miércoles, 13 de enero de 2010

La Monarquía amenazada por propios y extraños.



Un amigo mio, francés, está ensayando con su coro el Requiem de Eustache du Caurroy que interpretarán - D. m. - el próximo 17 de Enero en París, en la Misa funeral del CCXVIIº aniversario de Luis XVI. Con más o menos implicación o afecto, se reconocen monárquicos en esa extraña coyuntura en que sobreviven los monárquicos nostálgicos en las modernas repúblicas europeas.

Una supervivencia doblemente sensible no sólo a la pérdida del trono, sino también al relativo agravio comparativo de ver cómo subsisten las antiguas monarquías tradicionales dentro de las mismas fronteras de la Europa de nuestro siglo. Por ejemplo, la Francia republicana que fue reino de los viejos reyes Capetos mantiene hoy día fronteras con los reinos de España, Reino Unido, Bélgica, Luxemburgo y Mónaco (además de Andorra, el excepcional principado con jefatura de estado "bicéfala" de raiz históricamente monárquica, en la que el el presidente de la república es, paradójicamente, "co-principe").

La monarquía en Europa no es una addenda ocasional, sino que forma parte de la médula histórico-cultural de nuestro continente. Un continente que no es uno más entre los otros, sino que por hechos y razones histórico-culturales ha definido decisivamente el pasado del mundo, su presente y su futuro. Sin olvidar la vinculación de trono y altar, que afecta y une también de manera bastante definitiva a la Iglesia y a las monarquia históricas, aun más ligadas en el caso de la desaparecida institución del Sacro Imperio.

El Sacro Imperio, de no haber desaparecido funestamente víctima de la avalancha revolucionaria, hubiera estado llamado a ocupar un interesantísimo espacio/función moderador que parece que entrevió en su día (en toda su nebulosa lejanía) nuestro Carlos V, tan "europeista" avant la pàge por mor de su herencia y las circunstancias de su momento.

No soy - no me considero - un iluso cuando postulo el valor de la monarquía como institución de alto valor y valorable en el siglo XXI, digna de la más cuidadosa preservación, más allá de las empatías que susciten los ocasionales ocupadores/representates del trono y la corona. Confirma mi jucio el hecho de que las monarquías existen y son, en la mayoría de los casos, instituciones que estructuran muy válidamente los conceptos y valores meta-políticos de sus respectivos estados y naciones.

Hace un rato he dejado este comentario en el blog de un amigo:

Las pasiones ciegan; si son atávicas, más; si están sujetas al ardor de las circunstancias, mucho más.

Coherentemente, por aprecio a la institución, ser (ilusa y virtualmente) "tronovacantista" (especie que no existe "oficialmente" y que no sé si ha sido invento propio o ya existía, no me consta), por aprecio a la monarquía entiendo que hay que librarla de ataques que, más allá de la persona concreta que la encarna, van contra la institución misma.

A JuanCarlos no le quiere nadie; por una razón u otra, y siendo opuestas razones, suma los desafectos de las dos bandas extremas, y ya sin siquera el célebre "Consejo" que le prestigiaba, sin Pemanes ni otros mentores de ese lustre que, por lo menos, le daban genio y figura "aúlicas".

Insisto en que tirar al Borbón es minar el trono que si se va ya no volvería, dejando a España sin su monarquía, con republica-ca, y con dos Borbonerías pretendientes y destronadas (una con más entidad que la otra, tan fantasmal se reconozca o no).

Conque Uds. verán. Pero debieran advertir que si quieren y/o esperan rey, deben salvaguardarle el trono. Porque un trono existente siempre se puede ocupar, y no importan periodos "tronovacantistas" - como nuestra historia reciente demuestra - si existe y se mantiene el trono; ya llegará quien lo ocupe con mayor o menor mérito, dignidad y competencia (o legitimidad).

Pero si el trono se fuera, ya no volvería, ¿o esperan ustedes que de una republicaca sociata-neoliberal salga un trono real? Ya no quedan (ni tendremos) Pavias y MartinezCampos para pronunciarse; ni un Don Francisco que guarde el trono 40 años, tampoco.

De todas maneras, me parece que estas cosillas, en ciertos ambientes, no habría ni que explicarlas porque se suponen sabidas. Pero entiendo que supongo demasiado, ¿no?




Repito aquí el comentario con su mismo sentido. Me parece absurdo, disparatado y peligrosamente lesivo poner al Rey como diana. Si se hace, o falta la razón o se utiliza interesadamente (deliberadamente?) una excusa insuficiente que se tornará en otra cuando la ocasión sea otra, manteniendo al Rey en el punto de mira y sometiendo a la monarquía a una contínua agresión.

Yo insisto que eso es malo, una equivocación más o menos culpable/imputable (eso no lo puedo juzgar).

Cordialiter omnibus, of course.

+T.

3 comentarios:

Terzio dijo...

Recuerdo a los tentados de comentar y a los que ya ha perpetrado su comentario que este blog no admite ciertos comentarios si no van cortesmente expresados, siendo "cortesmente" un concepto arbitrario al gusto del capo del blog, que es monárquico y absolutista sui ipsius y se encuentra muy a gusto si le dicen autócrata, déspota y/o tirano, substantivos todos ellos que no le incomodan rien de rien, au contraire.


'

Laus Deo! dijo...

Igual que en el blog de su amigo, aquí me sumo a su criterio.

Aún más cuando, en el susodicho grupo de Facebook, los comentarios van subiendo de tono, hasta pedir horca y auto público de fe.

Colegimos que este monarca es el menos ideal de todos que la sufrida patria a soportado (cualquier tiempo pasado fue mejor), pero no es razón de escarnio ni de dar razones a los republicanistas de soñoar con el apoyo de ciertos monárquicos.

No se si me explico. Pero parece grave.

Diego Mallén dijo...

"Cuando la sangre de los Borbones dejó de correr para nuestra gloria, se derramó para nuestra salvación". Vizconde de Chateaubriand, Memorias de S.A.R. el Duque de Berry.

¡Eran otros tiempos!

Más de mil años ostentando sobre sus sienes la monacal corona de Majestad Cristianísima pesa mucho... tal vez por eso, por el enorme peso de la Historia, de la oronda señora Clío, hace pensar a algunos que mejor desaparecer. Antes, que compararse con lo que fueron.