lunes, 13 de marzo de 2017

Cuarto Año Franciscal

 
Me da cierta aprensión releer, ni siquiera citar, los articuletes que publicamos en Ex Orbe hace cuatro años, cuando aquella primera salida al balcón de la Loggia delle Benedizioni fue el augurio de los malos tiempos que padecemos. Me da miedo recordar porque todos los presagios se van realizando, pian piano.

El misterio de la Iglesia vive encarnado en personas, que si son santos santifican, si son pecadores, empecatan y si son confundidos, confunden. Nuestra Jerarquía, con diversos grados de afectación, son en gran parte, aquellos clérigos ilusionados con el Vat.2º que se perturbaron con la confusión del postconcilio y mantuvieron su espejismo. Después entendieron el voluntarismo entusiasta de JPII (el Magno) como una amenaza, sin comprender que fue, solamente, la resaca de la exaltación vaticanosecundista, tan efímera; aunque los años del Papa Wojtyla fueron tantos, todo concluyó con el estallido del 'santo súbito', dejando tras de sí un episcopado perplejo por el shock de la post-modernidad, sin más horizonte pastoral que el de un próximo jubileo, otra jmj, u otro año temático neo-misional.

La vis crítica y quasi-revisionista que despuntó en el pontificado de Benedicto XVI fue débil, minoritaria, falta de la mano fuerte de un líder que necesitaba ser no sólo inteligente, sabio y prudente, sino también determinado, firme, resistente, templado como el acero y resonante como el bronce. Si fue vencido por la conspiración, la maniobra turbia se trenzó con venas degeneradas y con otras crines bien dirigidas y determinadas. El conclave, precedido por la patética renuncia del Papa, fue el alambique donde se puso ebullición un complejo descontento que, contra toda razón, eligió bajo el embelesado efecto de un nuevo entusiasmo. En la Sixtina, la resaca de Vat2º no se había disipado.

Cuatro años de confusión son muchos. La distancia con los años de Juan Pablo II y los de Benedicto XVI se ha hecho muy notable, tanto como si hubiérase consumido una época y hubiésemos despertado, no al país de las maravillas del Tertio Millenio Adveniente, sino a la penosa realidad del 2013 y ss.

Este nuevo mundo tiene líderes populares, es decir, vulgares. A algunos les cuesta entrever la paradójica lógica de contrafiguras de un Franciscus en el Vaticano y un Trump en la White House; o de un Felipe & Leticia en la Zarzuela, un Podemos en las Cortes, un Putin en el Kremlim, el Isis en Oriente Próximo y China en todos sitios.

En la Iglesia también tenemos de todo, un mosaico, muchas piezas fragmentadas, des-organizadas, a lo sumo alentadas sólo por el humo de aquella fumata de PP Franciscus, hace cuatro años, que todavía se mantiene en el ambiente, pero es sólo humo.

Si despeja y no se enlaza con la fumata que venga, para la regeneración no se necesitará abrir más ventanas. El remedio es el que siempre fue: Sanctitas, virtus cápite et in membris.

Porque aquel fatídico humo de Satanás que conturbó a Pablo VI sólo puede ser disipado, ventilado y purificado por el incienso sagrado del Sacrificio.

Tu, autem, Dómine, miserere nobis !


+T.

2 comentarios:

Millán Astray dijo...

El cuarto año triunfal creo que fue el año de la Victoria. No perdamos la esperanza.

Anónimo dijo...

La confirmación

La confirmación de la traición y de la larga desobediencia al Magisterio viene hoy, a años de distancia, en la euforia del efímero triunfo, de los mismos exponentes de la «nueva teología». Así, en la revista Communio (patrocinada por el card. Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe) nov.-dic. De 1990, en el artículo La maduración del Concilio – Experiencias de teología en el preconcilio, el jesuita Peter Henrici, que nació en 1928 y estudió en Suiza, Alemania, Francia y Bélgica, nos hace saber que:

1) en los escolasticados de los Jesuitas de dichos Países (el «Rin», que, con el Vaticano II, desembocará en el «Tíber» contaminándolo: véase R. M. Wiltgen, Le Rhin se jette dans le Tibre), con claro desprecio de las directivas y de la obligación impuesta por todos los Romanos Pontífices de «seguir religiosamente la doctrina, el método y los principios de Santo Tomás» (véase can. 1366 n. 2 del Código de Derecho Canónico entonces en vigor y la Carta al card. Bisleti de Pío XI en mayo de 1923; Humani Generis de Pío XII), los estudios escolásticos oficiales eran solo una fachada: «el manual del antiguo estilo (escolástico) – escribe el jesuita Henrici – […] como mucho era solamente hojeado» (y así la teología católica fue despreciada y combatida por los «innovadores» sin ser ni siquiera conocida: «Nosotros – escribía en 1946 el padre Garrigou-Lagrange – no pensamos que los escritores de quienes hemos hablado [de Lubac, Bouillard, etc.] abandonan la doctrina de Santo Tomás; ellos no la siguieron jamás porque nunca la comprendieron bien. Y esto es doloroso e inquietante»: La nouvelle théologie: où va-t-elle?);

2) tras la fachada de los estudios oficiales, se difundía clandestinamente entre los mejores alumnos el modernismo, cuyas instancias iban emergiendo de nuevo en la «nouvelle théologie» (véase P. Parente, La teologia, ed. Studium, Roma, 1952, p. 62): «A quienes tenían intereses especialmente sobresalientes – escribe Henrici – el prefecto de estudios les aconsejaba como primera lectura los dos primeros capítulos del Surnaturel de Henri de Lubac – ¡el más prohibido de los “libros prohibidos”! – y después su Corpus Mysticum y esto con el fin de llegar a adquirir una sensibilidad para el hecho de que enunciados teológicos iguales en tiempos diferentes pueden tener un significado diferente» (y así, ¡adiós inmutable Tradición divino-apostólica! ¡adiós desarrollo homogéneo del dogma! ¡adiós verdad inmutable! Con toda razón los teólogos romanos y en particular el padre Garrigou-Lagrange, acusaron a la «nueva teología» de amenazar a la Iglesia con su relativismo dogmático, «privándola de su sana Tradición»: véase sì sì no no del 15 de abril de 1992, p. 5);


http://panoramacatolico.info/articulo/los-que-piensan-que-han-vencido