Banderola de la peor estofa, infame tricolarada de vencidos, manchada enseña de derrotas, disfraz de degenerados, vergüenza de la historia que nunca debió ocurrir, señal de estercoleros inmundos, estandarte criminal, trapo de la republicaca !!!
Hasta qué punto estamos infestados de des-catolicismo neo-liberal/neo-marxista neo-modernista, es dificil de medir. Baste reconocer, para hacernos idea, cuánto pesan los medios controlados por la vanguardia des-católica y lo bien mirados que están por una gran parte de nuestra lamentable jerarquía.
Cuando el órgano oficioso del psoe publica a alguno, es por algo más que empatía. En el medio psoero se escogen artefactos periodísticos especialmente hirientes cuando se trata de arremeter contra la Iglesia, uno de sus objetivos más evidentes y constantes. Por eso si el cóctel molotov (o la olla exprés) lo carga un cura y le mete metralla especialmente hiriente, lacerante, infectante, mejor que mejor. Es quasi como eso que dicen: Que la misa negra pata negra es la que celebra un cura renegado con todo el ajuar litúrgico de rúbrica.
Pues algo así, más o menos, es esto: Un cura minando y dinamitando (¿se acuerdan Uds. del tristemente célebre P. Camarasa desmoralizando a los resistentes del Alcázar?) los sentimentos y afectos de los católicos (¿cuántos quedamos?) españoles, punzando una de las fibras más dolorosamente sensibles del catolicismo histórico español.
¿Por qué les irrita tanto a los malos que honremos santamente a los buenos? ¿Por qué la sangre bendita de nuestros Mártires les escuece como vinagre en vez de olerles a Paraíso?
Porque han dejado de reconocerse en el Catolicismo por el que cayeron los Mártires. Porque ya no creen en lo que los Mártires creyeron. Porque la Fe y el Credo de los Mártires les resultan ajenos, extraños. Algunos dirían que 'superados', porque, en cierto sentido, se han saltado a la torera la fe, la doctrina y el credo que profesaron aquellos Mártires de España.
Con no me explico qué intención, hace unos días, han sacado a relucir al fantasma sanguinario de La Pasionaria, uno de los personajes más sórdidos de nuestra trágica historia intra-nacional. Contaban (no sé para qué) que la vieja comunista murió confesada (arrepentida?) y reconciliada (pidiendo perdón?) por un cura (problemático?) que la administró (válidamente?). Una leyenda urbana, posiblemente, que - insisto - ni sé para que la sacan a relucir ni por qué. El fin dudoso de los malos no se cuenta, salvo para advertir a los buenos que procuren no rematar como esos malos. Pero dudo que esa fuera la intención de los que sacaron del baúl de los malos recuerdos la historieta de la siniestra agente estalinista finando con un cura (rojo) al lado. Tal para cual.
Y así estamos: Con católicos oficiales con fama de católicos intrépidos contando en sus blogs cuchufletas de los malos, a su mayor gloria, mientras otros católicos de la oficialidad sacan artículos denigrando el recuerdo de los Santos e infamando la intención de los que honran santamente la memoria de los Mártires,
Mártires (y esto es lo que especialmente les irrita) de la Victoria, porque vencieron: Vencieron como católicos derramando su sangre por Cristo, y vencieron como españoles, marcando con su sangre la tierra de la patria, de esta patria que los malos atormetaron y los buenos santificaron.
Les escuece que nos enardezcamos. Les vuelve rabiosos que lo digamos. Se ponen frenéticos si levantamos una bandera grana y oro y ondeamos en su centro un Corazón, el Corazón al que está consagrada España, la España Católica que llevaban en la mente, el pecho y las venas quienes le ofrecieron su vida y su muerte porque creían que Su Crazón merecía reinar aquí más que en ningún otro sitio.
No tengo previsto ir a Tarragona. Pero en Tarragona se reunirá la mejor España, lo mejor de España, unos triunfando en la Gloria, otros viviendo en esta tierra que se ensangrentó y purificó del odio de los malos con la caridad de los buenos. Pediremos ser como ellos, rogaremos para que no surjan otros como aquellos.
Y no daremos a nadie en la cara. No tenemos intención de abofetear con los Mártires, porque los abofeteados fueron ellos. No herimos a nadie porque los Santos no hieren. Si algunos lo estiman agravio, será que´están locos de ira y discordia, y no ven a Dios ni pueden reconocer su gloria.
El desgraciado del artículo será uno de los agraviados. Quizá hubiera escrito con gusto un articulete amable sobre la Pasionaria de las checas o el Carrillo de Paracuellos. Pero sobre los Mártires sólo sabe articulear reprochando, acusando, infamando la memoria de los Santos y la honrosa intención de los católicos. Todo un ejemplar de periodismo confesional, de prensa eclesial, de edificante pastoral.
No sé si Ustedes sienten como yo, pero quisiera que el mal sentimento de tantos se derrumbara como una falsa arquitectura truculenta y dejara ver la sólida roca, el alcázar de fe y heroísmo que fue la verdad histórica de los que subirán a los altares porque mantuvieron firmemente la fe en Dios y la fidelidad a España.
No recuerdo cuando fue la primera vez que estuve en los actos de un Día de los Caídos; por alguna foto que guardo calculo que tuvo que ser cuando tenía seis años, o siete. Tampoco sé por qué me gustó el acto, quizá porque era distinto, con aquel final de la procesión desordenada desde la Iglesia a la Cruz de los Caídos; he contado algo, otra vez.
Por aquellos años la celebración ya iba declinando. De los camisas viejas quedaban pocos, todos de la edad de mis abuelos, con setenta y muchos años; aun así, no faltaba uno. Pero los importantes estaban en la lápida, tres lápidas que formaban las caras del pedestal de la Cruz, la cuarta con el escudo de España sobre el Yugo y las Flechas. Allí estaba grabado el nombre de tío Antonio, el hermano de mi padre, caído por Dios y por España a los dieciocho años, combatiendo en la 2ª Bandera de Falange, en el frente de Extremadura.
Un día, en el desván, dentro de una caja de caoba, en el cajón-secreter de una cómoda, encontré unos lienzos enrollados, sujetos con una cinta grana y amarilla, otro lío atado con lo mismo, de color verde pardo, y otro azul, y dos paquetes más, también con cintas. Llenaban el cajón entero. Eran las cosas del tío Antonio, las que llevaba cuando cayó en el frente: La ropa interior, la camisa de la Falange, el gorro militar, unas cartas; la cartera estaba tal cual, con estampas de la Virgen, un detente, una foto de Mª Lola López, su novia, un librillo de papel de fumar, una tarjeta de mi abuelo, una foto de mi abuela, y una carta a medio escribir. También había una bandera de España, descolorida. Y una cajita forrada de terciopelo negro y bordada con cinco rosas, dentro había un mechón de pelo envuelto en papel de seda, con un papelito escrito con su nombre y la fecha de nacimiento y la de su muerte, 16 Mayo 1920~20 Enero 1939.
Cuando mi padre murió, seguí yendo a Misa el 20 de Noviembre. Ya no se celebraba, ni oficial ni familiarmente. Mi madre no faltaba tampoco. Era una de esas fechas que tenían sentido, que estaban señaladas en el calendario particular del amor y el dolor.
Junto con el tío Antonio fui poniendo otras intenciones: Mi padre, que también fue un caído, con otra historia, pero también víctima de aquella guerra que él y otros ganaron para España, sin ganar nada para ellos.
Recuerdo también a gente conocida, por familia o por amistad, todos protagonistas de aquella contienda: Antonio Farias, que fue jefe de la Falange en el pueblo, y Presenta Bohórquez, la presidenta de la Sección Femenina, una anciana canija y medio jorobada, vestida con el uniforme como si fuera una mocita; y Manolito el Ángel, que fue asistente de mi padre los tres años de la Guerra, y Dolorcilla la de Pepa, que fue novia de Juan Rendón, que cayó en el frente el mismo día que tio Antonio y después ella se casó con Joaquín, el hermano del caído, también falangista; y Facundo Lara, y Domingo Talavera, y Juanito el Dondo, y Paquillo Galván, y Lorenzo Peña. Con Franco y JoseAntonio, todos están en mis 20 de Noviembre.
Si me preguntaran por qué, no sabría decir bien. Por muchas cosas. Por mi padre y mi madre, tan leales. Porque los conocí, porque me hablaron de ellos, porque creo en la verdad de lo que vivieron, sufrieron, amaron, entregaron.
Me gusta escuchar el Cara al Sol. Recuerdo cómo se emocionaban mis tías, mis abuelos, mi madre, que cantaban llorando, sintiendo tanto, por tantas cosas, por tanta gente.
Ahora me emociono yo, con todos ellos en la memoria, una memoria histórica verdadera, limpia como la patena donde pongo sus nombres cada 20 de Noviembre.
Ahora que casi todos se olvidan y falsean y ocultan (y se ocultan), recordar es un deber de honor, de gratitud, de verdad. También de esperanza.
Hay memorias que honran.
Y que no olviden los merecidamente vencidos que fueron derrotados por los mejores.
Que se extinga la memoria de los malos derrotados y perdure más allá de las estrellas el recuerdo de los buenos que lucharon y vencieron por Dios y por España.
Aunque sea una mijita impío, siendo Jueves Santo, que conste, para que conste, que no me olvido, que no lo paso por alto, con brazo en alto y ¡Arriba!!!
Después de todo, gracias a la Victoria pudimos tener Jueves Santos relumbrantes como el sol, que si no esto hubiera sido el pandemonium de la hoz y el martillo, lo reconozcan los malos o no (los malos no se ven las maldades, ni se arrepienten, por eso - entre otras cosas - son malos (y sin mejoría)).
En este régimen infra-marxista autor del terrorismo institucional contra la Historia y sus Vencedores, recordar es un deber y proclamar un desafío.
«En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1.º de abril de 1939, año de la victoria. El Generalísimo. Fdo. Francisco Franco Bahamonde».
Nací con Franco mandando, y Franco no me asusta. Tampoco me lo pueden falsear, ni unos magnificándolo ni otros intentando minimizarle. Le guardo una simpatía amable.
Mi padre fué de los que estuvo en la guerra, con las ideas muy claras: Por Dios, por mi familia, por España. Se dejó en el frente media vida, y mi familia otra media. También estuvo cuando inauguraron el Valle de los Caídos, hace ahora cincuenta años, todavía soltero. Guardó siempre en su escritorio, hasta que murió, un trozo de esas cintas que se usaban en las inauguraciones, con la fecha bordada sobre la bandera.
A mi padre no lo podían engañar. Hizo la guerra, los tres años. Nunca nos contó batallas, pero alguna vez recuerdo haberle oído, en una de esas conversaciones que escuchamos los niños sin que los mayores sepan que estamos. Después he sabido más, por cartas que había en casa y por cosas que amigos de la familia me han contado. Mi padre fue una de las víctimas de la guerra, porque dio más, mucho más, de lo que recibió. Pero supo siempre lo que daba - vida - y por qué lo daba: Por Dios, por nuestra familia, por España; porque creía, porque amaba, porque sentía.
¿Yo que pienso? Yo pienso - yo sé - que la guerra la ganaron los hombres que lucharon con mi padre y como mi padre. A los vencidos no los juzgo con resentimiento, pero no les encubro las culpas. Y si me viera forzado a decir más, yo digo - yo diría - esto mismo:
Palabra por palabra, con el sentido con que se dijeron entonces y que, viniendo de quien vienen, mantienen hoy y conservarán perennemente el más alto e incontestable refrendo.
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En la España de la memoria falseada de los vencidos resentidos, es una necesidad decir verdades por la verdad de los que fueron resistentes, luchadores, víctimas, mártires y vencedores. En paz, pero con la honrosa certeza de la victoria.
Por muchos y por todos. Y por mi padre, que venció y se ofreció por los nuestros, por España y por Dios.