miércoles, 6 de enero de 2010

Villancico III


Interiores de almas tres

I

¿Quién eres Tú,
con estrella en el cielo,
nacido hombre,
sobre un pesebre,
Niño de profecias,
Rey anunciado?

Te vengo a adorar,
y no sé: Tú sabes
mejor el porqué
me sabes mejor
que yo mismo sé;
tus ojos tan limpios
me miran el alma...
Mi alma que estás...
¿Qué estás haciendo
Tú con mi alma...?

Oh Niño del Signo,
si quieres mi alma,
te la doy, es tuya:
¡Llévala al Cielo
donde está tu Estrella
Señor de las almas!.

II

Yo seguí el camino
detrás de la Estrella,
yo supe que era
la señal de un Rey
Yo venía a rendirme,
mas Tú no eres rey
como son los reyes,
Tú no tienes trono,
tu no tienes reino
¿Cual será tu reino,
Rey de los Judios...?

Oh! Cuando me miras
parece que el alma
se goza en tus ojos
con plácida calma...

¿Qué has puesto en mi centro
que ya no me siento
errante que busca
saber conociendo?

Te has quedado dentro,
tan dentro de mí,
que está palpitando
tu ser en mi cuerpo
y es tu alma mi aliento.

III

Tú que me miras tanto,
tus ojos brillantes,
tus manos tan tiernas,
tu infantil semblante...

Yo venía siguiendo
la luz de tu estrella
que apuntó en la noche
profunda de Oriente.
Vengo por caminos
remotos, perdidos,
y he llegado a Tí
y he llegado al fin
de todas las rutas:
Tú eres mi descanso;
en Tí tienen meta
todos los senderos
que vienen de lejos
gastados del tiempo,
por tantos pisados.
Yo ya he llegado,
aquí están mis pies
a tus pies postrados.
...Y ahora también
veo en Tí un camino
nuevo que correr.

¡Aunque no haya Estrella,
por él andaré!
¿Vendrás tú conmigo?...
¡Tú eres el Camino!!!

IV

Dejaron los tres
tres cofres preciosos
cargados de oro,
de incienso y de mirra.

Se fueron después
por otro camino.
No vieron que iban
envueltos en luz
celeste de estrellas.

La estrella que vieron
se quedó con Ella,
la Madre del Niño,
luciendo en su frente,
tan pura,
tan bella.



* 2010+M+G+B+

+T.

1 comentario:

Laus Deo! dijo...

Muy feliz Epifanía, y felicidades por el villancico...

Que el Niño Manuel le siga haciendo llegar los resplandores de su gloria en la hermosura de su verbo, don Terzio.