un cura y le mete metralla especialmente hiriente, lacerante, infectante, mejor que mejor. Es quasi como eso que dicen: Que la misa negra pata negra es la que celebra un cura renegado con todo el ajuar litúrgico de rúbrica.

Pues algo así, más o menos, es esto: Un cura minando y dinamitando (¿se acuerdan Uds. del tristemente célebre P. Camarasa desmoralizando a los resistentes del Alcázar?) los sentimentos y afectos de los católicos (¿cuántos quedamos?) españoles, punzando una de las fibras más dolorosamente sensibles del catolicismo histórico español.

¿Por qué les irrita tanto a los malos que honremos santamente a los buenos? ¿Por qué la sangre bendita de nuestros Mártires les escuece como vinagre en vez de olerles a Paraíso?

Porque han dejado de reconocerse en el Catolicismo por el que cayeron los Mártires. Porque ya no creen en lo que los Mártires creyeron. Porque la Fe y el Credo de los Mártires les resultan ajenos, extraños. Algunos dirían que 'superados', porque, en cierto sentido, se han saltado a la torera la fe, la doctrina y el credo que profesaron aquellos Mártires de España.

Con no me explico qué intención, hace unos días, han sacado a relucir al fantasma sanguinario de La Pasionaria, uno de los personajes más sórdidos de nuestra trágica historia intra-nacional. Contaban (no sé para qué) que la vieja comunista murió confesada (arrepentida?) y reconciliada (pidiendo perdón?) por un cura (problemático?) que la administró (válidamente?). Una leyenda urbana, posiblemente, que - insisto - ni sé para que la sacan a relucir ni por qué. El fin dudoso de los malos no se cuenta, salvo para advertir a los buenos que procuren no rematar como esos malos. Pero dudo que esa fuera la intención de los que sacaron del baúl de los malos recuerdos la historieta de la siniestra agente estalinista finando con un cura (rojo) al lado. Tal para cual.

Y así estamos: Con católicos oficiales con fama de católicos intrépidos contando en sus blogs cuchufletas de los malos, a su mayor gloria, mientras otros católicos de la oficialidad sacan artículos denigrando el recuerdo de los Santos e infamando la intención de los que honran santamente la memoria de los Mártires,

Mártires (y esto es lo que especialmente les irrita) de la Victoria, porque vencieron: Vencieron como católicos derramando su sangre por Cristo, y vencieron como españoles, marcando con su sangre la tierra de la patria, de esta patria que los malos atormetaron y los buenos santificaron.

Les escuece que nos enardezcamos. Les vuelve rabiosos que lo digamos. Se ponen frenéticos si levantamos una bandera grana y oro y ondeamos en su centro un Corazón, el Corazón al que está consagrada España, la España Católica que llevaban en la mente, el pecho y las venas quienes le ofrecieron su vida y su muerte porque creían que Su Crazón merecía reinar aquí más que en ningún otro sitio.

No tengo previsto ir a Tarragona. Pero en Tarragona se reunirá la mejor España, lo mejor de España, unos triunfando en la Gloria, otros viviendo en esta tierra que se ensangrentó y purificó del odio de los malos con la caridad de los buenos. Pediremos ser como ellos, rogaremos para que no surjan otros como aquellos.

Y no daremos a nadie en la cara. No tenemos intención de abofetear con los Mártires, porque los abofeteados fueron ellos. No herimos a nadie porque los Santos no hieren. Si algunos lo estiman agravio, será que´están locos de ira y discordia, y no ven a Dios ni pueden reconocer su gloria.

El desgraciado del artículo será uno de los agraviados. Quizá hubiera escrito con gusto un articulete amable sobre la Pasionaria de las checas o el Carrillo de Paracuellos. Pero sobre los Mártires sólo sabe articulear reprochando, acusando, infamando la memoria de los Santos y la honrosa intención de los católicos. Todo un ejemplar de periodismo confesional, de prensa eclesial, de edificante pastoral.

No sé si Ustedes sienten como yo, pero quisiera que el mal sentimento de tantos se derrumbara como una falsa arquitectura truculenta y dejara ver la sólida roca, el alcázar de fe y heroísmo que fue la verdad histórica de los que subirán  a los altares porque mantuvieron firmemente la fe en Dios y la fidelidad a España.

Gloria a nuestros mejores !!!

+T.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Mártires de España





ORACIÓN

Oh Dios, que enviaste a tu Hijo, para que muriendo y resucitando nos diese su Espíritu de amor. Nuestros hermanos, mártires del siglo XX en España, mantuvieron su adhesión a Jesucristo de manera tan radical y plena que les permitiste derramar su sangre por Él. Danos la gracia y la alegría de la conversión para asumir las exigencias de la fe; ayúdanos, por su intercesión,y por la de María, Reina de los mártires, a ser siempre artífices de reconciliación en la sociedad y a promover una viva comunión entre los miembros de tu Iglesia en España; enséñanos a comprometernos, con nuestros pastores, en la nueva evangelización haciendo de nuestras vidas testimonios eficaces del amor a Ti y a los hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo, el Testigo fiel y veraz, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



n.b. No me gusta 'formalmente' la oración: Es larga, utiliza conceptos que no me satisfacen y el final no lo considero ortodoxo (lo confieso). Pero es la oración de los Mártires Españoles del Siglo XX (tampoco me gusta el título).

Mi intención es que la memoria de los Mártires de la Persecución Religiosa, que este 6 de Noviembre no se ha celebrado por caer en Domingo, apareciera en el blog, para que conste.


+T.

viernes, 11 de diciembre de 2009

¿Mártires por el Crucifijo? Las mitras primero, please.

No pretendo que esto sea una “carta abierta"; ni siquiera aspiro a que Osoro lo lea; ni mucho menos que responda. Nada de eso; conozco mis límites. Pero tomándole “virtualmente” la palabra a Osoro, ya que da pié, le cedo el paso: ¡Usted primero, Monseñor! O con más protocolo: Su excelencia Reveredísima delante, siempre delante, siempre el primero. ¿Que a qué me refiero? A su invitación, a eso que dice la carta: “Seamos cruces luminosas, crucifijos vivientes”

Cuando me preguntan qué (tipo de) obispo me gusta más, suelo responder que los mártires: Los obispos que me gustan son los mártires. Eso lo tengo muy claro. A los obispos en general les profeso afecto teologal y caridad pastoral, rezo por todos (por todos “los que promueven la fe católica y apostólica”, como reza el Canon Missae; a los que no, que se los lleve un remolino). Pero a los que amo y admiro son a los mártires; mártires patentes, sin confusión, estilo Thomas Becket (que me parece que es el Santo Patrón de los Obispos, precisamente, para que vean Uds. que no me equivoco en mis preferencias).

Conque ateniéndome a mis gustos episcopales estoy deseando, deseandito, de tener en España algún Obispo Mártir actual, del presente. Y verían ustedes cómo cambian las cosas. Porque una cosa es alentar a los fieles a que se dejen crucificar, y otra que el obispo con mitra y báculo sea el primero que rompa filas y suba determinado, decidido y diligente al patíbulo. Un espectáculo que siempre edifica y conmueve y anima. Muchísimo.

Y no es que yo no sepa de qué pasta están hechos los obispos, no. Yo sé que son del mismo barro común, greda y arcilla como la de los demás (algunos tirando a cántaro, otros más modelo botijo, y algunos más finos con perfil de porcelana de Sèvres; pero barro al fin). Yo sé que a San Pedro tuvo que salirle el Señor en la Via Apia y que su Apóstol le preguntó Quo vadis?; yo sé que San Cipriano se emboscó en un cortijo de Cartago hasta que se decidió, más tarde, a salir y exponerse. Yo sé todo eso. Sí. Pero por todo eso espero de nuestros jerarcas más, mucho más.

Si en España hubiéramos tenido más obispos “testigos” y menos obispos “dialogantes", otro gallo nos cantaría ahora. Que los sermones de púlpito (oh! perdón: ambón, quería decir) y las pastorales y las circulares y demás género están muy bien (bueno, es un decir, ustedes me entienden). De letras y párrafos y citas andan nuestros prelados sobrados (ha habido uno que recientemente ha publicado sus Pastorales Completas en un tomo que pesa 3 kilos y pico, y que los pobres curas no saben qué hacer con el mamotreto). De recursos orales y escritos estamos despachados, muy bien despachados. Pero de “martirios” andamos escasos, muy cortitos, vacíos: Sin ejemplares en la galería, vamos. Y si algo necesitamos es, precisamente, eso: Ejemplos martiriales episcopales.

Cuando el Concilio de Nicea, el primero ecuménico, contra Arrio y los arrianos (otra vez de actualidad por todos sitios, quién se lo iba a figurar), los Padres Conciliares llegaban al aula conciliar con las marcas de las torturas, las señales de sus martirios incoados y no acabados. Eran los Confesores, los que se libraron de la muete cruenta final pero soportaron los instrumentos de los verdugos o padecieron las penalidades de las cárceles y los trabajos en las minas. Fueron lo más santo de aquel Concilio. Y los que dieron fuerza con sus personas a los que luego sufrieron la persecución de los arrianos, el valeroso e infatigable Atanasio el primero, hasta gastar su vida por la Fe.


Pues eso. Que lo sepa (debe saberlo) Monseñor Osoro y con él todos sus excelentísimos y reverendísimos hermanos epíscopos: Que estas exortaciones al martirio llevan mitra, o no valen. Que primero los jefes y después la tropa. Que la vocación al ministerio más alto requiere del elegido el sacrificio más claro y ejemplar.

No sé por qué se me ha venido a la cabeza una escena de una de esas pelis de la 1ª Guerra Mundial (¿Senderos de Gloria de Kubrick ??): Los soldados en las trincheras, arreciando bombas y metralla, y los capitanes tocando un pito para que los soldados salieran de las trincheras y “avanzaran". Una escena patética.

Pues eso. Ánimo y adelante. Estamos esperando la señal. Y esperamos que no sea sólo un pito. No sé si me explico.


&.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Los Mártires de España


Hoy es la fiesta, 6 de Noviembre. Un dia pensado con cierta "tradición" santoral, parecida a la de Todos los Santos, para reunir en una sóla ocasión a muchos. No es todavía una fiesta popular, quizá nunca llegue a serlo; ni siquiera viene aun en el Misal (se espera que aparezca - junto con otros esperados añadidos y correcciones - en la anunciada y todavía no publicada edición del Misal Romano en español). Pero por lo menos ya aparece en la "epacta", en el calendario litúrgico:

Noviembre 6 VIERNES.
MEMORIA OBLIGATORIA: Mártires de España del siglo XX.
ro Misa or pr.

La oración propia no la sé. En la Parroquia, el cura la ha escogido del común de Mártires, nombrando en las oraciones a los "Mártires de España" (colecta, ofertorio, prefacio y post-comunión). A mí me ha emocionado, por una de esas razones del corazón que la razón no entiende. O no quiere entender, en muchos casos.

He parafraseado a Blas Pascal porque nuestros Mártires del siglo XX son/fueron más de corazón que de razón. Quiero decir sin razón, y con corazón; con mucha pasión y muy poca razón. No tengo que explicar a qué me refiero, que digo "corazón" y "pasión" pensando en los Mártires y escribo "sin razón" acordándome de los martirizadores. Por eso todavía afectan al centro, al corazón de los que les veneramos, y dejan en evidencia la mala razón de los que no vetan el recuerdo. Tan actuales los des-memoriados por esa aberrante des-memoria de la historia impuesta por decreto ley de los "herederos" de los vencidos (y de los victimarios, también).

No tengo cumplidos los cincuenta, por eso he alcanzado a conocer a la generación de los "testigos", como cuando los cristianos de los primeros siglos podían escuchar de viva voz los relatos de los confesores sobrevivientes de las persecuciones, narrando la muerte de los Mártires con la cercanía de la presencia y la memoria válida y fresca. Yo he escuchado pequeñas crónicas de martirio contadas con la media voz del respeto, mojadas con las lágrimas del dolor (nunca del odio), fijas como un cuadro imperecedero de fechas, lugares, cosas, momentos, detalles. Secuencias de tragedia que al poco fueron acrisolándose en profunda conciencia de valentía, de fidelidad, de virtud, de sacrificio, de santidad.

Nombrar es rememorar, clamar un eco para que conste y se reduplique y otros sepan y transmitan quiénes fueron y qué dieron: Fueron cristianos y dieron vida, fueron españoles y dieron sangre, fueron mártires y dieron fe.

Durante la Misa, he pensado en gente concreta, algunos de esos no "canonizados" que sí están martirizados y santificados, asociados a ese grupo de los Mártires de España, todavía sin nombre inscrito pero con rúbrica de sangre desde el día en que tuvieron que dar vida por fe.


En mi Diócesis de origen, en Sevilla, no se ha incoado ninguna causa de ningún mártir. Y eso que el primer mártir del 36 fué victimado en Sevilla, el sacerdote Don José Vigil Cabrerizo la misma tarde del 18 de Julio. Lo sacaron de su casa, le dispararon a bocajaro con pistola, primero en un hombro, luego en el otro, y luego otro tiro en el vientre y uno más en la espalda. Lo dejaron tendido desangrándose, en la esquina de la calle Conde de Ibarra con la calle San José. Existe publicado un testimonio presencial, que cita las palabras del sacerdote, allí mismo: - "Yo los perdono, yo los perdono...Rezad conmigo..." La declaración la hacen los propios padres del mártir y sus hermanas, y algunos vecinos de la calle donde sucedió, testigos del martirio del joven capellán. Murió al dia siguiente, 19 de Julio, insistiendo en pedir el perdón para los que le mataron: - "...Dí a mamá que no diga tonterías ni piense quienes fueron los que me ha herido, que yo no conocí a ninguno, y que si los hubiera conocido los perdonaría lo mismo que los perdono".

Fue el primero. Después siguieron 23 sacerdotes más, y tres seminaristas ordenados de menores, entre los diocesanos de Sevilla, que entonces comprendía también toda Huelva, la mitad de la provincia de Cádiz y algunos enclaves en la de Málaga. Y junto con los sacerdotes, hombres y mujeres seglares, algunos también reconocibles como "mártires", como el joven Antonio Molle Lazo, que sí tiene incoado proceso en la Diócesis de Jerez, donde fue sepultado en la iglesia conventual del Carmen.

El único prelado sevillano que se interesó en recoger testimonios en vistas a posibles causas fue el Cardenal Don Pedro Segura, poco después de su llegada a la diócesis. Se publicó un libro preparado por los sacerdotes Don José Sebastián y Bandarán y Don Antonio Tineo Lara, impreso en Marzo de 1938, en los talleres del Correo de Andalucía. Agotado al poco de su tirada, no se volvió a reeditar. Hoy es un raro de esos que buscan los bibliófilos por las librerías de viejo.

Y desde aquellos años, nada. El olvido o el silencio consciente para dejar en la sombra lo que debería sacarse a la luz, porque es luz. Las palabras del Salmo son apropiadas: "...in lumine tuo videbimus lumen / tu luz, Señor, nos hace ver la luz..." Sal 35, 10.

Fueron luz, luz de Dios, luz de Cristo. Yo pienso, yo creo, que necesitamos ese testimonio luminoso de nuestros Mártires de España para poder ver la luz. Hoy más que nunca.

+T.

jueves, 13 de marzo de 2008

Un mártir


Acabo de leer la noticia de que han martirizado al obispo de Mosul de los Caldeos, Mons. Paulos Faraj Rahho, secuestrado por una banda terrorista islamista el pasado 29 de Febrero, cuando volvía de celebrar un Viacrucis que se ha convertido en su Viacrucis: ¡Gloria!

El martirio es una de las señas identificantes de la Iglesia de Cristo desde sus orígenes. No ha habido tiempo sin martirios, ni la Iglesia se reconocería a sí misma sin Mártires. Son la huella testada de la fidelidad a Cristo, su Evangelio y su Iglesia.

Es la Iglesia Católica, claro, la que ha puesto, pone y vuelve a poner vidas que terminan siendo Mártires. En este sentido, la estadísticaca es abrumadora. Además, mártires de "calidad", como este venerable Obispo de Mosul de los Caldeos. No se olvide que el siglo XX católico se marcó con el quasi-martirio de Juan Pablo II el 13 de Mayo del 81 en la Piazza San Pietro: Hasta ese nivel están expuestos al martirio los hombres de la Iglesia.

Con monseñor Faraj Rahho se repite una paradoja que es frecuente cada vez que se agrede a los cristianos del Medio Oriente: Desde Egipto a Mesopotamia, los actuales cristianos orientales son los auténticos pobladores de esas regiones, herederos de las antiguas poblaciones y culturas autóctonas que no se pasaron al islamismo y que se mantuvieron fieles a la Fe Cristiana, a pesar del incesante hostigamineto y la exclusión. Han conservado, junto con los elementos religiosos cristianos, mucho del antiguo patrimonio cultural de la Historia, que en esos lugares fue, más que en ningún sitio, Historia de Salvación.
Al secuestrar y martirizar al Obispo de Mosul de los Caldeos, han matado también una parte de lo más "medular" de Irak.

Quizá será porque no resisten saber/reconocer que en el centro del Irak encanallado por islamistas y tropas de occidente fifty-fifty, existe un Irak más auténtico que no es ni musulman ni occidental.

...Y que está tan vivo que sangra con un Mártir: Es, sin embargo, otra sangre, de otro estilo y naturaleza que la que empapa todos los días las tierras de Irak.


+T.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Las manos de Cecilia



En 1600, el escultor Stéfano Maderno realiza una de las imágenes más patéticas de la iconografía cristiana: La Santa Cecilia yacente para el altar de la Basílica de Stª Cecilia in Trastévere. La singular escultura no fue ocurrencia del maestro; simplemente se limitó a trasladar al mármol la figura del cuerpo de la joven Mártir, tal y como fué hallado en el cúbiculo a ras del suelo de una de las capillas de las Catacumbas de San Calixto.

El descubrimiento del cuerpo admirablente (milagrosamente) conservado causó enorme conmoción por la forma en que se presentaba: Reclinado sobre la superficie del nicho, vestido con una simple túnica, con la cabeza envuelta en un lienzo y girada, mostrando el tajo mortal en el cuello. Pero en la disposición del cuerpo, más que las huellas del martirio, resaltaba la peculiar disposición de las manos: La derecha con el pulgar, índice y corazón extendidos; la izquierda, con el índice sólo.

Era una forma cristiana de significar la fe en la Trinidad de Dios: Un Dios-Tres Personas. Un credo abreviado, tan plástico y comprensible como el lenguaje gestual de los mudos y los sordos, tan elocuente en la patética figura de Cecilia.

Por esa fe eran martirizados. A veces se escogia deliberadamente a los miembros más conspicuos, más selectos, más llamativos de la Iglesia de Roma. No fué la única doncella de familia señalada y relativamente conocida que acabó víctima de la persecución. Antes y después que ella otras más fueron conducidas al tribunal y al patíbulo, donde se confesaron cristianas, se conservaron vírgenes, y se entregaron mártires. Luego la Iglesia las honraria con una especialísima gloria, sabiéndolas el séquito del Cordero Inmaculado, Rey de las Vírgenes y Fuente de toda santa virginidad.
En todas se admira la misma fortaleza, virtud, ofrenda. En cada una destaca un particular detalle, que las perfila, que las resalta, firmes como torres sobre roca, puras como lirios sobre nieve.
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Al poco de cesar las persecuciones, durante la devastadora crisis arriana, los falseadores de la Fe olvidaron que por Unus de Trinate qui passus est, habían sido inmolados vírgenes y mártires, sacerdotes y niños, madres con sus hijos, hombres con su familia: Por confesar y mantener la la verdad sobre Cristo, la fe transmitida por Pedro y Pablo, por los Apóstoles que fueron sus primeros y privilegiados testigos; la única fe que salva porque es la que confiesa al Cristo Jesús, el Enmanuel nacido de Vírgen, el Dios con nosotros, entre nosotros, por nosotros.

Cuando vuelven minimalismos de tufo arriano, cuando se parcializa y reduce al Verbo que se hizo Carne, que se hizo Hombre siendo Dios de Dios ab aeterno, las manos de Cecilia son un clamor.

Parece que fueran a pulsar notas en un arpa, en un salterio, en un órgano (sobre un corazón, en una mente, en el alma); dispuesta a entonar, a tocar una melodía de triples notas y un ritmo, de una voz con tres acordes, de tres registros de una única, sola, poderosa y eterna música que canta al Uno y le dice Trino con un Trisagio angélico: Ágios-Ágios-Ágios /Sanctus-Sanctus-Sanctus/Santo-Santo-Santo...!!!



Fragmento de la Oda a Stª Cecilia, de Henry Purcell.

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