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miércoles, 18 de marzo de 2009

Pecando con Tannhäuser

Me da escrúpulos decir, escribir, que he estado escuchando el Tannhäuser, en Radio Clásica. En directo! Desde el Real! Y en Cuaresma!...A ver cómo se lo cuento a mi Dire Spiritalis...



Porque ya sabrán Uds. cultos frecuentadores de este blog, que en Madrid han puesto un Tannhäuser porno. Yes.

Debe ser, tiene que ser, capricho de un caprichoso. No se si me explico. ¿Me explico? Es que estas cosas sólo se les ocurren a caprichosos, estetas volubles, chicos de antojo epatante. Eso.

La cosa es que han sacado en pelota viva, en escena, en lúbricas, voluptuosas y obscenas posturas a los figurantes (no creo que sean Coro, no me imagino). Y ha sido un escándalo...que es lo que se buscaba.

¿Se imagina alguien un Don Giovanni, dissoluto punito, matando en vivo al Comendador de turno, o "violando" calatravas en directo, entre aria y aria???? ¿O una Azuzena echando en la pira di orrendo fuoco a un tierno infante? ¿O que mataran a navajazos un Turitu cada Cavalleria Rusticana? ¿Y la Butterffly haciéndose el harakiri, con katana, con kimono? Ogh!

A mí los montajes operísticos me alteran porque suponen la alteración de una ópera en algo tan co-sustancialmente operístico como su apariencia formal. Que yo no digo que Don Ricardo Wagner no tuviera las imaginaciones libidinosas de todo macho - con perdón de Cósima -. Yo no digo eso. Lo que mantengo ante el mismísimo Siegfried Jerusalem que tuviera delante es que Wagner jamás hubiera pensado una ópera suya trasmutada en escenita de burdel con carnes promíscuas a lo vivo. No.

Pues eso ha sido. Y con la mismísima Reina de España, nuestra morigeradísima Doña Sofía de real espectadora. ¡Si la Chata levantara la cabeza!

En fin, que entre la p de la P recogiendo su idolillo de jolivú, el Almodóvar atacando(se) de nuevo y la Reina en el porno-Tannhäuser, buena se nos presenta la Primavera próxima, con un pre-souflle du printemps rijoso y verde inmoral que espanta.

Y en Cuaresma (y a pesar que el Tannhäuser tiene tema de). O tempora, o mores!!!

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lunes, 17 de marzo de 2008

Aprendiendo


Nos enseñaban a Dios con las cosas, con "sus" cosas, porque entre todo lo creado, hay seres que hablan más de Él. Y llegando Semana Santa, todo contaba la Pasión. Y eran cosas sencillas, del mundo pequeño que nos rodeaba, como una doméstica extensión del Misterio.
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Cuando se mataba el cordero, nos decían que así de manso era Él, que no se quejó de los tormentos.

Nos enseñaban la hiel, verde irisada en amarillos, y nos recordaban que se la dieron a probar al Señor, dejándole el reheleo en su boca.

Y el vinagre de la bodega del Herrero, tan recio y fuerte, que guiñabamos los ojos al chuparnos la punta del dedo mojada en la damajuana vestida de pleita.

Si cantaba el gallo del corral, ya sabíamos que así cantó el gallo de San Pedro la madrugada de la Pasión. Y las golondrinas que ponían nido en las vigas de la cuadra, llevaban en la gargantilla una gota grana que les salpicó cuando le quitaron al Señor las espinas de su corona, y por eso no se mataban golondrinas, que venían todos los años avisando la Cuaresma.

En el campo, los zarzales de espinas también hablaban de su corona. Y las espinas de las acacias del camino de la ermita de la Soledad, imponían de pensar que con esos pinchos de tres puas le hicieron la corona.

Pero a mí me gustaba sobre todo la flor de los jarales. En sus pétalos, blancos y finos como alas de ángeles, se pintan claramente cinco gotas de sangre rodeando una coronilla dorada: ¡Las Cinco Llagas del Señor!



Y después yo también lo contaba a los más chicos, porque son lecciones de sabiduría fundamental, aptas sólo para sabios de corazón limpio que ven a Dios en sus criaturas.

También recuerdo - nunca olvido - que a mí me las enseñaron viejos de manos de sarmiento y ancianas de pelo blanco y pecho que sonaba a medallas: Yo he conocido un mundo en que los niños aprendíamos de los viejos las cosas de Dios.

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sábado, 15 de marzo de 2008

¡Hosanna!


Amaneció un día claro, con cielo celeste, casi gris. Hizo frío hasta que el sol despejó la bruma. Después quedó una mañana fresca, con un vientecillo ligero, que olía a olivar y a monte.
Desde que salió de la casa, dos filas de gente flanquearon su paso por las callejas, a pié, detrás y delante suyo, andando a su compás tranquilo. La expectación era grande, pero contenida por el respeto que imponía su presencia. Le miraban venir, le esperaban, y al pasar el grupo que le rodeaba, le seguían luego detrás, uniéndose a la gente, sin hablar, siguiéndole con la mirada, porque sobresalía entre todos.

También iban mujeres, separadas, un grupo aparte, un poco más atrás. Algunas eran del pueblo. Hicieron el camino hasta la aldea, donde se quedaron mientras dejaban ir al grupo mayor, que ya eran más de un ciento. Y seguían llegando más gente.

Había chiquillos. Los niños iban a hombros de sus padres, y otros de la mano. Los zagales iban sueltos, entre los mayores, o en cuadrillas de cinco o seis, delante o detrás, con un paso ligero. Algunos corrían a la cabeza del grupo y volvían luego detrás.

Se detuvieron a la entrada de la aldea, y dos de los suyos se dirigieron a la cerca de un huertecillo que había un poco más delante. Volvieron trayendo una borrica con su pollino. Y aparejaron unos mantos sobre el animal, y Él montó, y sin arrearle, el animal se puso a caminar despacio, a la par que la gente, que siguió delante y detrás suyo.

Un murmullo, como de salmos o de rezos, se escuchaba cuando empezaron a subir la cuesta del monte. Al llegar arriba, la visión de la Ciudad, dorada y brillante, coincidió con el primer ¡Hosanna! Y ya no pararon.

Le aclamaban y le bendecían. Los niños cortaban ramas de olivo y las agitaban cantando ¡Hosanna! Y después los hombres también cogían ramas, y las echaban al paso de la borrica, que ya bajaba la cuesta de Getsemaní. Frente, desde el Templo, tocaban las trompetas llamando a la ofrenda y el sacrificio de la mañana.

Cerca de la muralla, antes de llegar a la puerta, algunos se quitaron los mantos y los echaron por tierra, sobre el camino mal empedrado, para que pasara sobre ellos. Y de uno de los jardines que había en la ladera del monte, trajeron unas palmas recien cortadas, que mecían a uno y otro lado, mientras seguían aclamando ¡Hosanna!

Ya en la puerta, desde la Ciudad salieron otros grupos, que rompieron también a vitorearle, con alegría expectante, como si fuera la primera vez que entraba en Jerusalén.

Contaron después que Él lloró un momento, bajando el monte, cuando vió la Ciudad y el Templo.

+T.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Su primer borrón


Se entretuvo por los callejones; quería llegar tarde, y no encontrarse con ningún chico en la plazoleta, y que hubiera sonado ya el timbre para la primera clase, y estuvieran cerradas las puertas del Instituto. El Instituto estaba en la antigua casa grande del pósito. Habían tabicado las tres naves y salieron seis aulas y un par de salones; los de dentro daban a un patinillo que les daba luz por unos tragaluces altos, casi rozando el techo; el patinillo lindaba con el corral de una vaquería, y por las mañanas en las clases olía a vaca y a leche; cuando berreaban los becerros, todos se reían (si la clase no era con el director; con el director nadie se reía).

A las 9h, el Lunes, empezaba con clase doble, una hora de matemáticas y la segunda de física, las dos con el director. La primera bofetada se la llevaba el primero que salía, por salir el primero. Pasaba lista uno a uno, apuntando las faltas, y después llamaba a la pizarra para preguntar y corregir los ejercicios; las voces y las bofetadas duraban hasta las once, cuando tocaba el timbre del recreo.

El reloj de la villa, que estaba enfrente del Instituto, daba los cuartos, las medias, los tres cuartos, los cuatro cuartos con la hora y la repetición. Las dos horas de matemáticas, física y bofetadas se median por cuartos del reloj, con campanazos que se aligeraban a medida que se agotaban los cuartos; el más largo era el último, tan lento.

Ya no había chicos en la plazoleta. Don Francisco, el conserje, había entornado el portón de la calle, porque hacía corriente, y no lo abría hasta el recreo. Como nadie lo vió, pasó de largo y siguió por la calle del Palacio hasta la Iglesia, que estaba abierta. Cuando entró, todavía había algunas mujeres en el Sagrario, dos o tres, que se fueron al rato, y se quedó sólo en la Iglesia. Se sentó en uno de los bancos del coro, con los piés sobre la barandilla de madera. Hacía frio; se levantó el cuello del chaquetón, se embozó en la bufanda, y se acurrucó en la rinconera del banco, dos horas, hasta que dieron las once en el reloj y el sacristán sonó las llaves para cerrar la Iglesia.

Antes de salir se paró me paré en el altar de la Virgen, eché una peseta en el cepillo, recé un Ave, y encendí una velilla, para que no se enteraran de que había faltado a dos clases. También dejé cien pálpitos de corazón, y un par de lágrimas. Tenía diez años.




Banda sonora: El precioso (y discutido) Ave Maria de Giulio Caccini-Vladimir Vavilov, cantado por la estupenda Sumi Jo, quasi perfecto para la escena.

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martes, 20 de noviembre de 2007

Cuentos con lechuza de fondo


Era nuestro miedo muchas noches, noches de otoño o de invierno, cerradas, lloviendo y con viento que sonaba y silbaba en los cristales y por las ventanas. Para dormirnos nos contaban cuentos de ánimas, de muertos que aparecían y pedían Misas, de gente que murió y se las veía de noche en los espejos.

Mis tías contaban que sus tías les contaban que en los espejos, pasada la media noche, si te mirabas salía el reflejo del demonio. Sería por eso, pero nunca las ví ante el espejo pasadas las 12. Y las doce en el reloj de la cuesta sonaban tan lentas, sonando según las trajera el viento, más cerca unas veces, lejanas otras. Y rezaban por los difuntos, y los niños preguntaban, imaginando a los difuntos con las caras vistas en retratos viejos. Y el reloj repetía las doce.

Si rezaban el rosario, los niños se dormían; un rosario lento, tan largo, con tantos mementos y réquienes y difuntos. Yo calculaba que uno por cuenta, por cada perlita negra, por eso duraba tanto el rosario, y nos dormíamos.

Si el cuento lo contaba tia María, se acababa pronto y nos dejaba con ganas de más; si era un cuento de tia Titi, el cuento duraba y nos dormíamos la Titi y nosotros, y el cuento seguía en los sueños.

- Cuando se murió la vieja del callejón del Pinto, volvía en alma todas las noches y su hija la sentía que se acostaba a su lado y respiraba y se levantaba la colcha y el lado de la cama estaba frío como un muerto, como un muerto. Y la hija decía - "Madre, madre ¿es usted?" Y en eso se oía a la lechuza - "Shhiiiiissss...shhiiiiissss...ssshhhiiiisssss...." Porque su madre vino de Bilbao, era bilbaína, y la gente de Bilbao recalca mucho la ese, como las lechuzas.


Y en eso se oía de verdad a la lechuza...La lechuza se oye volar - ...plas...plas...plas...- y cuando vuela chirría -...sshiiirrssss....sshhiiirrrssss....ssshhhhiiiiishhhhjjjuiiiijssss...- y parecía que era el eco de la vieja del callejón del Pinto, que volvía y se acostaba en la cama de su hija por las noches.


- Y cuando se murió el niño de la hermana de la tata Patrito, por las noches se veía en el espejo la carita amortajada, que se la pintaron de albayalde, y el niño murió morito porque no lo bautizaron y está en el Limbo, sin pena ni gloria, y por eso se reflejaba la carita en el espejo de su madre, que se le cortó la leche en la cuarentena y estuvo a la muerte, la pobre...


- ¿Qué es que se le cortó la leche?
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- ¡Cuidado la pregunta del niño! Anda, que ya tienes un pecado de purgatorio: Esas cosas no se preguntan.

-- ¿Y tú, las cosas que les cuentas? Como si no hubiera cuentos con menos detalles.

- " Ea! Se acabó el cuento. ¡Venga el rosario!"


Y empezaba el rosario y después de persignarnos, ya estábamos dormidos, tapados hasta la coronilla, temiendo a la lechuza, a las ánimas en pena, a que se asomara el niño del limbo en el espejo.

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sábado, 17 de noviembre de 2007

Atracciones

Hasta el ejido habían cinco o seis manzanas de casas, con sus calles que se hacían callejuelas a medida que se distanciaban del centro del pueblo. También las casas iban desmejorando; las primeras del ejido eran casuchas viejas, bajas, con el tejado hundido.

Dos hileras de portalones se abrían a uno y otro lado de la anchura, que no era plaza. El taller del talabartero, cuatro o cinco cuadras de caballos, otras tres o cuatro vaquerías, un corralón de cabras, una herrería de rejas, el taller del carretero y, al final, en la esquina de la cuesta de la tahona vieja, el matadero.
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El matadero estaba medio techado, con una patio delante mismo del cancelón de entrada que estaba a la intemperie. Allí, en la entrada, había dos pilares con argollas para amarrar las reses, y un pilón corrido con un caño que traia el agua desde la fuente del Barrero. El pilón rebosaba y el empedrado del patio tenía siempre charcos, que en invierno se helaban y las vacas y los becerros resbalaban.

Lo techado era una nave alta, como una crujía grande. Un poyete doble, como una grada, corria a lo largo de dos de los muros; en el de enfrente había otra pila grande, también con agua corriente. Y en medio de la nave otros dos pilares cuadrados, con argollas en las cuatro caras, y una especie de gradas en dos de los lados.

Al llegar los terneros, los chiquillos se subían excitados a las gradas altas, viendo cómo los hombres tiraban de los cabestros y metían dentro los animales. Si una becerra o un añojo se soltaba, el espectáculo duraba mientras los hombres más jóvenes y los más fuertes conseguían atar otra vez al animal, que daba vueltas por la nave embistiendo a todos los que cogia por en medio.

Cuando estaba la res bien sujeta a la argolla, un matarife subía por detrás a una de las gradillas del pilar, y con la puntilla clavaba un golpe en la nuca del animal, que caía al instante al suelo, abierto de patas. Algunas veces no acertaban a dar el puntillazo en el sitio, y el becerro levantaba violento la cabeza, como embistiendo con la cornamenta hacia atras, hasta que repetían el golpe de puntilla y se desplomaba.

Los chiquillos bajaban de las gradas y se ponían alrededor del animal recien sacrificado, viendo cómo le cortaban a tajos la cabeza, y lo abrían en canal y salían las tripas y la panza, que recogían para lavarlas en la pila, y otros desollaban al animal, colgado en unas argollas del muro, para el descuartizado. La sangre la removían en una tinas de madera, metiendo los brazos arremangados hasta el codo.

El suelo de cemento del matadero tenía rastros de sangre, y de pisadas de los botos altos de goma de los hombres. Toda la nave olía a sangre de reses y a carne recien desangrada, que se pegaba a la ropa y olía después todo el dia, como los carniceros, que llevaban encima el olor, y en sus casas también olía a sangre y a carne.

Siempre había alguno que se hacía con la cornamenta de un becerro o una vaca, y se ponían a jugar a toros ; cuando se cansaban la tiraban y los perros iban a roerla.

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martes, 30 de octubre de 2007

Un cuento (incompleto) de Otoño


Ya las mañanas eran frescas, y había que salir con algo de abrigo. A las siete clareaba, con los gallos cantando en los corrales y algunos perros ladrando a lo lejos, que parecía que se escuchaban más porque el frio hace más silencio de fondo, y empezaba a notarse el frío.

Cuando fué a arrancar el coche, tuvo que repetir cuatro o cinco veces, porque la batería no iba a la primera. Los faros redondos del viejo Volkswagen, el primero y el único del pueblo, se encendieron poco a poco, con una luz amarillenta, tan perezosa como la mañana. Los cristales de las ventanillas y el parabrisas se empañaron nada más salir de la cochera; al bajar un poco el cristal, el aire frío se coló dentro con el olor de la retama que quemaban en el horno de la tahona de Dámaso.

Camino de la estación, vió el humo de los boliches encendidos en la cuesta; Manuel el cisquero y uno de sus hijos cargaban unos sacos de picón sobre dos borricos, y junto al chozo había dos montones de carbón.

Tomó un café con leche y una torta de aceite, con la copita de coñac que le sirvió Melitón sin pedírsela, mientras leía por encima el Abc, en la cantina de la estación. Al salir se caló la mascota y se subió el cuello de la gabardina. Fuera se había levantado una neblina que daba más sensación de frio. Recogió a los chiquillos en el andén; venían medio dormidos, la niña en brazos de la tata, que parecía más vieja con la toquilla que traía echada sobre la cabeza, tapando con un pico a la pequeña.

Al entrar con el coche por el corralón de atrás esperaron a que salieran Juan el Moreno y uno de los mozos, que llevaban una yunta de mulos a la herrería. En la cocina habían encendido la chimenea baja, y ya tenían los tazones puestos en la mesa, esperando el chocolate que se hacía en la hornilla. Olía a pan tostado y café.

Las mujeres entraron todas corriendo al oir a los niños, que echaron a correr abrazándose al cuello de las tías, que se los comían a besos.

En la calle, el de los calentitos pregonaba con su vocecilla ladina: ¡¡¡Caleeeen...titooo...calieeeenteeees...!!! Y los niños pidieron y una de las muchachas salió a comprar unas ruedas.

Cuando acabaron de desayunar, ya eran casi las nueve. En la torre tocaba el último para la Misa, y los mayores se fueron a la Iglesia. Las tatas se llevaron a los niños a la huerta alta, a cojer granadas

En el salón habían encedido el primer brasero, y toda la casa olía a alhucema, desde el zaguán al patio.

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miércoles, 11 de abril de 2007

Cordero Pascual

Algunas de las más felices mañanas de nuestra infancia, las vivimos mis hermanos y yo cada Domingo de Resurrección: Era como una mañana de Reyes, pero con borrego.

A eso de las siete y media o las ocho, pegaban en el portón de la calle y dejaban en el zaguán un corderito atado, regalo de Pascua de un amigo de mi padre, ganadero, que cada año tenía ese detalle con nosotros.

En teoría, el borrego era para engordarlo y matarlo en verano, para la Virgen; pero mientras llegaba su día, se convertía durante cuatro o cinco meses en la mascota de la casa. Ya la mañana de Resurrección, recién llegado, se le ponía al cuello un lazo colorado con un cencerrito. Que era la admiración y la envidia de los chiquillos de la calle y alrededores, ni que decirlo. Sacar a pasear al borreguito, era un alarde, una distinción, una admiración.

Éramos cinco y un borrego: Mi hermano, mis tres hermanas y yo con el animalito, tan blanco, tan blando, tan bueno...

Así hasta que al mes, empezaba a trompar. Primero hacía gracia; luego era un espectáculo y organizábamos corridas de toros con el borrego, que embestía como un miura; una de mis tias casi se magulló una cadera con una trompada que le arreó el morueco en potencia.

Cuando apuntaban los cuernecillos, era un acontecimiento, algo así como cuando a los bebés les asoma el primer diente: - "Mamá, que el borrego ya tiene cuernoooooooo..." Y cuando mi padre llegaba a casa, cinco niños se le echaban encima contándole la novedad de los cuernos del borrego. (Mi padre disfrutaba con el borrego más que nosotros, por nosotros, no por el borrego).

El tráuma ocurría a mediados de Agosto, con las vísperas de la Virgen y la sentencia del borrego. Avisaban a un carnicero, para que matara al animal. Nosotros cinco, acobardados, en el corral, observando todo a prudente distancia, con el miedo y la fascinación que un sacrificio impone a cualquier morbosa mente infantil.

En mi casa, las catequesis eran al natural y en directo: Si se mataba un pollo, nos enseñaban la hiel verde - "...como la que le dieron al Señor en una caña..."; y a propósito del borrego, todos los años nos daba la compunción cuando nos recordaban que -"...era como el Señor, que no se quejaba en la Pasión: Mira, mira el animalito, que ni berrea el pobrecito..."

Después de la catequesis y el shock traumático del degüello, despellejo y descuartizamiento, ¡a ver quién se comia el cordero! De niño, no miento si aseguro que nunca comí cordero.

Ahora de mayor, sí que lo como con gusto, casi un lujo ritual cuando pasa Semana Santa y llega Pascua. Hoy mismo he almorzado unas chuletitas de cordero; mordiendo carne ternísima y royendo frágiles huesos, me he sentido un voraz Cromagnon y un israelita del Éxodo, todo en uno y sin solución de continuidad.

...Pero, sobre todo, me he acordado de nuestro Cordero Pascual, ¡ quién lo tuviera!

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viernes, 30 de marzo de 2007

Viernes de Dolores


Aunque desapareció de la Liturgia Romana, el Viernes de Dolores ha conservado, por lo menos en Sevilla, toda su entidad e identidad devocional y popular. Aparte de que media España se llama (se llamaba?) Lola, la proximidad de la Semana Santa enfatiza este dia sin fecha fija, pero de inamovibles sentimientos...O yo soy un iluso que me figuro en la Andalucía de Fernán Caballero, y estoy escribiendo de algo que hubo y ya no existe.

Soy adicto de Fernán Caballero, y lo digo y lo recuerdo cuando puedo, porque me gusta definirme, crípticamente, fernancaballerista; es decir, nostálgico del tiempo, las cosas y las gentes que salen en las narraciones de Fernán Caballero y del Padre Coloma, su alter ego en tantas cosas de estilo y argumento.

Coloma tiene una "lectura recreativa" que se titula "El Viernes de Dolores", donde narra una historia sevillana en la que sale de protagonista la mismísma Dª Cecilia Böhl de Faber, Fernán Caballero para sus lectores.

Cuenta las penas de unos pobres de solemnidad, honrados, él cesante por cambio de gobierno y con familia numerosa y enferma, que se encomienda a la Virgen de los Dolores en un apuro extremo; Dª Cecilia se entera, se mueve, va al Gobernador, y le consigue al pobre cesante un empleo municipal. El hombre, agradecido, acude el Viernes de Dolores a la capilla de la Virgen, llevando de la mano a sus nietos huérfanos, y en una camilla a su esposa inválida, todos emocionados ante el Altar de la Mater Dolorosa.

Es como un cuento de Navidad de Dickens, pero católico y a la sevillana, por eso pasa un Viernes de Dolores. Coloma aclara en una nota al final que lo narrado es verídico y de los hechos de su amiga, la Marquesa de Arco Hermoso, Dª Cecilia, alias Fernán Caballero.

Parte de eso dura en Sevilla. Hoy he estado invitado a dos Funciones Principales de Instituto, que es como aquí se llama al summum de la solemnidad litúrgica. En una de ellas se interpretaba la Misa Solemne del maestro Gómez Zarzuela, con orquesta completa y coro; en la otra el mejor predicador de Sevilla ha espetado al respetable un sermonazo de 45 minutos con suspiros, lloros, y arrebatos del beaterío capillitero presente, que se arrancó con un incontenible ¡¡¡Viva la Virgen de la Soledad!!! como colofón del sermón.
En las dos funciones ha habido Protestación de Fe seguida de Jura de hermanos, con una cola que llegaba a la puerta de la calle y atravesaba la rúa hasta la pared de enfrente (me ha dado tiempo de rezar un Rosario y media Corona Dolorosa mientras protestaban y juraban, es decir, veinte minutos largos besando Evangelio y Reglas). Una empezó a las doce y cuarto y terminó a las dos y media (tres menos cuarto de la tarde cuando salí de la Iglesia); la otra comenzaba a las 8 con Exposición del Santísimo, y salimos a la calle cuando eran las 10 y unos minutillos de la noche.

Acabo de llegar a casa, feliz, con mi Viernes de Dolores legítimo, integérrimo, sin sucedáneos, todo como mandan las siglos, creyéndome en tiempos de Fernán...

Yo no soy tonto, aunque tontee, porque hay días y momentos en los que hay que tontear; tampoco soy (ay!) inocente, pero creo en la inocencia y la predico y hasta soy devoto de los Santos Inocentes de Diciembre; también sé que las golondrinas vuelven pero que "...esas no volverán..." Sé todo eso y otras cosas más que no debiera, y otras que temo saber, también, también.

Pero llegan días, hay horas, en las que un pellizco de algo, una chispa, un destello, te llega y te rapta y te lleva a un más allá que estuvo aquí y que vuelve y que es una muestra, una prueba, de esa eternidad en la que creo - Así lo creo, así lo juro, así lo confieso ! - y espero firme, firmísimamente.

Hoy, por ejemplo: Viernes de Dolores, como toda la vida.

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