viernes, 14 de mayo de 2010

Crónica de una mañana de Mayo


Se recuerda lo que se quiere, y se recuerda más lo que se quiere más. Esta mañana he recordado, con esas mecidas de recuerdo que van y vienen, como olas pequeñas en la playa, una vez con un sonido, otra con una imagen, una mañana de Mayo, como la de hoy, que amaneció con algunos charcos en el suelo porque llovió de madrugada. Una mañana fresca, el aire oliendo limpio a dia nuevo.

Me habían lavado y vestido casi de ceremonia, estrenando ropa desde la camiseta al calcetín y la camisa. Y el traje. El traje lo escogí yo. Mi abuela quería uno con chaquetilla de terciopelo negro, calzón blanco y gola de encaje. Pero abuela murió, y a mí se me metió en la cabeza que como me vistiera como mi abuela quería me moría como mi abuela. Y yo no quería.

Mi madre, sin preguntarme nada, lo adivinó todo. Me parece recordar que dijo algo, sin dejar de tentarme con el precioso traje que quería mi abuela. Pero yo no cedía, con siete años y medio de firmísima voluntad, mitad capricho, mitad carácter, con un pico de aprensión (por lo de la abuela).

Para vestir no consiento más gusto que el mio, desde que tengo memoria. Con dos años tiré en mitad de la calle una chaqueta verde con botones de plata, que odiaba. Pero recuerdo una blusa con un conejito bordado, con unos globitos, que me gustaba la mar. Y un tabardo granate con un emblema en el ojal de la solapilla, que era mi preferido. Y una bufanda de rayas anchas de colores, y un tirolés con una punta de pluma de pavo de real. Me pongo a recordar mi vestuario, entre el año y medio y los cuatro años, y me sorprendo yo mismo.

Mi oposición al modelo de mi abuela era firme, decidida. Conque me llevaron a que viera yo mismo. Y lo vi y me decidí, de un golpe, sin titubeos. Es una de las gracias del varón, escoger pronto, frente a la mujer, remolona, dubitante, que se deleita en la selección y el muestrario, retardando el momento de quedarse con la prenda. El varón va directo, del escaparate al mostrador y a la caja, casi prescindiendo del dependiente de la tienda, un molesto intermediario inevitable. Ví el traje en cuanto entré en la tienda y dije: ¡Ese!

Aquel era el modelo más atractivo de la galería: Caballero de Santiago, con una cruz de Santiago bordada en el pecho de la guerrera, flanqueda por dos hileras de botones, también con la cruz santiaguista, y charreteras con otras dos cruces pequeñas en el centro. Y entorchados dobles cruzando el pecho, con crucifijo de nácar. Un figurón de grana sobre blanco con complementos en oro.

Como yo era entonces el afeñique mayor del reino, con la figura de un cerillo de fósforo, es decir, cabeza sobresaliente y cuerpecillo canijo-patilargo, el aparato de aquella vestimenta cubría y suplía lo que mi naturaleza no tenía, y cuando me probé el rutilante uniforme, resultóme muy favorecedor, impresión que complugo a mamá, a tita, a las titas mayores y a las titas jóvenes, que se quedaron encantadas con el efecto. Un éxito.

A no ser por las gafas, mis monumentales gafas de hipermétrope un punto estrábico, formidable artefacto compañero de mis dias desde la ternísima edad de año y medio (dieciocho meses decía mamá (mi madre nunca lo olvidaba)). Por las gafas, mis gafas, aquel uniforme santiaguista, quasi de opereta vienesa, no llegaba a rematar todo su brillante efecto. Mi tia Antoñita, experta estilista salvalotodo, con un bote de fijador Lucky y mucho peine, arregló y perfiló el conjunto y me dejó pulido, brillante y tieso como el muñeco que remataba la tarta.


La tarta fue otra obra maestra, casera, con siete bizcochos, uno sobre otro, en gradación de diámetro y espesor, de mayor a menor, cada uno con relleno diferente: Pasas, cidra, batata, miel con piñones, chocolate, natillas, y ron con almíbar el de arriba del todo. Y coronando el zigurat, un muñeco de azúcar. El muñeco era yo.

Mi tia le pintó al muñeco en el pecho una cruz de santiago, para más detalle identificativo, y hasta le hizo unas gafitas con papelillo dorado. Y el conjunto de los siete estratos tarteros se adornó con merengue y guindas coloradas, todo entonadísimo.

La tarde del Viernes pasó por casa toda la vecindad, las boticarias, el barbero de enfrente, la peluquera, el de la relojería, el cabo de los municipales, el de la guardia civil, el alcalde, el juez, el cura y el coadjutor, el sacristán. Y para mi temor y temblor, también el practicante y la matrona.

El practicante era uno de mis más odiados sujetos, porque ponía inyecciones a todo el mundo, un horror que además era maestro de escuela y profesor de gimnasia, un summum integral de todos los monstruos de mi infancia. La matrona era otra horrenda monstruosidad, con trajecito de chaqueta y un bolsito que yo imaginaba que era una caja de Pandora peor que la original del mito; también ponía inyecciones, y hablaba con un acento del norte, con "eses" que se clavaban en los oídos como las agujitas de sus jeringuillas.

El Viernes por la tarde ya estaba todo puesto, el salón con la mesa larga para el almuerzo, y el estrado con la camilla grande para el desayuno, y otras dos mesas más en el comedor, todas con sus manteles blancos, servilletas plegadas, platos, tazas, vasos, copas, cubiertos, bandejas, salvillas, fruteros, jarras y botellas. Y dos gatos rondando, amenzando armar una zapatiesta. Tia Rosario los espantó al patio con un par de escobazos, pero aquella noche se dejaron bien cerradas las ventanas y las puertas del comedor y la cocina, por los gatos. Y mi tia Rosario contó luego que se pasó toda la noche soñando con los dos gatos bailando encima de las mesas y rompiéndolo todo.

No sé a qué hora se levantaron los mayores, pero cuando terminaron de vestirme y arreglarme estaban ya todos compuestos. Las tías mayores guardaban el luto de la abuela y fueron a Misa temprana, así pudieron quedarse con mis hermanos más pequeños. En ayunas, porque había que guardar el ayuno, salimos de casa en una lucida comitiva, yo delante, y detrás papá, mamá, las tias, mis hermanas con mi hermano, y más tias.

Ya en la iglesia, se armó un revuelo cuando entró el Cardenal, con los curas detrás, y el alcalde y las autoridades. Mi padre no salió a recibirlo porque se quedó con mamá en el sitio reservado, junto al banco donde estaba yo. El Cardenal venía porque aquel año se celebraba el Congreso Eucarístico Nacional, y se organizaron algunas Primeras Comuniones dentro de los actos de la semana preparatoria del Congreso. Mi tia me sacó del banco y me puso delante del Cardenal para que le besara el anillo, quitando de un empujón al sacristán, que vigilaba para que los niños no rompiéramos el orden.


Por fín empezó la Misa, que no recuerdo cual fue. Sí recuerdo que mis tias llevaban una temporada con las hojillas a dos tintas que traían impresas las oraciones de la Misa nueva, en español, porque mis tias, como buenas beatas, se sabían los rezos de la Misa en latín, pero en español no. Sospecho que la Misa tuvo que ser una componenda entre el Misal antiguo y las nuevas directrices litúrgicas, que se practicaban por entonces "ad experimentum", con los fieles como especie de ratones de laboratorio litúrgico. Las "gracias" del post-concilio (que todavía no han terminado los experimentos y las novelerías, por cierto). A pesar de las primeras reticencias y resistencias, mis tías también reconocían que la Misa en español era más cómoda, porque se entendía todo mejor. Al fin, hasta las torres más sólidas se rendían.

Lo que recuerdo muy bien, no se me olvida, es el momento de la Comunión. El Cardenal me levantó la barbilla con los dedos de la mano a la vez que me daba la Sagrada Hostia. Volví a mi sitio y me arrodillé en el reclinatorio y empecé a pedir al Señor por muchas cosas, por mucha gente. No sé cuánto tiempo estuve, pero mi madre tuvo que acercarse a decirme que me sentara, no fuera a marearme. Y seguí rezando.

Algunas veces, cuando comulgo, le digo a Él que soy aquel mismo chiquillo, que no se olvide. Y que no me olvide yo.

+T.

10 comentarios:

Alfaraz dijo...

Ha estado bonito.

Y el cardenal sería san Leandro, por lo menos...



.

P. Eduardo Guzmán dijo...

¡Qué preciosidad!

Gracias por este post de mayo.

Terzio dijo...

Un caramelito de rosas de Mayo, como los que hacen y venden en la confitería Reyes de Utrera. Ya ves que trato bien a las visitas.

Y el Cardenal no era San Leandro, que no fue cardenal; tampoco podia serlo, ni por San ni por nombre ni por otras circunstancias e impedimentos. Pero era Cardenal, pre-conciliar en origen, después post-conciliar funesto. Y con tres Cónclaves en su haber, Dios le tenga en su Gloria.

Con él se cumplió aquello de que "detrás vendrá quien bueno te hará", no imaginábamos cuánto, ¿verdad?

berta dijo...

Que hermoso dia me regala el Señor, leyendo esta preciosidad, me lo estoy imaginando vestido con ese traje tan hermoso y con el pelito bien peinado...Que hermoso lucia. Y la tarta, que delicia. Yo tambien estoy celebrando que un dia como hoy naci a la Vida de la gracia. Tengame presente hoy en la Eucaristia. Dios le guarde.

Esperanza dijo...

Muy bonito.
Se disfrutan estos post.




ps. cuando en una tienda se duda entre dos prendas, lo que hay que hacer es comprar las dos :)

David dijo...

Gracias por este post padre.

Como bien han dicho, precioso.

Tente dijo...

No sé cómo soportas esos comentarios tan empalgosos. Es evidente que estas señoras (o señoritas) no te conocen, ni adivinan lo poco que te gustan esos cumplidos.

Por lo demás, ya sabes que tus recuerdos son los mios.

Vale!

ELIAS dijo...

Muy entrañable y a la vez lleno de humor simpático, propio de su persona así como los artículos de su blog.

Maite C dijo...

Muy bonito como narra todo lo que aconteció en su primera comunión, como todo lo que escribe.

Yo también recuerdo perfectamente mi primera comunión. En mi caso, en el colegio de religiosas donde estudié, todas íbamos iguales, de organdí blanco.

La comunión la recibí de manos de mi tio-abuelo, sacerdote, a
los seis años.

Al año siguiente murió mi madre a los 33 años.
No lo puedo olvidar, fué realmente un día muy feliz, y fuí la única de mis hermanos que tuve a mi madre a mi lado en aquel día.

Su post me ha hecho revivir recuerdos y se lo agradezco.

Gracias Rvdo Padre y un atento saludo.

AMDG dijo...

Muy bonito.

Yo me acuerdo de la confesión del sábado antes y de que después de ella les dije en casa, qué ganas tengo de que me mandéis cosas, para obedecer.

Aún se acuerdan. Desgraciadamante, he pecado mucho y fuerte, he estado una temporada fuera de las manos de Dios.

Señor, ten piedad.