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sábado, 4 de abril de 2015

Aquella tarde...

Le tengo antigua devoción a esta imagen, una pintura del escocés William Dyce, un artista romántico, de estilo entre los nazarenos alemanes y los pre-rafaelistas ingleses. Aparecía en una ilustración del misal de mi madre, un incómodo grueso volumen de Chicago Press, una exquisita edición del Misal de Juan XXIII de 1962, ricamente ilustrado con grabados, viñetas y una colección estupenda de reproducciones en color de cuadros, una cuidada selección de iconografía cristiana. Fue un regalo de mi padre por el santo de mi madre, en Julio de 1964.

Como misal, era quasi inmanejable. Mi madre nunca lo llevó a Misa y continuó usando su manoseado misal relleno de estampitas y sujeto con un elástico negro. Quien más lo utilizaría sería yo. Los días que guardaba cama porque estaba malo, lo primero que pedía era el libro de misa de mamá. Lo sacaba de su caja de cartón rojo, lo abría, olía sus páginas, y me pasaba horas viendo las ilustraciones y leyendo el latín que no entendía; el comentario al pie de las imágenes estaba en español y me fui aprendiendo nombres de artistas: Van Eyck, Rogier van der Weyden, Dierick Bouts, Gerard David, Mantegna, Bellini, Durero, Ricci, Zurbarán, Rubens. Guardo ese misal como un tesoro muy personal.

El cuadro de W. Dyce representa las últimas escenas del Viernes Santo: Nicodemo y José de Arimatea han cerrado el Santo Sepulcro y salen del jardín; postradas frente a la entrada de la tumba, dos de las Marías lloran desconsoladas; en primer plano, la Virgen, triste, serena, doliente, guardando en su corazón la pasión del Hijo, camina de la mano de San Juan Evangelista, el hijo recibido aquella misma tarde, iuxta Crucem.

El rostro de la Virgen Madre no es joven, está demacrado, contiene el dolor y concentra su mirada en la corona de espinas del Señor, que lleva en una mano; la otra descansa sobre la mano de Juan, que la mira entristecido.

Al fondo cae la tarde pascual, con nubarrones tormentosos que clarean en la línea de los montes, por donde declinó el Sol, con un cielo abierto de suave azul crepuscular más arriba.

Así, como esa escena de suave y recogida intimidad, de dolor profundo y esperanza recóndita, de esa forma imagino también el retorno de los que estuvieron junto a Él en el Calvario, la vuelta a la Ciudad Santa de quienes le lloraron y pusieron su Cuerpo en el sepulcro. Aquella tarde.


+T.

viernes, 14 de junio de 2013

Miguelángel en la cripta


En el otoño de 1529 las tropas de Carlos V ponen sitio a Florencia. El Emperador ha tomado partido por los Médici, a quienes ayuda a volver al poder. Los días de la república florentina están contados. El más egregio vecino de Firenze, el maestro Buonarrotti, apoya al viejo régimen de la ciudad y ha diseñado las fortificaciones que servirían para defender la ciudad del asalto de las huestes imperiales.

Desde la primavera de 1527, cuando el Sacco de Roma desestabiliza toda Italia, los Medici están fuera de Florencia. Aprovechando la agitación del momento, con las tropas imperiales ocupando Roma, los florentinos se levantan contra el despotismo de los Medici y proclaman la república, obligando a salir de la ciudad a los príncipes mediceos, el duque Alessandro y el cardenal Hipólito.

Manuel Múgica Láinez, en su 'Bomarzo', traza la semblanza de los dos personajes, el amable cardenal Hipólito, heredero de la noble vis humanística de sus mayores, y el torvo Alessandro, hijo bastardo de Lorenzo II, el hijo del Magnífico; otros decían que su padre verdadero fue el entonces Papa Clemente VII, que lo tuvo, siendo todavía cardenal Giulio de Médici, con una sirvienta mulata, de ahí sus rasgos negroides, tez oscura, pelo africano, labios gruesos y prominentes que le propiciaron el mote de 'el moro'.

Michelángelo, que conocía el caracter odioso de Alejandro el Moro, temía razonablemente las represalias que pudiera tomar en su contra y en el invierno de 1530 decide esconderse, precaviéndose de la previsible violencia del Médici bastardo. Para escondite, escoge el mismo sitio de una de sus obras; como si se enclaustrara en las entrañas mismas de su arte, el maestro Buonarrotti vivió unos oscuros meses en la cripta de la Sacristía de San Lorenzo, debajo de la capilla donde él mismo diseñó y esculpió las tumbas de sus patronos y mecenas, los Médici.

En los meses que allí estuvo, en las paredes de la cripta, MiguelÁngel dibujó rostros, miembros, cuerpos, ropas, fragmentos de hombres reales o imaginados, amados o temidos, soñados o inventados, sacando fuera de su mente y dejando en los muros un abigarrado conjunto de formas cargadas de sugestiva fuerza, como la expansiòn incontenible del genio oprimido por la vida y encriptado por la historia del momento.

Merced a la intervención indulgente del Papa Clemente, Miguelángel puede al fin dejar su reclusión y salir de Florencia. En la cripta quedaron, oscuros y olvidados, los bellos trazos atormentados de aquellos días ocultos, auténtica caverna de arte y genio, rastros de alma y de historia.

En 1975, durante una restauración de la sacristía, los impresionantes dibujos del Michelángelo fueron descubiertos. La cripta, dada la fragilidad de los graffiti miguelangelescos, nunca se ha abierto al público, sólo permanece accesible a los pocos expertos que gozan del privilegio de su estudio y conservación.

Hace un par de días, la edición florentina del diario La Reppublica sacó un artículo con una galería de fotos de la cripta y los graffiti.

Por eso este artículo.

N.b. Si no han leído (anzi releído) el Bomarzo, nunca sabrán bien trazarse y revivir una semblanza de aquel fascinante Cinquecento, cuando los últimos espectros del Medievo aun latían agonizantes en el azogue apulgarado de los espejos del último Rinascimento, vuelto ya Manierismo, crisálida temprana del Barroco.

+T.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Aproximación a Sir Thomas More

No recuerdo bien cuando fue la primera vez que ví el famoso retrato de More pintado por el maestro Holbein jr. , el que se conserva y expone en la Frick Collection de New York. Es una obra documental de valor singular, por el retratado y por el retratista. Yo soy un adicto holbeiniano, desde los 15 o 16 años, compulsivo coleccionador virtual de su obra.

Esta mañana me han alegrado el día enviándome muy gentilmente (¡gracias!) el link a una estupenda página de la Frick con uan exposición virtual de la obra que permite aumentar con una resolución de primerísima calidad el cuadro de Holbein, apreciándose la maestría del pintor al captar la figura de St. Thomas.

Entren y vean y disfruten Uds:

Santo Tomás Moro retratado por Hans Holbein el joven, en la Frick Collection de N. Y.


+T.

jueves, 25 de febrero de 2010

El Aquelarre de las excelentísimas


Con Goya, el pintor, mantengo una extraña relación: No siento pasión por su pintura, pero reconozco que pocas veces se ha plasmado mejor en una obra pictórico-gráfica una nación/un mundo/un momento. En este sentido me parece fascinante, incluso insuperable. Goya parece que pinta profecías fatales, como si las brujas de sus aquelarres le hubieran insuflado una visión agorera para adelantar en un lienzo o una plancha el horrendo futuro de España.

Ayer las abyectas titulares del ordeno y mando eran como el trasunto de una pintura negra. Las tales tienen cara de lo que son y son como sus respectivas faces, degeneradas, prostituídas al poderío, sin escrúpulos para poner muerte en la leyes. Pintarrajeadas, asquerosamente maquilladas a la moda de las peores, hacen lo mismo con las leyes que engendran desde las matrices pútridas de sus mentes de hembras de sentina; saben que cuecen su olla podrida para la famélica legión engordada con pienso fácil, pero por si acaso despertara la conciencia de la infecta "ciudadanía", mantienen el arte de la confitería de las brujas y acaramelan la ponzoña diciendo libertad-derecho-progreso donde esconden matanza-crímen-parricidio-aborto.

Las ellas degeneradas, ayer, con pantomima de vencedoras, se besaban y se dejaban unas a otras junto el rocetón de carmín caro el hilillo de baba sucia y el aliento hediondo de las brujas. Tienen cara de lo que son, son lo que llevan en la cara.

Goyescas oscuras, el sótano de la cloaca, la estercolera de la cuadra, el pudridero de los muertos sin nombre. Como las brujas de los cuadros del Lázaro Galdiano llevan cuerpecillos inmaduros en un canasto de mugre, criaturas sin madurar ahorcadas en el palo de sus escobas, muertecillos destripados con las cabecitas descoloridas aplastadas debajo de sus tacones. De las carpetas y los portafolios de sus excelentísimas y sus señorías chorrea un reguerillo de sangre y placenta que encharca los pasillos de sus palacios donde se legisla la muerte.


Ellas, con un coro de carcajadas horrísonas, con rumbo de hembras mortíferas, van pisando fuerte, metiendo ruído, triunfadoras bailando una danza infernal de muerte. Una re-versión del triste concierto que forman tocando a muerto la campana y el cañón, con ellas contentas porque el bronce suena por los fantasmas de los que no nacieron y el cañón es revolución de la escoria del mujerío.

Siniestra época en que las mulas estériles asesinan a inocentes tirando coces de leyes, con el cetro de la muerte en las pezuñas de la fieras, con las brujas del Goya más tremendistamente español gobernando, furiosas hechiceras de espanto y muerte bajo la presidencia del Gran Cabrón de ese aquelarre.


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domingo, 1 de febrero de 2009

Original y versiones obsesivas

En este blog, de vez en cuando, passim, voy haciendo comentarios sobre arte, artistas, obras, y estilos. Me reconozco bastante bien definido en gustos y tendencias, rara vez incorporo algo nuevo a no ser que ya esté, en cierta forma, implícito en lo que confieso, sólo a falta de más profundo conocimiento o reconocimiento. Del arte contemporáneo considero lo que se ha mantenido y desenvuelto dentro y desde una cierta objetividad estético-formal, y detesto en general el abstracto como un pseudo-arte, sintomático de la degenerada decadencia de nuestro Occidente.

De entre los desengaños y frustraciones más chocantes que recuerdo, la que me llevé con 13 o 14 años al escuchar algunas composiciones de Olivier Messiaen: Eran sólo "título" disfrazando una incapacidad, un absurdo impotente para el arte con revestimiento "cultural". Ese tipo de pseudo-arte para snobs del momento (un tormento ahora que es el no sé cuántos aniversario del fatuo compositor y radian sus "piezas" día sí día no). Como él, tantos otros en diversas artes y bajo distintas pero igualmente infra-expresiones.

Pero aun más chocante que el desencanto frustrado, es la atracción extraña y poderosa de algunas obras y autores de vanguardia, que no me "gustan" pero que sí me atraen y hasta fascinan en cierto sentido, a veces dificil de conceptuar. Por ejemplo Bacon, Francis Bacon. No toda su obra, pero sí parte de ella: Los auto-retratos y la serie-variación sobre el Inocencio X de Velázquez. Cuando se pinta a él mismo, se auto-reconoce y define con una descarnada compasión, mitad patética mitad lesiva, como una proyección extra-consciente pero profundamente anímica: Una caricatura de su alma,implacablemente insatisfecha pero sentidamente con-movida, desenvolviéndose en un agonismo interior que rebosa y se hace carne/conciencia/pintura...pero alma.



La primera vez que visité al Inocencio X de Velázquez recibí una impresión que luego he repetido y buscado adrede: Ir a la Doria Pamphili en dias y a horas incómodas para poder estar sólo en el gabinete, sólo con el Inocencio X, reflejándome a la vez que él en los espejos de azogue apulgarado. Si no es así, prefiero no estar. Es un cuadro entre cuadros, especialmente "elocuente". Que no me extraña que excitara el excitable Bacon de esa forma obsesiva, quasi demente.


Mantengo - por intuición caprichosa sin documento ni lectura que me conste- que lo que Velázquez tiene en mente cuando pinta a Inocencio X Pamphili es el retrato del Cardenal Fernando Niño de Guevara, de El Greco, que algunos dicen se pintó en Sevilla ca. 1600 y pudo haber conocido Velázquez en Sevilla (el original o una copia). Por intensidad, como tal (forma-intención-color-personaje-tema) no encuentro otro que se le pueda aventurar como prólogo. Quizá ni siquiera lo sea de verdad, pero sí le encaja como plausible "coartada". A mí, de todas formas, me fascinan tanto uno como el otro.
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Con la salvedad de la mejor ubicación del Inocencio X en la Galleria Doria-Pamphili, sin comparación respecto a la exposición del Cardenal Niño en el Metropolitan. Contra el parecer de los que comentan uno y otro retrato, los dos me parecen empáticamente conectados con sus respectivos retratados: Ni veo al Papa Pamphili feroz (no lo era, la fiera era su cuñada), ni el Inquisidor me parece siniestro (esas antiparras, esos cristales de aumento no disimulan una mirada torva). Más bien me parecen divertidamente expectantes de la obra final, del retrato resultante. Y digo más: Ha sido gracia de El Greco y Velázquez retratarlos como si estuvieran mirando-se y estudiando-se y gozando su retrato, ese mismo, esos mismos. Eso pienso.

Las versiones/variaciones de Bacon me resultan obsesivamente atractivas. Las entiendo como una tensión (existencialista?) entre pintura viva (el retrato original) y artista "captado" y proyectado en auto-exégesis. Me atrevo a reconocer que las consentiría expuestas (ocasionalmente) en una mismo sitio, en torno al original de Velázquez: Una sala con fondo-tapizado negro/sombra, con el Inocencio X en el centro y los Bacon alrededor, con matización de iluminación para cada cuadro; con música, polifonía sacra de Gesualdo, alternando con el Via Crucis de Liszt. Una impresión no apta para todos los públicos. Por supuesto, el arte-arte sería el de Velazquez, lo de Bacon sólo intención-expresión a propósito de. Quedaría patente.



Pero detesto que se expongan cuadros de Bacon en el Prado, y más esos que estan expuestos. En suma, diría que admiro en Bacon su auto-expresión (hombre-personaje-artista-obra), como dije, auto-retratos y serie/variaciones del Papa de Velázquez. Lo demás, poco o nada. Le concedo a Bacon una "sinceridad" que está ausente en Picasso y demás fraudes. Todos tienen el peligro de terminar siendo auto-copistas/auto-manieristas. A Bacon le han salido muchos "manieristas" (como este) que no pasan de ser caricaturistas "alla maniera" de Bacon.

Ya he dicho que Bacon no me gusta, ¿verdad? Bien, quiero dejarlo claro.

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lunes, 5 de mayo de 2008

Arte y Cine


Ayer comentaba a un comentante algo sobre una peli de Derek Jarman, y al rato alguien (un anónimo, porque los capullos suelen ser anónimos en directa proporción a su afección) re-comentaba: - "¿Derek Jarman? Te van a castigar", o algo así. Borré el comentario sin más, pero pensé escribir algo a propósito.

Derek Jarman es un interesantísimo artista contemporáneo. Además de cineasta, escenógrafo y un par de cosas más relacionadas. Filmó una peli sobre San Sebastián en la que todos los diálogos eran en latín. Una rareza y una provocación en su momento, porque la trama iba de amores homosex y San Sebastían como motivo. La peli es regular. Yo la ví con 17 o 18 años, recomendada por la profe de latín. No me gustó nada. A parte la temática, tan inverosimil, estaba rodada casi entera al sol (eso disculpaba que los actores estuvieran en pelota viva y demás todo el tiempo). Odio el sol y el calor, y me agobia pensar en el verano; conque una peli au soleil, me levanta ampollas por radiación ultravioleta imaginada. Lo del mariconeísmo intelectual-artístico, no me importa si no se me impone. La peli era una "propuesta vanguardista" de esas. Y se acabó. Ese es su mérito. Por el latín y el tema gay, saldrá cuando alguien quiera hablar de eso. Y ya está.

Olvidé al tal Jarman. Hasta que estrenaron su Caravaggio. El Caravaggio es una fascinante figura del Arte, insuperado e insuperable. De los que son detestados en vida y después de muerto son remedados. De él arrancan corrientes. Es Arte neto. Además es católico destilado en alquitara. Y un tope en la evolución del repertorio iconográfico cristiano. No tiene igual.

Pues rara vez una peli atina con un personaje y su obra como Jarman y el Caravaggio. La peli tiene un formato y ritmo peculiares. Una intención para ese contenido, o se expresa con una adecuación en sintonía más o menos alegórica/reinterpretativa, o resulta un adefesio. Jarman logra un todo, desde el guión, hasta la fotografía, pasando por caracterizaciones-tipos y color-iluminación, extraordinarios. El culmen es una escenografía-decorados minimalistas, trasunto de los propios cuadros caravaggiescos, y un fondo musical estudiadamente original y de calidad.

Una escena en particular descubre que el tal Jarman es un esteta indicutible: Un muchacho posa con unas alas de plumas, y en un ángulo el lienzo conocido como "Amor Victorioso", del Staatliche Museen de Berlin ; la cámara capta planos del modelo y el pintor, con los objetos; el joven hace una especie de ejercicio gimnástico, y el pintor fuma un cigarrillo; las miradas y sonrisas son mitad ingénuas mitad característicamente insinuantes; mientras suena de fondo una serrana, cantada y acompañada por una guitarra.

Y es una escena entre las demás (la peli es una sucesión de cuadros animados en secuencia ilativa), y todas son sugerentes. Los figurantes evocan algunos de los cuadros más célebres del Caravaggio, desde el Martirio de San Mateo de San Luigi dei Francesi, al Tránsito de la Virgen del Louvre (la patética imagen central que cuentan que era una ahogada) pasando por la Magdalena de la Doria-Pamphili y el San Girólamo de la Galería Borghese, para culminar en el Entierro de Cristo de la Chiesa Nuova, hoy en la Pinacoteca Vaticana. También, extrañamente, sale el Marat asesinado en la bañera de J.L.David, que no desentona si el que ve la peli se somete a la páuta del director, tan evidentemente caprichosa a la par que magistral. Los recursos de cine y arte están indiscutiblemente en manos de un privilegiado creador de imagen.

Es también interesante ver a actores ingleses interpretando en un medio cinematográfico intencionadamente passoliniano, tan extraño al cine británico. Igualmente la referencia a Passolini es tan patente como la autonomía y originalidad de Jarman, mejor que el italiano al administrar los recursos cromático-fotográficos (Passolini es blanco y negro).
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Un detalle más: Si hubiera visto la peli sin saber que era de Jarman y me engañan diciéndome que es de un nuevo y genial cineasta andaluz, me lo creo: La peli exuda profundo Sur por cada fotograma.
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Y esto era. Un comentario a propósito de una película excepcional, que no es de mis favoritas, pero que es de las mejores entre las de su género. De las recientes, una de su misma calidad es "La joven de la Perla"; y de las antiguas, "La Kermesse Heróica" (tan diferentes cada una de las tres de las otras dos).
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Et peractum est!
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sábado, 26 de abril de 2008

Isidorerías

El gran Isidoro de Sevilla es un gran olvidado de Sevilla. Hoy a penas ha sido celebrado en la liturgia de la Catedral - con rango litúrgico de solemnidad, evidentemente - y en las Misas mañaneras. Por no tener no tiene ni un monumento dedicado. Y tal y como está pujando el infame e inculto laicismo de la misérrima clase impolítica que desgobierna, no lo tendrá. Pero lo peor es que no lo tuvo antes, ni cuando gobernaban católicos a machamartillo. Así como a San Fernando le montamos un historicista monumentazo en la Plaza Nueva (que por cierto pusieron la primera piedra en tiempos de Isabel IIª y no se inauguró hasta mil novecientos veintitantos, con un cambio de dinastía, una república, una restauración, más Alfonso XII, la Regencia de María Crisitina y Alfonso XIII entre la primera piedra y la inauguración, que tiene miga), al gran San Isidoro no le cupo suerte. Ni siquiera en la lotería de la Expo Iberoamericana; ni tampoco en la tómbola de la Expo'92.

Bueno. Pero está la Parroquia, mudéjar sevillana con sus correspondientes aditamentos barrocos, tan bella a pesar de la pésima restauración y tortura neo-arquitectónica, con despojo y expolio de retablos incluso, como en los peores tiempos, que sufrió hace unos años y de la que todavía presume su perpetrador (sic!). Y también la calle San Ysidoro, que es de las más simpáticas del centro viejo, en perpendicular desde los aledaños de la Parroquia a Francos, donde desemboca en una de las más estrechas desembocaduras del viario sevillano. Un verdadero patrimonio inmueble urbano.

En la portada de la nave de la epístola de la Parroquia de San Vicente, también hay una antigua lápida, muy maltratada, que recuerda que allí murió el Santo. Y dentro, en un anejo entre la sacristia y el presbiterio, una cella recuerda el sitio del óbito del Santo. Un capillita olvidada, a la que no le hacen el menor caso, a pesar de su valor, si no histórico-documental, sí hagiográfico-devocional.

Y es que desde el traslado del cuerpo a León, la cosa no es lo mismo: Ojos que no ven, corazón que no siente! Quizá por eso quisieron remediarlo con dos grandes iconografías isidorianas: El San Isidoro de Murillo, en la Sacristía Mayor de la Catedral, y el San Isidoro repujado de Laureano de Pina, compañero con su hermano San Leandro para el monumental Altar de plata de nuestra Metropolitana. Pero nada de nada: Ni porque pusieran al de Murillo en los últimos billetes de mil pesetas del tiempo de Franco, ni porque saquen todos los años para el Corpus el de plata en un pasito muy ad casum que le adornan y aderezan los de la Hdad. Sacramental de las Tres Caídas, sita en la susodicha Parroquia. del Señor San Ysidoro, en el corazón de la Alfalfa y la Costanilla.


Después hay más isidoros menores, más chicos, menos notables, por todos sitios: Pinturas, retablos, grabados. Yo tenía uno muy gracioso con el Santo a caballo con mitra, pluvial y espada: San Ysidoro Matamoros. Porque sépase que son tres los Santos matamoros de España, aparecidos en las batallas del tiempo de la Reconquista como adalides auxiliadores celestiales de las huestes cristianas contra la morisma sarracena infiel; tres, a saber: Santiago el Mayor, San Ysidoro de Sevilla y San Millán de la Cogolla. Lo que ya no recuerdo en qué batalla metió baza cada uno (salvo la de Santiago, que fue en Clavijo. Y cierra, España!!!). Me parece recordar que en la Parroquia de San Isidoro tienen una buena pintura del San Isidoro matamoros.

Pero la más bella es la del retablo del altar Mayor: Una monumental pintura del maestro Juan de las Roelas que daría honra ella sola a cualquier gran museo que la tuviera. Representa la postrera comunión del Santo y su apacible muerte, en hábito de penitente, rodeado del clero sevillano. El Santo, muy anciano, con la faz dulce y sonriente, se desmaya con las manos juntas. Las cabezas de los otros figurantes se inclinan alrededor, con contenido dramatismo. Del cielo, entre un suave celaje irradiado, llueven flores, y un coro de ángeles mancebos tocan y cantan; en lo sumo, en Gloria, Cristo y la Virgen, con sendas coronas en sus manos, esperan el alma del Pontífice hispalense.


Durante la traumática restauración de su Parroquia, el cuadro de Roelas estuvo colgado en el tránsito de la monumental escalera del Palacio Arzobispal, dominando aquel espacio barroco, tan luminoso. De vuelta a su retablo en el presbiterio del templo, es una de las más gloriosas pinturas de toda Sevilla.
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p.s. Que se entere el Santo que yo sí le memento...y que me mande una mejoría graciosa. Amén.
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miércoles, 23 de abril de 2008

Refectorio milagroso

A uno de mis sobrinos le pusieron Hugo, que no es nombre de mi familia. Me tocó buscarle Santo en el Santoral y yo, que entonces estaba muy estudiado y leído en Historia Eclesiástica, le escogí el Hugo que me sonaba más notable, el Abad de Cluny, San Hugo el Grande, que se celebra el 29 de Abril. Lo chocante fue que no me acordara del San Hugo más cercano y tratado, que era el de Grenoble, tan sevillano a pesar de. Aunque su fiesta me parece que es el 1 de Abril, ayer aparecía en el calendario particular de no me acuerdo dónde, y hoy lo traigo yo al blog.

Pero su sitio es el refectorio, el refectorio de la Grande Chartreuse. Como él donó a San Bruno y sus seis confratres los terrenos para la edificación, era una especie de padrino de la Cartuja recién nacida. La visitaba con frecuencia y hasta cuentan que con gusto se hubiera quedado con los monjes del silencio, porque era de los pocos obispos que fueron obispos forzados a ser obispos, que ya es una rareza extraordinaria. El Papa lo obligó y él se resignó a ser el santo Obispo de Grenoble contra su voluntad (no de santidad, sino de episcopeo). En este caso resultó patente que el obediente siempre acierta. Y en este caso también que el mandante atinó de pleno, algo muy digno de destacar porque los ordenantes se equivocan regularmente. Pero el Papa conocía bien que Hugo era bueno para lo que le mandó.
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Un día, como acostumbraba, mandó alimentos a los recien estrenados cartujos, Bruno y sus seis (que son las Siete Estrellas del escudo cartujano). Como los obispos de entonces tenían buena despensa (los de ahora normalita tirando a malucha, doy fe; no digo que sea virtud, pero doy fe de que es regularcilla y hasta malucha, meramente soportable); iba diciendo que les mandó provisiones, y entre lo que les regaló, iban unas buenas tajadas de carne que el refitolero cartujano guisó y sirvió.

Que la carne fue bien recibida lo prueba que se guisó y se sirvió, que ya lo he dicho. Pero los primeros pasos de toda santidad son dubitantes, inquisidores, hasta escrupulosos. Y fue que guisada y servida, la carne no fue probada porque San Bruno y sus seis luceros discutieron, con la mesa puesta y la carne expuesta, si no sería mejor comer sin carne y hacer abstinencia perpetua y reglar.

Y vino el sueño. O el éxtasis. O el arrebato absorto. O la suspensión del cuerpo y el alma. O el ensimismado recogimiento de lo externo en lo interno. O la aprensión del hilo temporal en un hilván de eternidad.

Cuarenta y pico dias así.

Y así los captó el flash de Zurbarán: Cuando San Hugo de Grenoble por saber qué les pasaba, va a la Chartreuse y se los encuentra extático-durmientes en el refectorio, empezando algunos a salir del trance y la carne de las escudillas deshaciéndose en cenizas.

Zurbarán es un arcano que pinta mística y ascética, que son dos cosas muy dificil de pintar porque no se dejan. Pero Zurbarán sí sabe. No sólo sabe, sino que convence con lo que pinta y, cuando se ve el cuadro, hasta el más impío y vulgar agnóstico entiende en un repente que Zurbarán tiene razón, y Dios también.

Dios que anda entre los pucheros - la Santa dixit - se refleja en la mesa, en las tallas de agua, en el mantel planchado, en los panes, en los hábitos, en las escudillas, en las servilletas y el tazón. Nunca las naturalezas muertas que dicen, estarán más vivas que cuando Zurbarán las pintaba y las dejaba estar en sus lienzos, latiendo extática vida interior.

Cada vez que veo el cuadro, añoro la Cartuja de la que salió, la sevillana de Stª María de las Cuevas, execrada y desamortizada. Cuando hace unos meses me regalaron los dvds de El Gran Silencio, con gusto hubiera mandado a la Chartreuse nuestro Refectorio con San Hugo y el Milagro del Santo Voto. Si pudiera, que no puedo.

Todavía no sé quién es el pajecillo oligofrénico y desproporcionado que hace reverencia a San Hugo. San Hugo es el artrítico del bastón y muceta gris sobre roquete almidonado y sotana gris, el de perfil que señala, a la derecha. San Bruno debe ser el del centro, más venerable, tan concentrado y frontal, casi luminoso el rostro, flanqueado por sus seis estelares, unos con la capucha y otros descubiertos. Comparénse y veáse que se parecen a los cartujos del dvd, como si una misteriosa genética cartujana les transmitiera parecidos córpore et ánima.

Todo es luz sevillana. No es luz del Grenoble alpino, sino de mediodía, tercia quasi sexta cabe el Guadalquivir. Por eso yo lo mandaba gustosamente a la Grande Chartreuse, que tendría luz y calor vivos y reales, sicut Zurbarán faciebat Hispali, ca. 1655.

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